La checa que eligió vivir en el sur de España, pero prefiere el guláš a la paella

Jana Kovaříková y su amado mar

Salió de Chequia sin hablar una sola palabra de español y llevó una vida nómada en Mallorca hasta instalarse bien al sur de Andalucía, donde abrió una escuela de deportes acuáticos. En 2012, rescató a dos bañistas, lo cual le valió un reconocimiento oficial. En esta entrevista, Jana Kováříková nos cuenta su vida de película y cómo logró convencer a su madre de que en España es feliz, pese a seguir añorando muchas cosas de Chequia. Todo eso, y mucho más, en perfecto acento andaluz.

Reconocimiento oficial  | Foto: archivo personal de Jana Kovaříková

Hace más de veinte años que, con el título de diseñadora bajo el brazo, Jana Kováříková se fue de Chequia a Inglaterra para mejorar su inglés. Y como no le gustó mucho la vida en ese país y, al poco tiempo se enteró de que tenía varios conocidos checos viviendo en Mallorca, decidió probar suerte en España, sin hablar ni una sola palabra de castellano pero con una idea muy clara en mente: sumar la mayor cantidad posible de experiencia. Y aunque pensó que estaría fuera de Praga, su ciudad natal, por poco tiempo, el destino y su propio espíritu aventurero fueron modificando los planes.

“Y, bueno, más al sur no podía ir porque he llegado a Tarifa, un sitio que encima conocía por los levantes fuertes, por los vientos en general, que es la capital europea del viento, y vino una delantera y con mi combi Octavia, el coche en el cual vivía porque todavía no tenía ni lugar donde llegar y, entonces, estaba buscando un sitio más escondido para poder dormir con la ventolera y me hice un boquete como una moneda de dos euros en el tanque de aceite, y así me quedé en Tarifa”

Ficha profesional de Jana | Foto: archivo personal de Jana Kovaříková

Eso que cuenta pasó justo un viernes. Y, como en ese entonces el único lugar que reparaba autos abría recién el lunes, Jana se vio obligada a quedarse allí. De todos modos, la obligación se convirtió enseguida en placer, al darse cuenta de que en esa ciudad tan particular los locales compartían con ella su gran afición por los deportes de viento, a tal punto que, ya al día siguiente, consiguió un trabajo. Desde entonces ese sitio que casi se cae de la península se convirtió nada menos que en su hogar.

“El día que mi madre me dijo ‘ya entiendo por qué vives ahí y estoy contenta por ti’, fue el mejor día de mi vida”.

“Y ahí es el cruce del Atlántico, del Mediterráneo, de África, de Europa. Es un sitio mágico y como estuvo mucho tiempo en zona militar y es parque nacional, hoy está bastante protegido. Todavía es auténtico, no es como la costa del Mediterráneo con todos los hoteles de cinco estrellas, todo enorme, todo Ferrari; no, esto es naturaleza, es puro, y está muy enfocado al deporte como tal: al kitesurf, wingfoil, también hay una zona de escalada que mola mucho. O sea, tiene de todo, todo lo que a mí me encanta”.

A todo eso agrega Jana que, de acuerdo a las estadísticas, Tarifa cuenta con viento trescientos días al año, lo cual la vuelve una verdadera meca del deporte. Lo único que echa de menos es la nieve y, por supuesto, a su familia, aunque viaja cada año a Chequia para que su hijo de casi cuatro años no pierda contacto con parte de su identidad.

Ella asegura que Tarifa es una ciudad que no admite matices: o la amas o la odias. No existe término medio porque, de hecho, conoce a mucha gente a la que el viento le generó problemas de salud, incluso a nivel mental. Ella se cuenta, por supuesto, entre las personas que la aman y la eligen, sobre todo, porque sus vientos constantes evitan que sea una ciudad tan calurosa como, por ejemplo, Sevilla.

Logo de la escuela Pata Negra Surf | Foto: archivo personal de Jana Kovaříková

“Esa es la razón por la que puedo sobrevivir ahí: yo soy checa y no estoy acostumbrada a cuarenta grados, me muero. Pero como Tarifa está rodeada de montañas, bueno tampoco vayas a esperar unos Alpes y tal, se crea un microclima allí y entonces siempre hay una brisa, algún vientecito y entonces siempre hay unos pocos grados menos, porque a diez kilómetros de ambos lados notas una diferencia brutal, yo por eso puedo sobrevivir ahí. Por supuesto, puedes tener un pocos días al año que no se mueve el aire y ahí me quedo escondidita”.

Una vez instalada en Tarifa, Jana se fue transformando en una experta en deportes acuáticos y de viento, a tal punto que el proceso que terminó por convertirla en monitora de surf se dio de manera más que natural. Dos años después de haberse quedado varada en Tarifa conoció a su actual marido español, con quien abrió Pata Negra Surf, una escuela de multiaventura especializada en deportes acuáticos, pero que también enseña escalada deportiva y organiza excursiones en bici. Es decir, un centro todoterreno que propone una actividad casi para cualquier pronóstico del tiempo.

Sobre héroes y tumbas

Caracoles | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

Aunque en la actualidad Pata Negra Surf está en Tarifa, la escuela funcionó hace un tiempo en la playa de El Palmar, en Vejer de la Frontera, donde Jana vivió algo que, aunque sucedió en 2012, asegura que no olvidará nunca: un día de pleno verano casi no había olas en el mar y mucha gente se estaba bañando sin tener en cuenta la potencia de las corrientes. Como sus compañeros se habían ido a buscar tablas y trajes para el surf, Jana se había quedado sola en la escuela. En realidad, estaba solo con un amigo que justo había llegado ese día de visita. De repente, la fue a buscar una mujer desesperada y, como su español no era tan bueno como hoy, Jana le pidió que intentara calmarse porque no le entendía. Lo que la mujer intentaba decirle es que dos bañistas habían sido arrastrados por la corriente. Jana le pidió a su amigo que se quedara atendiendo la escuela y, sin perder un segundo, fue corriendo a buscar un traje de neopreno, dos chalecos salvavidas y la tabla más grande que tenían.

“Y, nada, llego a la playa con todo eso y veo la corriente que había. Estaban agarrados a la última boya de la señalización para los barcos, unos trescientos o cuatrocientos metros mar adentro, y la sorpresa que me esperaba es que los hombres eran nudistas, pero la verdad es que uno estaba ya medio sin fuerzas y no pintaba nada bien, así que lo ayudé a subir a la tabla, le pongo el chaleco, y al otro que estaba bastante bien, le pido que también se ponga el chaleco y se agarre a la cola de la tabla. Yo me agarraba a la boya porque la corriente nos arrastraba constantemente, y con los pies tenía que sujetar al que estaba más cansado porque se me caía y no podía consigo mismo el pobre, pero no podía volver con tanta carga, remando sola llegaría, pero con esos dos y tanta corriente era imposible. Así que me quedé para llamar la atención a cualquier barco que pasara y así fue”.

Tortillita de camarones  | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

El barco les lanzó una cuerda gracias a la cual ella pudo sujetarse. Así se fueron acercando a la playa que estaba repleta de guardias civiles, algo que la sorprendió mucho. Hasta ahí todo parecía encontrar un final feliz luego de un acto heroico que, en su momento, le valió a Jana varias entrevistas en medios de Cádiz y hasta una distinción oficial del director general de protección civil y emergencias del Ministerio del Interior de España. Sin embargo, casi de inmediato, se enteró de una noticia que la conmocionó e incluso al día de hoy le sigue generando escalofríos.

“Y de repente me vino una chavala llorando muchísimo y preguntando ¿lo has visto? ¿Lo has visto? Y, aunque me habían dicho que eran dos, el que salvó a estos bañistas había sido otro chico que logró llevarlos a la boya, a la última boya posible para agarrarse y se le ocurrió volver nadando a la playa y ya nunca llegó, y este chico era policía nacional y estaba en su luna de miel y la mujer llorando pobrecita, era su mujer obviamente, y yo no sabía nada de él, no lo había visto en ningún lado”.

En conclusión, Jana asegura que, gracias a ese héroe que luego perdió la vida a raíz del rescate, ella pudo ayudar a salvar a los bañistas. Y aunque afirma que con un mínimo de precauciones los deportes acuáticos no son peligrosos, sí quiere dar el mensaje de que al mar no hay que temerle, pero tampoco nunca perderle el respeto.

Atardecer en el mar andaluz | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

Nostalgia checa con acento andaluz

Aunque ya se siente totalmente cómoda viviendo en el sur de España, a tal punto que, al escucharla, parece casi mentira que sea checa, Jana asegura que, en su momento, algunas diferencias culturales fueron difíciles de asimilar. Por ejemplo, menciona que chistes que a todo el mundo le hacían reír, a ella no le resultaban graciosos y lo mismo al revés. Sin embargo, de a poco fue identificándose también con esa nueva cultura.

Salmorejo | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

“Mi madre, por ejemplo, los primeros muchos años me decía hija cómo puedes vivir así, yo no entiendo; porque, claro, nosotros estamos acostumbrados en invierno a saber qué vamos a hacer en vacaciones de verano, ya está todo preparado, todo reservado, todo ordenado, pues aquí no sabes qué vas a hacer mañana y mientras tú intentas hacer planes que yo siempre intentaba hacerlos para nada, porque te lo cambian diez veces esa misma tarde, o sea yo ya intento no planear, o por lo mínimo, lo poco que veo que hace falta, lo que necesito más bien de mi parte, pero al final, un millón de veces cambia por el camino mientras”.

Agrega Jana que, hace relativamente poco, su madre logró ser consciente de que ella no va a volver. Y eso se lo debe a las distintas visitas que le fue haciendo a España, donde pudo comprobar por ella misma lo bien que se sentía su hija. Jana asegura que incluso es capaz de decir qué día exacto tuvo lugar ese cambio rotundo de su madre.

“El día fue la típica videollamada y me dijo que ya por fin entiende que estoy feliz aquí, habiendo conocido ya el lugar porque, de vez en cuando, viene. Normalmente viene cada verano a ayudarme con el niño para poder trabajar. Gracias mamá, te quiero mucho. El dia que me dijo ‘ya te entiendo porqué vives ahí y que no vas a volver y estoy contenta por ti porque veo que estás feliz’, fue el mejor día de mi vida. Bueno, aparte de cuando di a luz”.

“La gastronomía checa es muy buena, lo que pasa es que no pega en España porque es comida más pesada”.

Jana resume que lo que finalmente pudo entender su madre es que ella es feliz haciendo deportes acuáticos y viviendo cerca del mar. Por otro lado, reconoce que, además de la familia y los amigos, extraña de Chequia el arte, los museos, los paseos por el centro, la cerveza y, sobre todo, la naturaleza checa que define como un verdadero tesoro formado por bosques, colinas, ríos, lagos, setas y hasta rocas para escalar. Y aunque tal vez pueda sorprender a más de uno teniendo en cuenta la fama mundial de la gastronomía española, agrega Jana que también echa de menos varias comidas de su país.

“Paellas, pescados, todo eso por supuesto es rico y alta gastronomía, no digo que no y me encanta. Pero, vamos, un guláš con knedliky, eso no me lo quita nadie, tío, qué va. La gastronomía checa es muy buena también, lo que pasa es que no pega nada en España porque es comida más pesada y para clima fresco, entonces tú comes un guláš con knedliky aquí en España y te matas, imposible, necesitas vacaciones una semana para digerirlo”.

Jana lamenta no poder viajar a Chequia en verano porque esa es la estación en la que, obviamente, más trabajo tiene. Y aunque está convencida de que su lugar en el mundo es Tarifa, asegura que, en ningún momento, dejó de sentirse checa. Y es esa misma mezcla cultural lo que la enriquece y la vuelve única.

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