Una traducción rigurosamente vigilada

Enrique Gutiérrez con su traducción, foto: Juan Pablo Bertazza

El lingüista y traductor Enrique Gutiérrez acaba de llevar al español Alois Nebel, novela gráfica de culto sobre una de las grandes pasiones checas: los trenes. En esta entrevista con Radio Praga Internacional, nada menos que en la emblemática Estación Central de Praga, nos cuenta por qué se trató de la traducción más difícil que hizo hasta el momento y, sin embargo, una de sus preferidas.

Alois Nebel, foto: Gallo Negro

Alois Nebel, la trilogía de novelas gráficas de Jaroslav Rudiš y Jaromír 99 publicada entre 2003 y 2005, y llevada al cine en 2011, puede considerarse hoy un nuevo clásico.

Mediante la historia de un trabajador ferroviario que ve antiguas formaciones la obra resume gran parte de la historia y la cultura checa, en especial un tema muy entrañable para el país, tal como explica su traductor al español, el lingüista Enrique Gutiérrez, quien lleva más de una década viviendo en Chequia.

“Había leído antes el texto, no completo, y había visto la película, y me gustan mucho los trenes checos pues es un tema que me parece muy interesante porque creo que es una de las características principales de los checos, esa relación que tienen con los trenes desde hace prácticamente siglo y medio”.

Estación Central de Praga, foto: Juan Pablo Bertazza

Agrega Gutiérrez que eso no sucede en España donde el medio de transporte público por excelencia es el bus. Pero en Chequia se trata de una cuestión cultural y a la vez muy típica de la vida cotidiana. Detalla, por ejemplo, que para unir las ciudades de Praga, Olomouc y Ostrava, salen alrededor de tres trenes por hora.

Por cierto, en Alois Nebel se nombran hasta tres películas vinculadas con el tema: la célebre Trenes rigurosamente vigilados, El jefe de estación, que es un musical de los años cuarenta, y luego hay una posible mención implícita a una tercera película de la década del ochenta llamada Proč? que cuenta, entre otras cosas, el viaje en tren de un grupo de ultras de Sparta para ver un partido de fútbol, es decir, todo lo contrario a lo que solían mostrar las películas del régimen.

Enrique Gutiérrez en Estación Central de Praga, foto: Juan Pablo Bertazza

Aun satisfecho de que una obra como Alois Nebel se cruzase en su camino Gutiérrez asegura que, como muchas otras cosas en su vida, la propuesta le llegó por casualidad: gracias a un hermano escritor que, un buen día, habló sobre él con la editora de Gallo Nero.

“Y le preguntaron si yo quería traducir el libro, y le dije que sí corriendo, sin preguntar las condiciones siquiera, tengo un conocido alemán que me dijo que lo tradujo gratis, yo afortunadamente lo he hecho cobrando pero lo habría hecho gratis si hubiera tenido tiempo porque es una obra de culto que me parece muy interesante y con la que he aprendido muchísimo y lo he disfrutado mucho”.

No hay dudas de que el tema de esta novela gráfica tenía mucho que ver con él, no solo por su interés en la cultura checa sino también por su experiencia como usuario de ese medio de transporte. En efecto, como trabaja desde 2008 como hispanista y profesor en la universidad Palacký de Olomouc, Gutiérrez asegura que, en algunas ocasiones, llegó a cumplir, en una semana, 25 horas a bordo de distintos trenes ya que también colaboraba en una universidad eslovaca.
No obstante, la traducción de Alois Nebel significó también una carrera con obstáculos.

“La traducción es difícil, yo he traducido varios libros hasta el momento y es con mucha diferencia lo más complicado que he tenido que traducir porque se mezclan distintos niveles: por una parte hay mucho de coloquial pero no juvenil que es lo que se suele trabajar más, para nada, es un lenguaje informal de gente mayor y además mezclado con cuestiones regionales porque transcurre en el norte de Moravia con muchísimos términos alemanes”.

A todas esas dificultades Gutiérrez agrega también los tecnicismos vinculados con el ámbito ferroviario y la proliferación de idiomas que aparecen a lo largo de la trilogía: checo, eslovaco, alemán, polaco, japonés y ruso. Al respecto aclara que, junto con la editorial, decidieron dejar los términos en ruso y alemán porque no eran importantes para la trama y en algún punto se entendían gracias a las ilustraciones, aunque sí tuvo que traducir algunos términos del polaco y del eslovaco.

Asegura que si una traducción siempre implica una pérdida en este caso fue aún más importante teniendo en cuenta todas esas cuestiones, a tal punto que, en su opinión, una persona que solo supiera checo estándar tendría serios inconvenientes a la hora de leer Alois Nebel.

“Una importante diferencia entre el checo y el español es que en checo el lenguaje estándar y el coloquial están muy distanciados, probablemente por cuestiones históricas, el español ha tenido un desarrollo constante mientras que el checo, con la Guerra de los Treinta Años y la derrota de la batalla de Montaña Blanca, desaparece como lengua formal, como lengua de escritura y se convierte en una lengua familiar en la que prácticamente no se escribe durante dos siglos”.

Aunque a esta altura pueda resultar redundante decirlo, además de traductor Enrique Gutiérrez es lingüista y, de hecho, tiene trabajos de investigación sobre traducción literaria, es decir que suele analizar su propio trabajo a la hora de traducir, lo cual, según él mismo reconoce, puede llegar a ser problemático.

Lo que más me fascinó fue el mundo de la Estación Central: por una parte es casi un palacio y hablan de lo bien que se vive aquí, de cuándo se construyó, la antigua estación de tren es una maravilla arquitectónica de Josef Fanta...

Pero, al parecer, el entusiasmo que le produjo el texto superó todas esas dificultades. Y cuando se le pregunta qué fue lo que más le gustó del cómic responde, sin dudar, el momento en que Alois Nebel finalmente puede conocer la célebre Estación Central de Praga. En efecto la obra dedica una buena cantidad de viñetas a la historia de ese lugar emblemático que da nombre a la segunda parte de la trilogía y que, en la novela, se describe de manera muy poética y contundente: “una estación que desde arriba parece un corazón reventado del que emanaran venas”.

“Lo que más me fascinó fue el mundo de la Estación Central: por una parte es casi un palacio y hablan de lo bien que se vive aquí, de cuándo se construyó, la antigua estación de tren es una maravilla arquitectónica de Josef Fanta, uno de los edificios Art Nouveau más bonitos que hay en Praga y además funcional, a mí me encanta ese arte de principios del siglo XX que además es funcional”

Por otro lado, Gutiérrez destaca que en Alois Nebel también se muestra de manera muy sutil el otro lado de la Estación Central que puede verse incluso al día de hoy: el submundo de la gente sin techo, los mendigos y todas las personas que van y vienen sin demasiado rumbo. De hecho, revela que en la novela aparecen una serie de máquinas tragamonedas que, hasta hace no mucho tiempo, seguían estando en la estación. De alguna forma ese toque clandestino es, según Gutiérrez, lo que empieza a instaurar en esta obra cierto aire fantástico.

“La Estación Central es un lugar donde por la noche viven los muertos por accidentes ferroviarios o suicidas que es algo muy común, parte de esa tradición checa del mundo ferroviario es lanzarse al tren, de hecho es algo que sigue ocurriendo, y la Estación Central es el lugar donde aparte de los sin techo llegan los fantasmas de todos esos accidentes y suicidios ferroviarios, lo cual vuelve muy interesante esa parte fantástica”.

Estación Central de Praga, foto: George Cerny, Unsplash / CC0

Lo notable, agrega Gutiérrez, es que esa presencia de lo fantástico aparece también reforzada por el hecho de que los trenes que Nebel ve aparecer entre la niebla (ese es, precisamente, el significado de su apellido en alemán) no parece ser algo del todo imaginario.
En definitiva, tal como afirma Enrique Gutiérrez, Alois Nebel no es otra cosa que un homenaje precioso pero a la vez descarnado a esa gran pasión ferroviaria de los checos.