Olivia en el fin del mundo: los secretos de la película argentina que dejó helado al público de Karlovy Vary
Rodada íntegramente en 16 mm, la ópera prima de Sofía Petersen sorprendió en Karlovy Vary por su propuesta estética y su particular manejo del tiempo. En esta entrevista, la debutante realizadora cuenta qué la llevó a filmar en el último rincón de la Tierra y cómo el paisaje del sur argentino dejó de ser una simple locación para convertirse en un milagro.
En un ojo se refleja la proyección de un fuego devastador que parece devorarlo todo. Con esa imagen tan poderosa comienza Olivia, la particular película de la argentina Sofía Petersen que está dando mucho de qué hablar en el 60° Festival de Cine de Karlovy Vary, y que ya había tenido su repercusión en el festival de Locarno, en Suiza. Además de ser tan potente, esa toma fundacional remite semánticamente a la locación del film, rodado en el sur argentino, entre Río Grande y la localidad de Tolhuin, es decir, justamente, en la provincia de Tierra del Fuego. Aun así, ella aclara desde el comienzo que lo suyo no son las palabras y, de hecho, revela que antes de escribir se lanza a dibujar. Eso hace que el mensaje esté muy anclado en la imagen, que durante el rodaje funciona casi como una guía hacia lo desconocido.
“Para mí escribir es dejar trazo en palabras de lo que en realidad es una imagen o un sonido, y esos dibujos los llevé en el bolsillo durante todo el rodaje, nos iban acompañando, al igual que los otros dibujos que iban surgiendo. También por haber filmado con este material tan particular, que es 16 mm, Ektachrome, con muy pocos recursos para lo que en general requiere un material de este estilo para poder exponer, eso implicaba que había algo del límite, del riesgo, de no ver lo que uno estaba filmando, y eso le da a la imagen algo sagrado, por qué no decirlo, en el sentido de lo que está un poquito más allá de tu alcance. En especial porque las imágenes surgían en frente de nuestros ojos, en frente de la cámara y luego no había forma de verlas.
“En el set se sentía la vibración de lo que estaba por suceder, eso de poder agarrarlo con las manos por un segundo antes de que desaparezca”.
Lo que sucedía en ese instante, en esa toma no se podía repetir porque por lo general no teníamos material suficiente para hacer dos planos. Entonces hay algo de esa tensión que creo que de alguna manera está en la imagen, ya sea por la lucha por la exposición o por esa vibración que había en el set de lo que estaba por suceder, de poder agarrarlo con las manos por un segundo antes que desaparezca”.
Varios comienzos posibles
Con esa fugacidad como bandera, cuenta Sofía que la película tuvo varios puntos de partida. Uno de ellos fue haber conocido a Tina Sconochini, la actriz principal de la película, incluso antes de empezar a pensar la historia. Cuenta que actuaban en el mismo teatro y, durante un tiempo, con tal de expresar y explorar se reunían especialmente en un colegio a la noche, lo cual les permitía abrir un espacio donde algo pudiera suceder sin forzarlo, pensando más en el resultado que en el proceso.
“Luego de eso empecé a escribir y han sido por lo menos diez años desde que esto se empezó a gestar muy físicamente, primero con Tina y luego la vida en sí empieza como a hacer ecos, casi como si todo empezase a avanzar alrededor de esa pequeña semilla que empieza a crecer más grande que uno”.
Nuestra parte de Olivia
Una parte esencial de ese crecimiento, como sugiere el título de la película, radica en la propia Olivia: una joven que vive casi en silencio con su padre en una casa aislada, hasta que un día decide ir a buscarlo al matadero donde trabaja tras descubrir que no ha regresado al hogar.
“Es el nombre de mi hermana. Oli, mi hermana, tiene ojos muy oscuros, tan oscuros que a veces no podés distinguir dónde está el iris y dónde está la pupila y creo que hay algo de sus ojos que atraviesa la película en su totalidad, luego la Olivia de la película no es una Olivia que conozca más allá de conocerla ahora, supongo que ahora está ahí en la película”.
El karma de vivir al sur
“Cuando empecé a acercarme a Tolhuin, hacia Río Grande, cuando empecé a subir por la isla había algo muy difícil de describir: demasiadas pistas que uno puede elegir verlas o no”.
Decidida a trabajar con una gran mayoría de actores no profesionales que, en muchos casos, estaban por primera vez delante de una cámara, Sofía nació en Buenos Aires y con el productor Shaun Finneran decidieron ir a vivir unos meses al lugar donde se filmó la película. Ella recuerda que, al principio, Tina, la actriz principal, le preguntó si había estado alguna vez en Ushuaia porque algo de ese lugar le evocaba la lectura del guión. Tan pronto como tuvo la posibilidad de hacerlo fue, pero cuenta Sofía que ahí particularmente no sintió ninguna resonancia.
“Y cuando empecé a acercarme a Tolhuin, hacia Río Grande, cuando empecé a subir por la isla había algo muy difícil de describir: demasiadas pistas que uno puede elegir verlas o no, tomarlas como tales o no, había muchas coincidencias. Por ejemplo, el único matadero que estaba funcionando en la isla, que es el matadero municipal de Río Grande, se había incendiado más de dos veces, y está el matadero municipal en funcionamiento que es donde filmamos, y justo al lado, en un descampado que también aparece en la película, los escombros del matadero que se incendió antes, y eso era parte del diálogo que tiene el padre al principio: sueña que el matadero arde en llamas y que él estaba adentro, y esta es solo una de las muchas conversaciones que empezaba a tener ese lugar con ese otro lugar que yo había descrito en el guión”.
Agrega Sofía que la casa tan especial y con forma casi de mausoleo que aparece a lo largo de la película sigue ahí en pie, haciendo frente al viento y una propuesta que tienen ahora es llevarla a un museo de la ciudad. La armaron ellos mismos, con restos de una panadería muy emblemática de la zona llamada La Unión que, como no podía ser de otra forma, también se incendió.
La importancia de ser Darío
Tanto en la realidad como en la ficción, el que vivió el incendio del matadero es Dario del Carmen Haro Santana, el padre de Olivia, con lo cual para Sofía su ficción, de algún modo se terminó convirtiendo en realidad. Agrega Sofía que el llamado frigorífico CAP tiene una carga cultural y social muy importante en Río Grande porque la ciudad se fue gestando un poco alrededor de ese espacio, que daba trabajo a muchas personas de distintas zonas del país y exportaba una gran cantidad de carne, por ejemplo, a Inglaterra. Otra coincidencia entre ficción y realidad es que, en el guion, ella había planeado una especie de epifanía a partir de unas fotos antiguas que, de hecho, descubrió que realmente existían durante una de sus visitas al matadero.
“Sí, la ficción de nuevo para mí: había fotos en esa especie de zona de descanso del único matadero, fotos de sus equipos de fútbol, entre muchas otras; así que es como si se hubieran ido tejiendo la vida y la ficción de alguna forma, y el personaje del padre para mí era una figura un poco inalcanzable hasta que conocí a Darío en el matadero y tomó otro tipo de color, quizás el padre en la escritura era otro, un padre escrito por así decirlo, y al conocer a Darío, cuando lo vi entrar a la sala de descanso con su gorrito blanco, como que se alinearon las estrellas”.
La conexión checa
Además de aparecer en esas fotos, el fútbol se hizo sentir en la película porque la filmación tuvo lugar hace ya cuatro años, durante el mundial anterior; y eso hizo que el productor, que es inglés, se convirtiera en un fanático absoluto de la selección argentina. Luego de una de las proyecciones que tuvo lugar en el Kino Čas de Karlovy Vary y sorprendió a los espectadores por su manejo del tiempo extremadamente lento, le preguntaron a la creadora de Olivia si en la película hay una influencia del director húngaro Béla Tarr. Sofía considera que, al menos a nivel consciente, no lo tuvo en cuenta pero, al mismo tiempo, se pregunta siempre de dónde viene el viento que la lleva a un lugar o a otro. De cine checo, comenta que vio hace muy poco La doncella y el monstruo, de Juraj Herz, y ahora quiere seguir con El incinerador de cadáveres, para no perder la pista del fuego. Y aunque es su primera vez en Karlovy Vary, recuerda que ya había estado hacía mucho en Praga, quizás a los 18 años, para visitar a la abuela de una amiga: una checa que se fue a Argentina durante la guerra y, a diferencia de tantos inmigrantes, decidió regresar más tarde a su país.
“Hay una historia muy bonita de esta abuela que, al tener la oportunidad de subirse a un barco e irse a otro lugar, tenía la opción de ir a Argentina o a otro lugar en Latinoamérica, pero un poquito más al norte y decidió ir a Argentina con la esperanza de que cuanto más al sur fuera más transparente sería el agua, y cuando llegó al Río de la Plata tuvo una gran decepción”.













