Los checos informaron a la Entente sobre submarinos alemanes y una nueva arma química

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”A finales de enero estarán listos los primeros submarinos alemanes de gran tamaño, con un desplazamiento de 2.500 toneladas y un radio de acción de 10.000 millas. Operarán en los golfos árabes y el Índico”. Así informaba a la Entente a principios de 1918 el servicio de inteligencia amateur, montado durante la Primera Guerra Mundial por los patriotas checos. Para coordinar la lucha contra la monarquía de los Habsburgo y las Potencias Centrales Alemania y Austria-Hungría habían fundado en 1915 una organización secreta, denominada “Maffia”. Además de recoger información de inteligencia para los Aliados, mantenía conductos de intercambio con la representación política checa que trabajaba en el extranjero por la futura independencia de checos y eslovacos.

Según el Dr. Edvard Beneš, uno de los líderes políticos checos en el extranjero, la información acerca de los nuevos submarinos alemanes fue muy apreciada por la Entente.

Los submarinos eran un arma nueva. Los jefes militares alemanes Paul von Hindenburg y Erich von Ludendorff consideraban que una flota de sumergibles sería capaz de derrotar a Gran Bretaña.

Si los sumergibles alemanes hundieran tantos buques mercantes que el Reino Unido quedase desabastecido, los británicos capitularían, pensaban los altos mandos germanos.

Eso los llevó a practicar en los mares y océanos mundiales una guerra de submarinos ilimitada, pisoteando las convenciones internacionales.

Sin embargo, su apuesta por los submarinos, aunque cada vez más potentes, no resultaría. La Entente, alianza integrada por Francia, Rusia y Gran Bretaña, recibió abundante información militar de los patriotas checos vía Holanda. Fue el canal más seguro de todos los utilizados durante la Primera Gran Guerra por la oposición checa contra los Habsburgo.

Edvard Beneš
Se debió a la ingeniosa ocurrencia de un industrial de la Asociación de productores de azúcar checos. Propuso que los mensajes secretos se escribieran con tinta invisible en las revistas especializadas que los checos intercambiaban cada semana con sus colegas del sector azucarero holandés.

Otro de los conductos secretos fue el llamado canal argentino. Los mensajes se despachaban al secretario de la Embajada argentina en Viena que los llevaba a la Suiza neutral.

Los checos informaron por este canal a la Entente sobre la producción de un nuevo gas de combate, el bromociano, adjuntando su fórmula química.

Averiguaron que el gas tóxico se fabricaba en la ciudad checa de Kolín, Bohemia Central, y después se mandaba a Baja Austria donde se llenaban con el mismo los proyectiles.

Esos datos eran de suma importancia para la Entente porque sus mandos militares no olvidaban las trágicas consecuencias del ataque alemán con gas tóxico en la batalla de Ypres, en Bélgica.

Fue el 22 de abril de 1915 cuando los alemanes abrieron por vez primera los grifos de las bombonas de gas. Una nube letal alcanzó a las tropas francesas, que se pusieron en fuga.

Después de haber llegado un jirón de la nube tóxica verde-amarilla a las unidades canadienses, éstas aguantaron, protegiéndose con medios rudimentarios. Por ejemplo, los soldados respiraban a través de calcetines mojados con orina.

El 24 de mayo de 1915 los alemanes volvieron a emplear en la batalla de Ypres el gas tóxico. La muerte de las víctimas del ataque con esa arma química fue terrible porque los soldados murieron asfixiados.

Al informar a la Entente sobre el nuevo gas tóxico, la organización clandestina checa indicaba la forma de protegerse ante sus efectos letales:usar una máscara de cuero que cubriese la cabeza y el cuello y ponerse una guerrera y un pantalón igualmente de cuero.

El servicio de inteligencia de los patriotas checos obtenía información secreta también de la corte de Viena. La suministraba, entre otros, Julius Kovanda, camarero del ministro del Interior.

En el gabinete de su dueño tuvo la oportunidad de copiar documentos del comandante en jefe del Ejército austro-húngaro, el archiduque Federico.

Kovanda interceptó un informe, destinado a los más altos representantes de la monarquía, en el que el archiduque Federico afirmaba que todos los estratos sociales de la nación checa, incluidos los funcionarios estatales, estaban imbuidos de rusofilia.

El comandante en jefe de las tropas austro-húngaras mencionaba como prueba las legiones checas en Rusia que contaban, supuestamente, con más de 10.000 hombres.

Eran checos que habían desertado del Ejército austro-húngaro. El archiduque se refirió en su denuncia, además, a seis regimientos checos que se habían entregado al enemigo en Rusia y Serbia.

El jefe de la organización clandestina checa, el abogado Přemysl Šámal, recibía información confidencial igualmente sobre las posturas de la propia pareja imperial.

Después de la muerte de Francisco José I, en otoño de 1916, el nuevo monarca, Carlos I, buscaba una salida al conflicto bélico en que se había involucrado el imperio austro-húngaro por instigación de Alemania. Intentaba también retirar el poder de las manos de los belicosos generales del Estado Mayor.

Gracias a la esposa del camarero checo del emperador, los dirigentes de la organización clandestina se enteraron de que en la familia imperial llevaba los pantalones la emperatriz Zita, de origen italiano.

Este aparente chisme tenía peso político. Según la informadora, Zita quería terminar lo más pronto posible la guerra porque en ello veía la única posibilidad de salvar la resquebrajada monarquía multinacional de los Habsburgo.

Pero ya era tarde. A través de un pinchazo telefónico, los miembros de la organización clandestina checa pudieron escuchar en directo, en octubre de 1918, los últimos estertores de la monarquía austro-húngara.

El servicio de inteligencia, montado por los patriotas checos, se enteró, a principios de 1918, de que en los alrededores de Praga pasaba una línea telefónica directa que comunicaba los Estados Mayores austro-húngaro y alemán.

Sería interesante conectarse a ella e interceptar las comunicaciones que mantenían los altos mandos militares de las Potencias Centrales.

Los dirigentes de la organización secreta se dirigieron a Ludvík Očenášek, inventor y dueño de una empresa electrotécnica.

El técnico empezó a recorrer diariamente los alrededores de Praga. Para no despertar sospechas tuvo que disfrazarse.

Přemysl Šámal
Tardó semanas en descubrir la línea. Después un directivo bancario checo adquirió un terreno cercano a los cables telefónicos y Ludvík Očenášek instaló una estación permanente de escucha, escondida en una barraca de jardinero. Acordó con un colega ingeniero turnarse en las escuchas.

El 18 de octubre de 1918 interceptaron la primera conversación telefónica entre Viena y Berlín. Eran ya los últimos días de la Primera Guerra Mundial.

El lunes 28 de octubre, Očenášek escuchó como Berlín decía a Viena: “¡Nos han vendido, nos han traicionado!”

A la pregunta de Berlín de qué había de nuevo, Viena respondió:”Concluimos la paz”.

Ludvík Očenášek cerró la estación de escucha. Ya no hacía falta. El 28 de octubre de 1918 fue proclamada la Checoslovaquia independiente.

En octubre de 1918, cuando faltaban pocos días para el fin de la Primera Gran Guerra, los sabuesos de la policía austro-húngara dieron finalmente con la pista de la organización clandestina checa porque habían descifrado el código que sus integrantes utilizaban para encriptar sus mensajes.

Pero la monarquía de los Habsburgo se desmoronó antes de que los agentes policiales pudieran arrestar a los organizadores y colaboradores de la red de inteligencia checa.

Veinte años después, cuando estos mismos audaces hombres se incorporaron a la resistencia antinazi, ya no tuvieron tanta suerte.

Dos ejemplos: El jefe del servicio de inteligencia clandestino, Přemysl Šámal, posterior canciller del Presidente de la República, fue en 1941 ejecutado por los nazis.

El periodista Vladimír Sís pasó cinco años en las prisiones nazis. Murió en una prisión comunista después de haber sido condenado en 1949 a 25 años de cárcel.

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