“La ‘tercera vía’ es la vía más rápida al Tercer Mundo II”

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Con este espacio, "Del Totalitarismo a la Democracia", Radio Praga trata de ofrecer un vistazo sobre lo que ha representado el proceso de transición en la República Checa. Este espacio está dedicado a todas las personas interesadas en conocer detalles sobre la transformación checa desde la dictadura comunista hasta la democracia, por lo que creemos que encontraremos muchos radioescuchas en Cuba, donde importantes sectores de la población se preparan también para un proceso de cambio pacífico en la Isla.

Los militares gobiernan “ex cátedra” y se entiende que su mandato es temporal y con un objetivo limitado como puede ser el de “restaurar orden”. De hecho, el título oficial de los dictadores militares suele ser “presidente de facto”. No suele predominar el elemento mesiánico durante su mandato y no temen extinción institucional ya que los militares, una vez fuera del poder político, se conforman con seguir teniendo su presupuesto militar y sus ejércitos.

Polonia fue uno de los pioneros; Estonia y Albania tuvieron dos años para aprender de las primeras transiciones de 1989-91, incluyendo la polaca. El eje central de la política de estabilización de Estonia se dio en junio de 1992, cuando el país, desafiando los consejos del FMI, se salió de la zona del rublo lanzando su propia moneda, el kroon, fijada 8 a 1 al marco alemán a través de un comité monetario. Al igual que Polonia, Estonia contó con un fondo de estabilización proporcionado por gobiernos occidentales e instituciones multilaterales de ciento veinte millones de dólares (Polonia tenía mil millones de USD).

Estonia también aprendió del caso de Eslovenia, la cual había logrado escapar de aun mayores tasas de inflación cuando desprendió su sistema monetario del dinar yugoslavo en 1991, lanzando el tolar. Aparte del comité monetario, el gobierno de Laar utilizó también la Ley Suprema para prevenir políticas irresponsables a futuro, a través del artículo constitucional que obliga a un presupuesto balanceado.

Eslovenia a finales de 1991 también heredó una situación potencialmente desfavorable pero implementó un programa de estabilización agresivo, aunque no se puede denominar como de “terapia shock” ya que el país no heredó déficit fiscales (por no manejar su propio presupuesto) y por lo tanto no necesitó ajustes tan drásticos. Pero la mayor parte de los demás ingredientes fueron implementados.

Checoslovaquia también siguió los principales requisitos de la terapia shock, aunque heredaron una situación macroeconómica más favorable (una inflación en 1989 de menos del 2%, comparada con más de 250% para Polonia), y una casi inexistente deuda externa. El país sin embargo tenía serias distorsiones microeconómicas. Una de las terapias shock más pronunciada y radical, aunque poco conocidas, fue la del pequeño y empobrecido país predominantemente musulmán y balcánico de Albania.

Este país hipercentralizado y el más stalinista en la región, tuvo tres fracasados gobiernos ex comunistas en 1991 tras un fallido intento del líder comunista Alia de legitimarse en el poder y conducir limitadas reformas. Pero el gobierno de centro-derecha de Berisha en 1992 llevó a cabo una terapia shock que agresivamente redujo el déficit presupuestario y liberalizó los precios y el comercio con el exterior. Georgia y Macedonia también intentaron diversas versiones de terapia shock a principios de 1992, aunque bajo condiciones menos favorables, tales como tensiones internas y externas, y una falta de instituciones económicas ya que ambos países habían sido parte de una recién disuelta federación. Los países que siguieron la ruta gradualista lo hicieron con alguno de estos dos propósitos: intencionales y accidentales. En el primer grupo, encontramos al gobierno de Jószef Antall en Hungría, el cual no creía que una terapia shock era necesaria en su economía mixta y relativamente (para Europa del Este) exitosa. En el segundo encontramos a Rusia, cuyos líderes políticos y económicos no parecían tener consenso e implementaron las reformas “a medias”.

En Hungría, el gobierno de Antall pensó que la terapia shock no era necesaria, ya que era una economía mixta y había sido reformada desde 1968, y parcialmente liberalizada en 1988; por eso se la conocía como “comunismo gulash”. Antall, en vez, optó por un gradualismo aunque a pasos marcados. Sí implantó la libertad económica y un régimen comercial abierto, pero seguía con una política fiscal algo generosa, tolerando déficit fiscales para financiar varios programas sociales. Dicha política económica causaba varias pugnas con el otro principal partido democrático, el cual militaba por reformas más radicales.

Sin embargo, hay quienes disputan el género gradualista de la transición húngara, manteniendo en vez que fueron tres “shocks” consecutivos (los primeros dos durante el último año de la era comunista) lo que caracteriza dicha política. En Rusia, aunque intelectualmente reconocían que el comunismo estaba muerto y se requerían profundas reformas económicas (habían llegado al poder prometiendo más reformas, y criticaban a Gorbachov por sus “reformas a medias”), los principales reformadores en el gobierno tenían varios temores y llevaron a cabo sólo parte del programa de “terapia shock”.

El primer ministro interino, Yegor Gaidar, en enero de 1992 le quitó el control gubernamental a los precios pero no acabó con varios subsidios y no desmonopolizó. Tampoco desregularizó la creación de nuevas empresas en forma seria y sustentable. Además, el Banco Central (bajo control del Soviet Supremo, el parlamento heredado de la era comunista) seguía imprimiendo grandes cantidades de rublos y otorgando créditos con tasas de interés por debajo del nivel de inflación a empresas paraestatales.

Gaidar quería moderar la terapia shock para no crear pánico y hasta una revolución. Pensó que los principales riesgos de una transición más rápida serían: el retorno de los comunistas, la aparición de fascistas, una explosión social, parálisis por huelgas, desempleo masivo y repentino, hambruna e inflación. Además, existía una creencia entre la elite rusa de que ese país era “especial” e inmune a las leyes económicas normales. Como dijo el reformador Anatoly Chubais: “En 1992 la mayor parte de mis colegas en el gobierno no entendían que un déficit presupuestario alto causaba inflación. En 1993, dudaban que esto fuera así; en 1994 ya estaban convencidos”. Mientras en teoría la estabilización tiene que ser conservadora y la liberalización liberal, Rusia hizo lo contrario. En Lituania, tampoco quisieron o pudieron seguir en un comienzo el ejemplo del país fraternal Estonia y decidieron adoptar una serie de medidas para estabilizar la economía pero más gradualmente, aunque ciertos elementos (como el desmantelamiento de las granjas colectivizadas) fueron más radicales. Mientras Estonia salió de la zona del rublo en junio de 1992, Lituania esperó quince meses más, hasta octubre de 1993 (el tercer país báltico, Letonia, lo hizo entre marzo y octubre de 1993).

Así, Estonia pudo controlar la inflación (90% en 1993) mientras Lituania no (410% en 1993). Al no poder controlar la inflación, varios de los demás componentes del ajuste económico no funcionaron como lo habían planeado. En noviembre de 1992, gran parte de los precios fueron desregularizados, pero subían precipitosamente, más allá del alcance de gran parte de la población con ingresos fijos. El gobierno de Gediminas Vagnorius no quiso controlar el gasto presupuestario indexando salarios y pensiones y manteniendo subsidios a varias empresas estatales.

Esto también afectó el programa de vouchers (cupones) de privatización, ya que el valor nominal en el voucher tuvo que indexarse también. En su campaña electoral de octubre de 1992, el Partido Lituano Democrático del Trabajo (los ex comunistas) criticaron al gobierno de Landsbergis por no controlar la inflación. En Ucrania, los nacionalistas y demócratas no presionaron demasiado al gobierno de Kravchuk para implantar una reforma radical ya que se tenía la idea de que el Estado ucraniano —dividido entre la parte occidental, nacionalista y ucraniano-parlante, y la parte oriental, rusófila y ruso-parlante—, no sobreviviría dicho trauma. Kravchuk de hecho no mostró mayor inclinación hacia ningún tipo de reformas significativas. Se dice que Kravchuk respondió a una oferta de implantar reformas económicas con otra pregunta: “¿Para qué reformar si tenemos tantos recursos naturales?”.

El primer líder gubernamental ucraniano, el primer ministro Vitold Fokin, había sido el jefe de la agencia de planificación central de la Ucrania soviética. Kravchuk obtuvo algunos admiradores en los partidos comunistas y socialistas del Occidente por su devoción a la “tercera vía”. Otros que decían practicar la “tercera vía” eran Ion Iliescu de Rumania, Slobodan Milošević de Serbia, Nursultan Nazarbaev de Kazajstán, Heydar Aliyev de Azerbaiyán y Sapurmurad Niyazov de Turkmenistán. Franjo Tuđman no nombró a su proyecto económico, pero solía decir que era el más apropiado para Croacia. Era una combinación de corporativismo disfrazado de nacionalismo económico, falta de libertad económica para sujetos no conectados al régimen y privatizaciones selectas a simpatizantes del partido de poder. La economía de Slobodan Milošević en Serbia primero consistió en emitir grandes cantidades de papel moneda en 1991 sin permiso del Banco Central yugoslavo, mezclado con un intento de eliminar físicamente al primer ministro reformador de la federación, Ante Marković. La inflación en Yugoslavia en 1993 era de trescientos mil millones por ciento. Un economista yugoslavo nombró la política económica de Milošević como “la economía de la destrucción”. Al contrario de Tuđman, Milošević sí profesaba seguir la “tercera vía”.

La liberación es principalmente implantar la libertad económica que permita que los emprendedores legítimos puedan funcionar sin excesivos obstáculos por parte del gobierno. Un estudio define a la libertad económica como “la ausencia de coerción o restricción gubernamental sobre la producción, distribución o el consumo de bienes y servicios, más allá de lo necesario para que los ciudadanos protejan y mantengan la libertad”. Esto incluye permitir que un emprendedor pueda vender lo que quiera, donde quiera y al precio que quiera. Según dicho estudio, para que un país se considere libre económicamente, necesita cuidar los siguientes parámetros: Política comercial; Política fiscal y tributaria; Intervención gubernamental en la economía; Política monetaria; Flujos de capital e inversión extranjera; Banca y finanzas; Precios y salarios; Derechos de propiedad; Regulación; Actividad en el mercado negro.

Vemos que, aunque la mayor parte de los parámetros son microeconómicos, algunos no lo son, tales como la política monetaria. Pero hay una interdependencia entre ambos. Por lo general, donde no hubo un intento profundo de estabilización macroeconómica, tampoco lo hubo de liberalización microeconómica. En Europa del Este, los reformadores más decisivos de 1989-91 tales como la República Checa, Polonia y Estonia, otorgaron la libertad económica a sus ciudadanos también en forma rápida y comprehensiva (Hungría y Eslovenia ya contaban con varias libertades económicas de sus economías mixtas pero las ampliaron aun más).

En el caso de Polonia, el día 1º de enero de 1990 se liberalizaron tres variables importantes. La primera fue el precio de todos los productos (menos de combustible, vivienda, ferrocarriles y empresas de servicios públicos: estos precios se liberalizaron después y paulatinamente). La segunda fue flexibilizar los trámites burocráticos para poder abrir una empresa u operar como actor económico (en el período inicial, se ignoraron leyes de uso de suelo y se abolieron todos los trámites; el emprendedor sólo tenía que llenar un formulario de una hoja para notificar al gobierno que abría su empresa, pero éste no podía impedírselo).

La tercera variable que se liberalizó fue el comercio exterior para que se pudieran importar insumos sin tener que depender de la economía monopolizada y no competitiva. Para esto también se devaluó repentinamente la moneda, el złoty, para que se equilibrara con su valor real (de hecho, sanamente subvaluada) y así otorgarle convertibilidad con monedas extranjeras (con la ayuda de un fondo de estabilización proporcionado por Estados Unidos). Rusia fue uno de los casos donde hubo un intento “a medias” de estabilización macroeconómica, pero que no fue acompañado de liberalización.

Un emprendedor ruso todavía necesitaba de docenas de trámites, y además de una burocracia heredada del pasado soviético y hostil, para comenzar una empresa y funcionar normalmente. Gaidar y Yeltsin inicialmente sí intentaron otorgar ciertas libertades de compraventa a sus ciudadanos pero éstas fueron canceladas cuando se percibía que el hecho de ver a miles de ambulantes e informales en las calles vendiendo sus pocas posesiones no era digno de una superpotencia. Por lo general, en el resto de los casos no hubo libertades económicas tan serias como en países que lideraron las reformas. En algunas ocasiones, líderes ex comunistas mencionaban que no podía permitirse el “capitalismo salvaje” y que había una urgencia de controlarlo “por el bien de los pobres”.

Había algunos seguidores en las transiciones post-comunistas del modelo mexicano, un país que implantó drásticas reformas macroeconómicas y de estabilización desde mediados de los 80, pero que mantuvo un estado de escasas libertades económicas a emprendedores no conectados con el régimen, donde los frutos de la privatización fueron a dar principalmente al círculo de poder político, pero que sin embargo disfrutaba de aceptación por parte de las potencias occidentales. Este modelo de “democracia controlada” fue atractivo para algunos sectores de la elite rusa.