Encontrar a sí misma - voluntaria en África

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"He perdido un día", decía el emperador romano Vespasiano, cada vez que en un día no lograba ayudar a nadie. Hay entre nosotros personas para las que estas palabras se han convertido en una filosofía de vida y para ponerla en práctica no dudan en abandonar a su hogar, familia, amigos. Una de ellas es Jana Korbelová, una joven checa de 27 años, quien pasó medio año como voluntaria en Mozambique. Sobre sus experiencias nos contará en esta A Toda Marcha.

¿Qué le impulsó a partir como voluntaria a África?

"Llevaba tres años estudiando teología en Praga, luego estudié un año en Francia, y poco a poco se apoderaba de mí la sensación de que la carrera ya no me satisfacía, de que quería hacer otra cosa, en otra parte, con otra gente. Necesitaba adquirir cierta distancia para poder decidir lo que quería hacer en el futuro. Y así, durante las vacaciones de Navidad leí un anuncio que ofrecía una aventura como voluntario en un país africano. Me lo pensé, y bueno, me contacté con la organización no gubernamental HUMANA, con sede en Noruega, cursé un programa de preparación, que duró seis meses, y luego partí como voluntaria medio año a Mozambique. Trabajé de profesora, en la provincia de Nampula, al norte del país, en una escuela destinada a la formación teórica y práctica en la materia del cultivo de anacardos ".

¿Tenía algún motivo particular para escoger este proyecto?

"Yo quería ir a algún lugar que estuviera lejos de la civilización. Así que al final trabajé, como digo yo en inglés, "in the middle of nowhere", es decir en medio de la nada, en la selva, a 80 kilómetros de la ciudad más cercana. Eramos cuatro blancos, dos participaron en un proyecto de ayuda a niños y sus madres, y una amiga irlandesa y yo enseñábamos en la escuela. Vivimos en una casa pequeña en un pueblo africano. Detrás de la casa empezaba una plantación, cien hectáreas de anacardos, y en el centro se encontraba la escuela."

¿Nos puede describir cómo era un día laboral en Mozambique?

"Nuestra jornada cubría todo el día, trabajábamos desde la mañana hasta la noche, y también los sábados. Por la tarde enseñaba en la escuela inglés y matemáticas. Bueno, matemáticas, por así decir, aplicadas, lo que significa que explicaba a mis alumnos como medir la superficie de un campo, como calcular cuantos anacardos pueden plantar, cuánto les costaría, etc. Por la mañana los alumnos, tenía a mi cargo 17 en total, 15 chicos y dos chicas, entre 17 y 33 años, aplicaban los conocimientos teóricos, en la plantación, y yo les acompañaba. Y por la noche organizábamos programas culturales, deportivos y otros para impedir que el pueblo fuera invadido por un "baby- boom", ya que teníamos allí muchos jóvenes solteros".

¿Piensa que este tipo de proyectos voluntarios cumplen el objetivo de ayudar a la gente de los países en vías de desarrollo?

"Yo personalmente considero muy positivo el hecho de que llegamos allá y le decimos a la gente: Uds. tienen que ayudarse a sí mismos. Nosotros podemos ayudarles para que se ayuden Uds. mismos. Es la única estrategia de ayuda con la que estoy de acuerdo. El principio básico - ¿por qué ofrecer a un hambriento el pescado, si puedes enseñarle a pescar? Además, me gustaba el entrelazamiento de la teoría con la práctica".

¿Y qué le aportó su estancia en África?

"En África uno aprende a hacer de nada mucho, a enfrentar cualquier desafío. No te preguntes cómo hacer algo, simplemente hazlo, sin buscar disculpas de por que es imposible hacerlo. Este lema lo tengo escrito en casa sobre mi escritorio, pero aquí no me ayuda mucho, el estrés de nuestra civilización se apodera de mí y a veces me siento abatida. Debo decir que no he encontrado en mi vida a gente que me parezca ser más feliz que la de Mozambique. Desde nuestro punto de vista ellos no tienen nada, pero están contentos y se alegran de la vida. Pienso que irme a África ha sido hasta el momento la mejor decisión de mi vida".