Lídia Jorge: “Hoy nuestro máximo miedo es transformarnos en máquinas, perder la humanidad”.

Lídia Jorge

La prominente escritora portuguesa Lídia Jorge asistió el pasado fin de semana a la Feria del Libro de Praga. Durante su estancia en la capital checa compartió con RPI su visión de escribir como testigo de la guerra colonial portuguesa y la transición a la democracia, pero también habló sobre los desafíos de las democracias occidentales actuales, compartió recuerdos de su madre y hasta ofreció una lista de sus lecturas preferidas.

“Mi hijo nació entre las mujeres negras de África. Y su primer grito fue en medio de los niños africanos que estaban naciendo. Eso me dio una fraternidad con África.”

“Mi hijo nació entre las mujeres negras de África. Y su primer grito fue en medio de los niños africanos que estaban naciendo. Eso me dio una fraternidad con África.”

Lídia Jorge visitó este mayo la ciudad de Praga en compañía de otros seis escritores portugueses para asistir a la Feria del Libro, que este año tuvo a Portugal como invitado de honor. En distintos encuentros con varias escritoras portuguesas y checas, periodistas, traductores y lectores en general, Lídia Jorge recordó la Guerra Colonial Portuguesa que marcó profundamente su carrera como escritora. Siendo la mujer de un oficial de la Fuerza Aérea Portuguesa, sabía que la guerra estaba perdida, era un sacrificio absolutamente inútil y, por lo tanto, deseaba imperiosamente un cambio. “Yo acompañé el deseo de muchos oficiales y soldados que querían terminar esa guerra”, dijo para Radio Praga Internacional.

Lídia Jorge en conversación con Ana Paula Tavares y Silvie Špánková | Foto: Martina Kutková,  Radio Prague International

“Cuando tenía 20 y pocos años, yo atendí a la gente que moría por causas erróneas, por errores de la historia. Eso es muy doloroso. Yo he visto a gente, amigos, caer en combate. Ese error en la historia de un pueblo, de un pueblo como Portugal, que era un pueblo pequeño, pobre, pero que tenía la idea de ser dueño de un gran imperio, era una mentira. Ver la gente caer, morir por ese error me dio ganas de escribir sobre eso. Antes, yo escribía historias un poco sobre los amores, sobre la vida, simplemente ontológicas. En ese momento yo empecé a comprender la necesidad de añadir a lo ontológico también lo histórico y lo sociológico”.

Ese cambio en su forma de escribir se manifestó en la novela El día de los prodigios que, precisamente, habla sobre el cambio portugués, sobre el conocimiento de la injusticia, sobre un pueblo que se impone a otros y sobre ver la muerte.

“He sido testigo de un cambio, de que cuando uno quiere, cuando una sociedad quiere, quiebra las cadenas”.

“Los portugueses fueron los primeros en hacer la circunnavegación de África y en ir a tantas partes del mundo con historias mágicas, pero también trágicas. Fuimos los primeros y los últimos. Yo vi el último momento de esa historia europea sobre África, fui testigo. Eso me ha dado, creo, una conciencia literaria de que todos mis recursos son para hablar de ese cambio”, sostiene.

“Haber tenido hijos, niños, en medio de África, entre las mujeres pobres que no tenían nada… Mi hijo nació entre las mujeres negras de África. Una noche pluviosa. Y su primer grito fue en medio de los niños africanos que estaban naciendo. Eso me dio una fraternidad con África, una fraternidad con los otros. Es imposible no haber cambiado mis recursos que iban a ser recursos literarios. Entonces, todo eso me ha cambiado mucho, me ha hecho una persona con una conciencia de la dignidad humana y la conciencia del cambio del mundo”.

Los últimos años de dicha guerra los vivió en África, Angola y Mozambique. El 25 de abril de 1974, durante la Revolución de los Claveles, todavía estaba en el otro continente, pero, a pesar de estar lejos de Lisboa, fue un día muy emocionante y un día memorable para ella que la acompañaría de por vida. “La calle estaba llena de gente, gente que no sabía por qué gritaba, pero eran gritos de felicidad. Fue un momento que alimentó mi generación”, dice. A Portugal volvió durante el verano de 1974, tres meses después.

Portugal en la Feria de Praga | Foto: Martina Kutková,  Radio Prague International

“Para mi generación, la gran victoria era poder votar, cada uno con poder de decisión sobre el cambio. Me acuerdo muy bien de la primera vez que voté. Tenía una hija de la mano y un hijo en mis brazos y para mí como mujer, como joven, ha sido un momento… todo el mundo estaba en flor, fue un momento maravilloso. Creo que he sido testigo de un cambio, de que cuando uno quiere, cuando una sociedad quiere, quiebra las cadenas”.

Lídia Jorge también reconoce que aquel cambio supuso mucha confusión a la sociedad portuguesa que había vivido más de cuatro décadas en la dictadura y no sabía cómo abordar la democracia. El peligro de una posible guerra civil, afortunadamente, no estalló en un nuevo conflicto en el país peninsular. A su vez, años después, fue siguiendo con ilusión la caída del muro de Berlín y los acontecimientos revolucionarios en Checoslovaquia.

“Fue una revolución, yo diría, prácticamente, maravillosa. Durante un día, como si la historia fuera la gran amiga de los portugueses. Porque no hubo efusión de sangre, fue la primera. Vuestra revolución, la Revolución de Terciopelo, ocurrió 15 años después. No quiero decir que la Revolución de los Claveles haya sido la causa de las otras revoluciones, pero fue la primera de las revoluciones sin efusión de sangre. Václav Havel era un gran amigo de Portugal. Lo conocemos bien porque visitaba Portugal. Él reconocía mucho el papel de la revolución portuguesa”.

Cambiar es lo más importante

La portada de Los memorables,  de Lídia Jorge | Foto: Protimluv

En aquel entonces, Lídia Jorge percibía Checoslovaquia como muy cercana. A pesar de que Europa estuviera dividida entre dictaduras socialistas y, tal como dice la escritora, dictaduras ibéricas, los países estaban interconectados en una especie de diálogo. Esto lo refleja en el libro Los memorables, donde acude no solo a la Revolución de los Claveles y a la de Terciopelo, sino también a la Revolución rumana de 1989.

“Pasados 50 años, algunas esperanzas no se han cumplido. Y ahora es necesario reinventarlas. Porque hay democracias digitales que plantean desafíos diferentes, peligrosos. Ellos comprenden que hay que inventar una nueva forma de hacer democracia. La democracia necesita otros ingredientes para continuar. En ese libro, Los memorables, se habla de la necesidad de otra inauguración. Porque 50 años después, es necesario otro mundo. Es necesario continuar manteniendo lo que era importante: el respeto por los derechos humanos, eso, se puede decir, es el patrón básico, pero para respetar los patrones humanos hay que cambiar cosas, siempre cambiar cosas”.

Explica la escritora que, según ella, es humano querer cambiar porque eso da la esperanza de recuperación, da la esperanza de que se puede reparar el error, y ese es el alimento de la vida. “La sumisión es un hábito, la sumisión es como una condena y pasa del padre al hijo. Al contrario, la democracia está siempre viva”, prosigue.

“La democracia es antinatural porque, por naturaleza, a la gente le gusta tener un jefe y obedecer. Y es la cultura y la civilización lo que hace la democracia. Pero es una lucha permanente para que se mantenga. Decir eso es obligatorio, pero es difícil transmitírselo a la gente”.

“He aprendido de Kundera, quien decía que la historia autobiográfica no hace los libros”.

En ese sentido, Portugal es un país que apoya mucho a Ucrania, en el contexto de una lucha occidental por la democracia. Al principio de ese conflicto, Lídia Jorge escribió un texto que se llama Sentimiento de una occidental.

“Yo estoy a favor de los países que, a pesar de todos los errores, quieren que cada cuatro, cinco años cambien los gobiernos, cambiar es lo más importante. Cuando una dictadura empieza, el dictador no se larga más del poder. Eso pudre la sociedad”.

El más allá es un libro

Lídia Jorge también presentó este mayo en Praga la nueva traducción de su novela La misericordia, publicada originalmente en 2022. En este libro, la autora intentó desarrollar algo parecido a una biografía de una persona muy cercana, su madre, describiendo su vejez, sus últimos años de vida en una residencia para personas mayores. Al mismo tiempo, el libro sirvió a la autora para retratar un momento crucial de la vida colectiva mundial: la pandemia del COVID-19. “Eso fue para mí un desafío porque yo no quise escribir una narrativa autoficcional”, sostiene.

La portada de La misericordia,  de Lídia Jorge | Foto: Argo

“He aprendido de Kundera, quien decía que la historia autobiográfica no hace los libros. La autobiografía es como los ladrillos que hacen el edificio de una obra, pero no es necesario escribir una autobiografía. Yo también pienso que no es necesario”.

La figura de su madre aparece en la dedicatoria del libro en la que, también, la autora menciona su ciudad natal, Boliqueime, en Algarve, a donde le gusta volver para escribir sus textos y donde, en realidad, descubrió el amor hacia la literatura, ya que fue justamente ahí donde decidió volverse escritora gracias a la biblioteca de su madre.

“No tenía muchos libros, pero eran tan importantes para ella como también era importante la lectura. Era importante su diario, su diario personal. Cuando se aproximaba la noche, ella abría su agenda y empezaba a escribir. Siempre he visto a mi madre escribir su agenda. Le preguntaba desde muy joven: ¿Por qué escribes, mamá, tus días? Ella decía: ‘Para ordenar mi vida’. Creía que poner palabras sobre el papel ordenaban su vida. Eso ha sido algo tan importante. Su más allá, hoy, que está en ese allá, es un libro”.

“La literatura tiene una profundidad, ninguna otra disciplina es capaz de dar lo mismo”.

Como dice Lídia Jorge, entre sus libros preferidos, o los libros a los que vuelve, figuran Los hermanos Karamazov de Dostoyevski, Me llamo rojo de Orhan Pamuk, Todo lo que tengo lo llevo conmigo de Herta Müller, y muchos más.

“Orlando de Virginia Woolf es un libro muy poderoso. Otros libros que me han enseñado muchísimo son Las palmeras salvajes de Faulkner, Nada de la catalana Carmen Laforet y La metamorfosis de Kafka, un libro absolutamente fundamental y tan importante que ha sido una lectura de mi juventud a la que hoy mismo siempre vuelvo. La metamorfosis ha descubierto algo muy profundo en nuestra alma: el miedo de que uno se transforme en animal. Hoy es el miedo de transformarnos en máquina, en un androide. Nosotros hoy tememos esa transformación. Es un miedo a la pérdida de la humanidad”.

Los autores portugueses invitados a la Feria de Praga | Foto: Martina Kutková,  Radio Prague International

Agrega que hay otros libros más recientes a los que también podría denominar como los libros de su vida. Sin embargo, revela que la gente tiende a hablar siempre de los libros que transformaron su vida cuando eran jóvenes. “No hay que olvidarse, no obstante, de que una parte de nosotros se mantiene joven porque siempre está aprendiendo”, expresa.

“Yo me deslumbro con los libros de los escritores de mi edad o que son más jóvenes, pero que me hacen feliz porque me dicen que la literatura tiene una profundidad, ninguna otra disciplina es capaz de dar lo mismo. La profundidad, el sueño, la inventiva lingüística que es la materia del pensamiento está en la literatura”.

Además de Lídia Jorge, se presentaron en la presente Feria del Libro de Praga también Gonçalo M. Tavares, Rui Zink, João Luís Barreto Guimarães, Madalena Matoso, Felipe Melo y Ana Paula Tavares. Más información y fotos de las charlas literarias ocurridas se pueden encontrar en la web y las redes sociales del Instituto Camões de Praga y del Mundo del Libro.

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