Entre la esperanza y la decepción: la democracia checa cumple 25 años

Revolución de Terciopelo, foto: Peter Turnley, Public Domain

El 17 de noviembre de 1989 comenzaron las protestas que desataron la Revolución de Terciopelo checoslovaca, que acabaría provocando la caída del régimen comunista. Precisamente el evento marca los 25 años de democracia en la República Checa, una efeméride que en este caso viene acompañada de cierto regusto de decepción y autocrítica. En este programa especial trataremos las causas de la desilusión democrática de una buena parte de la sociedad checa y analizaremos el sistema político checo cinco lustros después de su fundación.

Derrumbamiento del Muro de Berlín, foto: Superikonoskop, Wikimedia CC BY-SA 3.0
El llamado bloque del Este se estaba resquebrajando. Desde Moscú, el régimen de Mijaíl Gorbachov había soltado las correas que ataban a sus estados satélites de Europa Oriental, y sus respectivos regímenes comunistas, desorientados, se vieron de repente contra las cuerdas. En junio de 1989 se habían celebrado elecciones más o menos libres en Polonia, en octubre en Hungría se había modificado el modelo de Estado, aceptándose el multipartidismo. El 9 de noviembre cayó el Muro de Berlín, el símbolo más tangible de la separación de las dos Europas.

En Checoslovaquia se habían dado señales de disconformidad civil, en especial los disturbios de la Semana de Palach en enero, pero nadie esperaba que los acontecimientos se precipitaran tan rápidamente. El 17 de noviembre la manifestación estudiantil en honor al 50 aniversario de la muerte de Jiří Opletal, el estudiante asesinado por los nazis, fue disuelta violentamente por los antidisturbios. Pronto se corrió el rumor de que había habido muertos, lo que desencadenó nuevas protestas y la coordinación de los focos y movimientos opositores. Había comenzado la Revolución de Terciopelo.

Foto: Peter Turnley, Public Domain
Suave y elegante como el terciopelo. Salvo la brutalidad policial de los primeros momentos, la violencia brilló por su ausencia. El 20 de noviembre ya se había instituido el Foro Cívico, que actuó como representación de la oposición democrática. Cinco días después un millón de personas se manifestaron en la planicie de Letná, en Praga, pidiendo un cambio político. Al día siguiente comenzaron las negociaciones entre el Foro Cívico y las autoridades comunistas.

La huelga general del día 27, secundada por la mitad de la población activa, fue la última prueba de fuerza. El 3 de diciembre se constituyó un nuevo Gobierno con ministros considerados apolíticos y se presentó al Congreso Federal una propuesta de reforma institucional. El año 1990 comenzó con Checoslovaquia transformada en una democracia liberal. Había bastado un roce y el régimen comunista se había derrumbado como un castillo de naipes.

La anhelada democracia

Febrero 1948
Lo masivo de las protestas contra el régimen y el porcentaje de votos del Partido Comunista en las subsecuentes elecciones, que nunca ha rebasado el 19%, retratan una sociedad hastiada del sistema comunista y anhelante de la vuelta a la Europa liberal, capitalista y democrática que abandonó en 1948.

Sin embargo, y aunque pueda parecer paradójico, el ambiente general 25 años después de la Revolución de Terciopelo es de escepticismo o conformidad desencantada. En un estudio de la Asociación Nuestra Sociedad (Naše společnost) de febrero de este año, solo un 6% de los encuestados dijo sentirse muy satisfecho con el funcionamiento de la democracia en la República Checa, y un 42% más bien satisfecho. El 34% se mostraba más bien insatisfecho y el 15% muy descontento.

Al mismo tiempo crece la desconfianza hacia la democracia en general como sistema. De acuerdo con el mismo sondeo, en 2004 el 54% de los checos la consideraba el mejor sistema de gobierno, un porcentaje que actualmente es del 45%.

Algo no funciona bien desde el punto de vista político en la República Checa, si comparamos el país con los países de Europa Occidental y con la sensación de euforia de 1989 y los primeros años de libertad política. La explicación ha de buscarse en primer lugar, explica Jakub Klepal, director de la asociación Foro 2000, en el estado en el que se encontraba la sociedad civil checa en el momento en el que cayó el régimen.

“Aquí había dominado un sistema totalitario durante 40 años, más si contamos el nazismo, y esto deformó la percepción de la política y la vida pública. La gente no estaba acostumbrada a decidir por sí misma, involucrarse en la vida pública, o esperar que su participación trajera resultados… Cuando llegó en 1989 la oportunidad de cambiar esto la expectativa era muy alta y poco realista, un poco idealista”.

 Jakub Klepal, foto: Kristýna Maková
De esta manera tenemos por un lado que la sociedad civil checa se había desactivado, o deteriorado, debido a la acción del régimen, que exigía ciudadanos obedientes y censuraba el debate público, la iniciativa fuera de los surcos marcados por el Partido o la diversidad en general. Al mismo tiempo, la incesante propaganda institucional, que la ciudadanía percibía como adulterada o simplemente falsa, había inculcado una visión cínica y desconfiada hacia la política.

Por otro lado, la visión que se tenía de los sistemas democráticos puede considerarse como idealizada, en buena medida por la distancia en el tiempo (las últimas elecciones libres habían tenido lugar en 1945) y sobre todo por el aislamiento respecto a Occidente, que a pesar de los esfuerzos de la propaganda oficial, o quizás gracias a ellos, había creado una imagen idílica del bloque capitalista, incide Klepal.

“La generación de más edad se acordaba de muchas cosas de la Primera República o del periodo de posguerra. Al fin y al cabo, si miramos las primeras elecciones después de la revolución en 1990, la campaña se parecía en muchos aspectos a las primeras elecciones de después de la Segunda Guerra Mundial. La gente conectaba unas con otras, los partidos políticos, que en algunos casos eran los mismos, también. Pero bastante gente veía Alemania Occidental, Austria, y la imagen que se hacían no solo se correspondía con el sistema político, sino con el funcionamiento económico y el nivel de bienestar. Era una mezcla de diversas experiencias”.

Dime cuánto ganas y te diré lo demócrata que eres

En pocas palabras, en la democracia liberal no se veía únicamente un sistema más justo y participativo, sino que se asociaba directamente con un mayor bienestar material. En este sentido, la consecución o no de esta expectativa de mejora económica se encuentra íntimamente ligada con la percepción positiva o negativa del sistema democrático.

Una reciente encuesta de la agencia CVVM es especialmente reveladora en este sentido. El 60% de los encuestados considera que durante el régimen comunista se tenían más oportunidades de trabajo y se disfrutaba de mayor certidumbre social y seguridad personal.

Foto ilustrativa: Štěpánka Budková
Las diferentes suertes corridas en los últimos 25 años trazan así la existencia de diversos bloques de opinión, señala Jakub Klepal.

“En la sociedad checa se han cristalizado varias líneas divisorias, y una de ellas es campo-ciudad. Está muy claro, y se ve en los resultados electorales. La siguiente línea divisoria es generacional. Los más mayores se comportan en las urnas de forma diferente que los que llegaron a la democracia recién en edad productiva. Y luego vemos grandes diferencias según el nivel educativo y el estatus social. La gente con más educación está más satisfecha, los que tienen más éxito ven la situación más positiva. Los que tienen menos educación tienen mayores problemas y a menudo miran al pasado con mayor nostalgia”.

Las palabras de Klepal son confirmadas por el mencionado estudio de la asociación Nuestra Sociedad, según el cual la mayoría de los creyentes en la democracia disfrutan de educación media o superior, son jóvenes de entre 20 y 30 años, habitantes de la ciudad de Praga y en general gente que considera su nivel de vida como bueno. Se inclinan también más hacia la satisfacción con la democracia como sistema los votantes de partidos de derecha.

No es de extrañar así que el campo checo, marginado económicamente respecto a las ciudades, vote mayoritariamente a los partidos de izquierda, que garantizan seguridad social y asistencial por parte del Estado. La derecha checa, por su parte, abomina ideológicamente del Estado del Bienestar, que identifica con valores cercanos a los del régimen comunista, y apuesta por reforzar el libre mercado.

De esta forma vemos como en la República Checa el eje ideológico izquierda-derecha comprende también una valoración del sistema democrático. Debido a la situación anterior a 1989, en la que la división era comunismo-democracia, el régimen liberal se identifica con el capitalismo sin cortapisas y más bien asocial, mientras que el predominio de un modelo de estado interventor y social se relaciona con el escepticismo hacia la democracia.

Así pues, generalmente funciona la suposición de que cuanto más a la izquierda está una persona, más crítico es con la democracia como sistema.

Una nación asqueada de la política

Además del cumplimiento o no del sueño capitalista, un factor crucial a la hora de explicar la tibia valoración de la democracia 25 años después de su instauración es el relativamente deficiente funcionamiento del sistema político que viene sufriendo el país en este periodo.

Al igual que otros países ex comunistas, la República Checa sufre de inestabilidad política, con solo dos gobiernos hasta ahora que han completado su periodo de funciones de 4 años, altos niveles de corrupción, poca implicación ciudadana y, básicamente, un profundo desencanto con la política.

Karel Vodička, foto: archivo de ČSSD
Como explica el politólogo Karel Vodička, el rápido paso de un sistema a otro generó una situación de anomia social en los años 90, es decir, de carencia de autoridad y deficiencia institucional, lo que permitió la llegada a los partidos políticos de elementos corruptos, o directamente criminales, que mancharon a largo plazo la imagen de los políticos ante la sociedad.

El ejemplo más sangrante fueron las privatizaciones de todo el tejido industrial público del país, que se realizaron en condiciones opacas, permitiendo el saqueo del patrimonio estatal y dando lugar a grandes fortunas de escasa legitimidad. La esperada libertad política produjo así el primer gran desengaño, al crear de forma injusta mayores diferencias entre ricos y pobres y bloqueando la capacidad del Estado para invertir en los grupos de población más necesitados.

Precisamente la corrupción se percibe como principal causa de que el país siga teniendo problemas para financiar adecuadamente su sanidad y educación, entre otros servicios públicos.

De acuerdo con Jakub Klepal, el problema no es el sistema en sí, sino sus actores.

“El problema no está en la organización institucional del sistema. Creo que las instituciones checas están bien pensadas. Están equilibradas y funcionan relativamente bien. El problema es la calidad de las élites políticas, y quizás la insuficiente responsabilidad de los ciudadanos a la hora de decidir su voto. A menudo eligen impulsivamente, o en base a propuestas o ideas reduccionistas”.

Así pues, como sugiere Klepal, nos encontramos en Chequia con una pescadilla que se muerde la cola. La falta de tradición de una sociedad civil fuerte, que conoce sus derechos e interviene en asuntos públicos, se traduce en un electorado poco exigente, que a su vez falla a la hora de fiscalizar lo suficiente la labor de los políticos.

El resultado es un sistema de partidos desacreditado. Según distintos sondeos, desconfían de las formaciones políticas entre un 80 y un 98% de los checos. Tampoco abundan los intelectuales o profesionales capaces dispuestos a “ensuciarse” haciendo carrera en un partido, incide Klepal.

“La política ha adquirido los visos de algo disfuncional, sucio, corrupto, donde no se puede alcanzar ningún cambio. Al contrario, la política cambia a la gente que entra en ella, y nadie tiene la oportunidad de transformar la política en algo positivo. Por eso mucha gente se niega escépticamente a meterse en política y no quiere tener nada que ver”.

El auge de la antipolítica

Ese es posiblemente el motivo principal por el cual los gobiernos tecnócratas, formados por compromiso de las distintas fuerzas, cuentan tradicionalmente en Chequia con gran popularidad. Y también la causa de que desde hace unos diez años aparezcan de forma regular partidos que se declaran apolíticos o que no encajan exactamente en la categorización tradicional de izquierda derecha. Hablamos por ejemplo de Asuntos Públicos o Los Verdes, que tras conseguir unos diputados o incluso formar parte del gobierno, acabaron desarticulándose y volviendo a la marginalidad.

Andrej Babiš, foto: Šárka Ševčíková
Los últimos comicios generales trajeron al Parlamento checo dos nuevos grupos apolíticos o antipolíticos. Uno, Amanecer de la Democracia Directa, volverá muy probablemente, según los sondeos de voto, a convertirse en una fuerza extraparlamentaria. El otro, el movimiento ANO, del magnate Andrej Babiš, no solo integra la coalición gubernamental, sino que despunta en las encuestas como primera fuerza política del país.

“A menudo vemos como los votantes ven a la clase política como incapaz, corrupta, sin un objetivo claro, sin capacidades claras de resolver los problemas, y por eso han escogido, ahora de momento, como posible solución, un partido que declara que es apolítica y efectiva de forma empresarial. Es decir, que es capaz de solucionar los problemas de la política de forma no política, de forma que recuerda a la gestión de una empresa”.

En opinión de Jakub Klepal esta manifestación de escepticismo antipolítico tiene sus propias peculiaridades y no debe ser confundida con el auge de movimientos extremistas que se vive en otros lugares de Europa.

“Aparecen partidos o movimientos que ofrecen una alternativa. Esto significa que se pone en cuestión la división tradicional izquierda-derecha. Estos partidos ofrecen una solución a menudo simplificada y populista, a menudo a través de una buena campaña de marketing. Por suerte esto no tiene en la República Checa un suelo tan firme, pero vemos como en otros países europeos aparecen fuerzas políticas que ofrecen soluciones extremas a problemas como la inmigración. Esto en Chequia se queda en lugares aislados del espectro político, en grupos aislados de ciudadanos”.

Klepal relativiza así el éxito de ANO achacándolo no solo al carácter de Chequia como democracia post soviética, sino a un momento especial que vive Europa en el que el sistema democrático es puesto en jaque de forma general por diversas iniciativas que varían según el país y su correspondiente problemática.

En concreto, el analista menciona el auge de Podemos en España, un movimiento de izquierda que se presenta como renovador de un sistema corrupto, y del Frente Nacional en Francia, de derecha xenófoba y euroescéptica.

“Tienen algo en común, y es que los tres movimientos son básicamente antisistema. Esta tendencia siempre parte de algo que los electores ven como el problema del momento. En España hay alto desempleo, hay problemas sociales, la gente considera su situación económica como mala, y por eso se unen a una protesta encarnada en Podemos. Si hablamos de Francia, vemos un gran problema en la cuestión de la inmigración, entre otras cosas, y por eso mucha gente apoya a un partido extremo que en cierta medida se limita a esta problemática”.

¿Una república gulash?

A pesar de la imagen que de su propio país tienen los checos, si tomamos el estado de la democracia checa en relación con los otros países ex comunistas del entorno, su situación es realmente envidiable.

Foto ilustrativa: Comisión Europea
De acuerdo con el índice Bertelsmann de Transformación (BTI), la República Checa es el país que mejor ha llevado el pase de un sistema a otro de todos los estados comunistas que actualmente pertenecen a la Unión Europea, con una nota de 9,6 sobre 10 en el año 2012. Le siguen Eslovenia con 9,5, Estonia, con 9,3 y Polonia con 9,1. Al final de la tabla se encuentran Bulgaria y Rumanía con un 8,3 y un 8,2 respectivamente.

Si Chequia es una “república gulash”, trasladando el concepto de república bananera a Europa Central, no es desde luego de las peores. Otro indicador, el de Nivel de Consolidación de la Democracia, según datos de 2013, otorga a la República Checa 250 puntos, lejos de por ejemplo Países Bajos, con 415 puntos, pero por delante de la mayor parte de los países ex comunistas con excepción de Estonia y Eslovenia.

El indicador de Nivel de Consolidación tiene en cuenta el porcentaje de población satisfecha con la democracia, la confianza en las instituciones democráticas, que en Chequia es del 21%, la participación electoral (del 63%), el PIB en relación con la media europea (74%) y la ausencia de corrupción según datos de Transparencia Internacional (44).

Hablando concretamente de política, a grandes rasgos Jakub Klepal considera que el país de la región que ha conseguido un sistema más estable y fiable es Polonia, aunque sobre todo gracias a la figura de Donald Tusk. Su reciente ausencia de la escena polaca deja pues abierto el interrogante de por dónde evolucionará el país. Los otros casos son por su parte más preocupantes que el checo, sostiene Klepal.

Donald Tusk, foto: Parlamento Europeo
“Cuatro de estos países han tenido éxito en su transformación. Han avanzado mucho económicamente y en el campo de las libertades personales y en la imposición de un sistema político. Tienen lugar elecciones justas y transparentes, etc. Pero vemos que, en diversa medida, la democracia se ve amenazada en estos países. En Hungría se da la dominancia de un partido, de un hombre, que aunque no tiene poder ilimitado, disfruta de un gran poder para un régimen democrático. Vemos en Eslovaquia algo parecido, aunque con otro color ideológico”.

El mismo sentimiento de decepción que genera el sistema democrático liberal en varios sectores de la sociedad checa tiene su continuación en la valoración más bien tibia y desapasionada de la Unión Europea. Las elecciones al Europarlamento tienen una participación excepcionalmente baja, no superior al 20%.

Sin embargo, si la calidad de la democracia en Chequia no es peor, en parte se debe a su integración en la UE, afirma Klepal. De hecho, si hay una perspectiva de mejora, viene por ahí.

“La pertenencia a la Unión Europea nos da toda una serie de ventajas, y una de ellas es ser parte de una cultura política, institucional, estructural, que a menudo no alcanzamos pero a la que podemos intentar acercarnos o dejarnos inspirar. No es tanto que Bruselas nos presione, como pasa a veces, como el hecho de que podemos mirarnos tanto en el funcionamiento de la Unión como en el de los otros estados miembro. Podemos inspirarnos en cómo funcionan y gracias a eso ir por un camino mejor que el que llevamos actualmente”.

Es difícil decir si fue primero el huevo o la gallina, si la pertenencia a la UE o la prosperidad económica y calidad política, pero lo cierto es que en el índice Bertelsmann los países ex comunistas miembros de los 28 puntúan mucho más alto que los que están fuera. Si Rumanía tiene una nota de 8,2 el siguiente en la escala, Ucrania, tiene 6 puntos, seguido de Georgia, con 5,9, y Rusia, con 5,7. Uzbekistán, al final de la tabla, cuenta con solo 3 puntos.

Una democracia necesitada de demócratas

Es necesario por tanto, opina Klepal, valorar las transformaciones positivas que ha vivido la República Checa, teniendo en cuenta la situación de partida, y trabajar para solucionar sus carencias, especialmente su débil sociedad civil.

“Todo el desarrollo del que somos testigos ha de ser entendido como un proceso de educación de nuestra sociedad. Nosotros mismos tenemos que decidir cómo llevar adelante este país, qué representantes políticos queremos. La gente simplemente tiene que reunir valor y voluntad de involucrarse en la política, comprometerse más, de otra manera no podrán quejarse de lo que pasa a su alrededor”.

Este proceso de aprendizaje es también recalcado por Karel Vodička, para el que la sociedad checa se encuentra todavía en el proceso de crear una sociedad civil fuerte, más politizada y vital, que sería condición necesaria para la consolidación del sistema democrático liberal en el país.

Jiří Pehe, foto: Šárka Ševčíková
Al mismo tiempo hace hincapié en la necesidad de que se desarrolle una nueva generación empresarial, un tejido de pequeñas y medianas empresas con más experiencia, mejor adaptadas al sistema económico capitalista, acostumbradas por ejemplo a asumir riesgo y actuar por iniciativa propia.

Como afirma el analista político Jiří Pehe en su libro ‘Democracia sin Demócratas’ (‘Demokracie bez demokratů’), en Chequia hasta ahora se entiende la democracia liberal más como democracia que como liberalismo, es decir, como un sistema político de elecciones libres más que como el imperio de la ley y el estado de derecho.

La democracia liberal no puede, según Pehe, funcionar sin los valores que le corresponden, los vinculados al liberalismo como ideología, y que van desde la igualdad ante la ley hasta la participación en la vida pública. En pocas palabras, para que una democracia funcione bien hay que creer en ella, pensar de forma democrática. Por ello, a su parecer, se puede hablar en la República Checa de democracia, pero en cierta medida, sin demócratas.