El rol de Occidente

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Con este espacio, "Del Totalitarismo a la Democracia", Radio Praga trata de ofrecer un vistazo sobre lo que ha representado el proceso de transición en la República Checa. Este espacio está dedicado a todas las personas interesadas en conocer detalles sobre la transformación checa desde la dictadura comunista hasta la democracia, por lo que creemos que encontraremos muchos radioescuchas en Cuba, donde importantes sectores de la población se preparan también para un proceso de cambio pacífico en la Isla.

Las potencias occidentales jugaron un papel clave en el colapso del comunismo y un papel importante en las transiciones. Antes del colapso, Occidente se dedicaba principalmente a intentar resistir la expansión del comunismo y luego, bajo la administración de Reagan en los Estados Unidos, a derrotar a la Unión Soviética y a liberar a las naciones cautivas.

Varios líderes de Europa del Este han declarado que fue la confrontación armamentista, la retórica anticomunista, el embargo económico y el financiamiento clandestino de grupos anticomunistas dentro del bloque soviético lo que precipitó su colapso. Se ha descubierto recientemente en los archivos y a través de entrevistas, que la retórica anticomunista de Reagan fue una de las principales razones que alentaron al líder soviético Yuri Andropov a promover al joven y dinámico Gorbachov como su sucesor para poder contrarrestar las agresiones de Reagan.

La fortaleza económica de Occidente también sirvió de inspiración a varios ciudadanos (y ocasionalmente también a las elite) del mundo comunista. Después del colapso, varios gobiernos occidentales, agencias multilaterales y organizaciones civiles lanzaron varios programas para ayudar a los países en sus transiciones. Estos programas se apuntaban a lo económico y financiero por un lado (proveer créditos a los nuevos países, perdonar deudas, otorgar nuevos préstamos, abrir fronteras al comercio, etc.), y a lo técnico por el otro (aconsejar en adopción de leyes, abrir universidades, mandar expertos, intercambiar estudiantes, etc.).

Dichos programas por lo general se centraban en los gobiernos de la región. Pero otros esfuerzos y programas se dirigieron más bien a ayudar a la naciente sociedad civil: organizaciones nogubernamentales y académicas dedicadas a proyectos tan diversos como la ecología, derechos de minorías, derechos del consumidor, derechos civiles, entre otros. En lo económico, Occidente puede ayudar de varias formas, incluso: Condicionando el apoyo a cambio de reformas específicas; Creando un fondo de estabilización de cambio monetario; Facilitando la apertura de mercados; Otorgando ayuda financiera directa e indirecta, así como propiciando la reestructuración y la cancelación de deudas. Los acreedores de Polonia perdonaron el 50% de las deudas en 1993 (Club de París) y 1994 (Club de Londres). El gobierno de Estados Unidos (y los demás miembros del grupo G-7) proporcionó el fondo de estabilización para el złoty en Polonia, de mil millones de dólares, y el de Estonia. La comunidad internacional proporcionó 2.2 mil millones de dólares de asistencia financiera para Albania durante el período más difícil de las reformas (1992-95).

El compromiso occidental también consistió en intangibles, como el apoyo moral a los reformadores, especialmente en momentos claves. En el otoño de 1989, cuando recién comenzaba la administración de Mazowiecki en Polonia, el presidente George Bush mandó un grupo en los que se contaban tres miembros del gabinete y los directores de diez grandes corporaciones para subrayar el apoyo americano al gobierno polaco y a su “zar” económico, Balcerowicz.

Desde la teoría, en lo político Occidente se dedicó a ayudar a la consolidación democrática. Esto lo hizo tanto en base a programas directos como por el hecho de ser un modelo inspirador. El deseo de “retornar a Europa” fue un factor de disciplina para varios países, ciertamente los que estaban más cerca geográfica y culturalmente de Europa. Los estrictos y específicos requisitos políticos, económicos, sociales e institucionales para ingresar a la Unión Europea sirvieron de compás y motor (y para poder “vender” las difíciles reformas a sus poblaciones) para los líderes post-comunistas, al igual que lo habían sido para los españoles y portugueses a comienzos de los años ‘80.