Testimonio en primera persona: las dificultades de una musulmana para vivir acorde a su fe en Praga

La mezquita en Černý Most, Praga

En una ciudad conocida por su cerveza y secularismo, la pequeña comunidad musulmana de Praga está dispersa y a menudo es invisible. En este reportaje, una musulmana practicante recoge una serie de testimonios y, además, da a conocer su perspectiva.

Foto: Brian Merrill,  Pixabay,  Pixabay License

Siendo musulmana, y a pesar de no haber crecido en un país islámico, en mi vida siempre hubo una presencia importante de la comunidad musulmana. Tenía clases sobre el islam todas las tardes, una gran mezquita, numerosos eventos de Ramadán y celebraciones organizadas del Eid. Por eso, cuando me mudé a Praga sufrí un gran choque cultural.

Durante el Ramadán, nadie entendía que yo estuviera ayunando. Tres veces al día escuchaba la misma pregunta: “¿Ni siquiera bebes agua?”. Durante el Ramadán, desde el amanecer hasta el atardecer, los musulmanes que son capaces de ayunar no comen ni beben nada, ni siquiera agua. Muchas personas en la República Checa parecen tener dificultades para creerlo.

Foto ilustrativa: Alex Proimos,  Flickr,  CC BY-NC 2.0

Más allá del aislamiento religioso, también viví desafíos personales que me hicieron cuestionar mi vida aquí. Por ejemplo, fue en Praga donde descubrí que “no soy blanca”. Que me gritaran cosas en la calle, que la gente escondiera sus bolsos al verme en el tranvía, o que tuviera problemas para alquilar un piso porque “no soy checa”, lo cual solo se convertía en un problema una vez que el arrendador me veía en persona, fue todo un proceso de aprendizaje para mí.

Pero sabía que mi experiencia no era única. Para entender cómo otros como yo intentan vivir su fe aquí, hablé con musulmanes de Praga, cada uno con sus propias historias silenciosas de aislamiento y también de amor.

Sheyaun, una estadounidense de origen pakistaní, me dijo: “Nunca noté el color de mi piel hasta que me mudé a la República Checa. Incluso me miraban con escepticismo si ante la pregunta ‘¿de dónde eres?’ yo respondía que era de Estados Unidos”.

La mezquita en Černý Most,  Praga | Foto: Aila Aliieva,  Radio Prague International

Samir dejó Ucrania en 2022 huyendo de la guerra, y Praga se convirtió en su nuevo hogar. Agradecido por la oportunidad de escapar, buscó una vida espiritual en la ciudad, solo para descubrir que aquí la fe suele ser invisible y que la comunidad religiosa a la que estaba acostumbrado no le esperaba en su nuevo destino.

“No encontré un lugar que sintiera como mi hogar religioso”, confiesa. A pesar de visitar varias mezquitas en Praga, él, como tantos otros, tiene dificultades para sentirse cómodo en algo que describe más como una habitación oculta en un sótano que una mezquita.

El panorama musulmán en Chequia, en números

Los números ayudan a explicar el panorama. Un informe de 2022 sobre libertad religiosa internacional indicó que, del 70% de la población checa que respondió a la encuesta, el 48% no tenía religión y el 13% no seguía ninguna religión específica. Según el Pew Research Center, hay unos 20.000 musulmanes en la República Checa, lo que representa solo el 0,2% de la población, dispersos por varias ciudades.

La mezquita en Černý Most,  Praga | Foto: Aila Aliieva,  Radio Prague International

No sorprende, por lo tanto, que no haya grandes mezquitas, ni muchos restaurantes auténticos halal a la vista ni demasiadas oportunidades para aprender sobre el islam. Las mezquitas existentes son más bien salas de oración, casi siempre vacías. Muchas están ocultas en sótanos. “Ni siquiera sé cómo alguien puede encontrarlas si no vive aquí”, sostiene Shirin, una musulmana nacida en Turkmenistán que lleva más de una década en Praga.

Visité la mezquita más grande de Praga, en Černý Most, un suburbio en el extremo este de la ciudad, para ver cómo se reúne la comunidad musulmana allí. La mezquita está gestionada por la Fundación Islámica de Praga. Como en otros templos similares, se hallan dos secciones: una para hombres y otra para mujeres. La sección masculina es más grande, mientras que la femenina está más escondida. Ambas tienen espacios para la ablución antes de comenzar a orar. Pero durante mi visita, la desconexión entre el espacio físico y el sentido de pertenencia fue evidente. Vi muy pocas personas, entre ellas un profesor con un grupo de niños. La oración del viernes, el Yumu‘ah, es cuando más gente suele acudir al centro religioso, en su mayoría hombres, pero Samir me cuenta que no logró conectar con nadie cuando asistió: “Sentí que solo estaba cumpliendo con un deber, sin entender la jutba (‘el sermón’)”.

La mezquita en Černý Most,  Praga | Foto:  Aila Aliieva,  Radio Prague International

La barrera del idioma puede ser un problema constante. Los sermones se dan en árabe y checo, lo que deja al margen a los musulmanes que no dominan ninguna de las dos lenguas.

Shirin coincide parcialmente. “He intentado ir a la mezquita, pero nunca lo logré... No me sentía cómoda entrando sin conocer a nadie… y no hablo checo. ¿Y si no sé qué hacer allí?”, se pregunta.

Jorika, sin embargo, una checa conversa, describe su experiencia como positiva: “Alhamdulillah, la comunidad en Praga es muy acogedora y amable”, dice. Encontró el islam por su cuenta y, tras una sola visita a la mezquita, recibió apoyo rápidamente. “Bastó con hablar con una persona… aquí la gente valora mucho las relaciones, así que las cuida profundamente”. Pero reconoce que el idioma juega un papel clave: es más fácil encajar cuando uno se siente comprendido.

Una dualidad evidente

Existe una dualidad evidente: para algunos hay calidez comunitaria, y para otros aislamiento. Algunos conectan de inmediato, mientras que otros se ven obligados a tomar decisiones difíciles respecto a su fe y su futuro.

La mezquita en Černý Most,  Praga | Foto:  Aila Aliieva,  Radio Prague International

“Parte de mi decisión de irme de Praga fue por mi religión… A medida que mi fe se fortalecía, quería estar en un lugar donde pudiera rezar libremente, celebrar como corresponde y sentirme parte de una comunidad, algo que lamentablemente no encontré aquí”, dice Kamila, quien dejó Praga tras terminar sus estudios. Puede ser difícil para los musulmanes encontrar en Praga un lugar donde se sientan aceptados.

Algunas cosas han mejorado. Encontrar comida halal sigue siendo un reto, pero están surgiendo nuevos locales. “Al principio conocía solo 2 o 3 sitios y pensé que eso era todo, pero con el tiempo encontré muchos más”, cuenta Kamila.

Jorika añade: “No están en cada esquina, pero se están abriendo muchos lugares. Si comparo cómo era cuando llegué a Praga y cómo es ahora, hay una gran diferencia”. Aun así, muchos restaurantes no están reconocidos ni anunciados, lo que dificulta encontrarlos.

Tras hablar con varias personas, me di cuenta de que usar hiyab en Praga también puede ser un reto.

“La enfermedad se está extendiendo incluso aquí, estamos perdidos”, escuchó una vez Jorika decir a alguien al pasar junto a ella mientras llevaba el hiyab. “Nadie espera ver a una musulmana checa”, sostiene.

Foto ilustrativa: Biswarup Ganguly,  Wikimedia Commons,  CC BY 3.0

Incluso, para las mujeres musulmanas puede ser peligroso usar hiyab cuando se encuentran solas, me cuenta Zuhra. Relata el caso de una mujer a la que le arrancaron el pañuelo en un autobús, solo para descubrir que estaba calva por un tratamiento de cáncer. Entonces la gente empezó a disculparse y dijeron que pensaban que era musulmana. Todas las mujeres que conoce Zuhra prefieren no andar solas con hiyab. Van acompañadas por hombres “por si acaso”. Incluso para ir a la mezquita, solo va en coche o con su esposo, por miedo a usar transporte público. Dice que el miedo es uno de los principales motivos por los que no lo usa a diario: “Se supone que el hiyab nos tiene que proteger, no ponernos en peligro”.

Foto ilustrativa: Lenka Žižková,  Radio Prague International

A pesar de estos desafíos, muchas personas encuentran fortaleza en su fe personal y en su pequeña comunidad, aunque dispersa y puertas adentro. “También uso hiyab, así que al principio me sentía muy incómoda”, dice Kamila. “A donde sea que voy, recibo muchas miradas —a veces amigables, pero otras muy hostiles—, especialmente en el metro, pero ya me acostumbré”.

A pesar de todo, los musulmanes siguen haciendo lo que creen correcto por su compromiso con la fe. “Aunque el ambiente no sea el mismo, se trata de lo que tú haces con él”, dice Jorika. “Todos, especialmente en Ramadán y el Eid, hacen lo mejor que pueden… organizan eventos para niños y contribuyen como pueden”.

Náměstí Míru | Foto: Prokop Havel,  Český rozhlas

Samir comparte la opinión de Jorika. “Durante el Ramadán, no diría que me sentí solo… Estaba haciendo lo que debía y lo que quería”, aunque confiesa que extrañó el sentido de comunidad que conocía antes: “Aquí es más difícil, pero eso no cambia la esencia de lo que hacemos”.

Sheyaun dice: “Recuerdo mi primer Eid al-Fitr (Culminación del Ayuno). Estaba sentada en la plaza Náměstí Míru y todos caminaban como si fuera un día cualquiera, y pensé lo increíble que era eso”.

Una pequeña comunidad que resiste el aislamiento

Es comprensible y completamente normal que los checos no entiendan el Ramadán ni por qué hacemos lo que hacemos, porque no conocen la religión como tal, pero para los musulmanes se traduce en una soledad difícil de imaginar.

El Corán | Foto ilustrativa: Pixabay,  Pixabay License

“Ojalá la gente no pensara en estereotipos”, dice Samir. “El islam que yo conozco es sobre paz y fe, no sobre violencia. Si existieran más lugares donde se enseñara realmente nuestra religión, podría cambiar la manera en que nos ven”.

Esta exclusión no es solo mental. También puede ser física. Zuhra me cuenta cómo, durante una clase en la universidad, la conversación giró hacia la religión y luego hacia la guerra entre Israel y Palestina. Cuando dijo que era musulmana, la clase empezó a excluirla.

Todas las historias que me compartieron tienen un punto en común: nadie quería que se sintieran lástima por ellos, sino que los comprendieran. A menudo, los musulmanes se ven en el rol de educadores, algo que muchos aceptan con gusto. La mayor ilusión de Liliana, musulmana viviendo en Praga, es bastante simple. “Sueño con que más personas se informen sobre nuestra religión, y que dejen de escuchar ideas islamobóficas propagandísticas”.

Mientras algunos han decidido irse, otros han optado por quedarse y construir la pequeña comunidad que pueden encontrar o formar. Grupos de WhatsApp, clubes universitarios y pequeñas reuniones mantienen vivo el vínculo.

Como dice Shirin: “Las personas son diferentes en todas partes, solo deberíamos ser un poco más tolerantes entre nosotros”.


Algunos nombres en este artículo han sido cambiados a petición de los entrevistados, quienes prefirieron permanecer en el anonimato.

Autor: Aila Aliieva
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