Operaciones secretas del KGB contra la Primavera de Praga

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Desde principios de 1968 la sociedad checoslovaca vivía un período cargado de esperanzas. El proyecto de implantar en el país el llamado socialismo con cara humana contaba con el respaldo de la mayoría de los ciudadanos. Pero Checoslovaquia pertenecía desde el fin de la Segunda Guerra Mundial a la esfera de influencia soviética. Los primeros en darse cuenta del peligro que la Primavera de Praga representaba para todo el imperio soviético fueron los dirigentes del servicio secreto KGB. Sus operaciones contra la Primavera de Praga perseguían el objetivo de preparar el terreno para una intervención militar en Checoslovaquia.

La posibilidad de sofocar la Primavera de Praga con la ocupación militar de Checoslovaquia fue planteada por primera vez ante el politburó soviético en marzo de 1968 por el secretario del Partido Comunista ucraniano, Piotr Shelest. La Ucrania soviética tenía una frontera de 100 kilómetros con Checoslovaquia. El “contagio” estaba cerca.

El dirigente comunista ucraniano hizo hincapié en que la Primavera de Praga ponía en jaque el destino de todo el campo socialista. Además del apoyo a las “sanas fuerzas prosoviéticas” en Checoslovaquia, Shelest consideraba imprescindibles también “medidas militares”.

Shelest recibió un fuerte apoyo del jefe del KGB, Yuri Andropov, que pidió medidas concretas con vistas a la preparación de la intervención militar. Andropov era un hombre avezado: como embajador en Budapest había jugado un papel clave en el aplastamiento de la revolución húngara en 1956.

En la crisis del 68 entre la Unión Soviética y los reformistas checoslovacos la voz del jefe del KGB fue cada vez más influyente. Andropov se oponía rotundamente al primer ministro soviético, Alexei Kosyguin, y a otros “ viejos” que vacilaban en recurrir a la fuerza en Checoslovaquia.

Yuri Andropov
En la primavera de 1968 Andropov envió a Checoslovaquia un numeroso grupo de agentes secretos, provistos de documentos falsos que los convertían en ciudadanos occidentales.

Fue la primera vez que un contingente tan elevado de falsos turistas, periodistas y estudiantes “occidentales” desembarcó en un país del bloque soviético. La dirección del KGB creía que los “contrarrevolucionarios” checoslovacos revelarían más fácilmente sus planes “subversivos” a quienes considerasen como sus simpatizantes occidentales.

A Moscú le interesaban los principales focos de ideas “subversivas”, como la Unión de los escritores checoslovacos y las redacciones del popular semanario Gaceta Literaria y del diario del Partido Comunista de Checoslovaquia, Rudé Právo, que se sumó a los reformistas.

En la mira del KGB estaban también dos organizaciones surgidas durante la Primavera de Praga que provocaban furibundas reacciones de la dirección soviética:

El K 231, una organización de ex presos de conciencia del régimen totalitario, condenados a raíz del artículo 231 del código penal comunista;

y el KAN, que agrupaba a ciudadanos sin militancia política, interesados en participar en la vida pública, abierta hasta entonces sólo a los militantes del Partido Comunista.

Los archivos de Mitrojin, que este ex funcionario del KGB llevó a Occidente, revelan que dos agentes soviéticos que se presentaban como ciudadanos de Alemania Occidental, preparaban en mayo del 68 el secuestro de dos destacadas personalidades de la Primavera de Praga: el profesor Václav Černý, catedrático de la Universidad Carolina, y el escritor Jan Procházka, vicepresidente de la Unión de los escritores checoslovacos.

Los agentes dijeron a Černý y a Procházka que éstos por su actividad democratizadora corrían un grave peligro por parte de los detractores de las reformas y ofrecieron a los dos intelectuales un escondite. Los agentes planeaban drogarlos y llevarlos a la República Democrática Alemana en un coche con matrícula diplomática.

La operación fracasó porque el catedrático no cayó en la trampa. Y el escritor Jan Procházka recibió del ministro del Interior un guardaespaldas.

Con el fin de justificar la preparada intervención militar, los agentes del KGB fabricaban pruebas falsas sobre la supuesta conspiración entre los “derechistas “ checoslovacos y los servicios de inteligencia occidentales.

Los agentes con falsa identidad trataron de convencer a los miembros de la asociación de los ex presos políticos K 231 que aceptasen ayuda de una ficticia organización clandestina a la que Occidente suministraba supuestamente armas. La provocación no prosperó.

El KGB se llevó un chasco también en la operación en que sus agentes intentaron fabricar pruebas falsas sobre los preparativos de un golpe armado contrarrevolucionario en Checoslovaquia, encaminado a arrancar a este país del campo socialista e implantar el capitalismo.

El 19 de julio de 1968, el diario soviético Pravda publicó un artículo sobre el hallazgo de un “escondite secreto” de armas estadounidenses en la comarca checa de Sokolov, cerca de la frontera germanooccidental. El periódico afirmó, además, que las autoridades soviéticas lograron obtener la copia de un “plan secreto de EE.UU” para el derrocamiento del régimen comunista en Checoslovaquia.

La prensa de todo el bloque soviético se hizo eco de las patrañas publicadas por el Pravda y sus periódicos emularon publicando artículos sobre supuestos hallazgos de armas en todo el territorio checoslovaco.

Los órganos de seguridad checoslovacos realizaron las correspondientes investigaciones y el ministro del Interior, Josef Pavel, pudo comunicar a la cúpula del Partido Comunista de Checoslovaquia que las informaciones sobre supuestos almacenes de armas de los contrarrevolucionarios eran meras provocaciones.

Las armas eran estadounidenses, pero de la Segunda Guerra Mundial,y algunas de ellas estaban colocadas en cajas fabricadas en la Unión Soviética. En el “escondite” llegó a hallarse una mochila comprada en el conocido centro comercial moscovita GUM.

El jefe del KGB, Yuri Andropov, suministraba a la cúpula soviética informaciones tergiversadas que justificasen la intervención militar en Checoslovaquia, y ocultaba otras.

Oleg Kaluguin, que encabezaba a los espías soviéticos en Washington, obtuvo documentos fidedignos que comprobaban que ni la CIA ni cualquier otro servicio de inteligencia occidental estaba involucrado en el movimiento reformista en Checoslovaquia.

Estos documentos no respaldaban la hipótesis de Yuri Andropov de que por detrás del proceso democratizador de la Primavera de Praga estaba una conspiración imperialista. Los informes del espía de Washington nunca llegaron al conocimiento de la dirección soviética.

21 de agosto  de 1968 en Praga
Los Estados de la OTAN respetaban la división de las esferas de influencia entre Occidente y la Unión Soviética. Los EE.UU no estaban dispuestos a arriesgar un conflicto con la Unión Soviética.

El secretario de Estado estadounidense, Dean Rusk, dijo claramente el 22 de julio de 1968 a su homólogo soviético Andréi Gromyko:

”La Administración estadounidense trata de ser cautelosa en sus comentarios sobre los sucesos en Checoslovaquia. De forma alguna desea verse involucrada en esos acontecimientos. Por eso nos extraña que la Unión Soviética quiera involucrarnos en ellos. Es un asunto de los propios checos. De los checos y de los demás miembros del Pacto de Varsovia”.

Pero el desenlace trágico se estaba acercando. En el caluroso verano de 1968, en la República Democrática Alemana, Polonia, Hungría y la parte occidental de Ucrania ya estaban concentradas las tropas del Pacto de Varsovia que el 21 de agosto de ese mismo año invadirían a Checoslovaquia.