Los crímenes de Putin: tres años de secuestros, torturas y violaciones a miles de niños ucranianos
Kira y Maksim, dos de los pocos niños ucranianos secuestrados por Rusia que han tenido la suerte de volver con los suyos, hablaron en un acto en el Instituto Cervantes de Praga de su traumática experiencia con motivo del tercer aniversario del inicio de la invasión rusa a gran escala. Se calculan en unos 20.000 los menores que han sido hasta la fecha separados de sus padres por la fuerza por Rusia.
“Pasamos una semana en el sótano. Entonces, el director de la residencia, pidió a la Policía que nos llevara al centro de Mariúpol porque allí el bombardeo no era tan intenso. Pasamos allí más de tres semanas. Además de nosotros, había más de 800 personas. Cuando allí los bombardeos empezaron a ser más intensos y se acabó la comida, nos reunimos todos y nos fuimos. Teníamos que trasladarnos a otro sitio, porque los bombardeos ya eran muy intensos”.
Maksim, un joven que ahora tiene 18 años, recordó en el Instituto Cervantes de Praga aquellos fatídicos meses de febrero y marzo de 2022, cuando el inicio de la invasión rusa lo sorprendió en la ciudad de Mariúpol, que por su cercanía a la frontera, se convirtió en uno de los primeros nombres trágicamente ligados a una agresión que entonces era aún difícil de creer, pero que ya cumple tres años.
Las imágenes de los bombardeos de la ciudad portuaria, incluida la destrucción deliberada del teatro en el que se sabía que se escondían niños fue uno de los primeros crímenes de guerra contra la población civil que se volverían una constante de la estrategia rusa en su intento por vencer una guerra que al principio confiaban en ganar en apenas unos días.
"Un soldado ruso se nos acercó y nos dijo que si intentábamos escaparnos otra vez nos dispararía a las rodillas".
Maksim, un huérfano de 15 años por aquel entonces, intentó escapar de los bombardeos y las fuerzas de ocupación junto a dos compañeros de residencia, contó a Radio Praga Internacional.
“Nos encontramos con un puesto de control ruso. Allí nos revisaron si teníamos símbolos tatuados, revisaron nuestros teléfonos… Luego subimos a un autobús y nos llevaron a la ciudad de Manhush. En un hospital comprobaron que éramos huérfanos. Después de esperar varias horas nos dimos cuenta de que nos iban a llevar a Donetsk (ciudad ocupada) pero sabíamos que había un autobús que iba a Zaporiyia (ciudad no ocupada). Decidimos ir a la parada a esperarlo. Llegamos, esperamos, el autobús ya venía, pero entonces un soldado ruso se nos acercó y nos dijo que si intentábamos escaparnos otra vez nos dispararía a las rodillas, y ya no tuvimos más remedio que quedarnos. Volvimos al hospital y los servicios sociales vinieron a recogernos”.
Casi tres meses pasó en un hospital de Donetsk sin saber qué iba a ser de él y sus compañeros, que cada vez eran más. Aunque comparado con la mayor parte de niños ucranianos secuestrados, aún tuvo suerte. Hoy día, ya mayor de edad, vive en una residencia de la ciudad de Jmelnitski y junto a Kira, ha estado contando su experiencia por muchos países.
Kira, heridas sin curar
También Kira, que ahora tiene 15 años, tuvo la suerte de regresar de su cautiverio, y es que menos de 400 niños de los 20.000 que se calcula que han sido secuestrados por Rusia, han podido volver con los suyos. Pero su experiencia fue peor.
“Cuando empezó la guerra, decidimos no irnos de Mariúpol. Pasé con mi abuelo las dos primeras semanas. Empezamos a quedarnos sin agua, no había luz, no había calefacción, no había internet, no había nada. Pero, en algún momento, mi padre, que estaba en otra parte de la ciudad, llegó a la casa y me dijo que me fuera con él. Yo lo echaba de menos y decidí irme con él”.
"El bombardeo era muy fuerte. Todo el edificio temblaba. No podíamos irnos porque disparaban ráfagas de ametralladora afuera y en algún momento empezaron a disparar a las ventanas. Una bala le dio a papá en la cabeza”.
Los bombardeos de los ocupantes continuaban. El asedio era total, sembrando de destrucción la ciudad, de la que tampoco se podía escapar ya. El peor día en la vida de Kira estaba por llegar.
“Ese día por la mañana, el bombardeo era muy fuerte. Todo el edificio temblaba. No podíamos irnos porque disparaban ráfagas de ametralladora afuera y en algún momento empezaron a disparar a las ventanas. Una bala le dio a papá en la cabeza”.
“No hubo manera de salvarlo. Nos fuimos a otro lugar para escondernos. Y en algún momento, en la casa a la que llegamos, de nuevo empezaron a bombardear con mucha fuerza”.
“Cuando el bombardeo empezó a ser intenso y no había adónde ir, decidimos que teníamos que abandonar Mariúpol. Y a eso de las 5 o 6 de la mañana salimos y caminamos hacia Manhush. Íbamos caminando pero nos detuvimos porque la bolsa con la comida se rompió. Y mientras los adultos la arreglaban, una niña pequeña que también caminaba conmigo, golpeó algo con el pie y hubo una explosión”.
Había pisado una mina. Tres años después, Kira sigue recuperándose de las heridas, que en un principio, le curaron en hospitales ocupados.
“Nos llevaron en coche para que nos prestaran ayuda médica y ahí ya nos interceptaron soldados rusos y nos llevaron a Donetsk. Estuve en Donetsk durante un mes, en dos hospitales diferentes”.
Con su padre muerto, sus abuelos eran la única familia que le quedaba a Kira, pero no tenía forma de contactarlos. Aleksandr, que ha viajado ahora con su nieta para actos como el de Praga, recordó aquellos días en los que no sabía qué había sido de ella.
“Salimos de Mariúpol a pie el 14 de marzo, y no teníamos comunicación, no había posibilidad alguna. Había casos en que alguien iba a Mariúpol y preguntaba en los sótanos si estaba ahí tal o cual familiar. Pero nosotros no sabíamos nada, primero fuimos a Leópolis, luego a Chernivtsi. Y entonces me enteré que Kira estaba en Donetsk en un hospital, así que empecé a buscar la forma de dar con ella y sacarla”.
Gracias a la intervención de representantes de la Presidencia de Ucrania, la Cruz Roja y el Vaticano, Aleksandr fue contactado para decirle que podía viajar a la zona ocupada para recoger a su nieta. Esta, mientras, se encontraba aislada en una habitación de hospital sin saber qué sería de ella.
“No me dejaban salir en absoluto, ni siquiera con algún adulto, porque pensaban que podría escaparme. Y quitaron las manijas de las ventanas para que no las abriera y me escapara. Por supuesto, tenía miedo. Estaba en un hospital, a oscuras, sola y no sabía qué iba a pasar. Y poco antes de que llegara mi abuelo, incluso me amenazaron con que si no venía nadie a por mí, me llevarían a un orfanato. Tenía mucho miedo, por supuesto”.
Tanto Kira como su abuelo y Maksim son rusoparlantes, no hablan ucraniano, lo cual no los convierte en menos ucranianos ni simpatizantes de los ocupantes.
Mientras Kira estaba en el hospital aislada, Aleksandr se adentraba en territorio enemigo para buscar a Kira.
“Por supuesto que tenía miedo. Pero eso no me frenó, porque lo principal para mí era ir a por mi nieta. No fue agradable, y no hablo ya del viaje en sí, sino de la propia estancia en Donetsk. Me tuve que quedar una noche y tengo un recuerdo muy desagradable. Yo había estado en Donetsk muchas veces antes, la conozco bien y tengo muchos conocidos allí porque antes iba por trabajo, pero esta vez la sensación era muy mala, la ciudad estaba muy sombría. Quería dar con Kira lo antes posible para irnos inmediatamente, no era la ciudad que conocía”.
Comprensiblemente, reconoce Aleksandr que, después de ser liberada, también Kira en un principio se volvió una niña muy sombría, callada e introvertida. Tres años después, tras terapias psicológicas y tratamientos, dice que “ha vuelto a la vida”, la vida que ahora tiene con su abuelo en la ciudad de Úzhgorod, donde lo que más le gusta hacer es bailar.
"Conocemos muchos casos directos en los que los niños fueron separados, por ejemplo, de su madre, en campos de filtración, y ya no han vuelto a verlos nunca más".
Como decíamos, dentro de lo que cabe, también tuvo en eso suerte, porque la mayor parte de los niños ucranianos que un día fueron secuestrados por las fuerzas rusas, no han vuelto, y de hecho, no se sabe nada de ellos, explicó la psicóloga Olena Skrypko, que acompaña a Maksim y Kira.
“Hay un cálculo que habla de casi 20.000 niños, pero hay muchas cifras y ninguna es definitiva. Por ejemplo, la propia Federación Rusa dice abiertamente que ha “evacuado” o “rescatado” a 744.000 niños, y dicen que en su mayoría fueron entregados por sus padres, pero conocemos muchos casos directos en los que los niños fueron separados, por ejemplo, de su madre, en campos de filtración, y ya no han vuelto a verlos nunca más”.
Infancias abducidas
Sobre esos niños con menos suerte aún que Kira y Maksim va la película que se pudo ver en el Instituto Cervantes de Praga. El documental Infancias abducidas reúne testimonios de padres, testigos, otros niños que lograron regresar con los suyos y especialistas, sobre las torturas, maltrato psicológico, violaciones y, directamente, asesinatos que supuso la invasión rusa para un número exacto que realmente se desconoce de menores. Sin posibilidad de despedirse de sus padres en campos de filtración, a muchos niños les decían que nadie iba a ir a por ellos porque no los querían y se pusieron a inculcarles odio hacia Ucrania y la lengua ucraniana, según testimonios.
De forma macabra, en grandes actos propagandísticos de Putin, han sido usados algunos de estos niños que, suponiendo que fueran realmente menores secuestrados, habrían logrado tras años de separación y adoctrinamiento que agradecieran emocionados a un militar por haberlos sacado de su ciudad natal.
El embajador de Ucrania en la República Checa, Vasyl Zvárych, explicó a Radio Praga Internacional que considera importante hacer todo lo posible para que se conozcan mejor los crímenes contra la humanidad que está cometiendo Rusia.
“Para el tercer aniversario de la agresión rusa a gran escala contra Ucrania, con este acto con la Embajada de España y el Instituto Cervantes de Praga queríamos mostrar a una audiencia internacional uno de los mayores crímenes que Rusia cometió contra la humanidad al secuestrar niños ucranianos. Hasta la fecha, Rusia ha secuestrado a más de 20.000 niños ucranianos y estamos tratando de hacer todo lo posible para traerlos de regreso a casa. Es muy importante liberarlos de lo que podríamos llamar prisión rusa, y por eso es muy importante realizar estos eventos, para que se conozca la verdad y crear conciencia pública sobre este crimen contra la humanidad”.
La dureza de lo que relata el documental Infancias abducidas creó un gran malestar en el público reunido en el Instituto Cervantes, reconoció el diplomático.
“Hubo casos, como los que hemos visto con el documental, de tortura y violación, es realmente muy cruel. Creo que mientras sigamos con la investigación, casos así aparecerán cada vez más, porque los rusos establecieron un sistema tan cruel de deportación forzada y ciudadanía forzada, porque todos los ucranianos están obligados a aceptar la ciudadanía rusa, que es también un crimen contra el derecho internacional. Y también es grave el adoctrinamiento y el lavado de cerebro de los niños ucranianos, con lo que quieren borrar cualquier sentimiento nacional de que son ucranianos. Quieren reeducarlos para que digan que son rusos. Eso es inaceptable y todos nosotros, como mundo democrático, debemos hacer todo lo posible para evitar que suceda”.
El secuestro de niños ucranianos ya ha sido condenado por la Corte Penal Internacional, subrayó el embajador.
“Debido a este crimen, la Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto contra el presidente Putin y definitivamente esperamos que la orden se implemente y que los perpetradores comparezcan ante la justicia. Es muy importante para todos hacer que prevalezca la justicia porque es la mejor garantía para nuestro futuro en un mundo basado en reglas, es decir, un mundo basado en el derecho internacional”.
Ante las noticias de los últimos días, con unas negociaciones entre la administración de Donald Trump y el Kremlin en las que no participa el Gobierno ucraniano y no hacen augurar nada bueno para el país que lleva tres años invadido, la embajadora española en Chequia, María Pérez Sánchez – Laulhé, quiso al menos mostrar el total apoyo de España a Ucrania, dijo.
"Un soldado ruso se nos acercó y nos dijo que si intentábamos escaparnos otra vez nos dispararía a las rodillas".
"El bombardeo era muy fuerte. Todo el edificio temblaba. No podíamos irnos porque disparaban ráfagas de ametralladora afuera y en algún momento empezaron a disparar a las ventanas. Una bala le dio a papá en la cabeza”.
“El compromiso de España, tanto las autoridades como de la sociedad, la opinión pública, es firme, sólido e inquebrantable. Estamos muy contentos de que nos vean también aquí en Praga como un lugar de acogida en nuestro centro cultural, que es el Instituto Cervantes, que por supuesto es su casa, y más en un día como hoy, en el que hemos tenido a dos niños, a un niño y una niña, que fueron abducidos y que nos han contado una experiencia tan dura. Crear para ellos un ambiente lo más acogedor posible es todavía más importante. Creo que hemos conseguido sentirnos todos un poco en casa, porque como también ha dicho después el director del Ministerio de Relaciones Exteriores checo, al final somos familia, familia europea”.








