“Me hacía mucha ilusión ir a Terezín porque quería ver a mis abuelos y viajar en tren”
Michaela Vidláková, de 88 años, sobreviviente del Holocausto tras pasar años encerrada en Terezín, compartió con RPI sus recuerdos de la Segunda Guerra Mundial con motivo del 80 aniversario del Día de la Victoria.
“Durante un tiempo jugábamos con los niños de los vecinos en el patio de la casa, pero me puso muy triste cuando esto dejó de estar permitido”.
Michaela Vidláková, nacida el 30 de diciembre de 1936 en Praga en el seno de una familia judía, es una de los pocos sobrevivientes de holocausto que aún en el año 2025 pueden compartir de primera mano sus recuerdos de uno de los mayores crímenes contra la dignidad y los derechos humanos: el holocausto. Con ocasión de las celebraciones del fin de la Segunda Guerra Mundial, y la propia liberación del gueto de Terezín, aceptó la invitación a los estudios de Radio Praga Internacional para hablar de sus recuerdos.
“Yo tenía dos años y tres meses cuando nos ocuparon los nazis. Entonces, por supuesto, no recuerdo muchas cosas de esa época y, además, los recuerdos de un niño son como fragmentos de una película. Pero, de las muchas reglas y leyes que había, recuerdo, sobre todo, que no podía ir al parque infantil, al parque ni a bañarme en verano, y eso sí que me afectó profundamente. Durante un tiempo jugábamos con los niños de los vecinos en el patio de la casa, pero me puso muy triste cuando esto dejó de estar permitido. Los judíos y no judíos no podían mantener relaciones en público y estos niños, de repente, me ignoraban”.
¿Cómo explicar a una niña todas estas restricciones? Dice Michaela que su madre le hablaba de que había unas personas malas que estaban prohibiendo que los niños judíos y no judíos jugaran juntos. Que, de otro modo, estos niños y sus padres los castigarían, entonces, por mucho que quisieran hacerlo, no podían.
“También era consciente de que mis padres y mis abuelos llevaban la estrella de David amarilla en el pecho. Pero yo no lo sufría porque mis padres me explicaron que nosotros éramos una nación un poco distinta, aunque hablábamos checo y habíamos nacido aquí. Que los soldados malos (que también eran distintos porque llevaban uniforme) nos habían ordenado ir marcados. Entonces yo no lo veía tan mal. Somos distintos, así que llevamos la estrella amarilla”.
Entre las otras restricciones que sí le molestaban a Michaela figuraba también el hecho de que varias veces la habían echado junto a su abuela del tranvía o, después, que tuvieran que mudarse.
Esto afectó a muchas familias judías, que fueron obligadas a abandonar sus casas, mudarse a otra vivienda y vivir allí junto a otras familias judías desconocidas.
“En vez de nuestro barrio de Letná, vivíamos en el de Žižkov junto a otras familias en un piso muy frío. A mí me encantaba bañarme, pero eso se terminó. Tenía que ducharme con agua fría en un baño sin calefacción. Eso sí que se me quedó clavado en la memoria. Como digo, son fragmentos. Luego, después, por supuesto, entendí qué era lo que le había pasado a nuestra familia. Pero eso fue mucho después”.
“Para mí una maravillosa escuela de la vida. Aprendí muchísimo en Terezín, cosas que, hasta el día de hoy, considero muy útiles”.
La madre de Michaela, Irma Lauscherová, trabajaba como profesora en la escuela judía de la calle Jáchymova, en el barrio judío de Praga, hasta el año 1942. Su padre, por otra parte, era técnico en una fábrica de pieles y, posteriormente, de productos de madera, lo cual, como se demostró posteriormente en Terezín, salvó la vida de toda la familia.
La deportación al mayor sitio de concentración de judíos en el territorio del entonces Protectorado de Bohemia y Moravia, situado a 60 kilómetros al norte de Praga, le tocó a la familia Lauscher a finales del año 1942.
“Poco antes de cumplir 6 años, unos días antes, recibí, en vez de una mochila de escuela, otro tipo de mochila. Nos dirigimos a lo que se llamaba Radiotrh, en Praga 7, (frente a la Galería Nacional en la calle Veletržní). Dormíamos en el suelo y éramos miles de personas. Solo estábamos nosotros ahí echados en el suelo, no había muebles. Pero, por otro lado, me hacía mucha ilusión ir a Terezín porque unos meses antes se habían llevado allí a mis abuelos. Y yo quería verlos y viajar en tren”.
Michaela fue deportada a Terezín el 22 de diciembre de 1942. Pero no pudo ver a sus abuelos, ya que estos habían partido de Terezín hacia los campos de exterminio del este el verano anterior, poco después de la conocida como “heydrichiáda”, una la época de la brutal represión que siguió al atentado de los paracaidistas checos Jozef Gabčík y Jan Kubiš al líder nazi Reinhard Heydrich el 27 de mayo de 1942.
“Un niño es un gran realista. No piensa tanto, no filosofa, toma las cosas tal y como son”.
“Ahora que ya lo entiendo, pienso que fue para mí una maravillosa escuela de la vida. Aprendí muchísimo en Terezín, cosas que, hasta el día de hoy, considero muy útiles. En aquel entonces, siendo niña, me importaba solo que me pusieron en una casa infantil donde hice amigos. Eso era algo que fomentaban mucho en nosotros, la amistad y el hecho de ayudarnos mutuamente. Hoy, esta es una de mis prioridades, pertenecer a algún lugar, ayudar a los demás, ser alguien útil dentro de la sociedad. Pero entonces me decía: ‘nuevos amigos, qué bien’. Dormíamos en literas y nos pican las pulgas… Bueno, hay que acostumbrarse. Los demás tampoco lloran, entonces, yo tampoco porque se reirían de mí”.
La vida de los niños de Terezín se organizaba en varios edificios, unos para los más pequeños, de hasta 10 años, y otro para los mayores, de hasta 16 años. Contaban con la presencia de cuidadores y profesores que intentaban enseñar a los niños, pintaban con ellos, cantaban y les daban clases en distintas materias de forma clandestina.
“Aprendíamos muchos juegos, realmente, para mí era una vida de niña. Un niño es un gran realista. No piensa tanto, no filosofa, toma las cosas tal y como son. Que no me gusta la comida, que no hay mucha… Bueno, a los demás tampoco les gusta. Y nadie llora diciendo que no se va a comer la sopa. Entonces, yo también me la voy a comer. Uno tenía que adaptarse. Aprendimos a pensar de forma práctica, no tirar nada, improvisar. Hoy veo que también aprendimos a no entrar en pánico y, sobre todo, a no perder la esperanza. Esto fue una de las cosas más importantes. Entonces pensábamos que un día, después de la guerra, volveríamos a estar bien. Por supuesto, había cosas malas, pero la memoria humana es muy misericordiosa y estos momentos los borra”.
“Por supuesto, había cosas malas, pero la memoria humana es muy misericordiosa y estos momentos los borra”.
Michaela sí recuerda, sobre todo, que en Terezín contrajo muchas enfermedades y también se le quedaron clavados en la memoria los momentos en los que tenía que despedirse de alguien que se iba en otro transporte sin saber a dónde.
“Nos salvó un juguete mío”
La familia de Michaela fue una de las “afortunadas”, ya que pudo quedarse hasta el final de la guerra en el gueto de Terezín, bajo unas condiciones muy difíciles, pero en las que sí era posible sobrevivir en comparación con los campos de exterminio construidos por los nazis, sobre todo, en el territorio de la actual Polonia. El hecho de poder quedarse en Terezín se debió al padre de Michaela.
“Mi padre y una inmensa suerte que tuvimos varias veces. Escapábamos por un pelo cada vez. La primera fue cuando llegamos a Terezín y le preguntaron a mi padre que qué hacía. Él era experto en pieles, pero como lo habían echado del trabajo, claro, se fue a trabajar a un taller de madera. En Terezín, entonces, no habló de las pieles, sino que dijo que era obrero y se dedicaba a trabajar la madera. Les enseñó un juguete mío que me había fabricado. Y, por suerte, en Terezín necesitaban un carpintero. Gracias a esto nos quedamos, aunque gran parte de nuestro transporte fue deportada de nuevo después”.
En Terezín, Michaela se contagió de tifus, escarlatina, sarampión, hepatitis, miocarditis y la llamada “terezínka”, una enfermedad grave intestinal que recibió el nombre del gueto porque todos la sufrieron. Bajo unas condiciones muy improvisadas desde el punto de vista sanitario, Michaela consiguió sobrevivir a todas las enfermedades. Además, la experiencia con los médicos de Terezín influyó en toda su vida posterior.
“Quizá por el hecho de tener que ducharme con agua fría sobreviví a todo. También influyó en la elección de mi carrera. Vi a los médicos improvisando, sin medicamentos, que nos curaban. En vez de pastillas me ponían trapos fríos contra la fiebre. Y sobreviví. Siempre había algunos detalles que decidían sobre el destino”.
Pan, agua, un techo, algo de ropa, amigos, una buena familia, libertad y paz
Como dice Michaela, varias veces se salvó en Terezín “por un pelo” y en repetidas ocasiones gracias al oficio de su padre. Recuerda, sin embargo, que la mortalidad en Terezín era del 23% y quedarse ahí, por lo tanto, no significaba salvarse automáticamente. Ella se salvó y a la vida posterior se enfrentó con lo que había aprendido.
“Entendí lo que uno necesitaba en la vida. Un poco de pan, un poco de agua, un techo sobre la cabeza, algo de ropa para ponerse. Y luego necesita amigos, necesita una buena familia, necesita libertad y necesita paz. Me di cuenta de que esto son las prioridades y me las enseñó Terezín”.
A finales de la guerra, Michaela, como tantos otros, no pudo salir de Terezín por la cuarentena que se debía pasar por una epidemia de varias enfermedades que llevaron a Terezín los transportes de evacuación del este y las marchas de la muerte.
“Vi a personas en ruinas, ruinas humanas que habían llegado de las marchas de la muerte. También era muy penoso ver a las personas mayores, que estaban en unas condiciones mucho peores que nosotros, los niños, y venían a mendigar un poco de sopa. También recuerdo que al final de la guerra estábamos esperando que vinieran los rusos. Pero lo que llegó fue el último grupo de alemanes. Todavía nos lanzaron una granada por encima de la cerca y creo que a una persona la mataron y a otra le amputaron una pierna. No me podía creer como a una persona sana le pueden arrancar así sin más una pierna”.
“Llegó un soldado ruso a caballo y uno por uno nos subió a su caballo. Eso es, para mí, el símbolo de la liberación: cómo voy en el caballo, abrazada fuerte al soldado, sintiendo que estoy a salvo”.
Gracias a un amigo cuya madre trabajaba en los huertos donde se cultivaba la verdura para la cocina de las SS, Michaela pudo salir del gueto y ayudar en el huerto cuando se marcharon los nazis. Allí, los niños jugaban en la hierba, eran unos momentos preciosos, recuerda.
“Ayudábamos un poco en el huerto y después jugábamos. Claro, esto fue algo maravilloso. Y, de repente, llegó un soldado ruso en un caballo. Nosotros lo saludábamos porque, en aquel entonces, los rusos eran los liberadores. Él vino y uno por uno nos subió a su caballo. Eso es, para mí, el símbolo de la liberación: cómo voy en el caballo, abrazada fuerte al soldado, sintiendo que estoy a salvo, en ese caballo que me lleva por la hierba. Y, por primera vez, percibo los colores. Como si hasta este momento no percibiera los colores del mundo. De repente, veo el pasto verde y el cielo azul. Y los árboles en flor. Y las montañas al fondo. De repente, percibo el mundo. Esta fue la primera sensación de libertad”.
El verano de 1945, Michaela lo pasó en centros de recuperación para niños donde, sin embargo, además de curarse completamente tenía que estudiar mucho. La estancia en Terezín le había robado varios años de escuela que tenía que recuperar durante el verano para poder entrar en septiembre de 1945, directamente, al cuarto curso de primaria, saltándose los primeros tres sin que le supusiera grandes dificultades.
“Me sentía en la escuela como pez en el agua. Porque yo antes había descubierto el mundo. Cuando me recuperaba en el verano de 1945, íbamos a nadar al estanque, íbamos al bosque, comíamos al mediodía un puré de patatas con un filete empanado y ensalada de pepino. Increíble. Entré en una escuela que se fundó entonces, y nadie me preguntaba cómo había sido todo y qué había pasado. Pero después vino el año 1948 y esto es ya es una historia completamente distinta”.
“Nuestra familia sionista”
Después de la toma del poder en Checoslovaquia por parte de los comunistas en febrero de 1948, la familia de Michaela se vio perseguida nuevamente ya que sus padres eran sionistas, esto es, apoyaban la creación del Estado de Israel. Su padre había visitado Palestina ya en los años 20 y soñaba con volver, pero nunca lo había conseguido.
Con la misma intención recuperada después de la Segunda Guerra Mundial, el padre de Michaela obtuvo trabajo en la Embajada de Israel en Praga, también porque sabía hebreo y era una persona de fiar. Lo convencieron, por lo tanto, que esperara para emigrar, pero después fue prohibida la emigración y la familia de Michaela ya no pudo salir del país.
“Mis padres tenían miedo porque todo el mundo sabía que eran sionistas convencidos. Entonces, intentamos escapar del paraíso socialista. Alguna persona nos iba a guiar para cruzar la frontera con Austria. Nos llevó a la frontera, nos dijo que esperáramos un momento, que iba a verificar si el paso estaba vacío y, mientras tanto, nos rodeó la policía apuntándonos con las ametralladoras. Yo tenía 16 años. En lugar de poder echarme unos días después bajo las palmeras, estaba encarcelada”.
Después de salir de la cárcel, a Michaela la echaron del instituto y tuvo que ir a trabajar, además de cuidar de su familia y tener que conseguir una vivienda para ella, ya que su madre había colapsado psíquicamente. Aun así, al final, consiguió estudiar debido a sus notas, que eran excepcionalmente buenas.
“En Terezín estuve tan enferma que decidí que iba a ser médica algún día. Pero debido a los hechos posteriores a la guerra, sabía que no tenía posibilidad de entrar en la carrera. Asimismo, me dio miedo la gran responsabilidad por las vidas humanas que tiene un médico con sus pacientes. Entonces, estudié ciencias, biología y química, y trabajé en el Instituto de Medicina Clínica y Experimental (IKEM), en un laboratorio. Muy cerca de la medicina, pero sin esa responsabilidad”.
Michaela Vidláková pudo compartir públicamente su historia solo después de la Revolución de Terciopelo en 1989, que devolvió la democracia a Checoslovaquia.
“Yo no quería, en realidad, compartir mi historia, pero cuando vi cuántas personas negaban el holocausto, cuando vi qué poca gente sabía lo que había sucedido, me di cuenta de que si nadie hacía nada, nada iba a cambiar. ¿Por qué el antisemitismo está creciendo? Cuando me paré a contemplar esto, pensé: ¿Quién debería hablar sobre esto sino yo?”, concluye la sobreviviente.
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