La intervención en Checoslovaquia puso al descubierto el carácter imperialista del sistema soviético

Photo: Institut de l'histoire contemporaine

En esta edición les ofreceremos otra entrega de la serie dedicada a los sucesos del 68 en Checoslovaquia. Les explicaremos qué postulaba la Doctrina Brezhnev, por qué la Unión Soviética exigía de Checoslovaquia una obediencia incondicional a perpetuidad, y cuáles fueron las repercusiones internacionales de la invasión soviética en agosto del 68.

La invasión de Checoslovaquia por las tropas soviéticas en agosto de 1968 fue una aplicación práctica de la Doctrina Brezhnev de soberanía limitada que postulaba:

El satélite de la URSS que se desviase del rumbo trazado por Moscú sería blanco legítimo de la intervención soviética.

Ese fue en 1968 el caso de Checoslovaquia, que suprimió la censura e inició el camino de la democratización.

”Llegamos en el Kremlin a la conclusión de que no podemos confiar en ustedes porque hacen lo que quieren, incluso lo que no nos gusta, y no aceptan por las buenas nuestras críticas. Sin embargo, su país está situado en la región a la que habían llegado durante la Segunda Guerra Mundial los soldados soviéticos. Nos costó inmensos sacrificios y no nos retiraremos de esa zona. Las fronteras de esa región son también nuestras fronteras. Ya que Uds. no nos obedecen, nos sentimos amenazados”.

Según el testimonio de Zdeněk Mlynář, recogido en su libro “El frío viene del Kremlin”, fue en estos términos que el líder soviético Leonid Brezhnev explicó en Moscú a la delegación checoslovaca por qué las tropas de su país habían invadido Checoslovaquia.

Brezhnev argumentó: ”En nombre de los muertos de la Segunda Guerra Mundial, que sacrificaron la vida también por su libertad, nosotros tenemos pleno derecho a enviar a su país a nuestros soldados para sentirnos seguros dentro de nuestras fronteras comunes.”

”Y así será desde la Segunda Guerra Mundial a perpetuidad”, remachó Brezhnev.

Los checoslovacos no aceptaron el argumento de Brezhnev de que el proceso democratizador de la Primavera de Praga fue una falta de respeto a los soldados rusos muertos en la Segunda Guerra Mundial y que Checoslovaquia debía a la URSS una gratitud y obediencia eternas.

La dirección soviética tampoco convenció a la opinión pública mundial. La intervención militar en Checoslovaquia redundó, por el contrario, en una pérdida del prestigio internacional de la Unión Soviética porque puso al descubierto el carácter imperialista de su sistema.

 Zdeněk Mlynář en 1968 (Foto: CTK)
El mundo entero pudo ver en la televisión los tanques soviéticos en las calles de Praga. En todas las capitales occidentales se realizaron concentraciones de protesta contra la ocupación de Checoslovaquia.

La ocupación de Checoslovaquia tuvo una extraordinaria repercusión en dos países socialistas, Yugoslavia y Rumania, que tomaron inmediatamente medidas para no ser las siguientes víctimas de la expansión soviética.

Después de una multitudinaria concentración en Belgrado, el gobierno yugoslavo adoptó una normativa especial que declaraba ilegal todo intento de ceder ante un eventual agresor.

El Ejecutivo yugoslavo implantó, además, un nuevo sistema de defensa territorial que suponía la formación de destacamentos guerrilleros.

Rumania formó guardias nacionales para la defensa de su soberanía. Albania alegó la invasión soviética de Checoslovaquia como el motivo de su salida del Pacto de Varsovia, agrupación militar del bloque comunista en Europa.

También Beijing protestó enérgicamente contra la ocupación de Checoslovaquia. La invasión asustó a Mao porque con la Doctrina Brezhnev de soberanía limitada los soviéticos podrían justificar cualquier otra intervención militar, incluso en China. Poco tiempo después, China inició un acercamiento a EE UU.

La cúpula soviética podía estar tranquila en lo que se refería a la reacción de los estadistas occidentales a la ocupación de Checoslovaquia. No hubo ninguna. El presidente estadounidense, Lyndon Johnson, dio a Moscú, de hecho, el visto bueno a la intervención.

Durante las negociaciones en el Kremlin, el 26 de agosto de 1968, Brezhnev dijo a la delegación checoslovaca que la Unión Soviética habría llevado a cabo la intervención militar en Checoslovaquia incluso al precio de un conflicto militar. Entiéndase: un conflicto militar con Occidente.

Según el testimonio de Zdeněk Mlynář, el líder soviético añadió:”Pero ahora no existe el peligro de tal conflicto. Pregunté al presidente Johnson si la administración estadounidense sigue respetando plenamente los resultados de las Conferencias de Yalta y Potsdam. Y el 18 de agosto obtuve la respuesta: en cuanto a Checoslovaquia y Rumania, los reconoce sin reservas. En lo que atañe a Yugoslavia, sería necesario negociar al respecto”.

Y seguidamente Brezhnev espetó a los dirigentes checoslovacos:”?Piensan que alguien intervendrá a su favor? No pasará nada. De ello no habrá guerra”.

Brezhnev tenía razón. Estados Unidos no hizo nada a favor de Checoslovaquia, ocupada por las tropas soviéticas. Ambas superpotencias- la Unión Soviética y Estados Unidos- respetaban sus zonas de influencia que se habían repartido en 1945 en la Conferencia de Yalta sobre el ordenamiento de Europa después de la Segunda Guerra Mundial.

Además, en 1968 Estados Unidos no estaba como para preocuparse por lo que Moscú hacía en su “patio trasero”. Estados Unidos estaba envuelto en la guerra de Vietnam, de la que regresaban sus jóvenes en ataúdes cubiertos por la bandera de barras y estrellas.

Brezhnev podía estar tranquilo también por otro motivo. Cuando se produjo la intervención soviética en Checoslovaquia, faltaban cuatro meses para las elecciones presidenciales en EE UU. Sólo un político suicida se lanzaría en tales circunstancias a un enfrentamiento militar con la Unión Soviética.

Los analistas auguraron tras la invasión soviética que en EE UU sería electo el republicano Richard Nixon. Su pronóstico se cumplió.

En todo el mundo la derecha obtuvo réditos políticos de la intervención soviética en Checoslovaquia. Durante la campaña electoral en Francia bastó que los militantes de los partidos de derecha pusieran sobre los carteles de la izquierda un sola palabra: Praga.

La invasión de Checoslovaquia asestó un duro golpe al movimiento comunista internacional del que ya no se recuperó. Moscú perdió su liderazgo porque la mayoría de los partidos comunistas condenó la intervención militar, exigiendo la retirada de las tropas soviéticas de Checoslovaquia.

Los afiliados abandonaban masivamente las filas de los partidos comunistas eurooccidentales. De cara a la desbandada de militantes, los grandes partidos comunistas, como el francés, el italiano y el español, tuvieron que replantearse cuestiones relacionadas con su dependencia política hacia Moscú y poner al día sus posturas hacia la democracia y los derechos ciudadanos.

Así nació el eurocomunismo reformista y los partidos comunistas occidentales se desviaron definitivamente del rumbo trazado por Moscú.

La agresión a Checoslovaquia perjudicó también el desarrollo interno de la URSS. Tras aplastar el proceso reformista de la Primavera de Praga, el Kremlin congeló las reformas que urgía realizar en la URSS. Así agravó aún más su atraso económico y tecnológico.

El atraso era tan dramático que en el seno del propio Partido Comunista soviético surgió en los años ochenta un dirigente reformista: Mijaíl Gorbachov. La perestroika que impulsó fue una copia a carbón de la Primavera de Praga de 1968. Su resultado fue el desmontaje total del sistema comunista.

Fotografías usadas proceden del Instituto de la Historia Contemporáneahttp://68.usd.cas.cz