En el carnaval de Strání se baila la danza de las espadas

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Con un entierro del contrabajo concluyeron las carnestolendas en la aldea somontana de Strání, en la frontera checo-eslovaca. A diferencia de otros festejos carnavalescos, en Strání no recorren el pueblo máscaras, sino hombres en trajes tradicionales que danzan con espadas.

A la medianoche del martes una comitiva funeral trajo en andas un contrabajo a la sala del antiguo palacete de Strání donde el instrumento fue enterrado simbólicamente: Se calló por los siguientes cuarenta días de la cuaresma.

Los festejos del carnaval – fašank en el dialecto local – culminan en Strání en la tarde antes del miércoles de ceniza. Grupos de niños y adultos acompañados de músicos recorren los hogares presentando la danza tradicional de las espadas.

La primera mención escrita sobre este baile folclórico de Strání denominado “Bajo los sables” procede del año 1808. Se considera que la danza tiene su origen en la época cuando se vigilaba la frontera de Moravia ante los ataques de los turcos o en los tiempos cuando la sierra de los Cárpatos Blancos fue habitada por bandoleros, según explica el folclorista Pavel Popelka.

“Se llama ´danza de las espadas´, así que se supone que la bailaban personas que sabían manejar las armas. Sin embargo, la parte más antigua de la danza representa el ritual del sacrificio durante el cual se pega a alguien con la espada. La ofrenda se hacía siempre para asegurar buena cosecha, lo cual significa que la danza también está vinculada con los mitos agrarios”, indicó Popelka.

Hoy día los bailadores están provistos de espadas de madera de cerezo guarnecidas con tachuelas. Los dirige un líder denominado “gazda” quien entona las canciones y lleva un largo pincho al cual ata los agasajos que reciben en cada casa.

“Recibimos botellitas de ´slivovice´, es decir aguardiente de ciruelas, carne ahumada, buñuelos… Lo que uno tiene y ofrece”.

El recorrido empieza al mediodía en la parroquia y luego continúa al azar por la aldea. Las amas de casa de Strání están bien preparadas para las comitivas de danzantes y músicos y tampoco los espectadores forasteros pasan hambre y sed.

“Los chicos suelen detenerse aquí cada año. Mi hijo y mi sobrino bailan, también mi hijo mayor participaba. Tenemos que preparar algo para que los muchachos coman algo porque la aldea es muy larga y tarda mucho recorrerla”.

Foto: Martina Schneibergová