El Grupo de Visegrado celebra su 30 cumpleaños entre acuerdos y desacuerdos

Foto: archivo del Parlamento Polaco

El Grupo de Visegrado conmemora el 30 aniversario de su fundación, en 1991. En Radio Praga Internacional entrevistamos al politólogo Jakub Eberle, quien nos ha contado cómo, lo que empezó como un proyecto de buena vecindad e integración europea, se ha trasformado para muchos en una plataforma de oposición.

Václav Havel,  József Antall y Lech Wałęsa firman la Declaración de V3,  foto: Péter Antall,  Wikimedia Commons,  CC BY-SA 3.0

Este 15 de febrero celebra su 30 aniversario el Grupo de Visegrado, la alianza de cuatro países centroeuropeos: Eslovaquia, Hungría, Polonia y la República Checa. El V4, como también se conoce, fue fundado en 1991 por los entonces jefes de Estado y de Gobierno Václav Havel, Lech Wałęsa y József Antall. Por supuesto, en aquel momento, los miembros eran solo tres, ya que Checoslovaquia aún no se había separado en dos repúblicas independientes.

Curiosamente, el encuentro en el que se firmó la creación de la alianza cuenta con antecedentes históricos mucho más antiguos. Ya en 1335 el rey Carlos Roberto de Hungría convocó una reunión en el palacio de Visegrado en su país, en la que participaron sus homólogos centroeuropeos, Casimiro III de Polonia y Juan I de Bohemia.

Visegrád,  foto: Burrows,  public domain

En aquel entonces los reyes acordaron guardar la paz y fortalecer su colaboración en temas económicos y políticos. El propósito de la declaración que tuvo lugar 656 años después, no fue, de hecho, tan distinto, según explicó en entrevista para Radio Praga Internacional el politólogo Jakub Eberle.

“La Declaración de Visegrado tenía dos propósitos interconectados. El primero era garantizar relaciones buenas, estrechas y amigables en Europa Central, de manera que en la región no volviera a pasar lo que sucedió en el periodo de entreguerras, cuando, en vez de aliados, los países se convirtieron en adversarios y hasta estaban en guerra uno con el otro. Y este primer objetivo estaba vinculado al segundo, que consistía en la integración a Europa, a la entonces emergente Unión Europea”.

Jakub Eberle,  foto: archivo de la Asociación de Asuntos Internacionales

Los cuatro países aspiraban a entrar en la organización y querían avanzar juntos, como socios, no como competidores. Según explica Eberle, Eslovaquia, Hungría, Polonia y Chequia comparten una experiencia histórica similar, una que los alejó del mundo occidental durante décadas. Y tras la disolución de la Unión Soviética, querían recuperar el tiempo perdido.

Incluso hoy en día los países cuentan con varias similitudes, de acuerdo con el politólogo. Además de compartir un mismo espacio geográfico, se trata de economías de mercado dependientes, es decir que gran parte del capital proviene de Europa Occidental u otros lugares del mundo. Sin embargo, si nos adentramos en temas políticos, es, según Eberle, otra historia.

Václav Klaus,  foto: archivo de ČRo

“Sus intereses políticos a menudo difieren. En los grandes temas, ya sea las relaciones con Rusia, las negociaciones del presupuesto comunitario o el Green New Deal, con frecuencia no coinciden. No es que cada uno de los países tenga intereses diferentes, aunque a veces también sucede. Generalmente se trata de uno o dos países que tienen una opinión diferente. El V4 no es un bloque homogéneo o geopolítico, seguro que no”.

La intensidad de la colaboración entre los países también ha oscilado a lo largo de los años. Al principio, en la década de los 90, resultaba difícil para los países cumplir con sus objetivos, ya que pasaban por un periodo de inseguridad, ocasionado por las transiciones de los países a la democracia y también la separación de Checoslovaquia, según explicó Eberle. Tras un periodo de bajo interés por parte de los checos, durante la era del primer ministro Václav Klaus, las relaciones se reavivaron alrededor de 1998, unos años antes de la adhesión a la UE, cuando los países se vieron más motivados a colaborar.

Foto: Elekes Andor,  Wikimedia Commons,  CC BY-SA 4.0

En la actualidad, el nivel de entendimiento en el V4 parece ser muy alto. No obstante, de acuerdo con Eberle, esto se debe en gran medida a la representación política actual.

“La colaboración más visible es la de los líderes políticos, es decir entre presidentes, jefes de Gobierno o ministros. Esta es muy intensa actualmente, porque la colaboración funciona bien a nivel personal. Andrej Babiš se lleva bien con Viktor Orbán y con el primer ministro polaco. Esto por un lado. Y también comparten intereses políticos. Es evidente, con excepción de Eslovaquia, que estos tres primeros ministros se oponen fuertemente a la dirección política que domina en Europa Occidental, digamos, el liberalismo de Europa Occidental”.

Viktor Orbán,  foto: Archivo de la Oficina de Gobierno de la República Checa

No obstante, según explica, este es solo un nivel de la colaboración que tiene lugar entre los cuatro países del Grupo de Visegrado. La otra sucede a nivel de aparatos burocráticos, es decir, del Ministerio de Relaciones Exteriores y otros órganos, por ejemplo. En este caso la colaboración se enfoca en temas en común, sin importar quién esté gobernando, afirma Eberle, añadiendo que esta capacidad de coordinación es homogénea, lo que considera importante.

“En la Unión Europea hace falta coordinarse de alguna manera. Y en el V4 este mecanismo de coordinación sí se ha creado. En mi opinión, aunque no todos estarían de acuerdo, ese es el valor añadido del grupo. Además, el segundo objetivo del V4 es mantener buenas relaciones con los países vecinos. Y el hecho de que tengamos tan buenas relaciones en Europa Central tampoco es algo que se da por supuesto”.

El encuentro de los primeros ministros de V4 2019,  foto: YouTube

Desde fuera, la percepción de Grupo de Visegrado ha cambiado durante los últimos seis años, de acuerdo con Eberle. Metafóricamente, la culpa la tiene la crisis migratoria, que se volvió un gran tema en la Unión Europea en 2015 y se mantiene relevante hasta el día de hoy.

Los países del V4 se opusieron entonces fuertemente a la redistribución solidaria de migrantes propuestas por la UE, hecho que alteró su imagen a los ojos de otros países europeos, cuenta Eberle.

“La imagen es la de los países que rechazan una política de asilo más abierta, amable, liberal y europea. Europea en el sentido de supranacional. Se creó una marca que coincidió con los estereotipos de ambas partes. En Europa Central, muchos empezaron a percibir al V4 como una herramienta de resistencia y de oposición a Berlín y Bruselas. Y en Europa Occidental se reavivó el estereotipo de los países del este que no son tan desarrollados y solidarios. Países a los que se manda mucho dinero, pero que, a final de cuentas, no son tan europeos”.

La crisis migratoria y el esfuerzo comunitario por resolverla, volvieron a poner a Europa Central en el mapa. De una región en la que nada interesante pasaba y que muchos omitían, pasó a ser un área de interés para las élites políticas, de acuerdo con Eberle. Sobre todo tras la vuelta al poder de Viktor Orbán en 2011 y las reformas que implementó.

Encuentro del Grupo de Visegrado en Lednice 2020,  foto: Archivo de la Oficina de Gobierno de la República Checa

A los ojos de Eberle, el poder del V4 se sobrestima. Mientras que los países del grupo son capaces de ponerse de acuerdo y bloquear iniciativas europeas, por ejemplo, no comparten una misma identidad y no constituyen un bloque geopolítico, concluye.

En su opinión, se trata más bien de una colaboración pragmática, a través de la que cada uno de los miembros impone sus propios intereses nacionales. Y hasta se opone a sus socios, si lo considera oportuno. Como ejemplo reciente, Eberle cita la falta de apoyo de Chequia y Eslovaquia al bloque polaco-húngaro de las negociaciones sobre el presupuesto europeo.