El gaucho insufrible: Renato Cisneros presentó en Praga la impactante novela en la que se enfrenta a la figura de su propio padre militar

Renato Cisneros y la distancia que nos separa

Tras visitar Praga varias veces por motivos literarios, el escritor peruano Renato Cisneros regresó a la capital checa para presentar, en el marco de la Feria del Libro, su obra y, en especial, La distancia que nos separa, el libro sobre la controvertida figura de su padre, un militar al que siempre consideró un héroe hasta su muerte, cuando tenía 18 años. En esta entrevista, revela cómo a partir de entonces se abrió un camino de revelaciones brutales, entre ellas que el “Gaucho Cisneros” llegó a ocultar en su casa a un torturador argentino que escapaba de la justicia.

“Un retrato de Lacan, un diván de terciopelo amarillo, marionetas de Freud, Warhol y Dalí colgadas del techo, una maceta de gladiolos, un cactus, réplicas de grabados de Picasso, un tablero de ajedrez que enfrentaba a dos ejércitos de gárgolas de madera, un tarro de chupetes, lámparas en miniatura, libros turísticos de Atenas, Praga, Roma, novelas de Kundera y García Márquez, vinilos de Dylan y Van Morrison”.

En La distancia que nos separa (Alfaguara), el libro en el que Renato Cisneros intenta desmontar, comprender y volver a armar la figura controversial de su padre —Luis Federico Cisneros Vizquerra, conocido como “El Gaucho” por su pasado argentino—, hay una enumeración deliciosamente borgeana que retrata el consultorio de su psicoanalista y en la que irrumpe Praga, esa ciudad tan literaria a la que regresó el autor peruano para presentar, en el marco de la Feria Svět Knihy, sus libros, y en especial este, aunque por ahora, y solo por ahora, no tenga traducción al checo.

Renato Cisneros y la distancia que nos separa | Foto: archivo personal de Renato Cisneros

“Creo que detrás de todo proyecto que pretende generar una reflexión sobre la figura del padre, siempre es necesaria, imperativa incluso, una relectura de la 'Carta al padre' de Kafka porque ahí creo que está todo. En ese libro brevísimo se ofrece una mirada tan llena de universalidad porque si bien Hermann Kafka es un personaje que el lector odia en un punto, el narrador, que es Franz, lo dimensiona de tal forma que se vuelve atrapante. Mi relación con Praga, en realidad, se limita a unas lecturas: tal vez las de Kafka y a unas cuantas visitas a esta ciudad, a las muchas impresiones que me llevé de esas visitas, y al hecho de que aparezcan dos momentos kafkianos en la novela: ese que tú acabas de descubrir, que yo no lo había previsto, y otro donde el padre le dice al hijo, en un forcejeo que tienen detrás de una puerta: ‘tenía fuerza esta cucaracha’. Yo no lo había pensado y algún lector, siempre los lectores vienen a explicarte los libros que has escrito, me dijo: ‘es un momento kafkiano’. Y a veces es así, a veces las influencias están ahí operando sin que uno las haya advertido conscientemente”.

Padre e hijo, la revancha del espejo

Agrega Renato que, en concreto, había venido unas tres veces antes a Praga de visita para dejarse impresionar por una de las pocas ciudades que no fueron destruidas por los bombardeos y también a partir de una lectura del libro de Laurent Binet HHhH sobre la Operación Antropoide que también lo motivó a conocer cada uno de los sitios que ahí se mencionan. Recuerda también haber ido a la tumba de Kafka y asombrarse por el hecho de que el autor estuviera simbólicamente por encima de su padre en ese pequeño mausoleo, casi como si se tratara de una metáfora de la revancha del hijo. Y, a propósito de revanchas, al tratarse de un vínculo tan cercano, dice Renato Cisneros que no pudo sacarse de encima la tremenda sensación de que, al hablar del padre, también estaba hablando un poco de sí mismo.

Dos de los libros de Renato Cisneros | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

“Sin duda. Yo me he hecho muchas veces la pregunta de cuánta violencia de pronto habita en mí, ¿no? Y creo que, en muchos sentidos, la escritura ayuda a drenar esos determinados impulsos que uno hereda porque es tonto pensar que la herencia se limita al color de los ojos, a ciertas conductas físicas y a las enfermedades, uno también hereda otro tipo de asuntos, cosas que tienen que ver con angustias, preocupaciones, obsesiones o, tal vez, esta mirada que, sin duda, tenía mi padre a veces tan pragmática y a veces tan violenta de las cosas. Y, a veces, en la crianza de mis hijas, alguna vez me he sorprendido a mí mismo convertido un poco en mi padre por el tono de voz que les he levantado y he dicho: ‘mierda, mi padre está ahí, de alguna forma’. Yo creo que envejecer es eso, ir pareciéndose más al padre de uno. Sabato decía: ‘un padre es mucho menos que un amigo, pero mucho más que un amigo’. Es un lugar incómodo: cercano y distante al mismo tiempo. Hay que saber colocarse en ese lugar y acompañar a los hijos”.

Beatriz, una palabra enorme

Renato Cisneros en la residencia de Perú en Praga | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

Peleado con algunos parientes a raíz de la publicación de ese libro, dice Renato que él se ha dado cuenta de que su familia es de una derecha intransigente y, por otra parte, asegura que su libro le ha servido un poco para quedarse con la gente que más vale la pena porque, además, lejos de resultar un escándalo como le advertían, él considera que La distancia que nos separa terminó siendo un poco reconciliatorio para mucha gente, ya que, cuando salió en Perú, lo leyeron tanto personas de derecha como de izquierda; y, como él mismo dice, la figura del padre es un asunto universal. Mucho más en el caso de vidas como la del 'Gaucho Cisneros' que involucraron, además, a otros países.

“Encontré una carta de mi padre cuando, a los 24 años, deja la Argentina. Su pasado en Argentina estuvo cargado de mucha información sentimental. Él deja a una novia con la que tenía la expectativa de casarse y en el ejército del Perú no le dan permiso para casarse con ella. Se reencuentran muchos años más tarde, cuando mi viejo ya es un militar de alto rango en Perú y le regala a esta mujer, que se llama Beatriz, su bastón de mando que para los militares es un símbolo muy importante de su carrera. Y cuando yo me entero de eso, fui a Buenos Aires a buscar a esa mujer que acababa de morir. Me encuentro con la hija y la hija me cuenta toda la versión que su madre le había dado de ese romance que nunca se concretó. Uno crece con la idea de que sus padres son la pareja ideal. Es decir, que ella es la mejor mujer que tu padre pudo encontrar y que él es el mejor hombre que tu madre pudo encontrar. Y nunca te pones a pensar que quizá el amor de la vida de tu padre y de tu madre estuvo en otro lugar. Para mí esa mujer argentina fue, sin duda, el amor de la vida de mi padre. Y fue muy conmovedor para mí encontrarme con la hija, que me devolviese el bastón de mando y cerrara una historia que yo no había protagonizado, pero de la que terminé siendo parte”.

Su padre siempre se hacía tiempo para la familia,  recuerda Renato Cisneros. | Foto: archivo personal de Renato Cisneros

En esa misma carta, el padre de Renato le escribía a su hermano que estaba viajando por primera vez a un país, Perú, que no conocía, pero al que sentía que llegaba de regreso.

“Porque mis abuelos los habían educado, a mi padre y a sus hermanos, en la conciencia de ser peruanos. Mi abuela les decía: ‘si los escucho hablar de vos, les jalo la oreja, ¡ustedes son peruanos! Pero ellos crecieron en Argentina y tenían amigos argentinos y relaciones argentinas. Y yo lo escuché, crecí escuchándolo cantar tango, crecí escuchándolo hablar de su hinchaje por San Lorenzo de Almagro, de sus historias en el Palomar. Entonces, hay una cartografía argentina en mi cabeza a la que yo, con los años, fui dándole forma en mis visitas a Buenos Aires”.

La sombra del ‘Pajarito’

"Mi padre escondió en nuestra casa, el lugar más seguro donde uno debería sentirse, a un hombre que tenía las manos manchadas de sangre".


Renato Cisneros

De esa misma relación entre su padre y Argentina hay una parte mucho menos agradable que él también comenzó a recordar, en cierta forma, con la escritura de su libro y es el vínculo concreto de su padre con algunos de los militares involucrados con la cruenta dictadura argentina.

“Mi padre escondió en nuestra casa, eso me lo comentó mi vieja mucho tiempo después, durante esas conversaciones largas, grabadas, a las que ella ahora ya no estaría dispuesta, pero en su momento sí, ella me dijo: ‘tu padre escondió en la casa a un argentino que escapaba de la justicia’. Le dije, ¿te acuerdas su nombre? Y ella recordaba que le decían Pajarito. Y empecé a googlear mientras ella me conversaba, y yo le decía: ‘mami, por casualidad, ¿se apellidaba Suárez Mason? Sí, él es: Carlos Guillermo “Pajarito” Suárez Mason. Y le digo: ‘pero es el carnicero de El Olimpo, acusado y señalado por el secuestro de niños y de controlar el centro clandestino de detención El Olimpo, donde se generaron muchas torturas y muertes’. Y cuando mi madre me cuenta eso, yo recuerdo inmediatamente... viste que, a veces, la memoria bloquea determinados episodios, recuerdo a mi padre diciéndome: ‘este fin de semana no se acerquen a la terraza’. Ni me imaginé que se trataba del ocultamiento de este torturador argentino, yo pensé que estaban haciendo alguna instalación. E incluso recordé ver como una sombra, ahí al fondo de la casa. Y con los años, claro, se me escarapeló un poco el cuerpo al pensar que esa sombra era la de Suárez Mason. Porque mi padre escondió en nuestra casa, el lugar más seguro donde uno debería sentirse, a un hombre que tenía las manos llenas de sangre. Ese es el tipo de cosas que yo nunca voy a comprender”.

Renato Cisneros en la Feria del Libro de Praga | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

Agrega Renato que, muchos años después de que saliera la novela, encontró en los diarios de Julio Ramón Ribeyro, con quien su padre compartió unos años en París en calidad de agregado militar cuando Ribeyro estaba ahí como diplomático, un apartado en el que contaba que su padre le había confesado, después de unos whiskies, que él había ordenado la tortura de una persona.

“Lo recuerdo casi de memoria. Ribeyro dice: ‘No recuerdo si se trataba de un Velázquez, o de un Fernández, o de un Martínez. Lo que recuerdo es que la piel se me puso de gallina por pensar en la mecánica de la tortura. La tortura que es aplicada por un hombre, pero ordenada por otro’. Es una reflexión telúrica sobre el mecanismo de la tortura, la experiencia de la cercanía con el dolor, pero que siempre es ejecutada por un hombre, un operario, y decidida por cuestiones y asuntos nacionales por otro. Yo no sé si mi padre... yo me obsesioné con esos apuntes durante un tiempo porque yo me dije que si eso era real, y Ribeyro no tenía por qué haber mentido, yo iba a querer buscar al hijo de ese Martínez, o ese Fernández, o ese González, pero al final era todo también un tanto difuso, y no había mucha información, salvo esos apuntes”.

El héroe de las mil caras

El escritor y el embajador de Perú en Praga | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

Otro recuerdo de su padre que Renato pudo resignificar gracias a esta investigación es el de cuando él lo sometía a un interrogatorio cada vez que un amigo del colegio estaba por ir a su casa: apellido, dirección, quién es su padre, a qué se dedica. Un cuestionario interminable e incomprensible para un chico de doce años, que, sin embargo, no surtía ningún efecto, por ese entonces, en el pedestal en el que tenía colocado a su padre.

“Cuando mi padre muere y yo tenía 18 años, para mí él era mi héroe. Y había algo también de esa cosa superficial de sentir que era famoso, que salía en la tele, en los diarios, que hablaba, que lo reconocían cuando íbamos a la iglesia y al supermercado. No tenía, entonces, conciencia de su rol político ni de las muchas cosas que había dicho y quizá hecho, salvo hasta muchos años después, cuando empiezo a expiar un poco su figura y a meterme de lleno en archivos del ejército y testimonios. Y voy reconstruyendo lo que fue su paso por el ejército en Perú y por esas instancias de poder que le tocó ocupar”.

Renato Cisneros en su presentación junto al embajador de Perú en Praga Luis Escalante Schuler | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

Jaime Bayly, el francotirador elogiado por Bolaño

Hace más de una década que Renato vive en Madrid, donde además nacieron sus hijas, algo que siempre lo lleva a pensar en una frase del escritor peruano Fernando Iwasaki: “uno es de la tierra de sus padres hasta que sus hijos nacen en otro lugar”. De todas formas, aunque se siente muy integrado a España, asegura que sus asuntos siguen siendo peruanos, aún cuando lamenta que algunas personas lo estigmaticen por opinar desde fuera. En relación a esa dialéctica del estar sin estar en Perú, sobresale también la figura de Jaime Bayly, con quien Renato comparte el doble rol de escritor y periodista. Además, en su momento, se entrevistaron mutuamente y él lo define como una persona bastante impredecible y algo difícil de ubicar en el plano ideológico: un liberal de derecha con sensibilidad por las libertades individuales.

Firmando ejemplares | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

“Fuimos amigos una época y, luego, viste que Jaime es bipolar... y, de pronto, pasa de quererte a hablar mal de ti. Escribió una columna absurda donde me atacaba por razones estúpidas. Yo le tengo cariño como lector, cariño personal, pero es un autor que también ha buscado su singularidad y no le interesa pertenecer al cogollo literario. Escribe sus temas desde Miami y muchos de sus libros parecen, en realidad, el mismo libro. Yo espero que se anime algún día a escribir su testamento familiar, que es un viejo proyecto que él tiene: La Sagrada Familia, ojalá algún día lo culmine. Pero, sí, reconozco que es un autor que ha creado su espacio, se ha hecho fama como periodista, pero también como autor”.

Otro vínculo importante entre ambos radica en el hecho de que el padre de Renato fue muy amigo del padre de Jaime. Y él, de hecho, agrega que tenían razones para serlo porque porque pensaban exactamente igual.

Libros de Perú en la Feria del Libro de Praga | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

“Muy amigos. De hecho, cuando mi padre muere, el padre de Jaime Bayly gestionaba un museo de armas y mi madre le donó muchas de las cosas de mi padre porque no teníamos donde guardarlas ni conservarlas. Y hoy todavía las encuentras en el Museo de Oro del Perú, gracias a la gestión del padre de Jaime. Entonces, también compartimos con Jaime esa relación áspera con nuestros padres, la suya mucho más áspera que la mía. Y él conoció a mi padre. De hecho, cuando Polay Campos, el líder del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), se escapa de la cárcel durante el gobierno de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), Bayly lo entrevista a mi viejo y, antes de ir a la tele, mi mamá le dice a mi papá: ‘Gaucho, ten cuidado con lo que vas a decir’. Porque, claro, mi padre decía cosas muy fuertes, a veces, y lo que eso podía propiciar era que nosotros nos viéramos afectados: teníamos amenazas de secuestro, íbamos al colegio siempre por rutas diferentes; entonces, tenía lógica lo que mi mamá le pedía. Y durante toda la charla con Bayly, mi padre mantuvo, curiosamente, un comportamiento, digamos, bastante prudente. Pero, al final, Bayly, que no puede con su genio, le dice: ‘General, antes de terminar la entrevista, una última pregunta: si usted tuviese a Polay enfrente, ¿qué le diría?’. Mi viejo lanza una larga bocanada de humo después de chupar el fallo, el cigarro. Y le dice... y en la casa estábamos como si fuera la final del mundial, y mi padre le dice: ‘Jaime, no me preguntes eso, no me preguntes eso porque puedo llegar a responderte una barbaridad’. Y en mi casa respiramos aliviados. Y Jaime insiste y le dice: ‘Por favor, general, dígamela’. Y mi padre vuelve a fumar y le dice: ‘Si yo tuviese a Polay enfrente, lo mato’. Con lo cual, en la casa era… ‘¿Por qué dices esas cosas?’ Y cuando se lo he comentado a Jaime, lo recuerda con mucho cariño. Tiene un gran aprecio por mi padre”.

Agrega Renato que la primera novela de Jaime Bayly, No se lo digas a nadie, cayó como una especie de meteorito en Perú por tratarse de una historia gay cuando nadie escribía al respecto; y la define como una novela muy interesante que tuvo muchísimo éxito en España, pero, en su momento, fue bastante mal leída.

"En realidad, la anomalía era él porque su padre era escritor, su abuelo era escritor, su hijo es escritor. Entonces, de hecho, la oveja negra del rebaño era él".

“Roberto Bolaño la elogió. Bolaño tenía una opinión muy elogiosa de Bayly. Decía que era un maestro de los diálogos, que tenía muy buen oído para los diálogos. Entonces, claro, un autor peruano que es publicado con tanto éxito en España y que recibe elogios de Bolaño, algún mérito literario debe tener. Pero en Perú siempre se le ha visto más como el periodista exitoso que aprovechó su fama periodística para escribir. Y yo creo que esa valoración también es injusta: Los últimos días de la prensa o La noche es virgen me parecen muy buenas novelas. Incluso esta primera que te digo: No se lo digas a nadie. Sí, independientemente de la opinión personal, nunca le voy a mezquinar a Jaime que me parece un muy buen escritor. Pero también a veces incurre en el delirio de escribir libros que se parecen mucho y volver sobre lo mismo. Y tú sientes en la página 60 que ese libro ya lo has leído antes. Entonces siento que a veces escribe demasiado, publica demasiado y, a veces, posterga proyectos como el que te digo que yo creo que pueden ser muy interesantes para su propia obra”.

La oveja negra de la familia

Con la certeza de que habrá un próximo regreso de Renato Cisneros a Praga para poder hablar también de sus otros libros, la figura del padre vuelve a imponerse en cada tema y en cada tramo de la conversación, como si, en el fondo, nunca se hubiera ido.

“Mi padre era muy llorón. Siendo militar, siendo ministro, yo lo he visto llorar viendo películas como, no sé, Love Story. Era un sentimental. Y cuando yo he reencontrado las cartas que él intercambiaba con esa novia de Buenos Aires con la que no se logró casar, me veía a mí. O sea, yo decía: esas son mis expresiones. Yo también siempre he sido muy sentimental. Entonces, sí, yo creo que ahí nos parecemos mucho. Éramos muy románticos, y entregados, y desbocados, y decíamos cosas exageradas, y prometíamos cosas imposibles. Yo me he enamorado como se enamoraba mi padre. Ahí sí me reconozco completamente, pero teníamos vocaciones distintas. En realidad, la anomalía era él porque su padre era escritor, su abuelo era escritor, su hijo es escritor. Entonces, de hecho, la oveja negra del rebaño era él. No soy yo. Aunque hayan querido estigmatizarme como el desobediente, en realidad él era el desobediente”.

Así como el padre de Vargas Llosa veía en la vocación de su hijo un cúmulo de peligros, revela Renato que su padre pensaba que él era gay y, de hecho, le expresó esa "preocupación" a su hermano mayor. En todo caso, y más allá de las revelaciones de su libro, a él le hubiera gustado tener más tiempo para poder compartir con él, por ejemplo, las discusiones políticas intensas que sí tuvo con sus hermanos mayores. Un deseo ya imposible de cumplir que incrementa el hecho de que, en este caso, según él mismo cuenta, el final fue triste, sí, pero quizás también el mejor final posible.

“Yo creo que me reconcilié mucho con él sobre el final, cuando ya era un militar despojado de su actividad, de su uniforme, e investido por la enfermedad porque el cáncer lo volvió dependiente, ahí yo siento que nos reencontramos mucho más. Y tal vez de esa etapa sí que me siento orgulloso. No de él, sino de lo que compusimos juntos. De eso que funcionaba cuando él también necesitaba que yo lo ayude y tal. Sí, sí fueron como unos pocos años muy intensos, muy duros. Porque, claro, es como ver a Superman impactado todo el tiempo por la kriptonita del cáncer”.

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