Antiguo Cementerio Judío de Praga: un lugar mágico que inspira

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Con una estética curiosa por las miles de piedras desperdigadas por el terreno, el Antiguo Cementerio Judío de Praga es uno de los monumentos más importantes del barrio judío de la capital checa. En la presente edición de Legados del Pasado hablaremos de este sitio que brinda inspiración a escritores, pintores y muchos artistas más.

La novela titulada ‘El Cementerio de Praga’, del escritor italiano Umberto Eco, fue elegida por los lectores y críticos checos como el libro del año 2011 y se encuentra entre los más leídos en muchos países de habla hispana. El cementerio que aparece en el título de la obra es el Antiguo Cementerio Judío de Praga, cuyas lápidas caídas y desgastadas por el tiempo despiertan en muchos visitantes una sensación de misterio.

Curiosamente, el libro de Umberto Eco habla muy poco del cementerio judío en sí. No obstante, varios periodistas de Latinoamérica vinieron recientemente a la capital checa para conocer y aprender más sobre este sitio tan famoso, dice sonriendo el director del Museo Judío de Praga, Leo Pavlát.

Director del Museo Judío de Praga, Leo Pavlát
A él no le sorprende que el cementerio, que forma parte inseparable del museo, aparezca en una obra literaria de suspenso. No es ni la primera ni la última vez que esto ocurre. No obstante, la historia real de este sitio es sin duda mucho más interesante que la que han imaginado los escritores, explica Leo Pavlát.

“El Antiguo Cementerio Judío de Praga es único por su estado de conservación y también por su ubicación en el centro de la ciudad. Están enterrados aquí importantes personajes de la comunidad judía. Las lápidas tienen un gran valor desde el punto de vista artístico e histórico y por eso el cementerio es considerado, junto con la sinagoga Vieja-Nueva, el monumento más importante del barrio judío de Praga”.

Antiguo Cementerio Judío de Praga, foto: Archivo del Museo Judío de Praga
El cementerio fue fundado en el siglo XV, según lo confirma la lápida más antigua que pertenece al poeta y autor de poesía litúrgica Avigdor Kara, quien murió en 1439. Funcionó durante más de 300 años y su tamaño cambió varias veces. En el siglo XVI fue ampliado, pero a principios del siglo XX perdió una parte debido a la construcción del Museo de Artes Decorativas. Aún así es muy grande y el número de las lápidas es muy elevado, señala Leo Pavlát.

“Se pueden observar unas 12.000 lápidas, sin embargo, el cementerio alberga hasta 100.000 cuerpos. Están apilados unos encima de otros, debido a la falta de espacio en el gueto. Según la tradición judía, los cuerpos tienen que estar separados por 60 centímetros de tierra. Las tumbas apiladas explican también el terreno irregular del cementerio”.

Edificio de la Jevrá Kadishá, foto: Archivo del Museo Judío de Praga
El judaísmo fija muchas reglas que conciernen a la muerte y el funeral. Para poder explicarlas, hay que mencionar primero la Jevrá Kadishá, la hermandad fúnebre, dice Leo Pavlát y apunta al edificio de la antigua sede de la sociedad, parecido a un pequeño castillo, que se encuentra a un lado de la puerta del cementerio. Mucha gente cree que este edificio es el más antiguo del barrio judío, sin embargo es el más reciente, construido en 1906, aclara Leo Pavlát y añade que la Jevrá Kadishá de Praga fue creada mucho antes, en 1564, y prestaba a los habitantes del gueto judío los más respetables servicios.

“La Jevrá Kadishá era una sociedad que cuidaba a las viudas, a los huérfanos, a las novias sin dote y a los enfermos. También acompañaba a las personas a la hora de la muerte, lo que era considerado el acto de bondad más elevado porque no hay una retribución por parte del difunto. Ser miembro de la Jevrá Kadishá era un gran honor y no cualquiera podía serlo”.

Antiguo Cementerio Judío de Praga, foto: Archivo del Museo Judío de Praga
La hermandad funeraria se encargaba de los difuntos para prepararlos para el entierro. Cada cuerpo era lavado en un ritual religioso llamado tahará y vestido en un sudario blanco. Según la costumbre de los judíos asquenazí, es decir judíos de Europa Central y Oriental, el sudario llamado kitl era un regalo de boda y el hombre casado lo utilizaba en las fiestas religiosas más importantes a lo largo de su vida para luego ser sepultado en él.

Hasta la actualidad, un difunto judío tiene que ser enterrado en menos de 48 horas para cumplir con el lema del libro de Génesis, ‘polvo eres y en polvo te convertirás’ y permitir al cuerpo unirse a la tierra lo más pronto posible. El funeral judío tradicional es simple, sin música, flores o grandes discursos, señala Leo Pavlát y agrega que es también muy democrático porque no hay diferencias entre los ricos y los pobres.

Lápido de Avigdor Kara, foto: Archivo del Museo Judío de Praga
“En el judaísmo, el cuerpo es inhumado sin ataúd o en una caja rudimentaria de madera corriente, sin adornos. El féretro es el mismo para todos y eso se puede decir también de la lápida. Si se trata de alguien sobresaliente, es posible escribir en ella muchas frases de elogio. Pero los ricos tienen un entierro simple como los demás y no merecen ningún homenaje especial”.

La lápida se erigía el día del jahrzeit, es decir el día del primer aniversario del deceso. La elaboración duraba mucho tiempo ya que, además de tallar las letras hebreas en la piedra, había que encontrar palabras apropiadas para describir al fallecido.

“Las lápidas son como un archivo de piedra que informa sobre la vida del difunto. No anuncian solamente el nombre y las fechas biográficas sino también dicen quién era, de qué familia, cuál era su profesión. Por lo general se trata de alabar al difunto”.

Cántaro de los Leví, foto: Archivo del Museo Judío de Praga
Leer y entender los textos tallados en las lápidas es una tarea difícil, reservada a los eruditos de la lengua hebrea. Sin embargo, un visitante atento puede notar que muchas llevan símbolos que revelan más sobre la persona sepultada.

“Los símbolos indican el nombre de la persona o su profesión. Por ejemplo, un pescado revela que la persona se llamaba Karpeles o Fischman o que se trataba de un pescador ya que el gueto se encuentra cerca del río y muchos judíos se dedicaban a esta profesión. Las manos en gesto de bendición pertenecen a los Cohen o Cohanim, descendientes de los sacerdotes que antiguamente servían en el Templo de Jerusalén, y el cántaro simboliza a los miembros de la tribu Leví”.

Manos de los Cohanim, foto: Archivo del Museo Judío de Praga
Además del pescado se pueden ver en las lápidas otros animales como el lobo, la paloma, el oso o el ciervo que revelan el nombre o el apellido del difunto. Otros símbolos describen el oficio de la persona: unas tijeras indican la tumba de un sastre, las pinzas a un médico, un racimo representa sabiduría y un arpa recuerda a un maestro de música. Muy curiosas son las tumbas que constan de varias lápidas en forma de un sarcófago, apunta Leo Pavlát.

“A estas tumbas se les llama ohel y son muy típicas en el cementerio judío de Praga. Pertenecen a personajes importantes como el alcalde Mordechai Maisel o el rabino Loew. Para describir la vida y los hechos de estos hombres distinguidos se necesitaba mucho más espacio y por eso fueron utilizadas varias lápidas”.

Tumba del Rabino Loew, foto: Archivo del Museo Judío de Praga
Según dice la leyenda, el rabino Loew, uno de los más importantes rabinos de Europa del siglo XVI, fue creador del misterioso personaje el Golem. No obstante, muchos lo admiran por su gran sabiduría y erudición. Su tumba en el viejo cementerio judío de Praga es un lugar de peregrinaje de muchos judíos del mundo que vienen sobre todo el día del aniversario de su deceso.

Los visitantes suelen poner papelitos entre las lápidas de la tumba del sabio con mensajes y deseos escritos con la esperanza de que se cumplan. Se dice que el rabino Loew tiene un poder mágico y según un relato hizo mover la lápida de su tumba para dejar espacio a la de su nieto Samuel, quien deseó estar enterrado al lado de su querido abuelo. Poner papelitos con mensajes en las tumbas no es la única costumbre relacionada con los cementerios judíos, sostiene Leo Pavlát.

Símbolo de un ciervo, foto: Archivo del Museo Judío de Praga
“Los judíos ponen piedrecillas encima de las lápidas. Hay distintas explicaciones de esta costumbre, sin embargo la más conocida es la que dice que al enterrar sus difuntos en el desierto, los antiguos miembros de la comunidad judía cubrían los cuerpos con piedras para protegerlos de los animales salvajes”.

Los visitantes del Antiguo Cementerio Judío de Praga llegan del mundo entero y todos sin importar su origen o creencia religiosa pueden disfrutar de este sitio encantador que los judíos llaman Beth Chaim, la casa de la vida.

Esa denominación se refiere al mundo en el que entran los difuntos según la religión judía, sin embargo, Leo Pavlát afirma que desde un cierto punto de vista, el cementerio judío realmente es un lugar lleno de vida.

Símbolo de un oso, foto: Archivo del Museo Judío de Praga
“Cambia cada día, según las temporadas del año. Es un lugar distinto cuando hay nieve, cuando caen las hojas de los árboles, cuando está llegando la primavera. Es un sitio tranquilo, con una impresionante historia donde todos los visitantes pueden descansar del ruido de la ciudad y pensar en otras cosas y no solo en lo que hay que comprar”.

El denso bosque de lápidas inclinadas testimonia la importancia de a antigua comunidad judía en Bohemia. Faltó poco para que esta desapareciera por completo hace unos 70 años durante la Segunda Guerra Mundial. El cementerio judío de Praga sobrevivió a la tragedia de su pueblo y hoy evoca sobre todo la gran riqueza de la cultura y de las tradiciones judías que después de los 40 años del comunismo están regresando poco a poco a la capital checa.