Todo sobre mi madre checa: la increíble novela familiar de un oyente colombiano de Radio Praga

Jana junto a sus hijos Rodrigo, Jana, Juan Carlos, Álvaro y Mario

El artista checo-colombiano Álvaro Galindo Vácha comparte en esta entrevista la impresionante historia de vida de sus padres —él colombiano y ella checa— que, tras un flechazo en Karlovy Vary, decidieron permanecer juntos contra viento y marea y, sobre todo, a pesar de la influencia de los más insólitos espías.

Álvaro Galindo Vácha | Foto: archivo personal

En pleno 90 aniversario de Radio Praga Internacional, nos están llegando montones de historias de nuestros oyentes que, por supuesto, son los verdaderos protagonistas de nuestro trabajo. Y una de las que más nos llamó la atención fue la de Álvaro Galindo Vácha, un colombiano de madre checa.

“Mamá nació en České Budějovice en 1942. Mi abuelo era capitán de la policía checoslovaca y, debido a la guerra, lo trasladaron con su familia a Praga. Después de un tiempo en la capital, fueron enviados a Karlovy Vary, donde mi mamá comenzó a estudiar enfermería. En 1959, el gobierno checoslovaco invitó a varios diputados colombianos, dentro de los cuales estaba mi papá, a conocer el país.”

Un flechazo entre dibujos

“Mi papá la vio a mi mamá y quedó flechado: mi papá no hablaba ni checo ni mi mamá hablaba español”.

Álvaro Galindo Vácha

Así como más tarde sucedería con Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Carlos Fuentes, el objetivo de la visita de esa comitiva colombiana era que apreciaran la vida en ese país comunista. Llegaron a Praga y, por motivos turísticos, los llevaron a conocer Karlovy Vary e incluso los alojaron en el conocido Grandhotel Pupp.

Su mamá Jana Váchová | Foto: archivo personal

“Y cuando los colombianos llegaron a ese hotel, les hicieron una recepción de bienvenida y toda la cosa. Y esa misma noche se dio la casualidad de que la escuela de enfermería donde estaba mi mamá hacía una fiesta y no tengo muy en claro si fue en el salón contiguo o en ese mismo salón, pero estaban tanto los colombianos como la fiesta de los de la enfermería. Y ahí mi papá la vio a mi mamá y quedó flechado: mi papá no hablaba ni checo ni mi mamá hablaba español. Tenían un intérprete de la comitiva ahí que les ayudó, aunque no sabemos qué tan líricas eran las traducciones que hacía, pero les ayudó. Y se entendieron también por medio de muchos dibujos: mi papá era abogado, pero le gustaba mucho el dibujo y los usaba para explicarle muchas cosas. Y ese lenguaje de los dibujos se extendió hasta bastante después, cuando el noviazgo se puso serio”.

Las condiciones

Su padre Carlos Galindo en 1959 | Foto: archivo personal

Carlos Galindo Pinilla, el padre de Álvaro fue un importante jurista, politólogo y abogado que desempeñó un rol destacado en la vida institucional de Colombia durante la segunda mitad del siglo XX y falleció en el año 2009.

La cuestión es que, al día siguiente de ese baile, la invitó a salir y, luego, la comitiva siguió de viaje a otros países del bloque, aunque su padre, muy sensible a la belleza, decidió apartarse y regresar a Praga. Álvaro asegura que no tiene la menor idea de lo que hizo ese tiempo en Praga ni cómo logró hacerse entender, pero llamó a su madre por teléfono y le avisó que volvería a visitarla a su casa en Karlovy Vary.

Es decir que, ahora incluso sin dibujos, su padre tuvo la enorme osadía de presentarse en casa de ella para conocer a sus padres y, por supuesto, las cosas no quedaron ahí.

Casamiento de sus abuelos Jan y Božena | Foto: archivo personal

“Mi abuela se enteró de que mi papá iba a ir y organizó una comida para invitarlo y conocerlo formalmente. Y, de paso, invitó a un señor para que sirviera de intérprete y que, en realidad, sabía francés porque mi papá sí hablaba francés. Entonces, la cosa era de francés a checo y de checo a francés. Cuando llegó a la comida, pues mi papá de lanzado, yo no sé tampoco cómo hizo, le pidió la mano a mi mamá. Inmediatamente, mi abuelo dijo que no, que eso no era posible en ese momento. Y mi abuela lo convenció de que no fuera tan duro ni tan rígido, y él la escuchó, pero de todas maneras puso dos condiciones: una era que mi mamá terminara la carrera de enfermera y la otra que cumpliera la mayoría de edad, porque aún no lo era”.

A pesar de esa rigidez bastante lógica para la época, cuenta Álvaro que hoy, en su familia, se sienten muy orgullosos de ese abuelo que se llamaba Jan Vácha porque, con el tiempo, se enteraron de que él les falsificaba los documentos a los judíos evitando así que terminaran en los campos de concentración. Todo un acto de valentía porque añade Álvaro que, de enterarse, los nazis lo hubieran ejecutado en el acto.

Su abuelo Jan Vácha | Foto: archivo personal

“En algún momento mi mamá iba caminando de la mano de mi abuelo en Praga, creo. Y se acercaron unos señores judíos con lágrimas en los ojos diciéndole: ‘usted nos salvó la vida’. Y le explicaron ahí a mi mamá y pues mi mamá se enteró de lo que mi abuelo hacía años después de terminada la guerra”.

Graduación de su madre Jana en junio de 1960 | Foto: archivo personal

Sin embargo, como su hija era la luz de sus ojos, incluso cuando cumplió la mayoría de edad, él seguía resistiéndose a dejarla ir pero Jana Váchova tampoco se resignaba a perder a su prometido colombiano y, así, el abuelo se fue quedando, poco a poco, sin argumentos.

“Y en el momento en que pasa eso, está en pleno furor el comunismo allá y le resultaba muy difícil poder salir del país a una persona común y corriente. Entonces, la cosa se vuelve un poco más compleja y mi papá se va a la embajada, aquí en Colombia, y les dice que cómo es posible que estén reteniendo a una persona mayor de edad que quiere salir del país para casarse. Casi se vuelve, pues, un problema de Estado, pero afortunadamente no pasa a mayores porque el cónsul o el embajador que estaba en ese momento, aquí en Colombia, terminó diciéndole que había solucionado el problema, pero que había una condición para que mi mamá saliera de Checoslovaquia: tenía que renunciar a la nacionalidad”.

La primera Coca-Cola y un perfume en París

Su madre Jana en junio de 1961 | Foto: archivo personal

Ante semejante escenario, Jana le consulta qué hacer a su propia madre y la abuela de Álvaro, que se llamaba Božena Stibůrková y era muy comprensiva, le respondió una gran verdad: si su deseo era ser feliz, debía estar dispuesta a renunciar a la nacionalidad porque esas cuestiones, de alguna forma, siempre se terminaban arreglando.

Y así fue que, tras decidirse, a Jana le dieron un salvoconducto para salir de Checoslovaquia. Cuenta Álvaro que, al momento de emprender su aventura hacia Colombia, su madre había ahorrado ocho dólares, de los cuales le dio la mitad a su madre para que los gastara en las tiendas Tuzex.

Jana en la luna de miel | Foto: archivo personal

“Coge el avión con su salvoconducto y tenía varias escalas porque, en ese momento, era un viaje de unas veinte horas y la primera escala era en París. Y yo no sé tampoco cómo hicieron, pero mi papá le pidió al embajador el favor de que alguien la esperara en París porque mi mamá nunca había salido de Checoslovaquia. Entonces, llegó al aeropuerto y ahí la  estaba esperando un funcionario de la embajada de París que la recibió en el aeropuerto y pasó el día con ella: la invitó a almorzar e incluso la invitó a tomar una Coca-Cola, algo que ella nunca había probado y le pareció muy fea; y hasta le regaló un perfume que tampoco tengo ni idea por qué lo hizo y ya se embarcó para Colombia”.

Ya en Bogotá, al llegar al aeropuerto, se encontró totalmente sola porque a su padre se le había pinchado un neumático así que la hizo esperar un buen rato a tal punto que, al menos por un instante, se llenó de dudas y miedos. Sin embargo, esos interrogantes se disiparos totalmente cuando lo vio llegar a lo lejos y a toda prisa. De todas formas, su madre atravesó toda una década sin contar con ninguna nacionalidad porque, según cuenta Álvaro, Colombia recién se la da a un extranjero tras diez años de residencia. Para peor, durante ese tiempo, no pudo volver a su país y solo se comunicaba por carta y teléfono con la familia.

Su padre Carlos Galindo Pinilla con el presidente de Colombia Guillermo León Valencia | Foto: archivo personal

Entre el sueño y la pesadilla

“Un domingo mi mamá se durmió y tuvo un sueño en el que mi abuela ya había llegado a Colombia. Al otro día, le llegó un telegrama diciendo que su mamá se había muerto”.

Álvaro Galindo Vácha

Tras obtener la nacionalidad colombiana, en 1970, lo primero que hizo su madre fue ir con su marido y sus, por entonces, cuatro hijos (luego nacería el quinto) a visitar a su familia. Él recuerda que, en ese momento, viajar a Checoslovaquia era como ir a un país en blanco y negro. Lo que sí fue en colores fue el reencuentro porque, durante todos esos años, su familia tampoco había ido a visitarla a Colombia.

“Esas gestiones eran complejas porque el comunismo exigía primero que se mandara una invitación formal por medio del gobierno y luego que el que invitaba también pagara el pasaje de la persona. Entonces, estaban en esas gestiones y un domingo mi mamá se durmió y tuvo un sueño en el que mi abuela ya había llegado a Colombia. Y en el sueño, ella le decía: ‘pero ¿cómo has hecho para llegar a Colombia si yo no te he mandado absolutamente nada? No te he mandado la invitación, no te he mandado los pasajes’. Y mi abuela le decía a ella en el sueño: ‘no, es que te tengo que decir algo...’ Y así terminaba el sueño. Al otro día, a mi mamá le llegó un telegrama diciendo que su mamá se había muerto”.

Carlos Galindo y cuatro de sus hijos | Foto: archivo personal

Más allá del enorme golpe que significó para Jana esa pérdida, su padre; es decir, el abuelo de Álvaro, hizo hasta lo imposible para que la felicidad del reencuentro terminara imponiéndose a cualquier tristeza.

“Eso fue impactante porque mi abuelo en ese momento ya tendría, no sé, unos ochenta y cuatro, ochenta y seis años. Y estaba muy bien físicamente, pero ya era un viejito. Entonces, nos causó mucho impacto: era muy con mi mamá porque a él le dolió mucho, de todas maneras, que ella se hubiera ido; y el encuentro fue una cosa mágica”.

Su padre Carlos Galindo Pinilla con Darío Echandía | Foto: archivo personal

La promesa de aprender checo

Su madre Jana en un concurso de la televisión colombiana | Foto: archivo personal

Tal como había presagiado su abuela, lo de la nacionalidad se terminó arreglando porque, luego de la caída del comunismo, a toda la familia de Álvaro le reconocieron ese derecho al que su madre se había visto obligada a renunciar. Orgulloso también de su doble nacionalidad, Álvaro solo le reprocha a su madre, quien, dicho sea de paso, participó en varios concursos de cultura de la televisión colombiana, no haberles enseñado el idioma a él ni a sus hermanos. Y aunque reconoce que no le resulta para nada sencillo, asegura que realmente le interesa aprender y se prometió a sí mismo que, antes de morir, va a lograr, por lo menos, entender el checo. Por otro lado, considera que, a diferencia de otros países de Latinoamérica, la comunidad de descendientes checos en Colombia no es quizás tan amplia.

Con su madre y sus hermanos | Foto: archivo personal

“Ha crecido, últimamente ha crecido. Había una asociación Colombo-checa, que no sé en qué estado se encuentra ahora, pero cuando yo era más chiquito, a cada rato le llegaban a mis papás invitaciones de ellos. Y yo alcancé a conocer, más o menos, a unos ocho residentes checos en Colombia, en Bogotá. Pero yo tengo entendido que ahora son muchísimos más, aunque no tanto como en Argentina”.

En ese contexto, asegura Álvaro que Radio Praga Internacional constituye para él la principal vía de contacto con ese otro mundo que, aunque bastante lejano, también forma parte de su identidad.

Foto: Vlasta

“Me acerca muchísimo a mí Radio Praga, incluso hace mucho tiempo... a toda la música que oía mi mamá: Waldemar Matuška, Karel Gott, todos esos cantantes me encantan a mí, e inclusive películas, y siempre tuve cierta cercanía a eso. Inclusive no leía checo pero veía una revista que le mandaban a mi mamá de chiquito que se llamaba Vlasta. Y, a medida que fue pasando el tiempo, me enteré de la existencia de Radio Praga Internacional y la sintonizaba por onda corta. Ahora que está internet y todo eso es más fácil, pero antes era más complejo. Y eso fue una casualidad: a mí me gustaba jugar con radios y vainas y tenía un radio de onda corta y empecé una vez a mover el dial y, de pronto di, por pura casualidad, con Radio Praga Internacional. Y dije: ‘¿y por qué están hablando en español?’ Y ahí me enganché. Ahí me enganché y eso fue, no sé, en los años 90 más o menos. Y sigo, yo todas las mañanas oigo Radio Praga, no hay posibilidades de que no lo haga. Yo vivo aquí en un pueblo a dos horas de Bogotá, que se llama Villa de Leyva, y aquí tengo mi taller y los oigo todos los días”.

El arte de la conexión

“Si arranco una flor en Colombia, llora una niña en China; esa es la conectividad que trato de plasmar en mi arte”.
Álvaro Galindo Vácha

En la actualidad, aquel joven asombrado con el mundo en blanco y negro de la Checoslovaquia comunista y el profundo amor de su abuelo por su madre se convirtió en un prestigioso artista plástico que ha tenido muestras no solo en Colombia, sino también en otros países como Canadá, México y hasta Rusia, aunque aún no en Chequia, destino al que ya visitó unas diez veces en total. Y, aun a riesgo de sonar un poco abstracto, asegura que el eje fundamental de su obra es la conexión entre los seres humanos, algo que, por supuesto, remite también a su propia historia.

Una muestra en Bogotá | Foto: archivo personal

“Fundamentalmente, es un tema de unión de vectores, que son líneas y las líneas nos interceden, nos llegan, nos rebotan, nos pasan por todos lados. Y la explicación que doy siempre, aunque no es mía, es que si arranco una flor en Colombia, llora una niña en China. Esa es la conectividad que hay en eso que estoy tratando de plasmar a nivel del arte. Y lo puedes ver cuando, en mis obras, aparecen una serie de líneas y elementos que conectan a unos seres con otros por medio de escaleras y cosas abstractas que se manifiestan con colores y con una serie de herramientas visuales”.

Obra Mundos Paralelos 11-70x150 | Foto: archivo personal

Un final de novela

Como si ofreciera también una explicación biográfica de su propia concepción artística, revela Álvaro que, hace unos años se comunicó con él un investigador checo-polaco, de nombre Vladimír Petrilák y especializado en la incidencia del comunismo en los países latinoamericanos.

“El caso es que me dijo que, dentro de la investigación que había hecho, encontró el nombre de mi papá en unos archivos secretos de la policía. Y yo dije: ‘uy, hijo de madre, ¿qué es lo que quiere este señor?’ Bueno, el caso es que me dijo que si quería, me mandaba la información, y yo lo primero que me imaginé es que me iba a cobrar por esa información, o era un hacker o alguna cosa. Y, entonces, me dijo el señor: ‘no, no, no tiene que hacer nada, simplemente déme un correo electrónico, yo le mando un enlace y así puede ver los archivos de todo porque a sus papás los espiaron desde el año 59 hasta el año 70 los de la policía secreta checa, tanto en Checoslovaquia como en Colombia. Y tengo todos los datos para que usted se de cuenta de que eso fue verdad’. Entonces me mandó el enlace y descargué no sé cuántos gigas de información: microfilms de la policía secreta. Y, al leer, evidentemente, todo se lo tenían organizado durante todos esos años que estuvieron espiándolos y diciendo qué hacen y qué no estos señores: encontramos cartas que mi papá le mandaba a mi mamá con fotografías que eran completamente privadas. Bueno, eso podía pasar en un régimen así. Pero lo más impactante fue que todos los funcionarios que se decían amigos de ellos en esa época en la embajada eran espías. Al señor nunca lo vi todo el contacto fue por correo y ¿te acuerdas que te dije que un intérprete fue a traducirle a mi papá cuando fue a pedir la mano? Ese también era espía. Y ¿te acuerdas que te dije que una persona la esperó en el aeropuerto de París para acompañarla? Ese también, porque además cuando vimos los archivos estaban hasta las facturas de la invitación a almorzar y la factura del perfume”.

Además de regalarnos esta fascinante historia, Álvaro nos envió un valiosísimo regalo por nuestro noventa aniversario que nos llenó de emoción y, por lo tanto, queremos compartirlo con cada uno de ustedes: nada menos que un mensaje de su madre checa.