La fuerza de las ideas: del nacionalismo checo al surgimiento de Checoslovaquia
La proclamación del estado checoslovaco independiente, el 28 de octubre de 1918, no podría haber tenido lugar sin una idea nacional detrás que la fundamentara. El nacionalismo checo, surgido a comienzos del siglo XIX, tuvo la fuerza suficiente para generar un sentimiento identitario y un proyecto político capaces de aprovechar la coyuntura de la Primera Guerra Mundial y escindirse del Imperio Austro-Húngaro.
En este programa especial de Radio Praga Internacional nos dedicaremos a la ideología que dio a luz a la Primera República Checoslovaca.
En 1914, el Imperio Austrohúngaro le declara la guerra a Serbia y, en un dominó de alianzas, se ve abocado a luchar junto a Alemania en contra de Francia, Gran Bretaña y Rusia en lo que ahora llamamos la Primera Guerra Mundial. Pero sucede algo inusitado. En el mosaico étnico regido desde Viena, una pieza se esfuerza por desprenderse.
Los checos muestran su desafección. No es un fenómeno generalizado, y se presenta de forma compleja. Pero está ahí. Los soldados del frente oriental desertan, y forman una legión checoslovaca en Rusia. Otra similar se crea en Francia.
El conocido intelectual Tomáš Garrigue Masaryk, que más tarde sería primer presidente checoslovaco, aunque era ciudadano austrohúngaro, negocia con Francia y Gran Bretaña, los enemigos de su país, la creación de Checoslovaquia. Otros nacionalistas checos, como Karel Kramář y Alois Rašín, aunque permanecen en Bohemia, trabajan en contra de los esfuerzos de guerra, y acaban siendo encarcelados.
Es el nacionalismo checo. Una ideología que proclama que los checos, en su variedad, están comprendidos dentro de una nación, con una única historia, lengua, cultura y destino, y que debería desprenderse del yugo austriaco y gobernarse sola.
Protestantismo y democracia
Para entender esta ideología es necesario remontarse a su origen, a finales del siglo XVIII, con la aparición del Resurgimiento Nacional Checo, un movimiento cultural que trata de recuperar la lengua y cultura locales en un momento histórico en el que se hallaban en decadencia, con el reino de Bohemia gobernado desde Viena y con el alemán como lengua de prestigio.
Como otros nacionalismos, el checo se nutre de las ideas de la Ilustración, como la soberanía nacional, pero también de las del romanticismo, en su visión idealizada y cargada de sentido de la historia y las tradiciones.
Luis Montilla, historiador especialista en la historia moderna checoslovaca y autor del libro Construyendo el corazón de Europa, incide en dos aspectos diferenciadores del primer nacionalismo checo.
“Palacký es uno de los primeros personajes importantes que va a construir la historia de los checos en Bohemia. Intenta recoger elementos, por ejemplo, elementos religiosos: la lucha que habían desarrollado los husitas de Jan Hus en el siglo XIV, siglo XV, frente a al catolicismo de los Habsburgo, que eran los emperadores y a partir de ahí vincula ese movimiento protestante con elementos democráticos, que estaban muy en boga en el siglo XIX. Vincula el nacionalismo a esas luchas por la libertad que intentan desvincularse del absolutismo, que más o menos era el régimen mayoritario en Europa durante el siglo XVIII, XIX”.
Muchos nacionalismos establecen un punto de inflexión en la historia en el que las cosas empezaron a ir mal. En nuestro caso, la “gran derrota” que rememoran los nacionalistas checos es la batalla de la Montaña Blanca (Bíla Hora) de 1620, en la que los protestantes checos fueron vencidos por el ejército imperial. Desde ese momento, Bohemia queda bajo control de los Habsburgo, perdiendo su independencia política, y se impone una férrea recatolización.
La lectura nacionalista es clara: lo propio es el protestantismo, y el catolicisomo es una imposición. František Palacký, de confesión protestante, otorgó así al nacionalismo checo un rasgo muy específico, y que servía como seña de identidad respecto a Austria. Aunque la mayoría de los nacionalistas checos, y de la población de Bohemia y Moravia en general, era católica, la desafección al catolicismo se convirtió en una bandera que alzar contra Viena.
Recordemos que el pilar con la imagen de la Virgen María que se alzaba en la plaza de la Ciudad Vieja de Praga, fue derribado por una masa enfurecida solo seis días después de la independencia de Checoslovaquia. A los pocos días, se construyó en su lugar un conjunto escultórico que celebra a Jan Hus y que existe todavía.
El segundo rasgo que menciona Montilla, el liberalismo, se opone a su vez al absolutismo ilustrado de los Habsburgo. Esto es especialmente cierto a partir de los movimientos revolucionarios de 1848. Ese mismo año, en Praga, organizado por el Partido de los Viejos Checos, de Palacký, se celebra el Congreso Paneslavo, que sirve como punto de partida de la nación checa como proyecto político.
Así, y aunque al inicio no es independentista, el nacionalismo checo se vincula al lado revolucionario, pidiendo la representación política de la nación en el gobierno, incluyendo, con sus matices, a todas las capas de la sociedad. La lucha por la libertad de la nación checa era también una lucha por la democracia.
De hecho, las conquistas políticas que fueron consiguiendo en el Imperio Austrohúngaro eran también conquistas nacionales, como explica Montilla.
“Cuando Napoleón es derrotado, el Congreso de Viena trata de retomar otra vez el absolutismo, pero aun así las corrientes liberales, las nuevas ideas continúan. Y tenemos las revoluciones de 1820, 1830 y sobre todo la de 1848, donde el elemento nacionalista tiene mucha importancia A partir de esa Revolución, que es bastante violenta, y que se extiende por toda Europa, poco a poco Viena se va a ir reformando y se va a ir abriendo y va a ir permitiendo, por ejemplo, que la educación sea en checos, se van a ir cambiando los nombres de las calles, se va a permitir que los checos tengan una mayor representación, tanto en el gobierno local como también en el Congreso en Viena. Y poco a poco, durante medio siglo, 60-70 años, los checos van a ir ganando terreno político y van a ir consiguiendo distintas mejoras y avances”.
En cualquier caso, el nacionalismo checo no era un bloque uniforme y en su seno convivían diferentes corrientes. Los Checos Viejos (staročeši) eran más moderados en su liberalismo y más tibios a la hora de negociar con la Iglesia Católica y la monarquía austriaca. Además de Palacký, entre ellos encontramos también a František Jaroslav Rieger.
En contraposición, los Jóvenes Checos (mladočeši), entre cuyas filas militaba, por ejemplo, Karel Sladkovský, eran más radicales en su liberalismo, tendían al laicismo y presentaban sus reivindicaciones de forma más enérgica. Entra estas dos facciones y el gobierno se formaba un complicado triángulo político, subraya Montilla.
“Los Viejos Checos eran austroeslavistas. Eran más conservadores y consideraban que Austria, el Imperio, era necesario, sobre todo para frenar tanto al pangermanismo como a Rusia, y entonces estaban contentos con la autonomía eh checa dentro del imperio, mientras que los Jóvenes Checos eran más radicales, buscaban un mayor grado de independencia y, bueno, el juego político siempre es complicado. Porque, por supuesto, Viena no quiere que los bohemios se independicen, y dentro del movimiento nacionalista hay también distintas corrientes, entonces al final es un toma y daca. Se les da algunas ventajas, no todo el mundo está contento, hay gente que quiere más y gente que se conforma con lo que hay”.
La segunda mitad del siglo XIX comenzó con los Viejos Checos como facción dominante, pero poco a poco, los Jóvenes fueron ganando terreno. En las elecciones al Parlamento Imperial de 1891, los Jóvenes Checos consiguieron 34 escaños por Bohemia, mientras que los Viejos Checos, solo cuatro.
Uno de los diputados de los Jóvenes Checos en estas elecciones fue justamente Tomáš Garrigue Masaryk. El futuro presidente checoslovaco se fue distanciando progresivamente de sus posturas y en 1900 fundó el Partido Realista.
Precisamente a comienzos del siglo XX el panorama político checo se fragmentó, al aparecer formaciones como el Partido Agrario o el Partido Socialdemócrata. En todos ellos, el nacionalismo checo se daba por supuesto, sus diferencias estribaban en asuntos sociales y económicos, según el espectro político tradicional de derecha-izquierda.
Al rescate de la lengua checa
Hemos hablado de política y de religión, pero no podemos olvidar la inmensa importancia que la lengua representa para el nacionalismo checo desde sus mismos inicios. Cabe recordar que, desde la Edad Media, conviven en Bohemia dos etnias principales: los alemanes y los checos, cuyo elemento diferenciador más visible es el idioma que hablan.
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A finales del siglo XVIII nos encontramos un idioma en decadencia. El checo oral estaba dialectalizado, plagado de germanismos y relegado en los puestos de prestigio por el alemán, como nos cuenta Luis Montilla.
“Era la lengua que hablaba la gente en los pueblos y el alemán era la lengua que se utilizaba en la educación, en la burocracia, etc. O sea, el país funcionaba con la lengua alemana, aunque existían otras lenguas, como digo, minoritarias que hasta el siglo XIX eran unas lenguas que prácticamente no importaban a nadie, porque era la lengua de los pobres, del pueblo”.
Con el fin de la servidumbre, en 1781, se inició un flujo continuo de la población del campo a las ciudades, lo que llevó el checo a círculos donde antes estaba ausente y despertó una curiosidad académica por el idioma. El interés por indagar en el idioma checo llevó de forma natural a la pasión por recuperarlo, en sintonía con el incipiente nacionalismo checo y las ideas del Resurgimiento Nacional.
El checo escrito utilizaba entonces el estándar llamado checo brachtense (čeština bratrská), establecido sobre el siglo XVI por la iglesia protestante de la Unión de Hermanos (Jednota bratrská) y su traducción de la Biblia. Si había que recuperarlo, se hacía necesaria una modernización.
El padre del checo moderno fue Josef Dobrovský, que con su gramática de 1809 estableció las bases del checo moderno estándar, con unas reglas únicas. Al mismo tiempo, los autores de este primer periodo también trataron de retirar germanismos del idioma y completarlo con neologismos que lo enriquecieran, aunque esto lo distanciara del checo que se hablaba en la calle. En este sentido, la piedra fundacional fue el diccionario checo-alemán de Josef Jungmann.
Resultan llamativos los cambios ortográficos a los que estamos acostumbrados pero que en su momento despertaron polémica, especialmente el uso de la i latina y la y griega. También se descartaron la uve doble y la esh (ʃʃ), y se reformó la puntuación.
Para los años 40 del siglo XIX ya había un estándar claro, y a partir de ese momento se puede hablar de checo moderno. Al mismo tiempo, comienza la producción literaria nacional, incide Montilla.
Tenemos un revival literario. Nuevos autores. En el siglo XIX, una vez que se ha recuperado la lengua, se construye una gramática o, bueno, se recoge, las distintas variantes, porque la lengua no es siempre unitaria. Y cuando no existe un corpus que te marque las reglas gramaticales, pues hay muchas ramas distintas.
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Entonces se unifica, y a partir de ahí efectivamente lo que es el Renacimiento cultural checo-bohemio, pues tiene una vertiente literaria muy importante. Por ejemplo, Božena Nemcová, que escribe La abuela (Babička), es uno de los símbolos de esos escritores del siglo XIX que están dándole un mayor lustre a la lengua checa, que hasta ese momento era muy minoritaria y, como decía, principalmente rural”.
El checo llega a los periódicos, a las librerías y, gracias a los avances en la lucha política, también a las escuelas. A lo largo de toda la segunda mitad del siglo XIX vemos que su uso se normaliza y se eleva en prestigio, convirtiéndose, junto al alemán, en lengua vehicular de ciencias, artes y letras. Hablarlo y escribirlo es un símbolo de pertenencia nacional, y su mismo desarrollo y estado de salud puede considerarse paralelo a la fuerza del nacionalismo checo.
Todos somos hermanos: el paneslavismo
El nacionalismo checo es solo uno de los muchos que surgen en Europa en esa época, y da la casualidad de que bastantes de ellos son pueblos eslavos. Solo en el Imperio Austrohúngaro también los eslovacos, eslovenos, serbios y croatas, e incluso polacos y ucranianos (rutenos) buscaban sus raíces, reconstruían sus lenguas y pugnaban por una mayor autonomía.
Esta situación análoga sirvió de base al paneslavismo, una ideología que proclamaba que todos los pueblos eslavos son hermanos, padecen problemas similares, normalmente vinculados al predominio alemán, y deberían colaborar en la construcción de sus proyectos nacionales.
En este contexto, Rusia, la única potencia mundial eslava, se erige como el hermano mayor, aquel capaz de tender una mano a sus oprimidas naciones hermanas, como nos detalla Luis Montilla.
“Al principio, y yo diría que incluso hasta la Primera Guerra Mundial, la corriente más fuerte del nacionalismo checo busca, podríamos decir, la liberación o la ayuda de Rusia. Como como su principal aliado para conseguir la independencia, o cierto grado de independencia, o reconocer sus derechos.
De hecho, en 1848, que estábamos diciendo, se celebra el primer Congreso Paneslavista aquí en Praga y muchos de los autores importantes durante el Renacimiento Nacional son paneslavistas. Por ejemplo, se me ocurre ahora Alfons Mucha, el pintor modernista, que pinta La epopeya eslava, que un canto a todo el mundo eslavo, pero lo mismo ocurre con compositores como Smetana o Dvořák.
La idea del paneslavismo tiene mucha fuerza y en la Primera Guerra Mundial la corriente mayoritaria del nacionalismo es la que lidera Kramář, que es paneslavista, que confía en Rusia como, digamos, el país que puede ayudar a los checos a conseguir su independencia y Masaryk es una corriente muy minoritaria dentro del nacionalismo, que es más pro occidental”.
Lo paradójico es que, aunque el nacionalismo checo era predominantemente paneslavista, fue Tomáš Garrigue Masaryk y sus colaboradores los que fraguaron la independencia. No es que el futuro presidente no tuviera tendencias paneslavistas, pero se sentía más próximo a las democracias liberales occidentales, en sintonía con su visión más bien política del nacionalismo.
La coyuntura hizo que fuera su dirección la que finalmente llegara a buen puerto, explica Montilla.
“A pesar de ser la corriente minoritaria, es la que al final va a triunfar, porque los vencedores de la Primera Guerra Mundial son precisamente Reino Unido, Francia, Estados Unidos, y Masaryk tiene un papel muy importante, no hay un papel activo, pero digamos que ha escogido al bando ganador.
Ya sabemos que también en 1917 pues ocurre la Revolución Bolchevique en Rusia. Entonces, todo el mundo eslavo, o Rusia como gran madre eslava, está en un momento muy convulso y no puede intervenir, o sea, tiene sus propios problemas”.
Por su parte, los Aliados fueron muy receptivos a la hora de aceptar las tesis de Masaryk, por motivos estratégicos, prosigue Montilla.
“Podemos decir que el éxito de Masaryk eh está en vincularse a esas potencias europeas, principalmente Francia y eh Reino Unido, sobre todo a los sectores protestantes de esos países, que van a utilizar el nacionalismo checoslovaco como un arma de guerra para debilitar al Imperio Austrohúngaro. Es un imperio multinacional. En Viena el elemento alemán es el importante, pero en las distintas partes del Imperio hay distintos grupos, algunos a favor del Imperio, pero muchos otros nacionalistas. Reino Unido sabe que eso es una debilidad y lo va a fomentar, como se hace siempre en estas cosas, a través de publicaciones, de la propaganda, de los distintos elementos y al final de la guerra van a conseguir terminar con el Imperio Austrohúngaro“.
Los hermanos gemelos, el checoslovaquismo
Pero los checos no consiguen la independencia solos. Van de la mano con los eslovacos en un nuevo país llamado Checoslovaquia. La raíz de esta decisión hay que buscarla en una ideología dentro de los nacionalismos checo y eslovaco que daba por hecho que ambos pertenecen a una misma nación y que, por tanto, sus destinos están unidos.
El llamado checoeslovaquismo nace con una base razonable. Las dos lenguas son inteligibles entre sí y además, en aquella época, aunque las tierras checas formaban parte de Austria, y las eslovacas de Hungría, ambas se encontraban dentro del Imperio Austrohúngaro y la comunicación entre ellas era fluida.
Dentro de esta visión, el checo y el eslovaco son dos versiones de una misma lengua. En la constitución de la Primera República Checoslovaca, el idioma oficial es el checoslovaco, y en la práctica se usaban las dos variantes, cada una en su contexto.
El checoslovaquismo era una idea muy extendida en el nacionalismo checo, y la profesaron figuras prominentes como Palacký o Šafařík. Sin embargo, en Eslovaquia, la principal corriente nacionalista, representada por los seguidores de Štúr, se consideraba una entidad separada. Solo algunas facciones menores, como los hlasistas, agrupados en torno a la revista Hlas y afines a Masaryk, eran abiertamente checoslovaquistas.
Como sucedió con el paneslavismo, la Primera Guerra Mundial lo cambió todo, y la corriente minoritaria fue la que triunfó. El nacionalista checo Milan Rastislav Stefánik, colaboró con Masaryk y Edvard Beneš para conseguir que los Aliados dieran luz verde a la creación de Checoslovaquia.
El concepto se adecuaba además a lo que Francia y Reino Unido deseaban para la nueva Europa, comenta Montilla.
“En esas discusiones se consideró que era importante crear un país fuerte que sirviera de freno tanto al pangermanismo como a Rusia, es decir, crear una serie de países lo suficientemente grandes, potentes, con suficiente población más o menos en cierta parte homogéneos, que formaran estados tapón entre el mundo germano y el mundo ruso. En el caso de Checoslovaquia, Masaryk que había nacido en la frontera entre Moravia y Eslovaquia. Tenía vinculaciones con Eslovaquia y tenía buenas relaciones con los nacionalistas eslovacos, especialmente en Estados Unidos y, bueno, pues se decide unir a Eslovaquia con Chequia”.
Además, y teniendo en cuenta que en Bohemia y Moravia vivían más de tres millones de alemanes, se hace prioritario dejarlos en minoría, continúa Luis Montilla.
“Buscaban un país grande, fuerte, donde el elemento alemán no sea tan importante desde el punto de vista porcentual de la población. Si hubiera sido solamente Chequia, Moravia y Silesia, el elemento germano hubiera supuesto un porcentaje mucho más grande de la población total”.
De hecho, a la Primera República Checoslovaca se le añadió Rutenia, una región que actualmente forma parte de Ucrania y cuya lengua también es eslava.
Como todos sabemos, la unión de checos y eslovacos siempre fue frágil. Previo a la Segunda Guerra Mundial, Eslovaquia se independizó con el apoyo de Alemania y se convirtió en uno de sus aliados. El país se reunificó después de la Segunda Guerra Mundial, esta vez sin los rutenos, pero en 1992, y después de que ganara las elecciones en Eslovaquia un partido independentista, checos y eslovacos acordaron su separación.
Para Luis Montilla, el checoslovaquismo pasa por alto dos realidades que al final acaban explicando el fracaso de esta idea.
“Existen grandes diferencias, que son las que después han provocado la separación. Una bohemia muy industrial, con el protestantismo como elemento fundamental del nacionalismo, y una Eslovaquia mucho más rural, donde el catolicismo es predominante”.
El enemigo alemán
Todo nacionalismo necesita un enemigo y un territorio, que suelen estar relacionados entre sí. En este caso el nacionalismo adversario es el germánico y la zona en disputa es lo que fuera el reino de Bohemia. Las tierras checas no solo se hallaban integradas dentro de Austria, un país donde la lengua oficial es el alemán, sino que, además, aproximadamente un tercio de sus habitantes hablaba esta lengua como idioma nativo.
De la misma manera que el nacionalismo checo florece en el siglo XIX, el nacionalismo alemán se extiende durante el mismo periodo, convenciendo a la gran mayoría de los pueblos germanos de que pertenecen a una misma nación y sus destinos están, por tanto, unidos. De acuerdo con la corriente pangermanista, todos los alemanes deberían vivir en un mismo estado.
De esta forma, los nacionalistas checos se ven amenazados por una Alemania que se unifica a lo largo del siglo XIX y que integraría gustosa a Austria en su territorio, y a las tierras checas con ella. Por otro lado, la defensa de la lengua y la autonomía política deben hacerse conquistando espacio a Viena y a los germanohablantes.
Como en el caso de muchos enfrentamientos nacionalistas, las dos partes tienen razón al mismo tiempo. El antiguo reino de Bohemia era tan checo como germánico. La población de habla alemana llegó a Bohemia de forma pacífica, en los siglos XII y XIII, invitada por sucesivos reyes que deseaban artesanos y nuevas colonias que desarrollaran el país. Los alemanes se establecieron en las zonas montañosas, que posteriormente pasaron a ser conocidas como Sudetes, en poblaciones mineras y en las ciudades.
Por otro lado, Bohemia fue durante siglos parte del Sacro Imperio Romano-Germánico, y actuaba dentro de un entorno político donde la lengua y la cultura alemanas eran predominantes.
Durante siglos, fueran étnicamente alemanes o checos, todos eran súbditos del rey de Bohemia si distinciones de estatus, lo que no significa que no hubiera roces entre las dos comunidades. De hecho, las guerras husitas comenzaron por una división injusta entre profesores alemanes y checos en la Universidad Carolina, y este movimiento protestante tuvo también un cariz étnico, ya que se nutrió más bien de checos.
En todo caso, la norma general fue la convivencia de las dos comunidades, incluso después de la batalla de la Montaña Blanca. Aunque, como hemos explicado, el alemán se impuso durante los siglos XVII y XVIII como lengua de prestigio, no había un plan enfocado a debilitar la lengua checa: la oficialidad del alemán obedecía meramente a una necesidad de integración territorial. De hecho, muchos de los intelectuales que participaron en el Resurgimiento Nacional checo eran germanohablantes.
Sin embargo, el auge nacionalista en los dos lados llevó a una polarización continua a lo largo del siglo XIX. Progresivamente, las dos comunidades se iban viendo mutuamente como adversarios culturales y políticos. Por ejemplo, en 1882 se dividió la Universidad Carolina en dos: una checa y otra alemana. En Praga los alemanes y los checos tenían sus propios teatros, sus propios cafés, y cada vez se mezclaban menos.
En 1897 los nacionalistas checos consiguieron que el gobierno de Viena declarase la cooficialidad del checo y el alemán en la administración de Bohemia y Moravia. Esto significaba que los funcionarios debían dominar las dos lenguas. Puesto que todos los checos sabían alemán, pero no al revés, la población germanohablante se sintió perjudicada. Se organizaron protestas y finalmente la medida fue revocada.
En resumen, los dos proyectos nacionales eran incompatibles. Cuando en 1918 Checoslovaquia emergió de las ruinas del Imperio Autrohúngaro, el alemán no aparecía como lengua cooficial en la Constitución. La situación se había invertido, ahora los alemanes eran la minoría sin derechos nacionales. Así lo expresa Luis Montilla.
“Podríamos decir que Checoslovaquia, obviamente, era un país más democrático, donde había un mayor respeto por las minorías, pero aun así, el elemento nacionalista es importante. Los alemanes de Bohemia consideraban que Checoslovaquia había sido un invento de los países vencedores de la Primera Guerra Mundial, un invento de la paz de París, de Versalles, y que no se habían respetado sus derechos nacionales y que no se les había permitido estar dentro de Austria o dentro de Alemania”.
Esta crispación no se remedió durante la Primera República Checoslovaca y el descontento de la población alemana fue lo que llevó a su nazificación, que a su vez facilito la crisis de los Sudetes de 1938 y la posterior ocupación por parte de Alemania.
De la idea a la realidad
El nacionalismo checo fue la semilla que germinó el 28 de octubre de 1918, dando lugar ese primer brote verde que fue la Primera República Checoslovaca. Sus concepciones dieron forma al armazón central, pero sus contradicciones produjeron, por otro lado, las grietas que pondrían a prueba todo el proyecto nacional.
Su visión checoeslovaquista era mayormente unilateral y su definición territorial excluía a la población alemana, lo que acabó desintegrando el estado en varios momentos del siglo XX. Por otro lado, su paneslavismo allanó el camino al intervencionismo ruso, que tuvo una importancia clave después de la Segunda Guerra Mundial.
Pero sea como sea, y después de muchas vicisitudes, el nacionalismo checo triunfó. En la actualidad la República Checa es un país sin problemas secesionistas, relativamente uniforme, con una lengua nacional fuerte y una industria cultural propia. Las ideas nacionalistas forman parte del orden establecido y son incontestadas, aunque haya versiones más suaves o más radicales y, tal como desearon los primeros patriotas checos, sus ciudadanos acuden a las urnas para decidir su futuro.
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