Sexo y muerte en la Amazonia profunda: la metamorfosis de un exembajador checo
El exembajador de Colombia Mnislav Zelený presenta Sex a smrt indiánů Amazonie (Argo), un libro que combina antropología, rituales y espiritualidad. Allí reflexiona sobre las enormes diferencias entre los pueblos originarios y el mundo occidental, sobre cómo fue adoptado por esas comunidades y hasta comparte las profecías que, según él, vio cumplirse en la selva.
“Ni un paso más”. Eso cuenta Mnislav Zelený que le repetían los miembros de la comunidad Cofán de Ecuador cuando intentó ingresar a su territorio en una lancha del Ministerio de Defensa. Recuerda que, mientras negociaba su entrada y ellos mantenían sus lanzas en alto, el motorista de la lancha salvó la vida de un niño que, en medio del revuelo, había caído al río.
“Yo, ingenuamente, como un blanco medio tonto, pensé que eso les generaría gratitud. Pero no. No existe la gratitud. ¿Por qué? Porque si uno quiere salvarle la vida a alguien, lo salva, pero no espera nada a cambio. Nosotros tenemos esa idea metida en la cabeza: que todo es un intercambio, pero con los pueblos originarios eso no es así. Si quieres salvar una vida, la salvas y punto. Y aun así no me dejaron entrar”.
Un caso excepcional
“Decir el nombre de alguien que está descansando en otro cosmos, en el más allá, significa molestarlo”.
Él siguió viaje con la canoa varios kilómetros río arriba por el Aguarico, hasta llegar a una choza en la que vivía un indígena con su esposa, y allí sí que lo aceptaron. Con el tiempo entendió que tenían el trabajo dividido según el sexo con absoluta precisión: algunas tareas como juntar ramas secas son femeninas, otras masculinas y no existe la menor posibilidad de que un hombre haga el trabajo de la mujer o viceversa.
“Así que pensé que, de algún modo, iba a romperles ese esquema: le pedí prestada al indígena su piragua y su machete, corté leña seca, bajé por el río y subí por la orilla cargando unas cuantas maderas. De repente no había nadie, nadie me detuvo. Entré en la aldea y no había un alma. Todos estaban dentro de las chozas, mirándome por las rendijas. Yo dejé uno o dos trozos de leña frente a cada choza y ellos no sabían qué hacer. Los dejé completamente desconcertados, había alterado su modo natural de dividir el trabajo: un hombre extranjero haciendo trabajo de mujer. En cierto modo, fue una jugarreta, un truco psicológico. Después estuve sentado allí unas dos horas hasta que, por pura curiosidad, los niños no aguantaron más y salieron corriendo a verme. Me puse a jugar con ellos y jugar con los niños es la mejor vía para acercarse. Luego salieron los demás y nos hicimos amigos. Y seguimos siendo amigos desde hace más de cincuenta años”.
Desde ese momento, este ex embajador de Colombia y Ecuador entre 1996 y 2001, se considera uno más de ellos, a tal punto que le asignaron el nombre Atapana con el que también firma su nuevo libro: Sexo y muerte entre los pueblos originarios de la Amazonia (editorial Argo). Sin embargo, es perfectamente consciente de que su caso es ni más ni menos que una excepción.
“Pero el camino para llegar a eso es muy exigente, muy complicado. No es posible que, si algún checo o algún turista me pregunta si puede ir allí, yo le diga que sí. No, eso no existe. De ninguna manera ellos tienen interés ni razón para recibir a alguien así. Temen contagios, enfermedades. El hombre blanco no tiene nada que hacer allí; sin su ayuda no sobreviviría”.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
“El niño, desde pequeño, sabe que algún día va a morir”
Agrega Mnislav que esa enorme brecha proviene, sobre todo, de las diferencias culturales y la gran cantidad de faltas de respeto provocadas por desconocer los códigos ajenos, algo que se potencia notablemente en el ámbito de uno de los grandes temas que aborda en su nueva obra: la muerte.
“Yo estuve en rituales funerarios de muchos pueblos indígenas, y allí está prohibido decir en voz alta el nombre del difunto. Es una gran ofensa, un error enorme. Si uno no conoce su cultura, si no sabe cómo comportarse, simplemente no sobrevive allí. Porque decir el nombre de alguien que está descansando en otro cosmos, en el más allá, sería molestarlo. Según su magia, el nombre es parte de la persona. El nombre es la persona. Hay que conocer las leyes de la magia. Es lo que se llama magia simpática: el nombre, la palabra, es él mismo. Así que si ha muerto y está descansando, no puedo perturbarlo”.
La muerte, toda la vida
Asegura Mnislav que las diferencias culturales entre los pueblos originarios y el mundo occidental son tantas y tan profundas que, precisamente por eso, se siente orgulloso y feliz de haber logrado superarlas hasta convertirse en miembro de cuatro comunidades indígenas: los Yekuana en Venezuela, los Kofán en Ecuador, los Ese Eja en Perú y los Yawalapiti en Brasil. Durante ese contacto tan cercano, descubrió que la muerte es considerada por estos pueblos un acontecimiento mayor: el momento en que el cuerpo cruza hacia otro mundo. Y explica que, además de ser una gran celebración, la muerte es algo para lo cual ellos se preparan durante toda la vida.
“Cuando nace un niño, el chamán le pasa la mano por el puente de la nariz para abrirle, digamos, un orificio mágico por donde el alma saldrá cuando esa persona muera. Eso significa que el niño, desde pequeño, sabe que algún día va a morir, desde pequeño sabe que no será siempre un joven o una muchacha hermosa y radiante porque también va a envejecer. Y, además, como viven juntos con sus abuelos y abuelas, ven cómo la gente envejece. En cambio, entre nosotros los niños intentan independizarse, se van, y no ven esas conexiones; siguen creyendo que son jóvenes y hermosos. Pero los indígenas no admiran eso, porque no es algo que uno se haya ganado: es un regalo del creador. En cambio, ellos veneran la vejez, porque la vejez es portadora de la experiencia acumulada durante la vida. El hecho mismo de haber vivido muchos años es prueba de que esa persona fue capaz y buena”.
La profecía
Una de las consecuencias de esa forma de ser es que existen grupos calificados de ancianos a los que los jóvenes e incluso los jefes acuden en busca de consejos.
“Con el tiempo, descubrí que empezaba a sentir cosas extrañas. Soy creyente y allí estaba el poderoso chamán Takuma, que le había predicho al jefe, tres meses antes, que yo llegaría. Yo mismo todavía no sabía que iba a llegar allí. Me envió Orlando Villas‑Bôas, el famoso explorador brasileño, para que fuera a ver a los Yawalapiti, pero él ya lo sabía desde hacía tiempo: sabía que yo llegaría. Y luego Takuma me invitó al ritual funerario de su hermano, aunque yo no sabía su nombre. Y cuando quise marcharme, él me propuso ser su aprendiz. Iba a convertirme en chamán. Y, claro, se me aflojaron las rodillas porque no lo habría soportado: eran pruebas durísimas, durante las cuales habría muerto varias veces, así que me excusé diciendo que tenía hijos y familia, y eso es fundamental, eso se respeta. Entonces fui ‘liberado’ y regresé. Y unos años después lo invoqué. Estaba dando una conferencia en Ostrava después de la Revolución de Terciopelo y, durante varios años no había hablado de los indígenas, pero allí hablé de los Yawalapiti, uno de los pueblos del que soy miembro y donde tengo parientes. Hablé de Takuma. Y en la habitación del hotel, cuando fui a acostarme, encendí un viejo televisor y apareció Takuma, yo lo invoqué”.
Explica Mnislav que eso pasó en el año 1994: se trataba de una película sobre Takuma que estaba emitiendo un canal brasileño y, tras encender la televisión, apareció justo su amigo. Luego, él mismo lo llamó para que volviera unos dos años después y, al llegar, le dijeron: “Apareciste en el momento justo para participar del funeral de tu amigo Takuma”.
Parte de la naturaleza
Otra gran diferencia, en su opinión, es que los pueblos originarios viven según las leyes de la naturaleza, mientras que nosotros seguimos leyes que políticos, militares y civiles inventaron, y por eso no son perfectas.
“Ellos mismos son la naturaleza, ellos se sienten como seres vivos. Actúan según lo que la naturaleza determina. Y como la naturaleza es cruel, ellos también se comportan de manera cruel. Simplemente, los indígenas en ciertas situaciones límite se comportan con crueldad. Porque la vida es cruel. Nosotros no queremos admitirlo: queremos que todo sea dulce y cómodo, pero ellos saben que la vida trae problemas. Y por eso los niños tienen que prepararse para eso. Y esos son los llamados rituales de paso. Y estos rituales de paso nuestra civilización los ha descartado como algo bárbaro, brutal y sangriento que ya no pertenece al mundo civilizado. Solo que ellos tienen su propia civilización y saben muy bien que los rituales de paso son importantes para el niño que se convierte en adulto, para que sobreviva, para que sepa cómo comportarse”.
Una película para erizar la piel
Mnislav afirma que la gran repercusión de su libro lo sorprendió, tanto por el interés mediático como por la respuesta de los lectores. Aunque continúa con presentaciones, ya desarrolla un nuevo proyecto sobre los muiscas, un pueblo que él considera comparable a los mayas, los aztecas y los incas, y que admira por su notable conexión con el cosmos a través de la astronomía. Además, prepara una película con material filmado en la Amazonia junto a su amigo Libor Kozák.
“Mi objetivo es que al espectador se le erice la piel cuando vea algunas cuestiones misteriosas y enigmáticas que yo mismo vi, ya sea lo relacionado con el ritual funerario, con sus cantos, danzas fúnebres y cuando se ahuyenta el mal; o cuando, de manera ceremonial y ritual, con la ayuda de los chamanes, se pesca para invocar a los peces”.
Mnislav explica que el montaje ya está concluido y que ahora se encuentran en la etapa de correcciones y limpieza de imagen y sonido. Espera tener la película terminada a fin de año y, para cubrir los últimos gastos, lanzaron una colecta en http://www.donio.cz/awiri-ruru-film, donde los interesados pueden colaborar y recibir algunos de sus libros como agradecimiento. Añade que hacer una película tan profundamente espiritual exige más esfuerzo que escribir, pero confía en que le permitirá mostrar de manera más directa aquello que tanto lo marcó.
“Durante varios días y varias noches, ellos bailan y cantan con insistencia, cantan y cantan, y mientras tanto, de hecho, se despiden de las almas de los difuntos, que parten al más allá. Llegan los familiares, lloran, y los demás se alegran. Es decir, la vida y la muerte están tan unidos como la tristeza y la alegría, existe esa conexión”.
El erotismo en Amazonas
“De nada hablan más que de sexo”
En cuanto al sexo, Mnislav afirma que los pueblos originarios le dan mucha importancia porque son conscientes de su papel en la reproducción, pero también, por supuesto, de la fuerte carga erótica que conlleva.
“Son muy abiertos, muy abiertos. Hay una fuerte carga erótica, también; les gusta muchísimo el sexo, hablan de eso todo el tiempo. De nada hablan más que del sexo: quién, dónde, con quién, cómo, por qué”.
A pesar de que entre ellos existen prácticas muy distintas que también resultan muy chocantes, como es el caso del intercambio de mujeres, hay un elemento que comparten con nosotros: la prohibición del incesto, algo que, según cuenta Mnislav, los pueblos originarios tienen muy presente incluso en su lenguaje.
“Ellos conocen exactamente su lugar en el árbol genealógico y qué relación de parentesco tienen con todos. Tienen casi cuatrocientos términos de parentesco. Es decir, lo que para nosotros es simplemente tía, para ellos es tía de tal lado, de tal generación, de tal grado… y todo eso ellos lo pueden designar con una sola palabra, lo saben exactamente con una sola palabra. Porque dependen de eso. Ellos saben con precisión con quién pueden tener hijos y con quién no”.
¿Cómo está?
Durante su mandato como embajador de Colombia, Mnislav Zelený fue muy activo y, en 1998, escribió un artículo muy completo en la revista Český dialog sobre la historia de la familia checa Válek en Colombia, un texto que resultó fundamental para que sus descendientes pudieran recuperar sus raíces. De ese período, recuerda sobre todo que le sorprendió que Colombia es un país que parece tenerlo todo: ríos, montañas, desiertos, selva, la civilización muisca y, por supuesto, los colombianos, a quienes define como personas increíblemente amables.
“Con mi esposa siempre decimos que ahí pasamos los cinco años más hermosos de nuestra vida. Realmente, los cinco años más hermosos. Soy una persona que sabe, no quiero decir adaptarse, pero sí comprender el entorno, ¿no? Así que yo, de algún modo, estudiaba cómo viven los colombianos, cómo vive esta gente porque eso es lo que me interesa y cada cultura tiene algo. Al principio, por ejemplo, me molestaba que los colombianos me preguntaran todo el tiempo cómo estaba. Y lo decían de cinco o seis maneras distintas: ¿Cómo está?, ¿Qué hubo? Y a mí me parecía tan innecesario porque en Chequia no estamos acostumbrados. Pero al final pensé: ¿y por qué no? Es bonito, es agradable y, aunque no cambie nada, crea una energía positiva. Así que lo acepté”.










