Un experto checo en toxicología explica “el amor de los rusos por los venenos letales”

En memoria de Alexéi Navalny

Cinco países europeos acusan al Kremlin de haber envenenado al opositor ruso Alexéi Navalny con epibatidina, un potente neurotóxico natural hasta mil veces más fuerte que la nicotina, generado por un rana que vive en Perú y Ecuador. Según explica el toxicólogo Lukáš Górecki, el caso no es un episodio aislado en la historia rusa, sino que, muy por el contrario, se inscribe en lo que podría considerarse “una tradición” de ese país.

En un comunicado conjunto, Reino Unido, Francia, Alemania, Países Bajos y Suecia han acusado al Kremlin de haber envenenado al líder opositor ruso Alekséi Navalny en una prisión siberiana, donde falleció en 2024. Según los análisis realizados tras la entrega del cuerpo a su familia, la sustancia identificada sería epibatidina, un alcaloide extremadamente potente presente en una especie de rana amazónica.

Lukáš Górecki | Foto: Fakultní nemocnice Hradec Králové

El toxicólogo Lukáš Górecki, de la Facultad de Medicina Militar, participó esta semana en el podcast Vinohradská 12, de la Radio Checa, en donde dio su opinión sobre esta información, conocida recientemente, y, además, brindó un interesante análisis sobre “el amor” de los rusos por los venenos letales y el origen histórico de esta “tradición”.

El especialista comenzó por destacar un detalle técnico importante sobre el caso de Navalny.

“Es importante entender que, en cualquier caso de intoxicación con una sustancia química o tóxica, es imprescindible realizar análisis biológicos mediante métodos de laboratorio. A partir de la simple descripción de los síntomas nunca se puede determinar con certeza de qué sustancia se trata. En el caso de Navalny, Rusia retuvo su cuerpo durante mucho tiempo y se negó a entregarlo. Solo después de varios días de presión mediática y familiar se logró su repatriación y se pudieron realizar pruebas biológicas. Varias laboratorios independientes confirmaron que se trataba de epibatidina”.

Según el experto, la identificación de un tóxico es muy compleja y por ello requiere del mayor número posible de muestras biológicas. Las más valiosas para estos casos son la sangre y los tejidos.

Un veneno de rana amazónica

Precisamente, al analizar estas muestras, los especialistas confirmaron la presencia de epibatidina en el cuerpo del activista ruso, una sustancia de origen natural asociada a la rana Epipedobates anthonyi, que habita en zonas concretas de la Amazonía, sobre todo en Ecuador y Perú.

“Es una sustancia muy interesante, tanto desde el punto de vista químico como biológico, porque se produce de forma natural en el cuerpo de una pequeña rana. Se trata de la Epipedobates anthonyi, que es una especie endémica situada en una parte determinada de la selva amazónica, principalmente en Ecuador y Perú. Es interesante que solo es capaz de producir esta sustancia en su entorno natural. Si criáramos la rana en cautividad, no tendría su alimento tradicional y, por lo tanto, no sería capaz de producir esta sustancia, que le sirve para protegerse de los depredadores”.

Epipedobates anthonyi | Foto ilustrativa: Guillermo Granja,  Reuters

Debido a que la toxina actúa sobre los receptores nicotínicos del sistema nervioso autónomo, suele ser comparada con la nicotina, aunque posee una potencia muy superior.

“Su eficacia en comparación con la morfina se debate con frecuencia y en el pasado fue objeto de gran interés científico. Los científicos pensaban que la epibatidina podría utilizarse en lugar de la morfina para aliviar dolores extremadamente intensos. Sin embargo, yo compararía la epibatidina más bien con la nicotina, debido a la forma en que actúa. Incluso podríamos llamarla una ‘supernicotina’, ya que se puede decir que es hasta mil veces más potente. Y todos conocemos la nicotina por los cigarrillos, aunque no seamos fumadores. De hecho, muchos también saben que la nicotina en sí es relativamente tóxica, y se dice que si una persona sana masticara aproximadamente 40 cigarrillos, podría morir. Si lo comparamos con la epibatidina, no serían 40, sino apenas una décima parte de un cigarrillo lo que bastaría para causar la muerte”.

Durante la entrevista, Górecki describió en detalle cómo actúa esta sustancia una vez presente en el sistema nervioso humano.

“Esta sustancia actúa sobre los receptores nicotínicos. Estos receptores son una parte muy importante del sistema nervioso autónomo vegetativo, es decir, el sistema que funciona sin que tengamos que pensar nada conscientemente. Se encarga, por ejemplo, de la digestión y del movimiento de los alimentos a través de los intestinos.

También regula componentes muy importantes del sistema cardiovascular, es decir, el funcionamiento del corazón, y además controla la respiración, enviando las señales para inhalar y exhalar.

Precisamente este es el objetivo de la epibatidina: actúa en la transmisión de señales del nervio al músculo. En una primera fase estimula esa transmisión de manera muy intensa, incluso extrema, lo que puede provocar fuertes espasmos. También puede manifestarse con un aumento de la frecuencia cardíaca, sudoración elevada y presión arterial alta. Naturalmente, el cuerpo no puede soportar esto durante mucho tiempo. Finalmente se produce la parálisis. Aunque el cerebro sigue enviando órdenes para inhalar y exhalar, los músculos están tan agotados que ya no pueden responder. Se produce un paro respiratorio y, en consecuencia, la muerte”.

Una “tradición” rusa

Alexéi Navalny | Foto: Profimedia

Pero Navalny no fue envenenado solo una vez. En 2020, fue víctima de otro atentado contra su vida, en el que se utilizó un agente tóxico del grupo Novichok, una familia de potentes agentes nerviosos desarrollados en la Unión Soviética. Precisamente, este tipo de “avances” llevados a cabo por los rusos en esta materia evidencian su tradición y particular interés por los venenos letales a lo largo de las décadas.

Górecki señala que, aunque la epibatidina actúa por un mecanismo distinto, el efecto final presenta similitudes con el de estos compuestos paralizantes del grupo de los Novichok.

“En concreto se trataba de la sustancia A-234, y estas sustancias son agentes neuroparalizantes. Además del grupo Novichok, conocemos por ejemplo el sarín, que fue utilizado de forma estremecedora en Siria entre 2013 y 2017. O quizá recuerden el caso, muy comentado en los medios, del envenenamiento de Kim Jong-nam con el agente VX en Kuala Lumpur, Malasia. Se trata, por tanto, del mismo grupo de sustancias, que constituyen las armas químicas más tóxicas de destrucción masiva y, lamentablemente, también las más “prometedoras” para un posible uso indebido. Esto se debe a que son relativamente fáciles de producir. A diferencia de la epibatidina, cuya síntesis química es mucho más compleja, los agentes del tipo Novichok pueden fabricarse con relativa facilidad y en cantidades considerables. Además, su preparación está bien documentada en internet, por lo que podría suponerse que prácticamente cualquier químico con conocimientos suficientes podría sintetizarlos incluso en un entorno improvisado, como un garaje. Al mismo tiempo, estas sustancias son extremadamente peligrosas porque pueden generar altas concentraciones en forma gaseosa, de modo que una sola inhalación puede equivaler a una sentencia de muerte. Además, penetran con facilidad a través de la piel: un simple contacto, por ejemplo al tocar el pomo de una puerta, como ocurrió en el caso Skripal, puede provocar pérdida de conciencia e incluso la muerte. En el caso del agente más tóxico, concretamente el VX, que fue utilizado en el asesinato de Kim Jong-nam, se afirma que una sola gota sobre la piel es suficiente para matar a una persona”.

Para el experto, esta “tradición rusa” vinculada a los venenos sentó sus bases en el contexto de la guerra química que, a su vez, fue un subproducto de la Primera Guerra Mundial.

“Yo situaría el comienzo ya en la Primera Guerra Mundial, cuando los alemanes utilizaron por primera vez el cloro con estos fines, el 22 de abril de 1915, cerca de la localidad de Ypres. Con ello, en realidad, dieron inicio a la llamada ‘guerra química’. Desde entonces, todas las potencias mundiales intentaron dotarse de distintas armas químicas para poder responder, en caso necesario, a esta nueva forma de guerra o a una catástrofe química. Y los rusos, por supuesto, no fueron una excepción. Durante todo ese tiempo intentaron desarrollar armas químicas nuevas y más eficaces. Precisamente los agentes Novichok forman parte del desarrollo llevado a cabo por la Federación Rusa o, anteriormente, por la Unión Soviética en los años cincuenta. En concreto, esto se enmarcaba en el llamado proyecto Foliant, y durante mucho tiempo mantuvieron en secreto estos desarrollos. Solo tras el envenenamiento de Serguéi Skripal se reveló más información sobre las sustancias de las que disponía Rusia”.

Serguéi Skripal | Foto: Profimedia

En su opinión, el uso de estos métodos responde también a un objetivo psicológico.

“Por un lado, es costoso; por otro, es en cierto modo una demostración de fuerza. Estas armas químicas tienen un efecto psicológico muy marcado. Si hablamos de armas de fuego, una persona común no suele encontrarse con ellas en su vida cotidiana. Pero en el caso de las armas químicas, por ejemplo, todos tocamos la manija de una puerta cada día.

Cada día ingerimos alimentos, cada día bebemos líquidos. Y en ese contexto nunca podríamos estar completamente seguros de que algo no esté envenenado o de que no haya una sustancia química aplicada en algún lugar que toquemos y que se convierta en nuestra sentencia. Ahí reside ese fuerte efecto psicológico, y creo que esa es también la razón principal por la que Rusia recurre a este tipo de armas químicas”.

Sin antídoto conocido

Además, destaca el experto, en el caso de la epibatidina, los tratamientos para contrarrestar sus efectos son muy limitados, lo que hace de este método un arma verdaderamente letal.

“En el caso de la epibatidina, a grandes rasgos se puede decir que no existe un antídoto. Teóricamente podría existir, pero tendría que administrarse en cuestión de pocos minutos, lo cual es prácticamente imposible. Por otro lado, si tuviéramos a una persona afectada por esta sustancia, sería posible mantenerla con vida mediante la conexión rápida a un respirador artificial, asegurando así la respiración. Y posteriormente, si lográramos controlar la función cardíaca, creo que podríamos mantenerla con vida el tiempo suficiente hasta que el efecto de la epibatidina desapareciera”.

Pero no solo los rusos avanzan en el desarrollo de nuevos y más letales venenos. Al tiempo que aumenta la amenaza, también lo hacen las investigaciones y esfuerzos de los especialistas para encontrar no solo tratamientos contra los efectos letales de estas sustancias, sino también nuevos métodos para detectarlos con mayor rapidez y eficiencia. Para ello, el primer paso es aceptar que estas amenazas son muy reales.

“Por supuesto que esta es una idea aterradora y hay que considerar que algo así realmente puede ocurrir. Por otro lado, también se llevan a cabo numerosas investigaciones y desarrollos de nuevos antídotos y medidas contra estas armas químicas, ya sean conocidas o completamente nuevas. Al mismo tiempo, se están desarrollando nuevos métodos de laboratorio para detectar armas químicas nuevas, incluso aquellas aún no preparadas, y este desarrollo avanza en ambos lados. Por supuesto, nos alegrará estar un paso adelante frente a esos esfuerzos negativos. A menudo digo que nuestra investigación y nuestro trabajo son como un seguro de vida o de emergencia. Uno se alegra de tenerlo solo cuando realmente lo necesita, y siempre es mejor tenerlo que lamentarlo después”.

En las últimas décadas se han producido múltiples ataques de este tipo, en el que se inscribe el caso de Navalny, que ha tenido particular repercusión por sus críticas abiertas e investigaciones contra el gobierno de Vladímir Putin, esfuerzos que fueron reconocidos en todo el mundo y le costaron la vida.

En este contexto, el Reino Unido ya había responsabilizado a Moscú por el intento de asesinato en 2018 contra el exespía ruso Serguéi Skripal, quien fue atacado con el agente nervioso Novichok. Años antes, en 2006, el exagente Alexander Litvinenko murió en Londres tras ingerir polonio-210, en un caso que una investigación también británica vinculó a agentes rusos y que, según las conclusiones del caso, recogidas y difundidas por Associated Press, probablemente contó con la aprobación del presidente Vladímir Putin.

Moscú ha negado sistemáticamente cualquier implicación en todos estos casos, pero la combinación de medios sofisticados, precedentes documentados y objetivos políticos contamina su defensa y señala los rasgos de una “tradición” tóxica y letal que todavía hoy requiere grandes esfuerzos para poder contar con ese “seguro de vida” mencionado por Górecki que, según indica la realidad actual, seguirá siendo necesario.