A 30 años de las primeras hipotecas que modificaron profundamente a la República Checa

Desde 1995, el mercado hipotecario checo pasó de la desconfianza y las cuotas imposibles a convertirse en la principal fuente de deuda de los hogares. Hoy, uno de cada cinco ciudadanos paga una hipoteca, pero los altos importes dejan fuera a muchas familias.

Allá por 1995, una recién nacida Chequia se adaptaba todavía a la transición del socialismo a la economía de mercado. Tras la disolución de Checoslovaquia en 1993, la nueva república emprendía un camino de reformas profundas que, con el tiempo, transformarían el país por completo y en todos los frentes.

Foto: Filip Jandourek,  Český rozhlas

Un gran ejemplo es el de la vivienda, que pasó entonces de la tutela estatal a ser un bien de consumo más sujeto a las dinámicas del mercado. Los salarios eran bajos, la inflación alta y los bancos surgidos tras la caída del comunismo buscaban consolidar su papel en una economía en reconstrucción. Fue en ese contexto de cambios vertiginosos donde en Chequia, en septiembre de 1995, se introdujo un producto financiero que representaba casi una revolución cultural: la hipoteca, que cumple ya treinta años en el país.

Aquel septiembre de hace tres décadas, unos pocos “elegidos” firmaron los primeros contratos de la historia, dando así origen al mercado hipotecario checo que terminaría siendo casi indispensable para acceder a la vivienda. Desde entonces, los bancos han concedido en Chequia 1,5 millones de hipotecas por un volumen total que supera los 127.000 millones de euros, lo que las hace, con mucha diferencia, la mayor fuente de endeudamiento para los hogares checos en la actualidad.

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La consolidación de dicho modelo, sin embargo, sería un proceso largo y no exento de complicaciones de todo tipo para un país que abandonaba el socialismo y donde eso de las hipotecas se veía con desconocimiento y gran reticencia. Para una sociedad acostumbrada a pisos estatales o municipales a precios simbólicos, pedir un préstamo a 20 o 30 años resultaba algo, cuanto menos, para pensarse realmente bien.

Los bancos, conscientes de ello, incluso crearon su propia estrategia con centros especializados en vivienda, donde promotores, constructores y asesores explicaban y convencían a los clientes acerca de que el crédito hipotecario era la forma habitual de acceder a un hogar. Aun así, la tramitación era lenta y farragosa: solicitudes de 14 páginas, semanas de espera y, en algunos casos, hasta certificados militares exigidos a jóvenes solicitantes.

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Más allá de la dimensión cultural, la situación y las condiciones del naciente sector hipotecario eran bien distintas a las actuales. Tanto es así que los primeros contratos fijaban intereses de dos dígitos y, en muchos casos, llegarían a alcanzar hasta el 25% en plena crisis financiera de finales de los noventa. Durante aquella década, los checos hacían frente a unas cuotas hipotecarias que solían rondar, y hasta superar, el salario medio de la época, de unos 330 euros, haciéndolas aún inaccesibles para el común de la ciudadanía.

La gran transformación llegó en 1999, cuando los tipos de interés bajaron del 10% y el Estado aplicó también ayudas que los reducían en cuatro puntos. Con ello, las hipotecas pasaron a rondar el 8,5% tras el 2000 y, progresivamente, a ser asumibles para una parte significativa de los checos.

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Hoy, uno de cada cinco checos paga una hipoteca y otro tanto planea hacerlo, aunque el importe medio, ya superior a 92.000 euros, deja fuera a muchas familias. Lo que antes era un recurso de los menos pudientes ahora exige estabilidad económica, y casi la mitad de los interesados ha tenido que posponerla por falta de solvencia.

Tras años de tipos altos y caída de la demanda, se espera un 2025 de recuperación donde los préstamos crecerán un 30% y las hipotecas un 15%, según datos de la Asociación Bancaria Checa.