Fiebre de Čapek los sábados por la noche en Buenos Aires

Elenco

Una adaptación teatral de La enfermedad blanca de Karel Čapek sorprende en Buenos Aires con una vigencia que estremece. Escrita en 1937, su visión sobre pandemias, poder y ética médica resuena hoy como si hubiera nacido del COVID. El público argentino lo siente, lo entiende… y aplaude de pie.

Hace unos años, en plena era de barbijos y vacunas, una obra escrita en 1937 por el checo Karel Čapek resurgió en buena parte del mundo como una revelación: hablaba de una enfermedad surgida en China, sin cura, que se expandía velozmente por todo el planeta matando, sobre todo, a la gente mayor, y desatando tremendos conflictos morales. Hoy, cuando el COVID parece parte de otra era, aquella pieza visionaria volvió al siempre activo escenario teatral de Buenos Aires de la mano del argentino Diego Cosín, que cuenta con unos 35 espectáculos montados entre óperas y obras de teatro.

“A Karel Čapek lo vengo siguiendo desde hace años porque hay una opera que me ineresa mucho que también es una obra de teatro, que es El caso Makropulos de Leoš Janáček, una historia que siempre me gustó: la vi en Buenos Aires hace más de veinte de años con una puesta de Jorge Lavelli en el prestigioso Teatro Colón.”

Más tarde descubriría también del autor de La guerra de las salamandras otra obra de teatro, en este caso R.U.R. que, como fanático de la ciencia ficción de popes como Ray Bradbury y Philip K. Dick no podía dejarlo indiferente.

Diego Cosín | Foto: archivo personal de Diego Cosín

“Y resulta ser que, en un momento dado, conseguí esa obra de los robots en inglés, comencé a investugar, fui a la Biblioteca Nacional,, conseguí versiones españolas de la obra, me interesé mucho y me dio una gran curiosidad, pero a la hora de tener que hacer un montaje y una adaptacion no me sentí demasiado capacitado y entonces me conecté, a través de la embajada checa, con la señora Hana Hanušová, quien me ayudó a armar una traducción y una versión de la obra.”

Gracias a esa versión con giros argentinos y hasta porteños, Diego Cosín realizó en 2018 su primera adaptación de R.U.R. en El Galpón de Guevara, lo que lo conectó profundamente con el universo de Karel Čapek. Poco después, un amigo le envió La peste blanca y, casi en simultáneo, Federico Reggiani, fanático de Čapek y traductor del inglés de R.U.R., le escribió para contarle que también estaba trabajando en una adaptación de esa misma obra con temática médica. Como si se tratara de la misma peste, los actores que iban leyendo el texto caían rendidos ante su potencia y actualidad. Incluso uno de ellos, médico además de actor, le remarcó a Diego Cosín la urgencia de llevarla a escena en semejante contexto.

“Después del Covid uno encuentra una obra así y la vinculación está. Es más, una vez me hicieron una nota donde yo estaba contando la historia de La peste blanca, y me preguntaron: ‘¿Pero vos de qué estás hablando? ¿Estás hablando del covid o estás hablando de La peste blanca?’. Era tan actual todo lo que pasaba que ese fue como el disparador que tuve para empezar a encarar el proyecto”.

Un grito expresionista y antifascista

Cuenta Diego Cosín que con el elenco vieron en su momento la película actuada y dirigida por el prolífico realizador Hugo Haas, quien además colaboró en el guion junto al propio Karel Čapek. La referencia era importante, aún tratándose, tal como cuenta Cosín, de una versión más sintética y, en algún punto, más realista. Desde un principio, y más allá de todas las dificultades que implicaba abordar un proyecto así, él tuvo en claro que quería trabajar la obra desde la óptica del cine expresionista porque le interesa mucho ese lenguaje y las posibilidades que tenía de plasmar de un modo visual el espíritu antifascista de la obra.

Hugo Haas en la película 'La peste blanca' | Foto: Česká televize

“De alguna manera, nos terminamos poniendo de acuerdo con los actores en que en realidad la enfermedad es el avance del fascismo, y el sinsentido que produce una cuestión más o menos anárquica. La obra tiene un final muy raro y lo resolvimos de una manera donde, efectivamente, todo termina en un caos; no hay buenos ni malos, ni gente que ganó ni que perdió, sino que los mismos malos son los que se pelean con los malos. Y, a la vez, hay todo un tema de inoperancia en torno a la enfermedad blanca y también entre distintos sectores de poder que son los que, paradójicamente, se terminan contagiando”.

Humor grotesco y centroeuropeo

Mirada | Foto: Ana Piterman

En sintonía con eso mismo, otra de las ideas que tuvo Cosín acerca de la obra es que los poderosos no actúan tanto por maldad sino por estupidez, y a partir de ahí intentó trabajar también la línea del grotesco, que es una tradición muy importante del teatro argentino, pero que implicaba pensar La enfermedad blanca casi en términos de una obra cómica.

“Trabajo mucho con el humor, no desde aspectos quizás clownescos, pero sí más que nada desde la ironía, y yo veo que Čapek tiene líneas de texto muy interesantes y hasta te diría, no sé si chistosas, pero sí con un humor de reírse de nosotros, que está muy vinculado a cómo es el humor centroeuropeo, y eso de alguna manera también ha calado hondo sobre lo que sería el grotesco argentino, muy parecido, como ua manera de ironizarse a sí mismo, y fue un aspecto muy importante porque, por ejemplo, no podía eludirse cómo el personaje del doctor Sigelius ironiza sobre los tratamientos médicos, sobre si él realmente cree que es una forma de curar lo que él propone o una ironía sobre los manejos en función de la medicina. Y optamos por un camino que implicaba entender que el lenguaje de la obra es irónico, y eso es lo que trabajamos a fondo”.

La salud bajo tela de juicio | Foto: Ana Piterman

En cuanto a la puesta, esta versión de La enfermedad blanca consta de diez actores interpretando varios papeles a la vez. Todos, además, hacen de leprosos, que son quienes cuentan la obra. Como consecuencia de esa decisión, los diez personajes se cambian de ropa todo el tiempo y las locaciones que aparecen en la obra están determinadas por los distintos tipos de vestuario.

“En estos momentos estamos cumpliendo un año de haber empezado a ensayar la obra y, paradójicamente, conseguí un espacio en la Facultad de Medicina para poder ensayarla. Estuvimos trabajando desde junio hasta diciembre del año pasado y, a partir de febrero de este año, al conseguir una sala para poder hacer el montaje, empezamos a seguir una carga de ensayos mucho más fuerte. El elenco y yo estábamos metidos, al principio, en un lío para ver cómo ibamos a resolver las escenas y luego fue importante mi formación de ópera porque hice un diseño de romper el concepto de la cuarta pared, es decir, los actores miran al público cuando actúan, no establecí un sistema realista de actuacion, sino más que nada vinculado al expresionismo teatral.”

Una rabiosa actualidad 

Con un horario que sería casi imposible en Chequia, pero que en Buenos Aires está dando buenos resultados, La enfermedad blanca se viene representando desde el 5 de julio todos los sábados a las 22:30 y seguirá en cartel, por lo menos, hasta fines de septiembre. Asegura Diego Cosín que las buenas críticas que vienen teniendo destacan, sobre todo, el hecho de tratarse una obra muy dinámica. Por otro lado, explica que casi todas las piezas que él dirige tienen en común el hecho de ser, en algún punto, tan interesantes como actuales, y lo cierto es que esa actualidad está latente en la puesta a varios niveles, tal como él mismo explica.

Expresionismo teatral | Foto: Ana Piterman

“Nosotros estamos haciendo la obra en un teatro que tiene cincuenta localidades y, en un ochenta por ciento de las funciones, la hicimos a sala llena y tanto los actores como yo estamos muy entusiasmados con el proyecto porque lo que también es real es que nos costó mucho hacer la obra, es decir, no es que la sufrimos, pero el corpus que tiene la obra de aprendizaje de los textos y cómo la íbamos desgranando... y hasta fue difícil que ensayábamos los días miércoles, que es un día muy complicado en Buenos Aires porque suele haber muchas manifestaciones y los actores llegaban tarde o a veces ni siquiera venían; hasta que en febrero de este año dije: ‘bueno, vamos a hacerla’”.

Cosín ha explorado la cultura checa desde distintos ángulos: junto a un grupo de alumnos estudió, por ejemplo, las anécdotas del estreno de Don Giovanni en Praga. Además, es un apasionado del cine checo de los años 70 y 80, de la animación y por supuesto de Kafka, de quien adaptó en formato de ópera el último capítulo de la novela América. Agradece el apoyo de la embajada checa en la impresión de programas y difusión, y revela que, en la última función, tuvo entre el público al profesor Petr Táborský y su grupo de estudiantes de checo, espectadores de lujo que funcionaron como una prueba de fuego para una puesta que no le teme al esfuerzo ni a los desafíos.