Omama: una mano amiga que ayuda a salir de la pobreza y la exclusión social
Uno de cada siete niños en Chequia se encuentra en riesgo de pobreza y exclusión social. La falta de educación, el alto desempleo, viviendas inadecuadas y otros factores forman un círculo vicioso del que es difícil salir sin ayuda externa. El programa Omama trabaja con familias con niños menores de tres años para ayudarles a superar esta desventaja inicial y ponerlos en camino hacia una vida mejor, fortaleciendo, al mismo tiempo, las competencias parentales de quienes cuidan de ellos.
Anna Portelekyová es una joven mujer romaní de la zona de Havířov, al este de la República Checa. Desde abril de este año trabaja como Omama. “Omama” significa abuela en alemán antiguo y aunque Anna no tiene ni por asomo la edad de una abuela sí ofrece a muchas familias lo que una abuela tradicionalmente brinda al hogar: una mano amiga, un buen consejo, una sensación de apoyo y seguridad. Es confidente, guía, cuidadora.
Omama es un programa que la organización eslovaca Cesta von (“Salida”) lanzó originalmente en asentamientos romaníes de su lado de la frontera y que su hermana checa, Cesta von CZ, empezó a implementar hace tres años en las comunidades excluidas de la región de Moravia-Silesia.
La directora de la organización checa, Svatava Plachá, explicó en entrevista con Radio Praga Internacional, que su trabajo se guía por una simple verdad: la única forma científicamente probada de salir del círculo vicioso de la pobreza generacional es la educación y el desarrollo del niño en la primera infancia.
“Las madres están estresadas por si llegarán a pagar el alquiler, si mañana seguirán viviendo en el mismo apartamento, si tendrán dinero para comprar comida. Y todo ese estrés y ruido afecta a los niños. Y todo lo demás que ocurre en las familias también - hay zonas donde se consume mucha droga, por lo que los hombres suelen estar bajo su influencia”.
“Se ha demostrado que la etapa más importante para el desarrollo de los niños va desde la concepción o el nacimiento hasta los dos o tres años de edad, se habla de mil días, y durante este periodo se construye la mayor parte de la arquitectura del cerebro - hasta el 80%. Se trata de un periodo clave, es cuando se sientan los cimientos sobre los que luego se construye”.
De ahí surge la importancia de las mujeres que han asumido el papel de Omama. Su trabajo es acudir regularmente a hogares en comunidades excluidas que llevan mucho peso sobre los hombros. A menudo se trata de familias romaníes, aunque no exclusivamente, que carecen de viviendas adecuadas y se ven afectadas por falta de educación, de trabajo y frecuentes problemas de salud.
Para que los problemas no los acompañen toda la vida
El objetivo es apoyar a los padres y ayudarles a minimizar los efectos que esta desventaja inicial significa para la vida de sus hijos. Y Plachá lo comprobó personalmente mientras trabajaba en centros de educación infantil, donde se dio cuenta de que los niños interiorizan rápidamente patrones de comportamiento. Y con los problemas que los rodean, empiezan a quedarse atrás.
“Si un niño recibe una educación básica de calidad antes de los tres años, puede ir a la guardería, puede ir al colegio y tiene más posibilidades de llevar una vida normal, la vida que conocemos nosotros y la damos por sentada. Estos niños crecen en condiciones realmente difíciles, y no solo en lo que respecta a la vivienda. Las madres están estresadas por si llegarán a pagar el alquiler, si mañana seguirán viviendo en el mismo apartamento, si tendrán dinero para comprar comida. Y todo ese estrés y ruido afecta a los niños. Y todo lo demás que ocurre en las familias también - hay zonas donde se consume mucha droga, por lo que los hombres suelen estar bajo su influencia. Esto hace que los niños adquieran un retraso de dos o tres años en su desarrollo cuando entran en el colegio. Con la ayuda de las Omama intentamos prepararlos para que puedan pasar por la escuela con menos problemas”.
Anna Portelekyová consiguió el trabajo por casualidad. En un principio, se lo ofrecieron a su hermana, pero justo ella estaba buscando empleo y además le interesaba trabajar con niños. Tras varios meses, afirma estar sorprendida por los cambios que observa.
“Trabajo como Omama desde abril. Ahora cuido de trece niños. Y noto que están muy emocionados cuando vengo y eso no me lo esperaba. Tengo a un pequeño de un año y medio que siempre se ocultaba cuando llegaba. Hacía las actividades conmigo y todo, pero se escondía, no me miraba mucho. Y ahora quiere que lo coja en brazos, quiere ver qué traigo en la mochila, está muy contento de que haya llegado. Y lo mismo cuando me ven en la calle. Y, bueno, me sorprende que mi presencia los haga tan felices.”
Anna y las demás Omamas acuden a las familias una vez por semana. Durante cada visita, la Omama dedica al niño entre 15 y 30 minutos, dependiendo de su edad y capacidades. Juntos hacen ejercicios que fomentan el desarrollo de habilidades motoras de las manos, los dedos y el cuerpo en general y leen un libro para que los pequeños amplíen su vocabulario, por ejemplo.
Un espacio seguro para las mamás
“Tengo a un pequeño de un año y medio que siempre se ocultaba cuando llegaba. Hacía las actividades conmigo y todo, pero se escondía, no me miraba mucho. Y ahora quiere que lo coja en los brazos, quiere ver qué traigo en la mochila, está muy contento de que haya llegado”.
Al finalizar la clase con el bebé, la Omama también se dedica a la persona que cuida del menor. Generalmente se trata de las mamás y el efecto que tiene el apoyo en ellas, es muchas veces igual de notable, cuenta Portelekyová.
“Tengo a una mamá que siempre espera a que venga para hablar. Es otro aspecto que me ha sorprendido mucho: cuánto confían en mí, cuánto aprecian mis visitas. Y cuando no saben algo, sienten que pueden preguntarme de todo: de niños, de asuntos personales, de lo que sea. Porque muchas de las mamás son jóvenes y están solas con sus hijos. Tienen tres o cuatro y sus parejas están en la cárcel. Así que lo tienen muy difícil y están muy felices de que pase a verlas porque están solas todo el tiempo”.
La directora de Cesta von CZ Svatava Plachá añade que a las madres muchas veces les da vergüenza hablar con sus vecinas o incluso con otras mujeres de su familia por miedo a que sus problemas se hagan públicos. Así que la Omama se convierte en una confidente importante que, a la vez, puede proporcionar contactos de otras organizaciones dependiendo de la situación que la familia necesite resolver.
Una formación que nunca termina
“Sienten que pueden preguntarme de todo: de niños, de asuntos personales, de lo que sea. Porque muchas de las mamás son jóvenes y están solas con sus hijos. Tienen tres o cuatro y sus parejas están en la cárcel. Así que lo tienen muy difícil y están muy felices de que pase a verlas porque están solas todo el tiempo”.
Todo el apoyo que las Omamas proporcionan a las familias en comunidades excluidas requiere cierta formación que la proporciona directamente la organización, explica Plachá.
“Algunas de nuestras empleadas tienen solo estudios básicos, otras cuentan con educación secundaria profesional. Nosotros decimos que lo que importa es la formación que les damos nosotros. El proceso de selección y formación dura casi dos meses, durante los cuales se imparten ciclos de varios días en los que aprenden sobre el efecto que la pobreza y la exclusión tienen en el desarrollo saludable de un niño. La formación incluye sesiones con fisioterapeutas que, por ejemplo, explican cómo llevar y colocar al bebé porque muchas mamás no lo hacen correctamente, ya que nadie les enseñó. Así que intentamos guiarlas un poco. También colaboramos con logopedas y con psicólogos. En el ámbito psicológico consideramos muy importante lo que es el vínculo afectivo. Para que las madres estén conectadas con sus hijos, para que sigan siendo sus principales cuidadoras y los niños lo vean así.”.
Pero la formación no termina con esta preparación inicial: cada Omama tiene a su mentora con la cual puede consultar lo que necesite. Y la organización también cuenta con observadoras que acuden regularmente a los hogares para supervisar la metodología del trabajo y detectar si las Omamas requieren algún conocimiento o habilidad adicional.
Plachá enfatiza que en las familias no se trata de guiarse solo por el manual, sino de adaptarse a las necesidades de las mamás y sus hijos y ajustar las actividades del modo que más los beneficien. El programa empezó con dos Omamas y ahora ya cuenta con siete. El interés en las comunidades, de acuerdo con Plachá, es evidente, como así también el progreso que están logrando.
“Los lunes por la mañana nos reunimos en línea y compartimos nuestras experiencias. Y es realmente increíble escuchar algunas de las historias. Por ejemplo, tuvimos una madre que no llamaba a su hija por su nombre por causa de algún bloqueo psicológico. Y, por supuesto, se necesita tiempo para que se vean los resultados del trabajo de las Omama, pero realmente, después de nueves meses o algo así, la madre incluso grabó un vídeo para su Omama en el que llama a la niña por su nombre y la niña va hacia ella. Así que algunos momentos son realmente intensos y quedan grabados en la mente”.
Más regiones, más dinero, mejores oportunidades
De momento, el programa se está realizando solo en Moravia-Silesia, pero Svatava Plachá afirma que ya han recibido invitaciones de expandirse a las regiones de Liberec, Ústí nad Labem y Karlovy Vary. No faltan voluntad ni planes, pero sí tiempo y dinero.
El financiamiento es un tema delicado ya que la organización actualmente se ve forzada a buscar fondos en diferentes sitios a través de proyectos, subvenciones y solicitudes. En colaboración con la Plataforma para la atención temprana (Platforma pro včasnou péči) intenta dialogar con el Estado para que se ocupe más del tema, dada su importancia para el futuro y el bienestar de los niños. Otro campo en el que Cesta von CZ se está esforzando por un cambio estructural es la propia educación. En Chequia la educación preescolar es de tres años, cubriendo generalmente la edad de tres a seis años de los pequeños. No obstante, solo el último año antes de pasar al colegio es obligatorio. Y se produce un hueco que no beneficia a los niños que viven en comunidades excluidas, explica Plachá.
“El programa Omama funciona hasta los tres años de edad y después contamos con que los niños irán a la guardería, queremos que vayan. No obstante, lo que vemos en la práctica es que los centros educativos muchas veces no quieren aceptar a niños que crecen en condiciones así de complicadas. Así que proponemos, por ejemplo, que la escolaridad obligatoria se prolongue y empiece a los cuatro en lugar de a los cinco”.
El objetivo es, de acuerdo con la directora, atenuar las desventajas que los niños acumularon durante los primeros años de vida, facilitándoles así el camino del sistema educativo y de la vida en general.








