“Occidente jamás entenderá lo que la experiencia del comunismo significó para nosotros”
Tras la decisión de Chequia de equiparar judicialmente el comunismo y el nazismo, hablamos con uno de los impulsores históricos de esa medida: el exsenador y disidente Martin Mejstřík. Para él, la Revolución de Terciopelo fue apenas el punto de partida de una transformación que aún permanece inconclusa.
Hace apenas unos días, a través de una enmienda en su Código Penal, Chequia equiparó legalmente el comunismo con el nazismo, prohibiendo la apología de sus símbolos bajo penas de hasta cinco años de prisión. Martin Mejstřík, ex senador y figura clave de la Revolución de Terciopelo, es uno de los impulsores históricos de esta medida. Desde mediados de los 2000, luchó por prohibir la propaganda comunista, aunque sus propuestas fueron inicialmente rechazadas. A fines de los años ochenta, Mejstřík debió abandonar su carrera como maestro: fue expulsado de la Facultad de Pedagogía por motivos ideológicos. En 1987, decidió empezar otra carrera en la Facultad de Teatro, desde donde organizó acciones que terminaron marcando el rumbo de la historia checa.
“Títeres, actuación y ahí había un ambiente completamente distinto al de la Facultad de Pedagogía, porque en esa los comunistas realmente hacían una criba muy rigurosa, y simplemente no querían a gente como yo. En cambio, la escuela de arte era mucho más liberal, el ambiente era completamente distinto”.
Aunque se trataba de los últimos años del régimen, Martin Mejstřík asegura que el comunismo seguía muy presente. A pesar de que se percibía un cambio en el mundo con las políticas de Gorbachov, los comunistas checos se negaban a soltar el poder. En 1987, junto a un grupo de amigos, Mejstřík aprovechó el clima político generado por la perestroika para fundar la revista Kavárna A.F.F.A., un hecho inusual bajo el régimen comunista. La iniciativa fue posible gracias al apoyo del rector de la Academia de Artes Escénicas (DAMU), donde Mejstřík estudiaba.
“Incluso logramos arrancarles, por decirlo así, a los comunistas la fundación de una especie de club estudiantil de las universidades de Praga, donde nos reuníamos también con revistas de otras universidades, y eso funcionaba como un centro de información en Praga. Se llamaba Centro Estudiantil de Prensa e Información (Studentské tiskové a informační centrum). Y gracias a eso, después de las vacaciones de 1989, empezamos a pensar qué podíamos hacer para desarmar el régimen. Porque desde 1988 ya había manifestaciones en Praga, quizás no muy grandes, pero sí que había, y yo iba a todas”.
Agrega que, por entonces, descubrió su interés por la fotografía, como una forma de documentar los hechos. Y eso mismo lo llevó varias veces a la comisaría, ya que, según cuenta, los comunistas perseguían primero a quienes llevaban una cámara, para evitar pruebas de su represión.
El día D
Cuando decidieron llevar a cabo una manifestación estudiantil por el 50 aniversario de la muerte de Jan Opletal, víctima del ataque nazi contra las universidades checoslovacas, el régimen les dio el permiso, pero prohibió que se realizara en la Plaza de Wenceslao. Por eso la convocaron en Albertov, donde Opletal estudiaba medicina. Cuenta que ellos esperaban que hubiera unas mil personas, pero fueron treinta mil, una enorme sorpresa tanto para ellos como para los propios comunistas.
“Logramos convencer a la gente para que fuera a Vyšehrad, donde oficialmente terminaba la manifestación. Sin embargo, después todos dijeron que querían seguir hasta la Plaza de Wenceslao. Los comunistas estaban al tanto de que existía esa posibilidad y nos bloquearon en la avenida Národní, justo antes de llegar a la plaza. Al principio no pasó nada: estuvimos allí más de una hora y media esperando. Sólo la cabeza de la marcha, unas cinco mil personas, estaba rodeada, pero en total se habían sumado unas cincuenta mil personas durante el camino desde Vyšehrad. La policía había cerrado todas las calles laterales, así que no había manera de dispersarse. Después de esa larga espera comenzó el ataque y fue verdaderamente brutal”.
Tras esa represión los estudiantes iniciaron una huelga y formaron una comisión médica independiente que registró unas 600 personas heridas, 40 de ellas con secuelas graves. Ese mismo día exigieron la salida del régimen comunista, una investigación sobre lo ocurrido y sanciones a los responsables, incluido el ministro del Interior. El domingo siguiente, salieron a pedir elecciones libres y la renuncia del comité central del Partido Comunista. Aunque sabían que la situación podía terminar mal, se sintieron respaldados cuando Václav Havel y otros disidentes fundaron el Foro Cívico sumándose al movimiento.
“Elegido presidente el 28 de diciembre de 1989, Václav Havel fue para nosotros la garantía de que la dictadura había terminado. Confiamos en él y volvimos a estudiar. Yo tenía 27 años, pero la mayoría era aún más joven. No éramos políticos: queríamos acabar nuestros estudios y esperábamos que los comunistas fueran castigados y prohibidos como partido. Pensábamos que, como el nazismo, el comunismo sería condenado. Pero no fue así: en otoño de 1990, aún como estudiantes, publicamos el manifiesto ‘La revolución robada’. Denunciamos que el gobierno de Havel no condenó a los comunistas ni cerró el capítulo del pasado. Seguían en el parlamento tras 41 años de dictadura”.
Experiencia en el Senado
“Allí donde tomaron el poder, destruyeron la democracia e instauraron de inmediato una dictadura”.
Martin Mejstřík
Ya en 1999, junto a otros exlíderes estudiantiles, publicaron un segundo manifiesto titulado “Gracias y váyanse” (Děkujeme, odejděte!). Se trataba de un llamado dirigido al entonces primer ministro Václav Klaus y al líder socialdemócrata Miloš Zeman para que se retiraran de la política. Según él, ambos habían traicionado los principios democráticos.
“Klaus dijo con arrogancia que no iba a dialogar con la calle, a pesar de que en ese entonces habíamos llenado la Plaza de Wenceslao dos veces. La gente estaba realmente indignada, quería cambios concretos. Pero su respuesta fue que, si queríamos diálogo, teníamos que entrar en la política. Y así lo hice: en 2002 me postulé al Senado como independiente y fui elegido. Mi prioridad era terminar lo que había empezado la revolución. Para mí, eso significaba declarar fuera de la ley al Partido Comunista. Pero no se logró. Una vez más, por culpa de Klaus, que necesitaba los votos de los comunistas para que lo eligieran presidente. Sin su apoyo, nunca habría llegado al Castillo de Praga”.
En su opinión, la consecuencia es que muchos comunistas lograron acceder al poder económico. De hecho, considera que la mayoría de los multimillonarios checos son o ex comunistas, o colaboradores de la policía secreta. Y él entiende, por lo tanto, como un verdadero error no haber sido capaces de decir en su momento que el comunismo era comparable con el nazismo.
“El número de víctimas del comunismo es mucho mayor que el del nazismo. En su mayoría, eran personas indefensas; no había guerra, en todas partes los comunistas asesinaban a la oposición. Allí donde tomaron el poder, destruyeron la democracia e instauraron de inmediato una dictadura. Está en su programa: la llamada dictadura del proletariado”.
Unidos por el odio
Agrega que ambas ideologías son antidemocráticas porque siempre eliminan la libertad de expresión, silencian el disenso y matan opositores. Además, opina que el gran elemento en común que tienen el nazismo y el comunismo es el odio.
“El nazismo lleva incluida la enemistad racial, que sufrieron especialmente los judíos, los gitanos, y también los pueblos eslavos. Por otro lado, el comunismo se basa en el principio del odio de clases. El comunismo quiere eliminar las clases sociales, su principio es la confiscación de la propiedad privada. En las democracias occidentales, uno de los derechos humanos básicos es poder tener y aumentar tu propiedad, ya sea con tu trabajo, estudio o esfuerzo. Los comunistas te quitan esa propiedad porque creen que ellos son mejores administradores que tú. Si no estás de acuerdo, te llevan al gulag. Los primeros campos de concentración no los inventó Hitler, sino Lenin y Stalin”.
“En Francia comparé el comunismo con el nazismo, y terminó todo mal porque para ellos se trata de una comparación incomprensible”.
Martin Mejstřík
Como ejemplo, menciona la historia de su propio padre, un físico que tenía a su cargo un grupo de investigadores. Influenciado por su abuelo, un ferviente creyente en los ideales de una sociedad sin clases, se unió al Partido Comunista a los 18 años. Gracias a su origen obrero, pudo acceder a la universidad, algo impensable para muchos en aquella época. Con el tiempo, sin embargo, comprendió que el comunismo no toleraba el diálogo ni la disidencia. Cuando intentó abandonar el partido, se dio cuenta de que se podía entrar, pero no salir. Y como su padre se opuso abiertamente a la invasión soviética de 1968, fue apartado de su cargo, perdió a su equipo y le prohibieron enseñar.
Una comparación incomprensible
Como creyente y persona de fe, el ex senador plantea que uno de los grandes problemas del comunismo fue la falta absoluta de humildad.
“El comunismo rechazó radicalmente a Dios, afirmaba que Dios no existe y, por lo tanto, colocó al hombre en el centro, diciendo que el ser humano es lo máximo en el mundo. Antropocentrismo, sí. Pero esa es otra parte muy peligrosa del comunismo porque el ser humano no es perfecto”.
Cuando se le consulta qué podría significar esta medida para las personas que creen firmemente en el socialismo, él responde que eso suele suceder en varios países de Latinoamérica y Europa occidental, que no pasaron nunca por la experiencia de un gobierno comunista. Y enseguida recuerda una actividad que llevó a cabó en Francia por invitación del politólogo e historiador Jacques Roupnik.
“Él es un francés bien formado intelectualmente y con raíces checas. Y él organizaba esos clubes de debate sobre temas políticos, cada mes un tema diferente, se llamaba el Club Europeo. Y me invitó para que hablara sobre el comunismo y sobre cómo la República Checa está lidiando o no con eso. Y yo comparé el comunismo con el nazismo, y terminó todo mal porque para ellos se trata de una comparación incomprensible. Yo esperaba que se generara debate, que habláramos sobre por qué pienso así, pero no, nadie quería conversar conmigo. Allí había una élite de periodistas, historiadores y politólogos. Entonces me di cuenta de que Europa nunca será unida porque Occidente jamás entenderá lo que la experiencia del comunismo significó para nosotros”.
Combatiendo el capital
Martin Mejstřík suele discutir estos temas incluso con sus hijas, sobre todo con la mayor. Él entiende que muchos jóvenes se identifiquen con la izquierda, movidos por la sensibilidad ante la pobreza y las injusticias. Incluso coincide en que los valores de la civilización occidental se han reducido al consumo, y afirma que él también cuestiona al capitalismo y la democracia occidental, sobre todo a Donald Trump. De hecho, dice que ya es hora de que los políticos sean sometidos a pruebas psicológicas como sucede con los policías porque cada una de sus decisiones influyen directamente en la vida de la gente. Sin embargo, sostiene que, pese a todos sus defectos, hay una diferencia esencial respecto a los sistemas totalitarios.
“Comprendí que la democracia, a diferencia de la dictadura, hace que algunas cosas tarden muchísimo en cambiar, y que las personas tengan que esforzarse muchísimo y poner mucha energía para lograr algún cambio; pero se puede, es difícil, pero se puede”.
Convencido de que las nuevas generaciones desconocen los crímenes del comunismo, Martin Mejstřík responsabiliza a todos los gobiernos checos desde 1990 por no haber educado adecuadamente a la sociedad. Para él, no basta con equiparar judicialmente el comunismo y el nazismo: se necesita una reparación moral y material.
Por eso, exige una compensación económica para las cuarenta personas que quedaron discapacitadas de por vida tras la represión en Národní třída. También impulsa la creación de un Museo de los Crímenes del Comunismo, pensado como un espacio de memoria para los ciudadanos checos, y no como una atracción turística.
Sobre la Revolución de Terciopelo, la describe como un salto fuera de la jaula, un momento en que los checos comenzaron a mirar al mundo con asombro. Sin embargo, advierte que aún queda por completar lo que entonces quedó inconcluso. Y aunque valora la unión de uienes resistían, es categórico: el comunismo, para él, no tuvo absolutamente ningún aspecto positivo.









