El mundo a sus pies: el joven viajero checo que caminó 7000 km a través de Chile
Durante su larga travesía por Chile, Ivan Mitrus enfrentó la dureza del desierto de Atacama, aprendió a confiar en la intuición del camino y descubrió la bondad de los desconocidos, como aquel hombre que le entregó las llaves de su casa sin pedir nada a cambio. Hoy vuelve para compartir y motivar a otros con su experiencia, convencido de que solo quienes no viajan mucho creen que el mundo es un lugar peligroso y de que el regreso también forma parte del viaje.
Un viaje de mil millas comienza con un solo paso. A pesar de que esa frase se le atribuye a Lao‑Tse y aparece en el Tao Te Ching, la podría adoptar perfectamente Ivan Mitrus, un joven viajero checo que, entre 2024 y 2025 recorrió 7000 kilómetros de Chile a pie y antes había hecho lo mismo en varios países de Europa como Italia y Noruega, con todas las consecuencias, reflexiones y enseñanzas que implica ese particular método de viaje.
“Cuando camino suelo pensar en lo simple que es la vida en esos momentos, cómo se simplifica muchísimo porque realmente uno no necesita tantas cosas. Eso lo aprendí gracias a esto, y que en esos momentos no somos tan distintos de los animales. En realidad solo tenemos necesidades básicas y no tengo que ocuparme de reuniones ni del calendario, todo eso queda de lado. Allí solo me ocupo de tener qué comer, de mantenerme seco y caliente, de beber, y de dormir bien”.
Pasito a pasito
Agrega Ivan que en esos largos trayectos, que se hacen lentamente, paso a paso, hay algo casi mágico que se pone en juego: percibir a nivel físico cada instancia del trayecto hasta que, en algún momento al mirar atrás, se percibe el recorrido detrás de las espaldas.
“Esa es una de las cosas que más me gustan de los senderos largos: uno se da cuenta de que son sus propias piernas las que pueden llevarlo tan lejos y que no necesita nada más. Por supuesto que requiere muchísimo tiempo y energía, pero cuando vuelo en avión a algún lugar, veo el planisferio y no puedo saber qué tan lejos está un lugar en el mapa, no sé cuál es realmente la distancia. En cambio, cuando camino durante meses, de repente comprendo cuán lejos está realmente eso que veo en el mapa”.
Aunque las expediciones a pie se volvieron una parte central de su vida, reconoce que no le resulta tan sencillo explicar qué lo motivó a desarrollar semejante afición.
“Con mis viajes no he hecho más que confirmar que la gran mayoría de las personas son muy amables y están dispuestas a ayudar”.
“En mi caso esto fue cambiando mucho con el tiempo, pero al principio empecé a hacerlo para descubrir hasta dónde se puede llegar caminando. Mi primer gran viaje lo hice porque estaba curando un corazón roto, necesitaba caminarlo y después de varios miles de kilómetros me convencí totalmente porque uno se despierta cada día en un lugar distinto, cada día ve algo nuevo y todo depende de uno: si tiene hambre, come; si está cansado, duerme. Y simplemente esa libertad enorme está ahí. Pero quizá lo más bonito de todo lo que viví en los viajes, cuando lo miro en retrospectiva, está relacionado con los encuentros con la gente. Me encanta recordarlo y hablar de eso, sobre todo con personas que no viajan tanto y tienen ideas sobre el mundo como si fuera un lugar malo o peligroso. Claro que a veces hay que estar un poco atento, pero el 99,9 % de la gente que hemos encontrado son buenas personas. Y en realidad no tiene sentido estresarse pensando que podría tener una mala experiencia con alguien o tener miedo por adelantado porque con esos temores uno se priva de vivir algo bonito”.
La esperanza en la bondad de la gente
Él, por el contrario, asegura que siempre intenta confiar al máximo en los demás.
“Es que quizá tengo un poco arraigada en mí la esperanza en la bondad de la gente, porque siempre lo he creído, y con mis viajes no he hecho más que confirmar que las personas son muy amables y dispuestas a ayudar. A veces salgo perdiendo por eso, pero en muy pocos casos, y la mayoría de las veces la gente nos invitaba a sus casas. Eran muy abiertos, nos ofrecían comida, ducha y un lugar para dormir”.
En cuanto a las diferencias culturales explica que la más notable era la apertura de la gente, sobre todo en el ámbito del campo chileno, donde la gente saluda y se pone a conversar enseguida sin necesidad de ninguna presentación, algo que en Chequia no es frecuente y a lo que, por lo tanto, tuvieron que aprender a acostumbrarse. Sin embargo, esa misma apertura hizo que ocurrieran algunos milagros como uno que aún hoy lo sorprende solo de recordarlo.
“Un señor al que no conocíamos nos invitó a quedarnos en su propia casa, nos dio las llaves y se fue a hacer un asado por Navidad. Nos dijo dónde vivía y nos pidió que lo esperáramos allí. Así que llegamos a su casa, lo esperamos un par de horas y luego llegó y durante ese tiempo nos permitió tomar todo lo que quisiéramos del refrigerador, ducharnos y salir a comprar cualquier cosa a la tienda”.
Además del acto en sí, revela que también lo impactó mucho la respuesta del hombre cuando le preguntaron por qué hacía algo así.
“¿Cuántos dedos tienen ustedes en la mano? Y nosotros decimos, cinco. Y él dice, yo también. ¿Ves?, somos iguales. Podemos confiar el uno en el otro. Así que mostró cómo todas las personas somos iguales y por qué no confiar. Si el otro no tiene malas intenciones, entonces por qué no ayudarlo”.
Cuando pa’ Chile me voy
Cuenta que la idea de ir a Chile se les ocurrió con sus amigos mientras cruzaban los Bajos Tatras en Eslovaquia. Un año después, mientras cruzaban la Sierra Nevada en España duplicaron la apuesta: ¿por qué no recorrer todo ese país que para él representaba grandes desafíos y atravesar incluso algunos miedos?
“Sí, tuve miedo al llegar a la triple frontera con Perú y Bolivia, donde está el punto más septentrional de Chile. Llegué en avión a la ciudad peruana de Tacna e hice dedo hasta el inicio del camino. Y cuando desde el mar miras hacia arriba, cómo suben hasta el infinito esas montañas de hasta 4000 metros, allí tuve miedo. Me decía: ¿dónde te estás metiendo, loco? Y en ese momento dudé un poco de mí mismo. Y luego, por ejemplo, en el momento en que estaba colgado de una roca y no podía ir ni adelante ni atrás porque me quedé atascado y la roca se desmoronaba bajo mis pies y yo no sabía si iba a caer al río embravecido de abajo o si de alguna manera lograría salir, allí también tuve miedo. La mayoría de las veces intento racionalizar ese miedo para entender cuánto es real y cuánto es producto de mi imaginación”.
Como agua en el desierto
Tal como él mismo dice, el gran desafío de ese gran viaje, sin embargo, fue resolver la escasez de agua en el Atacama ya que cuando ahí aparece algún riacho o pequeño lago, suele ser de agua salada. Y un primer plan era enterrar botellas o bidones de agua mediante un recorrido previo en auto.
“Pero como al final viajé solo, tracé el camino más cerca de la costa, donde hay más ciudades y pueblos donde se puede comprar agua, así que siempre tenía que comprar agua. Al principio, lo más difícil fue justamente encontrar agua. Y luego, sin duda, la gran lejanía: las distancias entre ciudades, la naturaleza salvaje donde no ves a nadie durante varios días. Eso me recordó un poco un viaje que había hecho antes a Europa durante el Covid, cuando todos estaban encerrados en casa y yo estaba solo en las montañas de Italia, eso se sentía bastante parecido”.
Agrega Ivan que en el desierto de Atacama llueve solo dos veces al año y justo esos dos días le tocaron a él, por lo que se sintió muy afortunado. Por lo demás, explica que cada tramo del viaje tuvo sus dificultades: el desierto por las grandes distancias sin agua, pero luego al sur de Santiago de Chile, en el contexto de las montañas altas se sufría calor y sequedad, por lo que otra vez había que resolver la falta de agua; mientras que, por ejemplo, en los bosques lluviosos de Valdivia se enfrentaron a la vegetación en un terreno impenetrable.
Arañas y serpientes
“Yo diría que nos volvimos una nación de viajeros sobre todo por un tema de contraste, porque antes del año 1989 no se podía viajar”.
Por supuesto, además de la vegetación, algo que los mantenía también en vilo durante el viaje era el encuentro con algunas especies animales.
“Lo que nos sorprendió mucho fueron las tarántulas, nos las encontrábamos regularmente o varias veces y no eran peligrosas si uno tenía cuidado. Y una vez casi pisamos… no sabemos qué tipo de serpiente era. Pero sé que en Chile también viven pumas, y con ellos no nos encontramos, por suerte.”
Volver como parte del viaje
Desde septiembre del año pasado, cuando regresaron de aquel viaje, ya ofrecieron alrededor de cuarenta charlas compartiendo su experiencia, algo que también forma parte de la tradición checa: viajar mucho, sí, pero luego volver para contarla.
“Yo diría que nos volvimos una nación de viajeros sobre todo por un tema de contraste, porque antes del año 1989 no se podía viajar. Entonces, ahora, por el contrario, valoramos muchísimo esa posibilidad y aprovechamos el hecho de tener un pasaporte muy fuerte, creo que es el cuarto pasaporte más fuerte del mundo y nos permite llegar casi a cualquier parte. Y eso también es algo que me enseñó viajar: aprovechar las oportunidades que uno tiene, sea lo que sea”.
Ivan, de todas formas, nació en un pequeño pueblo entre bosques y estanques, que queda a solo diez minutos en coche de las montañas de Krkonoše, por lo que puede decirse que creció en la naturaleza y quizás eso lo impulsa hoy a descubrir siempre lugares nuevos. Pero al mismo tiempo asegura que una parte importante del viaje es el regreso.
“Hoy mismo vuelvo a Krkonoše después de mucho tiempo, así que lo estoy esperando con ansias porque volver a casa es algo tremendamente bonito. Cuanto más tiempo pasa uno viajando, más hermoso es regresar. Y pasar tiempo con la gente que no viaja o que está en casa, esperando a que llegue, que siempre se alegran de verme. Y yo me alegro de verlos a ellos. Así que cuanto más tiempo está uno fuera, más valora ese tiempo con la gente”.
El libro de la selva
Así como cada pequeño paso puede ir hilvanando distancias extraordinarias, su afición por el viaje encontró también una consecuencia natural: desde hace un tiempo Ivan comenzó a desempeñarse como guía de viajes estilo trekking para una agencia. Hasta el momento lo estuvo haciendo en Córcega y también en la cordillera del Karakoram, en Pakistán, a más de ocho mil metros de altura.
“Así es y estoy muy contento de que se haya transformado en trabajo. Y transmitir alguna experiencia que uno recoge durante los viajes lo considero muy importante. ¿Por qué guardárselo para uno mismo? Si viví algo, si reuní experiencias, me gusta transmitirlas y compartirlas”.
Con sus dos compañeros de aventuras se encuentran trabajando en un libro sobre su viaje a Chile y las experiencias que vivieron allí como grupo. El título es Stopy divočiny (Huellas de lo salvaje) y, aunque todavía están en pleno proceso de corrección y edición, ya tienen programada una presentación para el 26 de octubre, nada menos que en el cine Bio Oko de Praga, una ciudad de la que se siente muy orgulloso, a pesar de haber nacido entre las montañas y de no sentirse cómodo en las grandes urbes, por su hermoso centro histórico y por el hecho de que lleguen turistas desde tan lejos para visitarla, del mismo modo que él recorre grandes distancias para encontrarse con la naturaleza.








