Amores perros: la película chilena que se estrenó en Cannes y fue aplaudida en Karlovy Vary

Captura film La perra

La directora chilena Dominga Sotomayor reflexiona sobre su adaptación de la novela de la autora colombiana Pilar Quintana, el vínculo entre maternidad y deseo que atraviesa La perra y el recorrido internacional que la llevó de Cannes a Karlovy Vary, justo en plena transformación de su propia vida.

“Pilar Quintana entendió perfectamente que hacer una película siempre va a ser una transformación y queríamos hacer algo lo más cercano al libro, alejándonos un poco también. Yo creo que a veces alejarse es una manera de estar más cerca”.

En la sección Horizontes de la 60.ª edición del Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary se destacó la proyección de La perra, película de la directora chilena Dominga Sotomayor que, justamente, corrió el horizonte de la novela de la autora colombiana Pilar Quintana al trasladar la locación de la historia: desde la selva colombiana a una isla austral de Chile.

“Para mí había algo ahí muy ajeno, entonces se me ocurrió y los productores me dieron la posibilidad de trasladar la historia a Chile y ahí se abrió como esta posibilidad de empezar a investigar lugares chilenos y empezar a inventar un poco una geografía donde podría trasladarse la novela. Fue desafiante: trabajé con Inés Bortagaray, que es una escritora uruguaya, durante harto tiempo tratando de encontrar esas cosas bien puntuales de la relación entre la protagonista y la perra en la novela, y también dejando mucho espacio para transformar y escribir cosas que no están en el libro o, sobre todo, para empaparlo un poco de la investigación que íbamos haciendo en Chile que cambiaba mucho la estructura misma de la película, el hecho de que fuera esta isla en Chile tan protagónica, el mundo de las algas que entró, pero fue desafiante, fue un proyecto súper desafiante, pero al mismo tiempo lo hicimos más o menos rápido; fue un proyecto desafiante y, al mismo tiempo, espontáneo”.

Alejarse para estar más cerca

Aunque la película mantiene la esencia de la historia al retratar el remolino emocional que vive una mujer al adoptar a una cachorra, las diferencias con respecto a la novela son muchas. Sin embargo, la autora Pilar Quintana recibió la noticia de esta curiosa adaptación de muy buena forma.

“Y ella leyó el guion escrito por Inés y le encantó, estaba muy abierta a esto: yo creo que Pilar es muy inteligente y muy abierta y entendió perfectamente que hacer una película siempre va a ser una transformación, nunca es hacer una versión, nunca es llevar a la pantalla un libro, siempre es como otro material que tiene otro lenguaje, otras reglas y nosotros teníamos la ilusión con Inés de hacer algo lo más cercano al libro, alejándonos un poco también. Yo creo que a veces alejarse es una manera de estar más cerca. Ahora leo comentarios de colombianos que dicen, no, no puede ser, esto era en el Pacífico, esto era un retrato de una mujer negra, va a generar problemas, supongo, pero... es que también puede existir otra perra que se filme en Colombia, esta es nuestra perra que hicimos en Chile y que claramente es muy diferente al libro, pero que siento que mantiene esa esencia, esas interrogantes, ese primer impacto que tuve yo con la novela por esa relación tan intensa y tan compleja con un animal que se puede trasladar también a la idea de la maternidad”.

Maternidad subterránea

Aunque el tema de la maternidad aparece, en efecto, en la película su abordaje es muy distinto al de la novela ya que, tal como cuenta la directora, su intención era diluir un poco esa causalidad directa de que una mujer que no puede ser madre decida adoptar a un perro. De hecho, decidieron reemplazar un episodio importante del libro durante el cual la protagonista de la novela intenta quedar embarazada por la línea argumental de una prima que sí va a ser madre.

“Básicamente era eso: queríamos que quedara en un lugar más subterráneo lo de la maternidad, para que la maternidad fuera uno de los gatillantes, pero no se tratara solo de eso, sino también del origen del trauma, de la relación con la naturaleza, de esos vínculos complejos que no son tan causa y efecto. Y con Inés también nos gustaba mucho la idea de que Mario, que así se llama en la película, fuera un hombre un poco más joven que ella, que la contiene, que la entiende y que no fuera el típico macho silencioso y rudo, que podía ser un cliché que saliera de la película también, esta idea del macho pescador, rudo, fuerte... es un hombre más débil y muy atento y eso nos gustaba porque, finalmente, el drama de ella y su conflicto interno no tiene que ver con no ser querida, o no ser vista, o con tener un amor no correspondido, sino con un profundo dolor de un pasado, de su infancia, de un trauma que vivió, y de un presente en el que no logra todavía convencerse de si es capaz o no de ser madre, de cuál es su lugar como mujer”.

La posibilidad de una isla

Agrega Dominga que, en medio de semejante transformación, el gran desafío de la película fue tener que reemplazar esa selva tan protagonista y a la vez simbólica de la novela. Explica que se trató de un largo camino que fueron desandando en sus viajes de investigación hasta que irrumpieron las algas, una especie de borde permeable donde se fundía lo humano y la naturaleza, lo cual también aparece de otra forma en el libro.

“Sí, y como me alucinan las islas me interesaba mucho trabajar es la idea de una isla, entonces lo que hicimos fue inventar una isla, no es una isla real. O sea, filmamos en una isla real que se llama Isla Santa María, que yo no conocía y descubrí en la investigación, pero filmamos la mitad ahí y la mitad en lugares del continente, costeros, como simulando que es la isla también. Entonces, hay una geografía que no existe, uno entra por una cueva en un lugar, sale por la isla, la casa de Silvia está en el continente, la casa de Nicolás está en el continente, entonces eso fue súper entretenido y también muy desafiante geográficamente, pero creo que eso es lo que a mí también me interesa en el cine, como no hacer un retrato tan realista, sino más inventar un territorio. No estaba como esta intención de documentar una realidad específica de esa isla, sí de empaparse de ella y trabajamos con la gente local y sacamos ideas de ahí, pero yo quería que la ficción se apoderara también de todo eso”.

Imponderables de perros

Una particularidad es que para el papel del can, la producción consiguió dos perras que no estaban entrenadas y venían de un refugio; es decir, no eran los típicos animales acostumbrados a filmar comerciales sino que eran super impredecibles y esa característica que también influyó en el rodaje resonó profundamente en la propia directora.

“Yo creo que eso es lo bonito de la historia: una mujer que cree poder domesticar lo indomesticable”.

“Bueno, he tenido toda mi vida perros... Mi primer perro muy cercano fue Julián, cuando yo tenía como 4 años, hasta que yo tenía como 10. Creo que él era como mi mejor amigo en mi infancia y después se murió, y fue como un hecho bien importante... Y ahora tengo un perro que no es perro de mi familia, sino perro mío, que se llama Bosco, que tiene 6 años, y que es muy cercano, y que también... Obviamente hay algo de Bosco en esta perra también, y hay algo que me llevó medio intuitivamente a la novela. Y es interesante cómo uno humaniza un poco al perro, y al mismo tiempo... En el caso de Bosco, por ejemplo, es un perro que es muy impredecible, y que de repente una vez se perdió, se escapó y se perdió, otra vez casi muerde a alguien... Entonces uno tiene como la ilusión de estar como en control, pero al mismo tiempo es un animal que tiene su naturaleza como completamente incomprensible, y que uno no puede domesticar... Yo creo que eso es lo bonito de la novela: una mujer que cree poder domesticar lo indomesticable”.

Tan impredecibles eran que, según cuenta Dominga, algo muy recurrente del rodaje era tener que salir a buscarlas porque cada tanto salían a explorar el espacio y muchas veces no tenían ni idea de dónde se habían metido, lo cual hacía que los planes de rodaje no siempre pudieran cumplirse al pie de la letra.

“Todo eso estaba escrito de una manera muy abierta también, era como: esta es la aventura de Yuri, la vamos a seguir, van a pasar algunas cosas como… Entonces, todo eso vino de ella. Y lo otro es que fue interesante porque durante el rodaje, la actriz y yo estábamos un poco frustradas porque la perra nunca se sentaba con ella, la idea era una escena en un sillón y que estaban como tiernas, y eso nunca pasaba, la perra siempre saltaba, siempre se movía, nunca estaba quieta. Entonces creo que eso se volvió parte de la película, como esta idea que te decía antes, como una perra que no se puede domesticar, que no es la perra típica como una que se echa al lado. Y eso me gusta también, porque creo que tiene que ver con salirse un poquito de ese cliché del perro fiel”.

De Cannes a Karlovy Vary

Todos esos ingredientes la llevan a concluir a Dominga Sotomayor que La perra no es tanto una película de guion, sino más bien de rodaje en el que incluso fueron apareciendo también algunos elementos autobiográficos.

“Todo lo personal se va filtrando un poco y hay cosas, por ejemplo, no sé, cuando yo era chica veíamos las telenovelas brasileras con mi abuela y mi mamá y me acordaba de esta telenovela Vientre de alquiler y esa canción que todavía me acuerdo que la escuchaba muy chica de José Augusto. Todo ese mundo es muy mío también de la telenovela o el gusto por las canciones, todo ese mundo como musical de ella viendo programas de talentos y cantando. Eso, si recuerdo bien, no está en la novela tampoco. Después, también hay algo personal que uno pone que va más allá del guion. Por ejemplo, personas que participan en la película que quedan registradas y que para mí son importantes: está Jaime, el del kiosco con la mamá, que es su verdadera mamá, la que muere en la película. Son personas muy queridas mías y él no es actor, la mamá tampoco y él fue el protagonista de mi película Tarde para morir joven. Después, el niño que se encuentra la perra en medio de su pérdida, ese niño que está como acampando, también trabajó en Tarde para morir joven. Creo que una película siempre es como una especie de enfrascar cosas y personas que uno quiere”.

Más allá de esos códigos casi internos, la película ya empieza a tener una gran circulación: en mayo se estrenó en Cannes, en el marco de la Quincena de Cineastas, y ella pudo asistir embarazada de seis meses. Sin embargo, ya no pudo acompañar a los actores y productores que llegaron a Karlovy Vary para ver la proyección de la película en la sección Horizontes porque la fecha la encontró en un estadío ya muy avanzado de su maternidad. Y aunque lamenta no haber podido viajar porque considera que el de Karlovy Vary es un festival mítico, Dominga Sotomayor asume, como en su cine, que los imponderables también forman parte del camino.

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