La increíble historia de la artista checa que pintó el alma del barrio de La Boca
Milada Voldan tiene 93 años y llegó a Argentina en 1936, cuando su padre, un combatiente checo de la Primera Guerra Mundial, decidió emigrar con toda la familia convencido de que Europa se encaminaba hacia un nuevo conflicto bélico. Décadas después, ya instalada en Buenos Aires y casada con un descendiente de escoceses, Milada encontró en el pintoresco barrio de La Boca una fuente inagotable de inspiración: durante años retrató en acuarelas sus conventillos, fachadas y rincones más emblemáticos, y escuchó montones de historias curiosas y conmovedoras del barrio hasta convertirse en una de sus más sensibles intérpretes. Hace apenas unos días, esa pasión recibió un reconocimiento más que merecido: fue distinguida como Gentildonna.
Tan fuerte es la identidad del barrio porteño de La Boca que ha dado nombre a un restaurante en Praga, y suele ser considerado por locales y visitantes como un país dentro de Buenos Aires. Sin ir más lejos, al llegar a esta zona que vio nacer a los dos clubes de fútbol más importantes del país, un gran cartel da la bienvenida a la República de La Boca. Y no es solo una metáfora: existe hasta una asociación que fundó una suerte de república simbólica que, hace apenas diez días, protagonizó un gran gesto diplomático al nombrar como gentildonna (dama distinguida) nada menos que a una artista checa. Se llama Milada Voldan, tiene 93 años y, aunque las vueltas del destino la llevaron a protagonizar una vida singular y digna de una película, llegó al otro lado del mundo por la misma razón que tantos otros checos de su generación: la guerra.
“Justamente, por eso estamos acá: mi papá nació en 1891, o sea que cuando comenzó la guerra él estaba en la facultad estudiando Agronomía y lo llamaron para que dejara todo eso y se fuera a pelear, pobre hombre, tenía 23 años, así que largó todo y se fue. Gracias a Dios volvió bien de la guerra, salvo las malditas emociones y vivió en Praga, siguió con su familia, conoció a una chica que le gustó, se casaron y tuvieron dos nenas, la más chica soy yo, pero mi papá decía que el ambiente en Praga y en toda Europa estaba muy feo y él decía que iba a terminar en otra guerra, y él decía: ‘yo con una guerra ya tuve bastante sufrimiento’”.
De viaje a Argentina con su hermana traductora
Por esa misma premonición su padre decidió viajar a América del Sur y quedarse en Argentina, en 1934, dos años después de que naciera Milada, a quien a raíz de la distinción que acaban de darle le hicieron una hermosa entrevista en el diario argentino Clarín. Cuenta ella que su padre enseguida pudo encontrar un lugar donde vivir y un buen trabajo en el consulado checo gracias a que era una persona muy culta y con facilidad con los idiomas, tal como demostró al aprender muy rápido el castellano. Milada, por su parte, dice que en la actualidad solo tiene una amiga con la que puede hablar checo, pero casi nunca lo utiliza, y aún así agradece haberlo conservado. Luego explica que, cuando su padre se dio cuenta de que su situación era estable, dio la señal para que viajaran su esposa y sus hijas en 1936, y de hecho anuncia Milada que esta misma semana se van a cumplir noventa años desde que llegaron a Argentina con su hermana, esa admirada hermana llamada Helena que, con el tiempo, se convertiría en una gran profesora y traductora.
“Mi hermana fue una especia de genio: vino a Argentina con una primaria hecha excelente, conociendo muy bien el idioma y muy enamorada de todo lo checo. Y al llegar acá ella se dio cuenta de que la música checa en Argentina se escucha mucho: todos los compositores checos acá se escuchan mucho y hasta pasan conciertos enteros filmados en Chequia, pero lo que no se conocía nada era la literatura checa porque algo que fuera traducido al inglés y del inglés al castellano no se termina pareciendo en nada al original. O sea, el argumento sí, pero la palabra del que lo escribió se pierde y mi hermana, con mucho entusiasmo, más o menos a los 18 años empezó a traducir al castellano todo lo que a ella le parecía lo mejor de la literatura checa, y eso hizo durante toda la vida”.
En concreto, cuenta Milada que su hermana, ganadora en 2006 del premio Gratias Agit que entrega el Ministerio de Relaciones Exteriores checo, tradujo obras de teatro como R.U.R. y Madre de Karel Čapek, obras de poesía de Jaroslav Seifert y hasta las obras completas del filósofo checo Jan Amos Komenský.
El origen de la tragedia
Recuerda Milada que, el día que llegaron a Buenos Aires, su padre las esperaba con la casa llena de rosas rojas y el famoso Obelisco era toda una novedad. Además, contra todos los pronósticos y a pesar de las distancias y las diferencias culturales e idiomáticas, la integración fue perfecta. Sin embargo, tal como explica Milada, lo que al principio parecía un reencuentro feliz al otro lado del mundo terminó, apenas tres años después, llenándose de sombra.
“Porque cuando empezó la guerra en Europa, mi papá se enteró y le dio un infarto y ahí se quedó… tenía 48 años, no aguantó la mala noticia y por eso digo la mala suerte porque, a pesar del esfuerzo de él en que viviéramos en paz acá y siguiéramos teniendo una vida normal, no anduvo... porque él se quedó”.
Soy del barrio de La Boca
A pesar de arrastrar ese inmenso dolor por semejante pérdida, Milada siempre estuvo muy agradecida con su padre porque la ciudad de Buenos Aires le encantó desde el primer momento y disfrutaba caminar sus calles. Cada vez más unidas, las tres se quedaron viviendo cerca del trabajo de su padre y recuerda que, en esa época, no había aún embajada y el consulado checo tenía como sede el emblemático edificio porteño Volta, ubicado en Diagonal Norte y Esmeralda. Sin embargo, un tiempo después se cruzaría en su destino aquel emblemático barrio que es también un país aparte.
“Mi papá cruzaba la avenida 9 de Julio y ya estaba en la oficina, por eso alquiló ahí. Pero después pasaron los años, yo conocí a un chico, nos casamos y como no teníamos dónde vivir alquilamos un departamento chiquitito en el barrio de Caballito y salió del Banco Municipal una oferta para comprar acá en Catalinas Sur en el barrio de La Boca porque se habían puesto a la venta unos departamentos en cuotas y a nosotros que no teníamos nada nos vino al pelo. Mi esposo me dijo: ‘dale, gorda, anotate’. Y yo decía: ‘no, si estas cosas les salen siempre a otros’. Bueno, por suerte le hice caso y me anoté y nos salió y, desde entonces, quedé enganchada con La Boca”.
A ese chico llamado Guillermo Mac Gaul lo conoció cuando tenía catorce años, en un baile que organizaba una amiga en su casa, y se casaron diez años después. Él era descendiente de escoceses, por lo que ella define a los cinco hijos nacidos de ese amor como una verdadera ensalada de frutas. Mientras tanto, la inmediata atracción que sintió por su nuevo barrio se explicaba, en parte, por la vocación artística que Milada heredó de su madre y que dejó aflorar, justamente, en esa nueva etapa de su vida.
“A mí siempre me gustó pintar y dibujar, y acá realmente daba para eso porque las casitas de colores, una distinta de la otra, eran muy atractivas, muy lindas. Y yo, a medida que los chicos crecieron, empecé a tener un poco más de tiempo libre para ir a pintar y esas cosas que siempre me gustaron y empecé a caminar por acá, y de lo primero que me di cuenta es que todas estas casitas de lata tenían hermosos balcones y me parecieron tan pero tan hermosos que era como una competencia entre uno y otro”.
Arte y unión de los conventillos
“En un conventillo, a partir de las seis de la tare, el calefón era para los hombres que venían de trabajar. A mí eso me emocionó muchísimo porque habla de una unión entre todos muy linda y de cómo organizar la vida”.
Agrega Milada que, de a poco, empezó a mirar con más atención y a diferenciar los estilos arquitectónicos, además de descubrir en la zona verdaderas mansiones de gente que había sido muy rica y que aparecen en sus acuarelas con hermosos detalles de hierro en las fachadas. En cuanto a los conventillos, verdaderos emblemas del barrio, ella los define como coloridas casitas de madera y chapa donde vive mucha gente trabajadora y que, en su momento, los inmigrantes genoveses decoraron a la manera del barrio marinero Boccadasse, en Génova, al parecer con la pintura que sobraba de los barcos. En general, son construcciones de dos plantas organizadas alrededor de un patio central sin techo, con un único baño o dos, compartido por todos los vecinos.
“Por ejemplo, las fiestas de fin de año suelen ser una hermosura porque todos bajan su mesita y su comida y entonces en el patio común de abajo se ponen a comer todos juntos”.
Es decir que además de los colores, los materiales, y el hecho de estar habitado por gente trabajadora, lo que define a esos conventillos son también pilares como la solidaridad y el espíritu colectivo.
“A mí me emocionó muchísimo... yo llegué a conocer a mucha gente que escribía y sabía mucho de La Boca y uno de ellos me dijo: ‘le voy a contar algo de cuando yo era chico, yo en esa época me crié en un conventillo grande y, entre todos, compramos un calefón’. Y a mí me emocionó tanto porque ahora para nosotros un calefón es casi como una caja de fósforos, no tiene tanta importancia, pero en esa época que, entre todos, hubieran comprado un calefón, a mí me maravilló; y me contaba que el calefón lo podían usar todos los días las mamás y los nenes, pero a partir de las seis de la tarde era para los hombres que venían de trabajar. A mí eso me emocionó muchísimo porque habla de una unión entre todos muy linda y muy buena idea de cómo organizar la vida”.
Pinta tu aldea
“Al principio me miraban medio con asco, después venían a ver qué era lo que estaba haciendo y, al final, se quedaban parados al lado mío y me charlaban y me contaban cosas”.
Mientras los convertía en hermosas acuarelas, Milada se dio cuenta de que muchos de esos conventillos comenzaban a desaparecer, así que retratarlos era también una forma de inmortalizarlos. Por eso empezó a salir con cada vez más frecuencia a la calle con uno de esos changuitos de supermercado para ponerse a pintar. De ahí salieron sus diversas acuarelas de conventillos y casas de La Boca que, a su vez, forman parte de los cinco hermosos libros que, hasta el momento, lleva publicados.
“Tuve la alegría de que mucha gente me dijera: ‘uh, en esa casa vivía mi tía’ o ‘yo ahí iba a tomar la leche’. O sea, la gente reconocía las casas y me hacía esos comentarios. Otro señor me dijo: ‘Apúrese, señora’. Y yo me di cuenta de que era en chiste: ‘¿por qué?’ Porque en cuanto pueda la demuelo, y era una casita de chapa. Yo tenía un planito de La Boca y, a medida que iba recorriendo las calles, iba marcando por dónde iba, entonces estoy segura de que las tengo todas. Al principio me miraban medio con asco, después venían a ver qué era lo que estaba haciendo y, al final, se quedaban parados al lado mío y me charlaban y me contaban cosas”.
Una señora le contó que en una de esas mansiones había pasado su luna de miel porque, en su momento, había sido un hotel de categoría pero se fue deteriorando hasta convertirse en un hotel para parejas y cuenta ella que el dueño del edificio se cansó de tener problemas y decidió cerrarlo, convirtiendo el lugar en un depósito de mercaderías. Otra señora le contó que una construcción de la calle Necochea era famosa porque fue la primera del barrio en tener ascensor. Por otro lado, cuenta con tristeza que la hermosa casa que está en la portada de uno de sus libros ya no existe más porque se incendió ya que muchas de esas casas son de madera y ante cualquier descuido se incendian. Ella recuerda, además, que esa casa en particular le había costado muchísimo trabajo al pintarla.
‘Decile a tu mamá que te lleve a Praga’
Si bien La Boca es un barrio con mucha mística que atrae a innumerables turistas extranjeros por sus numerosos atractivos como la calle Caminito, inmortalizada por el famoso tango cantado por Carlos Gardel, el puerto y la mítica Bombonera, Milada explica que a veces los extranjeros se equivocan al simplificar y piensan que toda Buenos Aires es así, cuando en realidad se trata de una zona muy distintiva y singular de la capital argentina.
“Yo tuve la suerte de ir como ocho veces a Praga y siempre tenía miedo de mostrar las fotos mías de La Boca porque podían pensar que es toda así la ciudad y la ciudad nada que ver, la ciudad es un lujo. Y yo me encariñé con esto porque fue lo que me tocó ver de cerca y me pareció lindo”.
Lo interesante es que aquellos conventillos de La Boca no dejan de tener algo en común con las casas siempre laberínticas y abarrotadas de gente, con escaleras externas y múltiples recovecos, que había en el antiguo barrio judío de Praga, demolido entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Por supuesto, Milada no llegó a ver nunca esas casas, pero sí dice que los templos de Josefov le parecieron hermosos y recuerda también el gran impacto que le causó el amontonamiento de lápidas del antiguo cementerio judío. En cuanto a ese primer regreso a Praga, ya de adulta, Milada asegura que se trató de un hecho profundamente emotivo.
“Y sí, imaginate que, desde que yo era chiquita, mis padres siempre me venían hablando de qué linda ciudad era y qué hermosas cosas tenía y lo bien que habían vivido ahí y cuánto la iban a extrañar, o sea que yo crecí con eso. Entonces, en cuanto pude, me fui para allá”.
Ahora hace ya bastantes años que no viaja, pero recuerda con mucha alegía la última visita que realizó junto a su hija, nada menos que por el consejo de una psicóloga.
“Le dijo: ‘nena, vos estás mal de ánimo, decile a tu mamá que te lleve a Praga’. Y la nena vino y me lo dijo. Y yo le dije: ‘bueno, vamos’. En esa época uno se podía mover fácil y nos fuimos las dos y lo pasamos muy bien, creo que fue en el 2008, 2009, no me acuerdo”.
“Si se juega un Boca-River que Dios te ayude porque te cuelgan los autos hasta de las ramas de los árboles porque no alcanzan los estacionamientos, pero en general con el turista no se meten”.
En Praga también hizo algunas ilustraciones pero asegura que muy pocas porque asegura que en la capital checa siempre tiene mucho que hacer. Ahí le queda todavía una prima hermana de su edad con la que suelen hablar por teléfono y a los sobrinos de ella que viven nada menos que en Malá Strana. Lo cierto es que, a diferencia de los que suele ocurrir con la mayoría de los descendientes de checos en Argentina, cuyas familias provienen sobre todo de Moravia, la suya venía de Praga, aunque por una mera casualidad ella no nació ahí, sino en Chlumec, una localidad del distrito de Český Krumlov, en Bohemia del Sur, que queda a unas dos horas de Praga en auto.
“Es que a mi vieja se le ocurrió, el verano que nací yo, ir a descansar al campo y justo cuando se ve a descansar al campo nací yo; o sea que yo nací y no tenía ni un pañal ni una camiseta, no tenía nada porque la fecha que le habían dado a mi madre era para dentro de un mes y la vieja se fue, así que yo nací en el campo, pero la familia ya vivía en Praga y siempre vivieron en Praga”.
Parte de la religión
Así como en Praga muchas veces resulta imposible y agotador cruzar el Puente de Carlos por la gran cantidad de turistas que en determinados horarios inundan la zona, Milada dice que algo similar ocurre, sobre todo los domingos, en el barrio de La Boca.
“Si se juega un Boca-River que Dios te ayude porque te cuelgan los autos hasta de las ramas de los árboles porque no alcanzan los estacionamientos, pero en general con el turista no se meten y la sensación de inseguridad puede ser mayor entre los que van al estadio, por las calles yo nunca supe que molestaran a nadie, pero entre los que juegan sí porque ya salen de mal humor de la cancha y ¡chau!, pero no creo que sea peor acá que en otro lado”.
A propósito del derbi —o, mejor dicho, del superclásico del fútbol argentino—, dice Milada que a ella no le interesa mucho el fútbol, pero aun así se siente bastante dividida entre ambos equipos. Su marido simpatizaba un poco por River, pero, a la vez, ella tuvo una larga y hermosa amistad con Irene Mutarelli, hija de un conocido actor argentino que interpretaba al personaje de Pedrín, el fainero, uno de los hinchas más emblemáticos de la historia de Boca Juniors. A Pedrín ella llegó a conocerlo y quererlo mucho, porque durante toda su infancia pasaba numerosos fines de semana con su familia.
“Cuando yo era chica, lo que más se escuchaba era la radio porque no había otra cosa: no había televisión y los cines no eran tan accesibles y acá estaba la Radio Belgrano que los domingos pasaba un programa muy popular que escuchaba todo el mundo y se llamaba La gran Pensión, el campeonato, en el que le dedicaban un espacio a un representante de cada uno de los clubes de fútbol y el que escribía todo eso era el padre de una amiga mía y el personificaba a Pedrín el fainero, que por supuesto era de Boca, y la hija tenía mi edad y vivíamos a media cuadra, y por una vecina que nos presentó nos hicimos amigas y lo fuimos durante 84 años, desde los 7 hasta que ella murió, a los 91”.
Agrega Milada que aquel programa era tan exitoso que, finalmente, lo llevaron también al teatro y se volvió aún más popular porque el fútbol, en la Argentina, es algo así como una religión. Y dentro de esa religión, el barrio —o, mejor dicho, esa República de La Boca de la que Milada es una de sus grandes embajadoras— sería algo así como Tierra Santa.


























