Markéta Šmídová: de Muñeca brava a doctora en el ‘boludo’ argentino
Para Markéta Šmídová, el famoso “boludo” no es una simple muletilla, sino todo un símbolo de la identidad argentina. Su tesis doctoral demostró que, además de organizar vínculos, jerarquías y afectos, ese vocativo tiene paralelos sorprendentes en otras lenguas, incluido el checo con su expresivo ‘ty vole’. Entre Buenos Aires y Praga, Šmídová trazó un puente lingüístico y cultural que revela cómo incluso las palabras más coloquiales dicen mucho sobre nuestra forma de relacionarnos.
Es probable que la hispanista checa Markéta Šmídová sepa más del término ‘boludo’ que incluso muchos argentinos, algo que puede explicarse por el hecho de haber entrado en contacto con el español cuando tenía apenas nueve años.
“Estaban poniendo telenovelas latinoamericanas en la televisión checa y mis padres me prohibían verlas. Y a una niña cuando le prohíben algo, claramente lo va a hacer y entonces me ponía a ver novelas como Esmeralda, que era de México, y otras hasta que empezaron a dar Muñeca brava, y así empecé a escuché algunas canciones de esa telenovela y me empezaron a gustar muchísimo. O sea, la melodía, la alegría que se siente y además también lo que estaba pasando como trasfondo de las teleseries: no la trama amorosa principal, sino lo que se podía ver detrás: sobre todo los paisajes de Argentina”.
Es decir, en lugar de fijarse en los besos por los que sus padres le prohibían ver esos programas, Markéta empezó a interesarse más bien por el estilo de vida y la forma de hablar que mostraban esas telenovelas que, aunque dobladas, dejaban las canciones en español. Por entonces, ni ella ni su familia sabían de qué idioma se trataba; de hecho, recuerda que su padre creía que era portugués. Ella, sin embargo, sentía tal fascinación que se prometió a sí misma entender algún día ese idioma y un paso importante para hacerlo fue escuchar el audio original.
“Y así iba aprendiendo un poco la pronunciación, algunas palabras y también la unión de las palabras para que realmente suene como un todo. Y, efectivamente, para aquella Navidad de mis nueve años, mi mayor deseo era un diccionario español, checo; checo, español. Entonces, me regalaron un diccionario de la editorial Fin, que era lo más grande que podías tener”.
Muñeca brava
Todo eso ocurrió en 1998, el año que marcó su acercamiento al habla rioplatense gracias a esa famosa telenovela que protagonizaban una uruguaya y un argentino.
“Muñeca Brava tenía que ver con una vida que uno tranquilamente podía llegar a tener. A mí se me complicó posteriormente porque, en el colegio secundario, me enseñaban el español de España y, muchas veces, me corregían el voseo porque ese fue el gran problema: nada más salir de lo que fueron las fronteras que nos marcó el comunismo y el socialismo, nada más salir de eso, la gente empezó a orientarse más o menos en lo que es Europa. Pero faltaba, en aquella época, el darse cuenta del más allá de Europa. La mayoría de la gente aprendía el español de España porque era el que se enseñaba y el que se tomaba como estándar, como norma”.
Cuenta Markéta que su reacción ante eso fue armarse un doble idiolecto: el español que estaba aprendiendo como autodidacta y el que le enseñaban en el colegio.
La pasión sobre todo
Markéta se define como una persona a la que le gustan muchas cosas. De hecho, al momento de decidirse por la lingüística, también estaba muy interesada en otras áreas como el periodismo, la toxicología y hasta el conservatorio porque solía tocar la flauta traversa. Lo curioso es que, además, ya la habían admitido en la Universidad Carolina de Praga para estudiar tanto periodismo como toxicología, algo no muy usual en esa época.
“Por más que algunos familiares me objetaran que con la toxicología estaría ganando más o que con el periodismo me podría hacer quizás más famosa, yo elegí lo que es mi pasión: el español”.
Markéta Šmídová
“Y me llegaban cartas que me decían: ‘señorita, venga a estudiar a nuestra universidad, que seguramente tendrá la posibilidad de trabajar en los laboratorios de Suiza’. Eso, por ejemplo, en toxicología. Y, luego, algo parecido me comentaban en lo que era la carta de periodismo. Había un montón de cosas interesantes, pero, al final y ese es el motivo por el que lo estoy diciendo, al final decidió la pasión. O sea, la pasión que tuve desde niña, desde chica. Entonces, por más que algunos familiares me objetaran que con la toxicología estaría ganando más, que con el periodismo me podría hacer quizás más famosa, yo elegí lo que es mi pasión, el español. Y así realmente lo mantuve desde entonces”.
Esa misma pasión es la que hoy transmite a sus estudiantes de la Universidad de Bohemia del Sur, donde cursó la licenciatura en lengua y literatura, el máster y el doctorado antes de convertirse en profesora. Actualmente, Markéta enseña varias asignaturas que ayudan a sus estudiantes a comprender la diversidad del mundo hispánico. Además, ha dirigido numerosas tesis sobre temas como el lunfardo, el lenguaje inclusivo en Argentina o los juegos de palabras de Les Luthiers en comparación con la obra de Jára Cimrman, investigación con la que su estudiante Lívia Kucková obtuvo el 29.º Premio Iberoamericano de Praga.
Marcadores conversacionales
Aunque su interés abarca todo el ámbito latinoamericano, la trayectoria académica de Markéta puede resumirse en un eje central: los marcadores conversacionales.
“Un marcador conversacional es lo que todas las personas utilizamos todos los días, algunas veces más, algunas veces menos. Son palabras con las que nos ayudamos a expresarnos cuando tenemos que formular algunas ideas y necesitamos tiempo para reflexionar o cuando necesitamos cambiar de tema, o cuando necesitamos indicar que la persona con la que estamos en contacto es nuestro amigo, es un ser querido o también que nos está escuchando, etc. En checo coloquial unas palabras neutras de ese estilo vendrían a ser ‘no, no, no’; ‘takže’; ‘prostě’, etc. Pero a mí me interesan más las que marcan la identidad intragrupal y social, palabras un poquito más expresivas. Por ejemplo, en checo sería ‘vole’, que ya es una palabra semivulgar, originalmente vulgar”.
Aunque muchos las conocen como “muletillas”, a ella no le gusta llamarlas así porque eso hace pensar en cierta pobreza léxica, mientras que ella se encargó de demostrar más bien lo contrario: que son palabras imprescindibles del lenguaje cotidiano que también tienen la función de mantener el turno del habla.
“Y, nada, empecé en realidad con el ‘che’ argentino y lo empecé a investigar a partir de las telenovelas argentinas. Entonces, en mi tesis de grado volví a lo que fue mi niñez, mi infancia, al observar cómo el ‘che’ argentino se utilizaba en estas series, que si bien podemos decir que no son una muestra auténtica porque siguen un guión, sí que refleja un poco lo que es la variedad, bueno, en este caso de Argentina. Entonces, empecé a observar esas telenovelas para ir marcando quién utilizó el ‘che’, en qué contexto, con qué clase social y grupo etario más o menos estaba vinculado y ahí surgió, en realidad, que quizás algunas clases sociales, por ejemplo la media alta, en las telenovelas estaban como, no sé, siendo representadas, estereotipadas o diseñadas como para no utilizar tanto el ‘che’”.
Del che al boludo
Ya en 2014, durante su trabajo de máster, viajó a Argentina para poner a prueba todas esas hipótesis y allí pudo realizar, recopilar y analizar entrevistas auténticas. Es decir, mientras su maestría estuvo centrada en el ‘che’, con el tiempo Markéta terminó enfocándose, durante su etapa doctoral, mucho más en el ‘boludo’ argentino, también con el objetivo de refutar ciertas teorías que planteaban que las dos palabras competían entre sí.
“Hay muchas esferas, muchos niveles en los que se puede observar diferencias fundamentales entre lo que es el ‘che’ y lo que es el ‘boludo’. El ‘che’ lo puedo llegar a utilizar para llamar la atención de cualquier persona, incluso en la calle, incluso con una persona desconocida. Es una palabra más neutra, mientras que el ‘boludo’ ya no lo voy a utilizar para llamar la atención de alguien, y además puedo decir ‘che, boludo...’ y continuar, pero no puedo usar ‘boludo’ para llamar la atención y luego decir ‘che’. Es ‘che, boludo’. Entonces, no son equivalentes porque, si lo fueran, podrían intercambiarse en esas posiciones. Eso sería, por ejemplo, un argumento estrictamente lingüístico, posicional...”
Cuenta Markéta que, aunque el mayor asombro era el de los propios argentinos al descubrir que una académica checa se dedicara a estudiar el uso del ‘boludo’, hubo un dato que sí le llamó mucho la atención.
“La gente, en muchas ocasiones, te va a decir que no lo utiliza: ‘no, yo no lo utilizo, el che quizás lo utilizo, pero el boludo no lo utilizo, lo considero vulgar. No se lo diría, a mi mamá no se lo diría a mi papá, no se lo diría a mi jefe’. Pero, luego, lo que pasa es que te ves sumergido en los contextos reales y sí que lo utilizan. Incluso las personas que dicen que no lo utilizan, lo utilizan. Simplemente que no se dan cuenta o sí se dan cuenta, pero por ahí no lo reconocen”.
Boludos unidos de todo el mundo
Por el momento, Markéta Šmídová visitó Argentina unas siete veces y su doctorado sobre el famoso ‘boludo’ argentino se convirtió en un voluminoso libro que analiza y describe el uso que hacen de esa palabra argentinos de diferentes clases sociales y edades. Y, otra vez, enfatiza la investigadora que, lejos de ser una simple muletilla, el ‘boludo’ es algo tan importante como el ‘vole’ checo.
“Incluso hay idiomas de otras familias lingüísticas que utilizan también cierta referencia a los testículos; o bien grandes, como símbolo de alguna enfermedad mental, o bien faltantes”.
Markéta Šmídová
“Es curioso, en realidad, que los idiomas, aunque provengan de diferentes familias lingüísticas, muestren quizás cierta necesidad cognitiva de expresar fenómenos muy parecidos con recursos muy similares. Y, entonces, por un lado, la palabra ‘boludo’ que, según la etimología más probable, realmente se relaciona con los testículos; luego la palabra checa ‘vole’, que parte de ‘vůl’ (buey) también tiene que ver con un significado parecido, algo que sucede también con el ‘buey’ mexicano o con el ‘huevón’ chileno. Y así podríamos continuar. Incluso hay idiomas de otras familias lingüísticas que utilizan también cierta referencia a los testículos; o bien grandes, como símbolo de alguna enfermedad mental, o bien faltantes”.
Lo único que los separa, explica Markéta, es que, a diferencia de ‘boludo/boluda’, el ‘vole’ es invariable. Así que, al menos en ese aspecto, podría decirse que el checo resulta más sencillo que el español.








