El brigadista internacional Otakar Hromádko, un pacifista luchando contra Franco en España

Otakar Hromádko con su esposa Věra en Suiza en 1982.

Más de dos mil voluntarios checoslovacos se alistaron en las Brigadas Internacionales para luchar en la guerra civil española contra el bando nacional de Francisco Franco, de cuya muerte se cumple ahora medio siglo. Jiřina Marie Nováková, hija de Otakar Hromádko, uno de los líderes políticos de aquel Batallón Masaryk, contó a RPI los recuerdos que tenía su padre de España, pero también lo difícil que lo tuvieron después, durante las purgas políticas en la Checoslovaquia comunista, aquellos brigadistas condecorados por su valor.

En España se celebra este 20 de noviembre el 50 aniversario de la muerte del dictador Francisco Franco y la vuelta del país a la democracia. Casi 40 años antes, en 1936, un golpe de Estado fallido sumió a España en una cruenta guerra civil que, gracias a la ayuda de Hitler y Mussolini, terminó con la victoria del general golpista y dio inicio a la dictadura fascista más larga de la historia.

Francisco Franco | Foto: Pedrodg 11,  Wikimedia Commons,  public domain

Decenas de miles de voluntarios de todo el mundo viajaron a España y se jugaron la vida para intentar evitarlo dentro de las Brigadas Internacionales, defendiendo la legalidad democrática de la República, y entre ellos, más de dos mil checoslovacos.

Uno de esos brigadistas checos fue Otakar Hromádko, que al igual que muchos de aquellos idealistas y valientes, tuvo una vida de película, pero quizá incluso mucho más compleja de lo que podía imaginar cuando se disponía a cruzar clandestinamente la frontera franco-española en los Pirineos. Porque a pesar de luchar contra Franco en España, pasar por campos de concentración en Francia y seguir después luchando en la resistencia contra el nazismo, igual que le sucedió a la mayoría de los brigadistas internacionales, fueran comunistas o no, cayeron en desgracia en los regímenes comunistas del centro y el este de Europa, aunque a eso llegaremos más tarde.

Jiřina Marie Nováková | Foto: Paměť národa

Su hija, Jiřina Marie Nováková, recordó a su padre para Radio Praga Internacional como un pacifista con un arma en la mano.

“Su padre había muerto al comienzo de la Primera Guerra Mundial, en 1914. Mi padre tenía tres hermanos, así que eran cuatro; el mayor tenía siete años entonces, y se podría decir que todos fueron grandes pacifistas. Mi padre lo era. No lo reclutaron para el ejército porque tenía una constitución física muy frágil. Pero con su pacifismo y con todo, se pasó toda la guerra empuñando un arma”.

“No todos los brigadistas internacionales eran comunistas”

La bandera del Batallón Masaryk | Foto: Instituto Militar de Historia

Pese a su antimilitarismo, tras haber ingresado a finales de los años 20 en las juventudes comunistas mientras estudiaba derecho en Brno, cuando estalló la guerra civil en España, entendió que en la península ibérica podía estar decidiéndose el futuro de todo el continente ante el auge de los fascismos, por lo que no dudó en ingresar voluntariamente en la 129 Brigada Internacional, en el Batallón Masaryk, donde sirvió entre 1937 y 1939. Combatió en los frentes de Extremadura, Aragón y Levante, y durante la retirada de Cataluña a Francia, al salir derrotada la República.

Otakar Hromádko era comunista, al menos por aquel entonces, pero al revés de la creencia más extendida, no todos los brigadistas lo eran, dice Nováková.

Fotografía de boda de Věra Waldes y Otakar Hromádko,  París,  julio de 1945. | Foto: Paměť národa

“No eran ni mucho menos todos comunistas los que fueron a España. Se oye a veces que un tercio, más o menos. Eso puede ser. Eran personas que tenían una ideología, creían en ello, pero que poco a poco se convencieron de que no era exactamente como pensaban. Eran personas que fueron perdiendo la ilusión, que sufrieron una gran desilusión. Y cada uno la afrontó de una manera, algunos siguieron adelante y otros no, pero creo que en la década de los 50, ninguno de ellos seguía siendo un comunista convencido. Pasaron por la cárcel, por investigaciones en prisión preventiva, ahí los abandonó el comunismo”.

Póster de la ayuda checa en la Guerra Civil Española  (1937) | Foto: Vojenské dějiny Československa / Wikimedia Commons,  public domain

Hromádko, tras cruzar los Pirineos, fue internado, como tantos republicanos que escapaban del avance franquista, en los campos de internamiento franceses de Saint-Cyprien, Gurs y Vernet. En estos campos, Hromádko dirigió la organización clandestina de los comunistas checoslovacos. Para ellos, la lucha no había terminado, sino todo lo contrario. La Segunda Guerra Mundial había comenzado y Checoslovaquia había sido ocupada por los nazis. Las directrices del Partido Comunista eran intentar escapar del cautiverio para continuar la lucha. Una de las opciones preferidas por los comunistas checoslovacos era presentarse voluntario para hacer trabajo en campos de prisioneros en la Alemania nazi para estar más cerca del Protectorado cuando lograran escapar. Otakar Hromadko se “bajó” del tren mucho antes, ya en París.

“Se ofreció voluntario trabajar preso en Alemania y en el transporte se escapó. Según él, era más fácil escapar del transporte que del campo. Mi madre lo ayudó a escapar en París, mi madre provenía de una familia excepcionalmente rica. Ella nació y se crio en Dresde, en Alemania. Comenzó sus estudios allí, pero eran judíos checos”.

Una partisana multimillonaria

También la madre de Jiřina Marie, Věra Waldes, fue toda una luchadora contra el nazismo. Era hija, ni más ni menos, que de Sigmund Waldes, y sobrina de Jindřich Waldes, unos de los más importantes empresarios checos, los fundadores de las enormes fábricas de Koh-i-Noor en el barrio praguense de Vršovice cuyos productos de lencería llegaron a todo el mundo, especialmente su invención de los botones automáticos.

La condición de judía en la Alemania nazi fue uno de los factores que acercaron a Věra Waldes a la resistencia.

“En su primer año de universidad, se involucró en un movimiento muy de izquierdas, algo entre la socialdemocracia y el comunismo. Eran los únicos que protestaban públicamente en las calles contra el auge del partido nazi, lo que, por supuesto, atrajo a la policía alemana. Nuestra familia fue perseguida y tuvo que huir rápidamente de Dresde y regresar a Praga. Estuvieron en Praga un tiempo y se lo contaron todo a sus familiares. ‘Miren lo que está pasando en Alemania. Eso no es nada bueno para nosotros’. Y quienes les creyeron, se fueron a tiempo. Casi todos se fueron a Estados Unidos, donde también tenían una gran fábrica. Los que se quedaron en Europa murieron; solo mi madre sobrevivió, en Francia, como miembro del movimiento partisano de la resistencia francesa”.

Otakar Hromádko y Věra Waldes lucharon en París hasta su liberación y el final de la guerra.

“Mis padres pasaron toda la guerra juntos, en París. Participaron en la liberación de París, en el levantamiento de París, y mi padre, justo después de agosto del 44, empezó a trabajar en las transmisiones de radio al Protectorado de Bohemia y Moravia, donde se mantenía la ocupación. De hecho, estuvo como redactor de radio hasta 1945”.

Febrero de 1948 | Foto: APF Český rozhlas

Después regresaron a la Checoslovaquia liberada y participó en el fortalecimiento del poder del Partido Comunista Checoslovaco durante los años previos e inmediatamente posteriores al golpe de Estado de 1948.

Aquel pacifista y antimilitarista llegó a ser incluso secretario general de todas las organizaciones comunistas del Ejército checoslovaco. Pero por poco tiempo. Pronto su historia empezaría a escribirse con renglones torcidos.

Traidor, conspirador, espía… La gran desilusión comunista de los brigadistas

Llegó la década de los 50, y comenzaron las purgas dentro del Partido Comunista. Hromádko fue primero relegado de sus cargos y después detenido en 1951. No solo en Checoslovaquia, sino en todos los antiguos regímenes comunistas, por alguna razón, todos aquellos que lucharon en España y contra los nazis en Europa, sufrieron más que dificultades de vuelta a sus países.

Artilleria checa de Gottwald  (1938),  foto: public domain | Foto: Wikimedia Commons,  public domain

“Yo creo que todos los que se levantaron durante la guerra, sin importar si fue en España, Francia, Inglaterra, en la Brigada Judía o en el Ejército de Svoboda, fueron grandes héroes. Y todos terminaron más o menos igual. En los 50, mi padre fue juzgado junto a Antonín Svoboda y a Boris Kopold, que vino luchando desde Rusia, desde Buzuluk, con el general Ludvík Svoboda. Antonín Svoboda y mi padre habían estado en España y Francia. Todos lucharon en la resistencia, no tuvieron miedo, y a todos se les acusó de los mismos crímenes”.

Si no fuera porque esas acusaciones les podían costar la vida, podríamos decir que muchas de ellas sonaban incluso cómicas.

“Traidor a la patria, conspirador, espía, saboteador, cosmopolita, sionista, trotskista, brigadista internacional sin moral. Mi padre además tenía en su contra que mi madre provenía de una familia muy rica y todos los sobrevivientes estaban en Estados Unidos, así que también se le acusaba de intentar destruir nuestro sistema democrático con la ayuda de los dólares de su suegro. Eso era lo único que él tenía de original, pero por lo demás, a todos se les acusaba exactamente de lo mismo”.

Buzuluk,  Rusia  | Foto: Instituto Militar de Historia

“Sabes, la mayoría de los procesados habían recibido cruces de guerra. Mi padre tenía la Cruz de Guerra francesa, otra polaca, otra yugoslava y la checoslovaca, la Orden del León Blanco, nuestra máxima condecoración estatal. Y a pesar de todas esas condecoraciones, que tenía guardadas en una caja de zapatos, se encontró ante ese tribunal. La gran mayoría habían sido condecorados como héroes justo después de la guerra y luego fueron ejecutados, condenados a 20 o 25 años, o incluso a cadena perpetua; condenas terribles”.

Otakar Hromádko fue uno de los pocos que, a pesar de las duras torturas de los interrogatorios, nunca reconoció haber cometido actos de los que realmente no fuera responsable ni consiguieron sacar de él acusaciones falsas contra otros miembros del partido. Y, curiosamente, eso le salvó la vida.

Klement Gottwald,  la llegada al poder de los comunistas en febrero de 1948 | Foto: APF Český rozhlas

Es un caso parecido al del propio Gustáv Husák, que más tarde sería presidente de la Checoslovaquia comunista. Como ninguno de los dos accedió a participar en el juego de la Policía secreta comunista, no les valían para participar en los procesos de Slánský, una farsa judicial que terminó con nueve condenas a muerte.

Cuando a Hromádko le llegó su juicio, Stalin y el primer presidente comunista de Checoslovaquia, Klement Gottwald, ya habían muerto, los regímenes se habían suavizado, al menos un poco, y le cayeron “solo” 12 años de prisión. Pasó cinco años en cárceles y campos de trabajos forzados en minas de uranio. Pero en 1956 fue liberado y, después, completamente rehabilitado.

Por qué mi padre nunca comía naranjas

La gente que ha sufrido los traumas de la guerra o cautiverios como ese, puede reaccionar de dos maneras: puede no dejar de hablar nunca de ello, o, lo más normal, puede no querer volver a hablar nunca más de ello. Otakar Hromadko, no solía hablar de la guerra, y menos en casa a sus hijas.

Por ello, curiosamente, los pocos recuerdos que tiene Jiřina Marie de lo que oyó en su casa sobre la terrible guerra civil española, donde Hromádko participó en muchas duras batallas y fue herido, son los relatos de un padre hablándole a su hija aún pequeña a la que esconde esos horrores.

Foto: National Archives/Wikimedia Commons,  CC0 1.0 DEED

“La verdad que se hablaba muy poco de la guerra, y cuando surgía el tema, siempre era más bien casi como en broma, aunque no quiero decirlo así. Pero, por ejemplo, aquí en Checoslovaquia solo llegaban naranjas en Navidad. Y en Navidad, a cada uno nos daban una naranja. Mi hermana tenía una naranja, yo tenía otra, mi mamá también, pero mi papá no tenía ninguna. Y una Navidad yo dije: "Bueno, esto no puede ser. Tenemos que conseguir cuatro naranjas". Y mi papá dijo: "Yo ya me hinché tanto de comer naranjas, que no quiero más". Me contó que pasaron tres meses completamente rodeados por todos lados en un campo de naranjos. Así que solo podían comerse aquellas naranjas. Intentaron cocinarlas, asarlas, no sé, de todo, pero llegaron a la conclusión de que lo mejor era comérselas crudas tal cual, naranjas frescas y maduras era lo mejor”.

Al igual que para tantos españoles, sus recuerdos de la guerra civil tenían que ver a menudo con el hambre que pasaron. Y también vivió alguna escena que parece sacada de una película de Berlanga.

“Él era el líder político de su unidad, y nunca tenían nada que comer, así que dijo: "Esto no puede ser. Traeré ovejas. Ovejas vivas, un rebaño, y así tendremos para comer". Así que llegó a un rebaño, pero ¿cómo obligar a las ovejas a seguirlo? Ellas seguían a su oveja líder, y él pensó: “pues mataré a la líder y así me seguirán”. Así que la mató, pero en ese mismo momento eligieron a otra líder entre ellas, otra oveja, y se pusieron a seguirla. Decía que era imposible adivinar los criterios por los que se regían para elegir a la nueva líder del rebaño, y lo siguió haciendo una y otra vez, mató a varias de ovejas, pero no logró llevarse ninguna para que los combatientes comieran. Por eso, en nuestra casa usábamos muy a menudo la expresión "tonto como una oveja"”.

“Comandante, tú no te vas a morir aquí”

Otakar Hromádko bromeaba hasta para hablar de su convalecencia por su herida de guerra.

Jiřina Marie Nováková y Jiří Závodský,  hijo de Osvald Závodský | Foto: archivo de Daniel Ordóñez/Radio Prague International

“Un día resultó herido durante alguna operación, y acabó en el hospital, donde contrajo disentería. Era muy común allí, y él tuvo una forma muy grave de disentería y decía que cuando a una persona pasaba diez días con disentería, ya no se recuperaba, estaba muerto. Y él ya había superado el décimo día cuando sus amigos fueron a verlo al hospital y le llevaron una botella de coñac, aunque claro que no se permitía nada de alcohol en el hospital. Pero le llevaron la botella de coñac y le dijeron: «Tú, nuestro comandante, no te vas a morir aquí hecho una mierda –perdón por la palabra vulgar que le dijeron– Esto no te va a matar”. Así que se la bebió y le sentó tan bien, que se fue al bar, donde ya estaban bebiendo en su honor por su muerte. Así que, en nuestra familia, todo se curaba siempre con coñac. Si te pasaba algo, era que no habías tomado coñac aún”.

Un lugar en el Mediterráneo para ir de pesca

Después de haber coqueteado tantas veces con la muerte en España, en los campos de internamiento franceses, en la resistencia contra los nazis, en los procesos políticos de los 50 y en las cárceles y campos de trabajo comunistas, cuando la Unión Soviética invadió Checoslovaquia en 1968, decidió que ya había corrido suficientes riesgos en la vida y se exilió a Suiza, donde vivió hasta su fallecimiento en 1983, con 73 años de edad.

Sin embargo, donde Hromádko soñaba pasar sus últimos días era en el Mediterráneo, en el Levante español, donde había pasado años de su juventud perdiendo una guerra, pero luchando por sus ideales.

Agosto de 1968 en Checoslovaquia | Foto: Česká televize

“Decía que, cuando fuera viejo y estuviera jubilado, le encantaría ir a España, que quería volver allí para quedarse, que se instalaría por Denia, por Valencia, y que se pasaría el tiempo pescando, allí, desde donde se ve la isla de Ibiza, y que le gustaría mucho terminar allí sus días. Una vez le dije: "Papá, cuando gane mi primer sueldo, te pagaré el viaje a España". Pero ellos se exiliaron en el 68, yo todavía estudiaba, así que no tenía dinero. Se fueron a Suiza. Años después recibí una postal de Valencia, estaban allí de vacaciones, en España. Y casi lloré, me dio mucha pena no haber podido ser yo la que les diera esa posibilidad de ir a España”.

Muerto Franco el 20 de noviembre de 1975, España comenzaba una nueva era. Y Otakar Hromádko volvió a visitar algunos de aquellos lugares que había conocido en su momento más crítico, rodeado de destrucción y tragedia.

“Les sorprendió cómo los españoles lo habían superado hacía tiempo. Mis padres creían que en sus vacaciones iban a tener que hacer colas todo el tiempo y cosas así, pero para nada. Todo el mundo era increíblemente amable, decía, e incluso encontraron un sitio donde una chica llamada María hacía una paella que cada día estaba más buena. Y así aprendió mi padre a prepararla, y se convirtió en el plato favorito de nuestra familia cuando papá cocinaba paella”.

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