¿Qué pasa cuando envías a tres checos pro Putin a Ucrania?
El documental "Change my mind" ("Velký vlastenecký výlet") muestra cómo tres checos, convencidos de las narrativas prorrusas y teorías conspirativas, viajan al Donbás para chocarse con los horrores de la guerra. RPI conversó con el director del film, Robin Kvapil, acerca de la experiencia y qué conclusiones ha obtenido.
El documental "Change my mind" ("Velký vlastenecký výlet"), liderado por el director Robin Kvapil, acompaña en un viaje a Ucrania a tres checos simpatizantes de Putin, en un intento por hacerles ver con sus propios ojos las consecuencias de la guerra que ellos aseguran es solo una invención de los medios. El realizador conversó con el periodista Ferdinand Hauser de RPI en alemán y contó cómo se le ocurrió esta idea.
“Cuando uno hace documentales, llega a distintos lugares del mundo. En uno de mis últimos trabajos leí mucho sobre el campo de refugiados de Moria (en la isla griega de Lesbos) y, de pronto, me encontré allí rodando. Me vi en aquel recinto rodeado de alambre de púas, en el que había 12.000 refugiados. Esa imagen me cambió. Entonces pensé que quizás sería bueno acercar la guerra a las personas que dudan de la ayuda a Ucrania, ofreciéndoles la misma experiencia. Supuse que eso les impactaría de una manera que podría captarse con la cámara”.
Para dar forma al proyecto, Kvapil y su equipo tuvieron que buscar a los participantes adecuados. No recurrieron a conocidos ni a círculos cercanos, sino que lanzaron un anuncio en la prensa sensacionalista y en portales de noticias. La reacción fue sorprendente: más de un centenar de personas se interesaron en unirse a lo que pensaban que era un viaje de corte alternativo. El director recuerda cómo fue el proceso de selección.
“Pusimos un aviso diciendo que buscábamos a personas de ese perfil. El anuncio salió en Blesk y en Novinky.cz. Respondieron más de 100 personas. De ellas, 60 pasaron a la primera selección. Luego, invitamos a 20 a un casting y, finalmente, seleccionamos a cuatro. Pero solo viajamos con tres, porque a uno de los participantes su esposa le prohibió ir el día antes de la salida”.
Un búsqueda reveladora
La búsqueda no solo arrojó voluntarios, sino que también permitió asomarse al ecosistema de la desinformación en Chequia. El equipo detectó un número abrumador de perfiles falsos que se hacen pasar por ciudadanos comunes para diseminar teorías conspirativas y propaganda prorrusa. Kvapil advierte que estos métodos han evolucionado, pero aún así no resultan imposibles de desenmascarar.
“Cuando buscábamos participantes también lo hacíamos en las redes sociales. Y nos sorprendió la cantidad de perfiles tras los que no había personas reales. Era realmente muy alta. Hoy en día es más difícil de detectar. Antes las cuentas falsas no tenían ni foto de perfil. Ahora están un poco más elaboradas, pero todavía se pueden identificar”.
Tres checos, tres perfiles distintos, una única creencia
El director subraya que los tres protagonistas elegidos son representativos de un perfil mucho más amplio: checos que desconfían del sistema, rechazan a Occidente y ven en Putin un salvador. Cada uno llega a esa visión por caminos distintos, pero lo que los une es una narrativa común que circula en foros, redes y comunidades cerradas. Kvapil detalla el trasfondo de cada participante y reconoce que podrían haber sido fácilmente reemplazados por otros con ideas similares.
“En los tres con los que viajamos es diferente. Uno vive realmente en la burbuja de los conspiranoicos. Es activo en una colonia de huertos familiares (un espacio comunitario donde los vecinos se reúnen y cultivan). Allí se habla de estas cosas. Quizás gracias a esas opiniones logra integrarse mejor en esa comunidad. Con Petra es distinto: ella recibe la información aparentemente de alguien de su entorno. Y Nikola cree que desde los años 90 el país ha sido saqueado, que Chequia es tierra arrasada. En la película dice incluso que Putin es para él el único capaz de frenar la locura liberal de Occidente. Creo que habríamos hecho casi la misma película si en el casting hubiéramos escogido a otras tres personas. Y eso da un poco de miedo”.
"Vivieron la guerra tan de cerca como era posible"
El rodaje los llevó al corazón mismo de la guerra. Desde la base en Járkov viajaron al Donbás y a ciudades devastadas como Izium, donde se hallaron fosas comunes con centenares de civiles torturados. Allí se enfrentaron a testimonios de familias destrozadas y a la constante amenaza de los bombardeos. Kvapil recuerda lo que esperaba que ese contacto directo generara en sus protagonistas.
“Teníamos nuestra base en Járkov, una ciudad a 30 kilómetros del frente. Fuimos al Donbás y también a Izium, que había estado bajo asedio ruso. Uno de los participantes, el criminólogo Petr Pojman, fue quien exhumó allí a las personas enterradas. Los protagonistas pudieron hablar con gente cuyas familias habían muerto bajo bombas rusas. Hubo muchas situaciones así. Incluso durante el rodaje cayó una bomba cerca de nuestro alojamiento. Fuimos al lugar y los protagonistas pudieron verlo y hablar con los vecinos que retiraban los escombros. Es decir, vivieron la guerra tan de cerca como era posible. Al montar el material vi que dentro de ellos había un intenso monólogo, aunque no siempre coincidía con lo que luego decían”.
También para Kvapil, la experiencia resultó transformadora. Haber crecido en un entorno de paz le había hecho pensar que una guerra en Europa era impensable. Pero en Ucrania, a poco más de un día en coche desde Praga, descubrió que esa brutalidad estaba mucho más cerca de lo que imaginaba.
“Yo he vivido siempre en un entorno sin guerra. Durante mucho tiempo pensé que algo así era imposible en Europa. Pero para el rodaje hice un viaje de investigación: me subí al coche y, día y medio después, estaba en Járkov. Paseaba, hacía buen tiempo, la gente jugaba en el parque… y de pronto un cohete se estrelló contra un edificio. Entonces entendí que aquello en lo que había creído toda mi vida no era cierto. A apenas un día y medio de Praga hay un enfrentamiento entre dos mundos. Y el mundo ruso es realmente brutal. Es difícil creerlo si no se ha vivido. Ese miedo instintivo de que en cualquier momento puede pasarte algo… Solo cuando lo experimentas entiendes que existe de verdad. Eso me cambió personalmente. Desde entonces veo que esa fuerza brutal realmente existe. Pero en Occidente, en nuestra comodidad, en nuestra jaula dorada, lo hemos olvidado. Creo que deberíamos despabilarnos cuanto antes”.
Una esperanza que no se apaga
Fruto de esta experiencia, el director llegó a la convicción de que Europa debe estar preparada para lo peor. Si Ucrania cae, dice, la amenaza rusa no se detendrá en sus fronteras actuales.
“Es lo que creo. Y espero que el rearme ya esté sucediendo. Imagínese, de manera hipotética, que Ucrania cayera. ¿Qué ocurriría? Los soldados rusos se desplazarían a Eslovaquia. Allí, probablemente, los recibirían con aguardiente. Y muy rápido ya estarían aquí. De hecho, no hace tanto que los soldados rusos estuvieron en nuestro país. Y Vladímir Putin dice que Rusia termina solo donde un soldado ruso ha pisado alguna vez. Eso vale también para Chequia. Así que no veo razón para pensar que no pueda repetirse”.
Para realizar el documental, el director viajó al frente con un equipo de tamaño considerable, de unas veinte personas. A pesar de que, asegura, las personas locales no están habituadas a recibir equipos tan numerosos, el trabajo se mantuvo bajo control.
“Quise hacerlo con cuidado desde el punto de vista cinematográfico. Porque pienso que el lenguaje de los reportajes y las noticias, incluida la parte visual, funciona de una manera contra la que mucha gente ya es inmune. Llevan años viendo lo mismo y ya no prestan atención. Una película, en cambio, puede contar los horrores de la guerra de forma más sugestiva. Creo que eso funcionó bien. Claro que el rodaje fue muy exigente. No es lo mismo ir con una cámara o dos, que con 20 personas: dos camarógrafos, técnicos de sonido, producción. Por suerte, al final no le pasó nada a nadie”.
Los protagonistas también pudieron filmar
En un momento del documental, los protagonistas se indignan por el sello ucraniano en el pasaporte y en otro cantan el himno soviético o dicen que Putin los salvará de los “males” del sistema político checo actual, mientras a unos metros caen bombas. Ante cada uno de estos eventos, el director se mantiene en silencio, actitud que explica a continuación.
“Desde el principio me propuse no ponerme delante de la cámara. Quería darles espacio en la situación de la guerra. Pensé que era la mejor forma de mostrar ese contraste casi surrealista entre dos mundos. Y creo que esa decisión valió la pena”.
Pero la cámara del Kvapil no es la única que capta imágenes. Antes de viajar, a cada uno de los protagonistas se le entregó una cámara para que ellos mismos documentaran lo que les parecía que valía la pena. El director explica esta decisión.
“Con las cámaras debían filmar los encuentros con la gente o cualquier situación que quisieran registrar. También se grabaron a sí mismos paseando por Járkov, reflexionando y ordenando sus pensamientos. Nos parecía importante ver el mundo con los ojos de personas que lo perciben distinto a nosotros. En la práctica significó que filmamos a los protagonistas mientras ellos filmaban algo. En el corte final de la película complementamos nuestro material con sus grabaciones. Creo que esa combinación da un mensaje aún más fuerte sobre ese lugar”.
¿Un documental que ayuda o suma polarización?
A pesar de la sensibilidad del tema, el periodista de RPI pudo observar que el director soltaba risas durante la proyección y que el público se burlaba de la actitud de los protagonistas. Ante estas escenas, cabe la pregunta de si el documental, en realidad, no incrementa aún más la polarización de las opiniones.
“Hay una ruptura en el filme. Comienza como una road movie divertida, lo cual está bien. Porque la caída en la oscuridad resulta así mucho más fuerte. Además, en Ucrania el humor es fundamental. Las situaciones son tan absurdas que un cierto grado de humor es casi vital para sobrevivir. Si uno las viviera a fondo, sería insoportable. En cuanto a la polarización… aparte del final, que pone los pelos de punta, una de las posibles lecciones es que debemos aprender a usar nuestra energía con sentido. Y discusiones interminables con un grupo de personas que no puede ser convencido no son útiles. En mi opinión no es ninguna vergüenza bloquear en redes sociales o eliminar de amigos a gente así, si eso reduce la toxicidad y limita su alcance. No tiene sentido gastar energía en eso, es mejor guardarla para cosas positivas”.
Luego de tanto esfuerzo y de los resultados de su trabajo, el director opina acerca de si vale la pena o no intentar convencer a gente que está muy segura de su postura, cuando es totalmente opuesta a la propia.
LEA TAMBIÉN
“Creo que más bien deberíamos centrarnos en cómo podremos sobrevivir como sociedad en el futuro. Nos preguntamos cómo discutir con quienes no pueden ser convencidos. Y parte de ellos ni siquiera son personas, sino teléfonos en fábricas de trolls. Claro, podemos entretenernos con eso, pero a Rusia le da igual cómo resolvamos la discusión. Creo que deberíamos fijar otras prioridades”.
Según el realizador, todo trabajo, a fin de cuentas, trata sobre la lucha entre el bien y el mal. En este caso en particular, el de la Guerra en Ucrania, o la guerra de la desinformación, Kvapil cree que el resultado aún no está escrito.
“Difícil de decir. Pero si algo me mostró este rodaje es que un final feliz no llega por sí solo. Hay que luchar por él. Quizás esa sea la respuesta a la pregunta”.









