La trastienda checa de una escenógrafa argentina que hizo historia en la TV

Silvana en el muro de Lennon

Escenógrafa de algunos de los programas más populares de la televisión argentina, Silvana Giustozzi creció muy cerca de Jan y Emilia, sus dos abuelos checos que eran tan unidos como distintos: él hablaba perfectamente castellano y tenía un carácter difícil; ella, en cambio, era encantadora y se expresaba en un español más limitado. Tras la muerte de Jan, Emilia incluso regresó sola a Praga, como si necesitara volver al lugar donde todo había empezado. En esta entrevista, Silvana no solo los recuerda con mucho amor, sino que también habla de su propio viaje a la capital checa en 2017 y descubre, entre recuerdo y recuerdo, que detrás de cada decorado que creó tal vez late también esa herencia cultural enorme que recibió sin saberlo.

Silvana en el país de sus ancestros | Foto: archivo personal

Amigos son los amigos, Grande Pá!, Atreverse, Hola Susana, Good Show, Verano del 98, La Niñera, La Leona, Morfi, todos a la mesa y la lista sigue y sigue y sigue. Todos esos programas de la televisión argentina tienen algo en común, además de su enorme popularidad: contaron con el aporte de Silvana Giustozzi, una mujer con raíces checas, de parte de su madre, que decidió seguir la carrera de escenografía gracias a que su padre la llevó un día a ver una obra de teatro que cambió para siempre su destino.

Y aunque al principio de la charla lamenta no recordar el nombre de esa obra tan importante en su vida, sí se acuerda de lo que fue el gran salto de su profesión cuando, a comienzos de la década del noventa, comenzó a trabajar en Telefe, el canal más visto de Argentina y donde además llegó a coincidir con su padre, Augusto Giustozzi, un prolífico y prestigioso guionista y libretista, más conocido como Gius.

“Era una época en la que se invertía mucho dinero, yo hacía dos de los programas más populares de esa época: Amigos son los amigos y Grande Pá!, además también otro de cocina, así que había mucho trabajo y a través de eso después seguí teniendo programas lindos que me gustaban, no era cualquier cosa lo que me tocaba, era un buen momento, un buen momento. Lo lamentable de esa época todavía para mi profesión es que los decorados se armaban y desarmaban. Entonces, si ves los decorados de esa época, tienen un montón de fallas de armado porque no se llegaba a tiempo. Después de unos años, los decorados ya quedaron fijos: era como entrar a una casa, no te dabas ni cuenta de que era un decorado”.

La arquitecta de la tele

En la Estación Central de Trenes de Praga | Foto: archivo personal

En cuanto a la dinámica de su trabajo, cuenta esta experimentada escenógrafa que, al principio, suele haber una reunión donde se indica más o menos cómo va a ser el programa y luego le facilitan un libreto que le permite ir viendo las características de cada personaje y, por lo tanto, en qué lugar y cómo podrían llegar a vivir.

No obstante, es el propio director del programa el que termina realizando algunos pedidos concretos como, por ejemplo, la inclusión de una ventana en tal esquina de la puesta para facilitar determinadas líneas de la trama.

“Como escenógrafa, yo era la arquitecta del programa: diseñaba la planta del estudio, hacía los desarrollos y dibujaba cada elemento del set, trasto por trasto. Cada pared, cada módulo, todo se proyecta y se detalla uno por uno”.

Silvana conociendo Praga | Foto: archivo personal

Por último, todo ese material se manda a construir al taller y asegura Silvana que su trabajo es bastante impredecible porque decorados que a ella le resultaron muy simples como el que hizo para Amigos son los amigos tuvieron muchísima repercusión, quizás por usar una estructura muy de moda en la industria inmobiliaria de esa época, el loft, mientras que otros trabajos mucho más exigentes en programas igual de exitosos, como fue Verano del 98, pasaron casi desapercibidos.

“Sí, ahí tuvimos que hacer todo un pueblo o pequeña ciudad a la orilla de un río, con todos los frentes y hasta interiores de las casas, y de eso nunca se habló, y eso que era la primera vez que se hacía en la televisión algo así. Se habló más del decorado de Amigos son los amigos, es muy raro eso. Entonces te tiran algunos tips y vas decidiendo, si está el director siempre es lo ideal porque vas a lo seguro”.

Visitando el antiguo cementerio judío | Foto: archivo  personal

Mi familia checa

Aunque Silvana sigue sin recordar el nombre de aquella obra de teatro tan fundamental en su vida, no cree que tenga que ver con el universo checo que, sin embargo, sí estuvo muy presente, sobre todo, en su infancia: cuenta que su abuelo Jan decidió mudarse a Argentina cuando tenía menos de veinte años. Llegó a la provincia de Córdoba, donde ya se había instalado antes un hermano y ahí trabajó como conductor de tranvías, hasta que, un tiempo después, se mudó a Buenos Aires.

“Al pueblo donde yo nací que es José C. Paz y viviendo ahí tuvo que trabajar como electricista de la Compañía Argentina de Electricidad (CADE), una empresa privada de generación y distribución eléctrica que operó principalmente en Buenos Aires durante buena parte del siglo XX. Y de Buenos Aires lo mandaron al sur a hacer tareas de electricidad, pero no a nivel particular sino de empresas o incluso de alumbrado público, eso no me acuerdo. Es más, ahí tuvo una vez un accidente: se le cayó un poste de luz y quedó electrocutado, pero no le pasó nada; y después vuelve al pueblo donde yo nací, donde inauguró como encargado la primera usina de José C. Paz”.

Foto coloreada de sus abuelos Jan Cech y Emilia Bilogánová | Foto: archivo personal

Una vez que logró acceder a una situación estable en la capital argentina, ese abuelo nacido en 1901 le anunció a su esposa, que era cuatro años más joven que él, que ya podía viajar y así fue cómo se reencontraron del otro lado del mundo los abuelos de Silvana, Jan y Emilia, él de Moravia y ella de Praga, aún cuando su integración al nuevo país fue totalmente opuesta.

“Mi abuela fue lo mejor... ¿qué te puedo contar? Ella era ama de casa y era muy gracioso cómo hablaba el castellano porque, claro, se la pasaba en la casa, no estaba en contacto con la gente y hablaba como podía; en cambio, mi abuelo hablaba muy bien el castellano”.

La espera de Praga

Con esa disparidad en su nivel de español y todo, tuvieron cuatro hijos, entre ellos a la madre de Silvana, quien lamenta, por otra parte, que ninguno de ellos aprendiera a hablar checo. Por el contrario, sí agradece la suerte de haber tenido un contacto muy fluido con sus abuelos, y en especial, con su abuela, ya que vivían a solo trescientos metros de distancia.

“Y mirá lo que son las cosas: una de sus hermanas estaba enferma y, a los dos días de que mi abuela llegara, murió. O sea, parecía como si la hubiese esperado, fue muy loco eso”.

“Y la abuela, cuando muere mi abuelo, decide ir a visitar a sus parientes en plena época de la Cortina de Hierro. Creo que tendría unos sesenta años, viajó a Praga para encontrarse con sus hermanas y contaba que todos los días iban a controlarla distintos policías, iban a controlar qué hacía y qué no hacía y si salían a pasear la seguían... terrible fue. Yo aún tengo las fotos de cuando ella fue a Praga, esas fotos clásicas, por ejemplo, en el castillo. Y mirá lo que son las cosas: una de sus hermanas estaba enferma y, a los dos días de que ella llegara, murió. O sea parecía como si la hubiese esperado, fue muy loco eso”.

Aún hoy Silvana conserva un regalo que le hicieron sus tías abuelas durante aquel único regreso a Praga de Emilia: una hermosa muñeca con el típico traje kroj en una impresionante caja de madera.

El patriarca Čech

Su abuelo Jan Cech con sesenta años  (aprox) | Foto: archivo personal

Otro recuerdo curioso que conserva Silvana es que, como en esa época no se les hacía tantas preguntas a la gente mayor, el hecho de que su abuelo hubiera viajado de tan lejos motivó una serie de fantasías que ella, por algún motivo, asociaba a su apellido: Cech, sin el háček que omitieron en el registro argentino.

“Como decían que, por ahí, mi abuelo no tenía padre, entonces yo dije: ‘ah, le habrán puesto Cech como en Argentina, a los chicos que no tenían nombre o que sus padres los habían dejado en un asilo, los llamaban Expósito, que en latín significa ‘expuesto o abandonado’. Entonces, yo pensaba que mi abuelo se llamaba Cech porque era huérfano, pero luego viendo documentos me di cuenta de que él sí tenía a su padre y su madre, todo era imaginación mía”.

La abuela

Su abuela  (en el medio) junto a sus dos hermana en el Castillo de Praga,  año 1965 | Foto: archivo personal

También recuerda Silvana que su abuelo tenía mucho carácter y solía enojarse mucho, especialmente cuando ella y sus seis primos varones iban a jugar al galpón de su casa donde guardaba sus herramientas. De su abuela, por el contrario, recuerda que tenía una energía inagotable y, aún cuando estaba muy grande e incluso enferma, le llevaba a su padre los guiones al canal. De hecho, asegura Silvana que le hubiera encantado heredar el carácter de su abuela checa.

“Como que nada le molestaba: por ejemplo, cuando mi papá se demoraba, me pedía que le dijera a la abuela que, tal vez dentro de veinte minutos podría terminar el libreto. Yo iba y se lo decía a ella, que esperaba sentada a la mesa de la cocina toda emperifollada y vestida; y decía: ‘claro, voy, voy, yo espero’, y eso pasó mil veces. No sé, tomaba agua de pozo y ni se mosqueaba, un personaje total, era divina. Y ya te digo: se subió en 1965 a un avión y se fue a Checoslovaquia sola sin ningún problema”.

La confirmación de Praga

“Yo me acuerdo de que mi abuela siempre me contaba cómo era Praga y cuando llegué me di cuenta de que me la había imaginado tal cual: una maravilla”.

Lamentablemente, de los cuatro hijos que habían tenido sus abuelos, la más joven de sus tías, que era la que más al tanto estaba de las raíces checas y hasta mantenía contacto con sus parientes checos, murió prematuramente por lo que perdieron toda esa información y vínculo con su familia checa. Sin embargo, en el año 2017 cuando con su pareja decidieron viajar por primera vez a Europa, y él le pidió pasar sí o sí por París, Silvana se prometió que por fin conocería la ciudad natal de su abuela.

“Yo me acuerdo de que mi abuela siempre me contaba cómo era Praga y cuando llegué me di cuenta de que me la había imaginado tal cual: una maravilla. Mi abuelo no contaba nada, pero mi abuela sí, y entonces sentí algo así como: ‘wow, era esto, era esto’, y me dio mucha pena que no se enterara de que finalmente yo había podido viajar allá. Me encantó, me encantó”.

Kuře na paprice | Foto: Patrik Rozehnal,  Český rozhlas

Agrega Silvana que, en pleno centro de Praga rememoró también la gran cantidad de platos checos que le preparaba su abuela Emilia cuando ella era chica, sobre todo el que considera el mejor guláš del mundo, pero también Pollo guisado con paprika y crema (Kuře na paprice), knedlíky rellenos de ciruelas que, de niña, le alegraban el día y hasta algunos dulces irresistibles como Buchty. Esos recuerdos le dieron tanta nostalgia y, sobre todo, hambre que decidió comprar ahí mismo un libro de recetas checas típicas en castellano. Así que, desde entonces, empezó a preparar ella misma muchos de esos platos. Tan particulares suelen ser los mecanismos de la memoria que ese mismo delicioso recuerdo la lleva a Silvana a acordarse también del nombre de aquella obra de teatro tan importante de su vida.

“Era Hello Dolly! obra de la cual mi papá había hecho el libro en castellano, lo había pasado al castellano. Fue una adaptación del sesenta y pico, y eso me dio un plan: yo quiero ser escenógrafa. Así que, a partir de ahí la cabeza estaba metida en eso y así llegué al canal argentino Telefé”.

Aunque parezca increíble, ese famoso musical mantiene un vínculo inesperadamente fuerte con el universo checo. En 1965, durante su visita a Praga, Louis Armstrong interpretó su histórica versión de Hello, Dolly!, canción que un año antes había desplazado a los Beatles de la cima del ranking, abriendo así una inesperada ventana cultural en plena Checoslovaquia comunista. Décadas después, la actriz y cantante Laďka Kozderková, nacida en Brno, contribuyó a que la adaptación checa del musical en el Hudební divadlo Karlín se convirtiera en un acontecimiento teatral tan poderoso que despertó elogios incluso en círculos internacionales. Es precisamente en ese potente entramado que Silvana Giustozzi descubrió su vocación al ver una puesta argentina de Hello, Dolly! sin imaginar que, detrás de esa obra, late una profunda tradición checa que remite a su propia identidad.

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