Elena sabe: la argentina descendiente de checos que logró honrar el gran sueño de su padre
Luego de dejar Checoslovaquia a los 14 años, Josef Jakeš tuvo una vida muy dura en Argentina, marcada por el maltrato familiar y hasta el hambre. Sin embargo, logró salir adelante y formar una familia, aunque nunca pudo cumplir el sueño de regresar a su patria. En esta entrevista, Elena Jakes, la hija de ese hombre, comparte la conmovedora historia de cómo ella decidió honrar ese sueño, gracias también a unos ángeles checos que se cruzaron en su camino.
El poeta Walt Whitman decía, en uno de sus célebres poemas, “Yo contengo multitudes”. Y si no multitudes, al menos dos culturas parecen condensarse en la identidad de personas como Elena: argentina, sí, pero también descendiente de checos. En ella conviven historias, lenguas, paisajes y memorias que cruzan, sin necesidad de documentos, el océano. Pero como de algún lado hay que agarrarse, dejemos que sea ella misma quien se presente.
“Soy chaqueña, nacida en un pueblo que se llama Enrique Urién, un pueblo chiquito que tuvo bastante auge en su momento, pero se vino abajo con el tema de la forestal y recién ahora empezó a resurgir. Pero cuando tenía 11 años fui a la provincia argentina de Santa Fé, a Reconquista, donde terminé de crecer: ahí me casé, tengo mis hijos y mi familia. Y mi papá se fue de acá, de Checoslovaquia cuando tenía 14 años, mis abuelos se habían ido primero y se instalaron en la provincia de Chaco, en Presidencia Roque Sáenz Peña”.
Una vida dura
“Mi tía a veces robaba pedazos de pan para que mi papá comiera a escondidas porque mi abuelo era muy malo”.
Elena Jakes
Luego de varias complicaciones y arduas búsquedas, Elena logró encontrar el certificado de nacimiento y bautismo de su padre. Lo tenía, junto a los pasaportes que por el momento no pudo recuperar, una tía que ya falleció. Y también descubrió que, cuando sus abuelos viajaron a Argentina, su padre se quedó en Checoslovaquia con dos hermanos y un tío con los que terminarían viajando en 1936. Dice Elena que tuvo que descubrir todo eso porque, tal como suele suceder en esos casos, a su padre no le gustaba hablar mucho del país que había dejado.
“Más en las circunstancias en las que él lo dejó. Porque si vos te vas por mejoras laborales, para estar mejor o algo así, la verdad que es otra cosa, te vas por tu voluntad. En cambio, él se fue cuando tenía 14 años porque estaba en un convento con sus dos hermanos y un tío que se hizo cargo de ellos y luego los pudo llevar. Y cuando mi papá llegó a Argentina, tuvo una vida muy fea, porque mi abuelo tenía campo, que era de la época en que Perón daba tierras. Mi abuelo tenía esa tierra que sembraba, pero lo explotaba a mi papá, al hermano de mi papá que fue también con él y a mi tía. A veces no les daba de comer, los hacía trabajar en el campo, es... muy fuerte. Mi tía, que estaba en la casa, a veces les robaba pedazos de pan a mi abuela y a mi abuelo para que mi papá comiera a escondidas porque mi abuelo era muy malo, yo no sé si producto de haber estado en una guerra o qué, pero era malo”.
En uno de esos intentos desesperados por robar pan para sus hermanos, la tía de Elena fue descubierta por su padre. Como tenía toda la intención de pegarle, ella salió corriendo. Lo que siguió fue una persecución casi de película: su padre incluso la siguió a caballo por el campo. Finalmente, logró esconderse y llegó a la casa de unos vecinos. Por una de esas coincidencias que parecen escritas por el destino, la mujer que le abrió la puerta era también checa.
“Le contó lo que pasaba y dice que ella la resguardó. Y al rato llegó mi abuelo preguntando si ahí no había llegado su hija. Y la señora le dijo que no, que no había aparecido nadie. Pero, mentira, la escondió. Y nos contaba la tía que cuando ella se fue tenía harapos, no tenía ropa; entonces ella le hizo ropa, la bañaba, le lavaba la cabeza. Todo para que ella estuviera bien. Y, prácticamente, la crió. Y esta señora tenía un hijo. Y, bueno, después mi tía se casó con ese hijo también checo”.
Cuenta Elena que, recién varios años después de casarse, su tía pudo volver cuando su abuelo ya estaba mucho más viejo. Su padre también dejó, de muy joven, esa casa con poco de hogar, por lo que sus abuelos se quedaron solo con los hijos que tuvieron en Argentina, a los que, en su opinión, sí los trataba bien. Al salir de ahí, su padre trabajó un tiempo en una chacra en Villa Ángela, la tercera ciudad más poblada de la provincia argentina de Chaco. Ahí se casó con su mamá, que venía de la provincia de Corrientes. Sin embargo, la complicada historia familiar que cuenta Elena sucedió en Presidencia Roque Sáenz Peña, la segunda ciudad más poblada de Chaco, lugar en el que estuvo viviendo de chica un año, justamente en la casa de su tía, que hablaba checo con sus hijos. De aquella época se le quedaron grabadas algunas palabras como “voda” (“agua”).
Relatos de Praga
Afirma Elena que tanto les hablaba su papá de la belleza de Praga que durante mucho tiempo pensaron que había nacido ahí. Sin embargo, al encontrar esos papeles de su nacimiento, empezaron a sospechar que su padre no era de la actual capital checa, sino de Vsetín, una ciudad que aparecía bastante destacada en esos documentos escritos íntegramente en checo.
“Siempre él nos contaba cosas de Praga y nos mostraba haciéndonos dibujos porque nosotros vivíamos en el campo y, en el campo, no había tampoco en esa época televisión, ni nada, así que nos hacía dibujos de cómo era Praga. Y, después, con estos papeles nos dimos cuenta de que él no nació en Praga y pensamos que había nacido en Vsetín. Por eso yo decidí ir a Vsetín para buscar algo de él”.
Un ángel en el camino
Nacido en 1922, su papá Josef está enterrado en Reconquista, donde falleció a los 57 años. Y aunque no solía hablar mucho de cómo era su vida en su país natal siempre decía que soñaba con regresar algún día. Sin embargo, nunca pudo cumplir ese deseo por motivos económicos. De algún modo, Elena tomó el relevo de aquel sueño incumplido y, luego de jubilarse y ahorrar poco a poco dinero, un día se animó a emprender la enorme aventura de conocer, finalmente, el país de su padre. Luego de pasar dos días muy intensos recorriendo Praga reservó un hotel en Vsetín. Sin embargo, en el mismo viaje en tren a ese sitio, y gracias a una persona que se encontró en el tren y la ayudó a hacer los transbordos debido a que había cortes en el camino, se dio cuenta de que su padre tampoco había nacido ahí.
“Yo digo: Dios me puso gente en el camino, que me ayudaron. Y, justamente, se sentó un señor al lado mío. Yo venía escuchando y mirando folclore, porque me gusta y lo bailo, y el empezó a mirar. Y, después, me quiso hablar en checo, pero yo no entendía nada. Entonces, le puse en el traductor que solo hablaba español. Él sacó también su teléfono y empezamos a conversar con el traductor: le conté a qué estaba yendo a Vsetín y esteseñor me dice que él también iba a ese lugar porque vivía allí. Y me preguntó si tenía los papeles, si los podía ver. Se los mostré y ahí me dijo que no, que mi papá nació, en realidad, en Velké Karlovice”.
Velké Karlovice es una localidad rural que está dentro del distrito de Vsetín. Aquel señor le dijo que, justo al día siguiente, tenía turno con un médico en ese lugar y, por lo tanto, podía acompañarla a buscar información de su papá. A ella le dio mucha alegría, pero también un poco de miedo por tratarse de un desconocido: pero luego de hacerle preguntas sobre su familia y enterarse de que tenía en Canadá una hija que hablaba español se tranquilizó un poco porque además le veía, como ella misma dice, cara de buena persona. En definitiva, quedaron en que pasaría a buscarla a las nueve de la mañana del día siguiente por el hotel.
“Fuimos primero ahí en Velké Karlovice al cementerio donde vi tres tumbas con mi apellido y ahí nomás estaba la capilla. Entramos, pedí permiso para filmarla y fue muy fuerte para mí porque en esa capilla se bautizó mi papá. De ahí es ese papel que contaba. Y quise dejar algo escrito y como no tenían libro de visita ni nada, la chica que estaba ahí me dio un papel y yo escribí sobre ese papel algo que me había dado también mi hermana y yo le agregué mi parte, algo sobre lo que pensábamos de lo que es esta tierra (ver en el video de esta nota). Y ella me dijo después, siempre gracias al traductor, que va a comprar un libro y que va a pegar ahí lo que escribí. Después nos dieron los datos de la oficina de registro y ahí este señor empezó a buscar y encontró el registro de mi papá”.
De la oficina de registros, Elena logró obtener una fotocopia del acta de nacimiento de su padre y algunas pistas sobre la zona donde podría haber estado ubicada su casa. Guiándose con Google y con la ayuda de vecinos que se fueron sumando a la búsqueda, llegaron a un lugar: una antigua construcción de madera que, posiblemente, era la indicada. Sin embargo, no puede tener la certeza, ya que se trata de una zona muy rural donde la numeración no es precisa.
“Le agradecí tanto a este señor. Los invité a él y a su señora, si es que alguna vez vuelven a Argentina, porque él dice que ya estuvieron ahí, en Mar del Plata. Y yo le dije que si se animan a ir hasta mi casa, será bienvenido. Para devolverle algo de todo lo que hizo”.
Elena asevera que esa ayuda desinteresada le recordó la famosa bondad que suele atribuirse a los pueblos del interior de Argentina, y a esas personas tan “gauchas”, palabra que se usa para describir la solidaridad genuina de la gente. Una categoría en la que, de hecho, ella también incluye a su padre.
Un papá presente incluso ausente
Asegura Elena que su padre era una persona muy bondadosa y recta, a tal punto que ella lo tomó como ejemplo y, hasta el día de hoy, la sigue guiando. Por eso mismo es tan significativo para esta argentina descendiente de checos haber podido realizar semejante viaje, motivado también por la decisión de vida que tomó hace poco una de sus hijas.
“Cuando veníamos en el avión y se empezaba a visualizar Praga, muy dentro mío, yo le dije a mi papá: ‘estoy cumpliendo lo que vos querías hacer’.
Elena Jakes
“Mi papá fue siempre un papá presente, tal es así que, cuando me toca un desafío, yo suelo pensar algo que él siempre decía: ‘nunca hay que decir no puedo, siempre hay que decir que lo voy a intentar’. Y me decidí a venir porque tengo una hija que hace un año se mudó a Italia. Entonces decidí visitar a mi hija y, de ahí, venir a Praga a conocer, a recorrer los lugares que mi papá siempre nos contaba. Y muchos me decían, pero ¿no te da miedo? Cuando viajé de Ezeiza a Roma y de Roma a Génova, en el avión, me preguntaban: ¿no tiene miedo, señora, así solita? Y no, digo yo, no tengo miedo. Me encomiendo a Dios y no tengo miedo. Y cuando vine acá a Praga, me decían, pero ¿cómo se anima a venir sola, sin saber hablar checo?”
Elena ya está jubilada, pero durante años trabajó como profesora de ciencias económicas en un colegio secundario. Actualmente participa en dos grupos de danza folclórica. Aunque transmite una imagen de fortaleza y determinación, confiesa que, a sus recién cumplidos setenta años, no cree que tenga muchas más oportunidades de hacer un viaje como este. Por eso, está profundamente feliz de haberse animado, a pesar de todos los obstáculos.
“Pensaba en mi papá. Es más: cuando veníamos en el avión y se empezaba a visualizar Praga, muy dentro mío, yo le dije a mi papá: ‘estoy cumpliendo lo que vos querías hacer. En mí, que se cumpla lo que vos querías’. Es como que hablé con mi papá, porque yo sé que él quería volver: no sé si volver a vivir, pero sí volver a recorrer lo suyo. Entonces, mientras recorría, tenía presente a mi papá. Para mí recorrer fue muy fuerte: ir a la capilla donde fue bautizado, quería filmar y quería hablar y no me salía, porque la emoción es muy fuerte, es muy fuerte”.
Desde el feliz y nada cruel mes de abril, Elena pasó en total tres meses en Europa. Luego de su aventura en Chequia, se fue a ver a su hija a Italia y regresó a Argentina hace apenas unas semanas. Sin embargo, la alegría de haber honrado y cumplido el sueño de su padre es tan fuerte que siente que la que volvió es, en algún punto, una persona distinta.








