Emilio Morenatti: “Lo que más me conmovió de Praga fue la defensa de los medios de comunicación, ¡qué cosa más preciosa!”
Invitado como jurado al certamen anual de Czech Press Photo, la primera visita a Praga del prestigioso fotoperiodista español coincidió con la multitudinaria protesta en defensa de los medios públicos, que cubrió por “defecto profesional”. En esta entrevista exclusiva, Morenatti ofrece una notable reflexión sobre lo que él llama el borreguismo del turismo masivo y sobre el fracaso periodístico de la guerra de Ucrania; además, revela cómo logró sustraerse a la presión de haber ganado dos premios Pulitzer y seguir adelante tras perder una pierna en Afganistán.
Lo primero que pensó el prestigioso fotoperiodista Emilio Morenatti cuando lo invitaron a Praga para integrar el jurado de la 32.ª edición del certamen anual Czech Press Photo fue que, por suerte, no lo habían pillado en medio de algún fregado, que es donde suele pasar buena parte de su tiempo.
Además, pudo inaugurar en la sede de la institución una muestra titulada Testimonio, que reúne algunos de sus trabajos más impactantes cubriendo, por ejemplo, la violencia de género en Pakistán, los bombardeos israelíes en el sur del Líbano o la erupción volcánica en la isla canaria de La Palma. Por otro lado, agradece a la diplomacia española en Chequia y, en especial, a la embajadora María Pérez Sánchez-Laulhé la posibilidad de compartir charlas maravillosas y de mirar la ciudad de Praga con mucha más profundidad, un poco a través de sus ojos.
La fotogenia de Praga y sus admiradores masivos
Cuenta Emilio que la primera impresión que le causó Praga fue la de una ciudad muy fotogénica e histórica, con una afluencia turística, en su opinión, exagerada y comparable a la de Barcelona, de donde él viene.
“Uno primero observa, intenta perfilar la mirada con una toma que esté bien compuesta para luego poder evocar ese momento a otras personas. Y eso es lo que escasea en los tiempos que vivimos actualmente”.
“Lo que me llama la atención del turista masivo es que cae en una especie de borreguismo muy interesante, ¿no? Y es que, bueno, pues en el puente, este puente que conecta el castillo con el casco viejo, hay una serie de placas ahí donde la gente coloca las manos y pide un deseo, y había colas interminables para hacer eso, donde la gente estaba esperando pacientemente para poner su mano en una placa, y me interesaba ese momento y preguntaba a la gente qué significa eso para ellos, y muchos de ellos me decían, no lo sé, pero como lo hacen, pues yo creo que es interesante hacerlo. Esa parte es un poco lo que yo llamo el borreguismo, el hacer lo que hacen otras personas, comen donde hay gente, ponen las manos donde otros la ponen y fotografían lo que otros fotografían. En lugar de salirse de ese redil y ser más observador y más crítico con lo que ves. Una de las cosas que pensé es que me gustaría poder entrevistar a la gente que sale de Praga después de haber estado tres, cuatro días ahí, y consultarles qué han aprendido, y de verdad, hacer un estudio sobre lo que la gente aprende, porque a mí lo que realmente me fascina de todo esto es saber qué es lo que la gente aprende de un lugar como Praga con una historia tan tremenda detrás”.
Agrega que a él siempre le interesó poder ver en primera persona la Primavera de Praga y a raíz de esta primera visita a la capital checa, comenzó a preguntarse si todos esos turistas son conscientes de que un evento de esa magnitud sucedió en esas mismas calles. En su opinión, la misión del fotógrafo es saber mirar, y eso mismo lo lleva a percibir esas acciones casi autómatas que muchos turistas realizan. Por ejemplo, cuenta que en el Castillo de Praga vio algo que notó también en la Sagrada Familia: la obsesión de muchas personas por retratar el techo sin tomar en cuenta que muchas veces el mosaico que pisan puede ser incluso más interesante.
“Si pusieras un escalón en estos lugares donde hay un techo muy alto, todos se caerían porque van con sus móviles ya fotografiando el techo, y quieren ser los primeros en fotografiar esas alzadas y esas columnas altas, pero en realidad no están mirando a un alrededor, están mirándolo todo a través del móvil y esta parte a mí me parece un poco que dice mucho de nuestra sociedad”.
Para Emilio el culpable de semejante mal no es ninguna persona en concreto, sino el apresuramiento con que se pretende tildar la mayor cantidad posible de lugares en tiempo récord.
“O sea, esta velocidad es la que yo he visto en los lugares donde realmente hay todas estas personas que lo que quieren es un recuerdo o hacer un vídeo para no sé quién. Creo que probablemente no sean capaces de mostrar todo lo que están haciendo porque es infumable, además. O sea, ¿quién se ve todas esas miles de fotografías? ¿A quién se las enseñas? Ni siquiera para ti valen. Porque en realidad no estás fotografiando un recuerdo que quieres conservar, estás fotografiando una acumulación de cosas que ninguna de ellas te va a servir absolutamente para nada porque ninguna te va a evocar un pensamiento. Simplemente es una captura de una visión, de una realidad que en ese momento estás viendo que no te va a aportar nada cuando la vayas a mirar. Y eso es lo contrario de lo que es una buena observación. Uno primero observa, intenta perfilar esa mirada con una toma que esté bien compuesta para luego poder evocar no solamente a ti, sino a otras personas para que puedan disfrutar de ese momento. Y eso es lo que escasea de alguna manera en los tiempos que vivimos actualmente”.
¡Saquen sus manos de los medios!
Más allá de esta reflexión tan ajustada a los tiempos que corren, él mismo reconoce que durante esta primera visita a Praga se llevó una sorpresa aún más grande que la del turismo.
“Lo que realmente me sorprendió, y esto es un defecto profesional que tengo, es que estuve con la protesta que hubo en el Parlamento en defensa de la radio y de la televisión pública, coincidió que esa gran protesta que duró casi toda la noche del viernes fue algo muy visual y ahí pude ver una serie de perfiles que protestaban por algo que a mí me conmovió: la defensa de un medio de comunicación, ¡qué cosa más preciosa! O sea, los medios languidecen por una parte y resaltan por otra con los auges de la derecha y a mí me pareció un fenómeno muy interesante y un movimiento muy digno de admiración porque eran miles de jóvenes que estaban clamando por una defensa de esa radio y televisión pública. Al final empleé varias horas ahí y estuve intentando informarme también un poco y tomé unas fotos porque era una especie de revolución muy interesante justo en el centro de Praga donde yo creo que era el único extranjero que estaba fotografiando esa escena y eso sí me interesaba”.
Emilio incluso se tomó el tiempo de hablar con un grupo de jóvenes que lo estuvieron interiorizando un poco sobre el trasfondo político del país y asegura que haber formado parte de esa manifestación lo conmovió profundamente.
Con ustedes… el Puli
Considerado una de las figuras más destacadas del fotoperiodismo actual, Emilio ha cubierto una gran cantidad de guerras, crisis humanitarias, pandemias y hasta desastres naturales, lo cual le valió nada menos que dos premios Pulitzer, un enorme reconocimiento que, muchas veces, puede volverse también un arma de doble filo.
“Cuando perdí la pierna quedé en una especie de limbo mental sin saber si iba a ser capaz de volver a ser la persona que era”.
“Yo vengo de una cultura de intentar reírme de todo, de las cosas malas y de las buenas. Y me hace mucha gracia que mis amigos me empezaron a llamar el Puli, y yo les decía: ‘Oye, no me digas el Puli que parece el nombre de un torero’. Y esa es la parte graciosa, yo le intento sacar un poco de seriedad y solemnidad a un premio de ese calibre. Pero sí es cierto que leí sobre otros ganadores del Pulitzer que sufrieron consecuencias atroces por la popularidad en exceso, como por ejemplo Kevin Carter que concretamente terminó suicidándose. Y otras personas que ya nunca han podido volver a ser esas personas que eran. Me refiero sobre todo a la intuición que un fotógrafo tiene y a que un fotoperiodista lo que pretende hacer es trabajar sin presión. Porque en el momento que uno tiene cierta presión empieza a descartar: esto no es lo suficientemente bueno, esta foto hay que mejorarla. Y esa presión es la que te hace perder el contacto con la realidad”.
Emilio logra sustraerse de esa presión pensando en fotografiar para sus hijos, empleando un lenguaje universal que pueda entender todo el mundo. También afirma que lo ayuda venir de una familia muy modesta y haber desarrollado sus primeras armas periodísticas en El Guadalete, un pequeño periódico local de Jerez de la Frontera, donde se hacía todo a pulmón. Esos antecedentes lo hacen vivir convencido de que, en cada foto, debe empezar siempre de cero.
“No parto de que ya tengo una parte de la fotografía hecha. Y eso significa concentración y utilizar la experiencia y el background de una persona con muchos años en el terreno para posicionarse bien, disparar en el momento y marcharte cuando te tienes que marchar. Entonces, no ha cambiado absolutamente nada excepto en momentos muy puntuales en los que uno no puede atender su trabajo por tener que ir a recoger ciertos premios que me alejan de hacer lo que más me gusta hacer, que es básicamente mi trabajo de calle”.
De cojo a cojo
Otro momento bisagra en la carrera de este destacado fotógrafo sucedió en el año 2009, cuando durante una cobertura periodística en Afganistán perdió una pierna.
“Cuando pierdo la pierna me quedo en una especie de limbo mental en el que no sé si voy a ser capaz de volver a ser la persona que era. Y eso, además, me ocurre en un momento en el que me nombraron por segunda vez consecutiva el mejor fotógrafo del año en los Estados Unidos, en 2009. Una distinción fue la de Pictures of the Year International (POYi) y la otra la de la National Press Photographers Association (NPPA). Y ahí estaba, en una especie de cresta de la ola, en el que me sentí como... qué lástima que ahora que tengo un reconocimiento tan importante me voy a quedar aquí de editor y no voy a ser capaz de colocarme la cámara y caminar al mismo tiempo por temor a una caída con la prótesis, cómo va a funcionar todo esto, etc. Y me acuerdo de que recibí una ayuda excepcional de otros amputados, unos soldados heridos en la guerra de Vietnam y que ya veteranos me contaban que, bueno, que la amputación está en tu pierna y no en la cabeza. Y aquello era un poco como intentar perfilar y rehacerte para afinar ciertas cosas. Y esto creo que es muy importante: yo intento transmitir a mis alumnos que lo más importante de la fotografía es saber qué tienes en tu cabeza y qué quieres, qué estás persiguiendo, qué estás buscando. En esa búsqueda tienes que tener un hilo muy fino sobre a dónde vas a ir a buscar y qué tipo de imágenes tienes ya preestablecidas para luego obtener algo que se asemeja a lo que tú tenías antes y habías pensado”.
Una de las revelaciones que tuvo Emilio en ese momento fue que su pérdida le permitiría derribar barreras y hablar con quienes también hubieran sufrido una amputación, tal como él mismo dice, “de cojo a cojo”. De hecho esa misma empatía lo fue llevando a buscar cada vez más perfiles de personas vulnerables y heridas, por ejemplo en el marco de la primavera árabe. Lo mismo cuenta que le sucedió en la pandemia: su propia amputación le permitió entablar un vínculo mucho más profundo con las víctimas. Ahora bien, ¿qué significa exactamente que la amputación esté en la pierna y no en la cabeza?
“Significa que si yo no tengo piernas y me quiero arrastrar a algún lugar, voy a utilizar el mejor medio para hacerlo. Puedo utilizar un patinete o una silla de ruedas, puedo arrastrarme o puedo utilizar cualquier cosa con la que mi cabeza me ayude a llegar hasta allá. Pero por ponerte un ejemplo, mi madre tiene Alzheimer y a ella ya no le funciona bien la cabeza, como tantas personas que pierden o tienen Alzheimer, ella no se puede desplazar prácticamente porque ya no confía en sus piernas y en cambio tiene sus dos piernas perfectamente. Entonces, cuando te abandona la cabeza, cuando la cabeza realmente ya no es el motor y el control de tu cuerpo, a partir de ahí ya no puedes, no eres dueño de tus movimientos. En cambio, si te falta un miembro y eres medianamente astuto, puedes calcular cómo llegar a los sitios y cómo llegar a estos lugares sin desgastarte, que es lo que básicamente hago yo. Yo hoy mismo voy a cubrir una manifestación donde va a haber que correr mucho, y voy a ir en un patinete eléctrico y desde ahí voy a hacer mis fotos. O sea, es esta fórmula en la que mi amputación no está en mi cabeza y es la que me permite pensar cómo voy a acercarme a ese lugar, cómo voy a aguantar en el terreno, cómo voy a sufrir. De alguna forma, eso que es tan jodido algunas veces, que es no tener pierna, ayudado por una prótesis que te produce heridas, que te cansa más, que te limita de alguna manera, pero que tú reemplazas todo eso con inteligencia”.
Grados de violencia
Emilio se encargó de monitorear el trabajo de algunos de sus colegas durante el reciente accidente ferroviario ocurrido en España y, a partir de esa experiencia, vuelve a emerger una cuestión recurrente en el fotoperiodismo: cuáles son los límites de violencia explícita que una imagen puede o debe mostrar.
“Yo no me impongo ninguna restricción cuando hago las fotos, pero sí cuando las estoy editando y decido enviarlas al cable y pienso que qué impacto va a tener esa imagen si merece la pena, hay veces, mandar tanta, pues no sé, tanta carraza, tanta sangre o el preferible que haya imágenes que no sean tan explícitamente duras para que se entienda mejor la historia, ¿no? Porque llegue a más personas, teniendo en cuenta que muchas de las imágenes que son extremadamente duras no ven la luz porque son eso, o sea, hay una censura muy grande en muchos países que limitan el acceso a esas imágenes”.
En esos casos, recomienda seguir informando desde el lugar de los hechos, pero dirigir la cámara hacia escenas igualmente elocuentes aunque menos explícitas, o incluso apoyarse en otros elementos del entorno que ayuden a suscitar la reflexión. Quizás sea en esos momentos cuando más se pone a prueba la búsqueda artística como herramienta para acercar al público realidades que suelen pasar inadvertidas.
“Pues, no sé, hay un niño durmiendo con una mosquitera encima que hace un efecto artístico muy potente y el niño está durmiendo ahí en ese momento plácidamente en medio de un bombardeo en un campo de refugiados porque sus padres han estado varios días caminando para llegar ahí y esa foto, que es una foto de un conflicto olvidado, de desplazados internos en Pakistán... la historia no tenía ningún recorrido, pero esa foto funciona por sí misma al punto de que el que la ve quiere saber más porque le ha producido un gancho visual y al final esa persona termina averiguando que hay un conflicto de desplazados y al final quizás sabe un poco más y se queda, aunque sea, con el titular, de que, bueno, de que hay un drama ahí detrás, ¿no?”
Un fracaso periodístico
Una de esas realidades que él mismo contribuyó a acercar al público fue nada menos que la invasión rusa de Ucrania. Emilio estuvo entre los primeros fotoperiodistas en cubrir, a comienzos de 2022, un conflicto que se prolongó mucho más de lo que muchos imaginaban y que, lamentablemente, aún no ha concluido.
“A mí eso me llega a modo de fracaso, ¿no? Un fracaso periodístico...a pesar de ser el conflicto más fotografiado en la historia contemporánea, después del conflicto israelí-palestino no hemos conseguido llegar donde tenemos que llegar con nuestras imágenes, cosa que me parece un fracaso estrepitoso por no conseguir ese objetivo y luego un fracaso político descomunal, el no poder parar una invasión en la que mueren miles y miles de personas. Es la sensación, es una frustración muy grande porque me acuerdo de todas esas víctimas que yo he fotografiado que pagaron un precio altísimo y que actualmente no han conseguido saber por qué. O sea, toda esa desgracia y daños tremendos que no están saldados, que siguen ahí porque es como exactamente el primer día o peor. Yo recuerdo haber pensando durante esos primeros días de invasión que la guerra duraría cierto tiempo por la injusticia que está presenciando... pues, van a venir los organismos internacionales gracias a los que estamos aquí también contando todo esto y va a haber una conmoción y entonces... pero no ha servido nada más que para darle más alas al invasor, y más impunidad también”.
La mejor fotografía
Entre tantas tomas que intentan mirar de frente el rostro de la crueldad humana, Emilio asegura que si tuviera que quedarse con solo una foto de su obra, elegiría una completamente distinta.
“Yo tengo una foto del nacimiento de mi hija Gala, que fue una nena muy esperada y la esperé con mucha impaciencia que naciera. Y muestra un nacimiento de parto natural en una piscina donde mi mujer Marta da a luz, a base de un gran esfuerzo y finalmente ella consigue sacarla y ponérsela encima. Y hay un momento ahí de expiración, de felicidad por parte de su madre, que es muy visible en esa imagen, y en el que Gala, que es un bebé recién nacido todavía con el cordón, está sobre su pecho y deja de caer, ¿no? Y Marta está en un momento ya de liberación, casi de alegría. Y para mí esa es un poco, o sea, esa fotografía simboliza mucho, simboliza la vida que algunas veces no consigo capturar porque ha habido mucha muerte a lo largo de mi carrera y simboliza todo lo contrario: la vida, el amor, el alivio, la suerte que tenemos los que vivimos en los sitios donde podemos hacer este tipo de cosas y, por lo tanto, la tengo un poco como mi mejor fotografía, sin duda”.








