“Desde muy chica, algo me decía que lo mío iba a ser Latinoamérica”
Zuzana Erdösová intuyó muy temprano la pasión que la llevaría a vivir quince años en México, donde el contacto con distintas comunidades indígenas transformó su visión del mundo. En esta entrevista, la autora del exitoso libro Cartas desde México habla de su amor por Latinoamérica, pero también de las razones que la trajeron de regreso a Chequia.
Un nombre y un apellido pueden ser mucho más que una simple identificación; a veces, marcan el destino de quien los lleva. Así ocurre con Zuzana Erdösová, una checa todoterreno que desplegó su talento como antropóloga, escritora, traductora, cantante y profesora, y cuyo apellido, en efecto, resuena de un modo especial en su propio país.
“Creo que mi apellido me ha marcado desde pequeña para lo que sería después: encontrarme en todos los aspectos de mi vida con la diferencia, con la alteridad. Porque mi apellido viene de Hungría, ¿sí? Entonces, yo me llamo Erdős, es la variante original. Y, desde chiquita, he tenido que explicar a la gente cómo se escribe, cómo se pronuncia, qué es donde viene, etc. O sea, ya es el primer choque, es que soy diferente. Somos los únicos Erdős de toda la República Checa”.
Esa misma sensación de alteridad fue tomando un cauce muy fuerte en su vida, tal como demuestra, por ejemplo, su manejo perfecto del español y el hecho de que desde muy chica comenzara a interesarse en la cultura latinoamericana, en especial la de México, país donde terminaría viviendo muchos años. Y aunque a veces esas inclinaciones tan fuertes quizás no son fáciles de explicar, ella asegura que sí está en condiciones de hacerlo.
“Te voy a dar una respuesta muy extraña, al menos para algunos: yo simplemente sabía. Algo en mí que decía: va a ser eso, va a ser Latinoamérica, va a ser específicamente México y también Perú, que son mis dos áreas enamoradas dentro de Latinoamérica. Y algo en mí simplemente sabía. Era como recordar algo que yo tenía que hacer. O sea, no lo voy a tratar de explicar mediante ninguna ideología, religión, nada, pero era un saber. Entonces, como a mis doce años, más o menos, yo sabía que tenía que hablar español. ¿Por qué? O sea, eso era en los años 90, ya casi 2000, cuando el español aún no estaba en boga. O sea, hoy en día es algo muy diferente. Entonces, ¿por qué el español? ¿Por qué no el alemán que estaba ahí en el mercado? Y yo sabía que era el español. Y no abundaban maestros de ese idioma. Entonces, yo le dije a mi madre: consígueme, por favor, una maestra, un maestro de español. Y resulta que, al día siguiente, mi madre se topó con una maestra, que hasta la fecha de hoy es una de mis mejores amigas. Y ella me introdujo en el español como lengua y me dio unas bases sólidas y me hizo estar preparada cuando luego entré en filología: hice una licenciatura, una maestría y dos doctorados. Y, a la par que me fascinaba la lengua, me fascinaban también las culturas. No tanto la española, aunque la respeto mucho por todo, pero realmente mi pasión está en lo mexicano, en lo precolombino, y también lo peruano, lo incaico, o sea, lo precolombino”.
Imaginando México
Recuerda Zuzana que, al leer distintos libros sobre esos temas, no solo le resultaban fascinantes, sino que además algo en ella resonaba. El mundo, en aquel entonces, era bastante distinto: no se viajaba con tanta frecuencia en avión y no existía internet, por lo que la imaginación tenía quizás una influencia mayor. Por eso mismo asegura Zuzana que al viajar en los años 2000 por primera vez a Perú y México fue muy fuerte el contraste entre esa realidad que veía con sus propios ojos y la imagen mental previa que tenía de todos esos sitios.
“Yo tenía la idea de todos esos libros que leía, que eran más etnológicos, más antropológicos, o hasta más arqueológicos, y tenía la idea de que México y Perú eran sociedades casi rurales, no me los imaginaba globalizados en ningún sentido. Me lo imaginaba así como debía ser antes de la Revolución Mexicana porque así lo pintaban en los libros. No te hablaban de la tecnología, no te hablaban de la modernización, te hablaban de lo que había en los lugares olvidados, donde estaban las pirámides y todos esos vestigios de las culturas que a mí me interesaban. Entonces, llego allá y, de pronto, lo que me abruma totalmente, y es otra cosa que describo en mi libro con total honestidad porque fue realmente un choque es que me vi en medio de un mundo, de una globalización sin principio ni final, o sea, inacabada en el sentido de que no lleva a ninguna parte, es como un caos, como que todo se mezcla, y eso me impactó totalmente, en lo bueno y en lo malo”.
El imperioso deseo de privacidad
En otras palabras cuenta Zuzana que eso significó para ella dejar de idealizar porque si algo tenía en claro era que no iba solo de visita; su intención era, por el contrario, explorar el país en profundidad y eso fue justamente lo que hizo impulsada además por una beca de investigación que México le ofreció sin conocerla, como ella misma dice aún hoy muy agradecida. Así ingresó en la carrera de estudios latinoamericanos en la Universidad Autónoma y, ya en los primeros años, vivió algunos choques culturales: sobre todo, el largo proceso de abrirse emocionalmente enfrentándose con su propia inseguridad. En ese sentido afirma Zuzana que la interculturalidad, después de todo, no suele ser algo ameno y, en su caso, hubo sobre todo un tema que le costó mucho.
“La cuestión de la privacidad: hasta dónde tú puedes ser tú, porque las culturas latinoamericanas, no me dejes mentir, son muy colectivistas, muy comunitarias. Y eso obviamente depende hasta qué extremo lo lleves o si lo sabes balancear, porque claro, todos necesitamos vivir en comunidad y es algo muy saludable, ¿sí? Para contrarrestar el individualismo. O sea, yo no veo cosas como buenas y malas, pero veo que a veces, desde un solo fenómeno, nos podemos ir a un extremo más constructivo, más destructivo. Entonces, en México lo que a veces pasa, perdón pero es así, es que la comunidad sofoca. Sofoca porque son redes de rescate donde una persona confía en la otra, pero no en el confiar, es que sé que eres capaz y que puedes, sino más bien confío en ti porque cuando yo no pueda, tú me vas a rescatar. Entonces, ya no tengo que hacer nada por mí, ¿sí? Son redes donde si tú te imaginas sin tu familia, sin tus primos, sin tus amigos, te sientes solo y no sabes qué hacer contigo mismo. Y eso a mí no me hermana tanto. Yo siempre he sido una persona que se siente muy a gusto consigo misma, en mis tiempos privados, en mi soledad. Entonces, cuando yo marcaba mis límites, que es algo que en la cultura latinoamericana no está bien visto, empezaban a decir, ok, quieres estar sola, vas a estar sola y te dejan. Y acabas solo, pero en un sentido que no es tan agradable. Porque ya no es como decir ahora sí y ahora no. Entonces, yo tuve que estar lidiando con estas cuestiones. No las he resuelto y hasta el final de mi estancia en México, me he dado cuenta de que el problema estaba en mí. Porque siempre pensé, ¿me integro o no me integro? Pero lo más importante es encontrarte a tí mismo porque, desde ese momento, la gente dejará de molestarte, los demás solo estaban reflejando lo que yo no tenía resuelto en mí. Entonces, hoy en día, estando con latinos, estando con checos, estando sola o estando con otra gente, ya me siento a gusto”.
En ese proceso fue fundamental también la escritura de Cartas desde México (Listy z Mexica), su exitoso primer libro de narrativa que se publicó hace dos años en checo. Asegura que esa obra autobiográfica y humorística, pensada para reírse y hacer reír a los demás, consiste en una autoreflexión muy checa, a tal punto que, ahora mismo, con la ayuda de su pareja Luis Virrueta, está escribiendo una nueva versión con similar contenido, pero desde un punto de vista latino.
“Ese libro yo lo empecé a escribir hace mucho tiempo, precisamente como terapia. Empecé a registrar lo que me pasaba, analizando los estereotipos. Porque normalmente se escribe, se describe otra cultura en términos de estereotipos: los mexicanos son así, los checos así, siempre es todo muy superficial. Y yo decía, no, voy a hacer un análisis más antropológico, más de mentalidad, más profundo, pues. Y entonces empecé a hacer este libro en forma de apuntes hasta que me di cuenta de que había una historia y que la tenía que unir. Y el libro tiene casi 300 páginas, o sea, date cuenta cuánto material yo estaba acumulando. Entonces eso lo hacía mientras vivía en México. También tenía una amiga checa que me acompañó parcialmente en mi estancia mexicana, unos tres o cuatro años, y con ella confrontábamos muchas opiniones y observaciones. Y, a veces, nos divertíamos mucho escribiendo juntas. Al final ella no quiso participar en el libro, pero me dio mucho material para pensar”.
“En México lo que a veces pasa es que la comunidad sofoca”.
Zuzana Erdösová
Aunque tiene otros seis libros con una impronta más científica, ella misma aclara que, desde siempre, ha intentado usar el arte de la narrativa porque a las personas les encanta contar historias, el canal de transmisión más importante de la humanidad desde todos los tiempos, incluso antes de la escritura. En ese sentido y a riesgo de sonar contradictoria, dice que siempre quiso hacer de la ciencia algo más subjetivo; aligerando el típico tono antropológico ilegible, aburrido, técnico, que solo leen unos pocos especialistas.
Más allá del bien y del mal
Convencida de que decir algo de manera compleja e incomprensible no la convierte en una persona inteligente, Zuzana siempre intenta abordar los temas más complejos de una forma accesible. Y eso sucede, por ejemplo, con su libro Pensar la Otredad, escrito a raíz del contacto con veinte comunidades indígenas de distintas partes de México; un trabajo realizado a lo largo de diez años con el objetivo de comprender un poco mejor cómo esas personas entienden su vida en comunidad.
“Quise ser una moderadora de voces, dar una óptica totalmente diferente. No tengo un marco teórico previo, mi marco teórico se construye a lo largo del libro con lo que platica la gente. Entonces, eso también es muy poco ortodoxo, un libro en el que quise cambiar el paradigma. Entonces, mi convivencia con los indígenas siempre ha sido así: simepre ha sido un segmento cultural en México y en otras partes que me fascinaba, que me sentía unida. Sentía mucho cariño y mucho amor por estas culturas. Y cuando llegaba, yo era muy consciente de que llegaba de fuera una chica blanca, joven, una mujer extranjera. O sea, no tenía ninguna ventaja. Siempre tenía todos los contras porque resaltaba mucho entre ellos. Entendía que no iba a encajar, que no había forma de que les entendiera en nada, que solamente tenía mi propia subjetividad: llegar ahí y platicar con ellos, hacer que pudieran ser escuchados y yo ponerles sentido desde mí, pero sin tapar lo que dicen ellos. Entonces, siempre con ese afán de confrontarme con la alteridad, disfrutarla muchísimo. Porque qué tan fascinante es llegar a una cultura tan distante de la tuya que no te sabes ni siquiera imaginar cómo la gente de ahí razona. Porque tu sentido común no es el mismo de ellos. Entonces, yo llegaba siempre con ese afán. Decir, ok, no puedo entender nada. En México se dice, no puedo entender ni madres. O sea, nada, pero no me importa, aquí estoy con la mirada abierta. No estoy sesgada por una hipótesis así chiquita. Si tengo una realidad así, aquí estoy, con los oídos, con los ojos abiertos, háblenme y al final va a salir un libro que va a ser como co-creado entre todos nosotros”.
Para hacer semejante trabajo Zuzana se valió de la ayuda de distintos traductores y asegura que, con mucha frecuencia, sentía que el contacto con los indígenas la sacaba, en el buen sentido, de eje.
LEA TAMBIÉN
“Esos son los mejores momentos. Porque te tienes que abrir a posibilidades que no podías predecir. Y lo que a mí me generó, por ejemplo, una tremenda sorpresa fue cuando estábamos con los zapotecos de Teotitlán del Valle y ellos hablaban de los nahuales, que yo diría que son entre chamanes y hechiceros porque así los ve la comunidad, personas que pueden manejar (ahora voy a usar términos muy estereotipados) tanto la magia negra como la magia blanca, para dañar o sanar. Y, de ambos, ellos decían que eran gente sabia. Ahora, ¿cuál es nuestro concepto de lo sabio? Si te pones a pensar, vas a decir que únicamente puede ser sabia una persona que usa el saber para hacer el bien. Sin embargo, para las culturas precolombinas no existe la dualidad de el bien y el mal. Para ellos es complementario, como el ying y el yang. O sea, el bien y el mal son parte de una sola rueda, un solo ciclo, sin el mal no existiría el bien, y sin el bien no existiría el mal”.
Agrega Zuzana que si bien al principio esa idea la confundía, luego le terminó pareciendo interesante. Al utilizar en checo la palabra ‘moudrý’ se dio cuenta de que no reflejaba bien el concepto y por eso decidió hacer un nota aclaratoria dejando al lector que saque sus propias conclusiones sobre ese quiebre de la lógica del bien y el mal.
Bringing it all back home
Sin embargo, más allá de esa fascinación y ese enorme aprendizaje un día, hace unos dos años, Zuzana se dio cuenta de que su tiempo en México había terminado y decidió regresar. Totalmente cambiada, por supuesto, pero regresar al fin.
“Y yo sentí que en México ya había completado un ciclo. Entonces, tuve un par de años, tengo que reconocerlo, en los que quise escaparme de México. Porque había muchas cosas que yo ya no soportaba culturalmente hablando. No hay mucho contacto con la naturaleza y sabes que los checos todo el tiempo salimos a caminar, todo el tiempo bosque, todo el tiempo hongos, todo el tiempo, ya sabes, ¿no? O sea, ¿cómo es esto? Son muy urbanos y han adoptado mucho el estilo de vida gringo, o como llamarlo, estadounidense”.
“Cuando alguien se siente aquí perdido, le digo, ve a Radio Praga Internacional y lee en tu idioma lo que pasa aquí, en este país al que inmigraste. ¿Quién hace eso en otras partes? Nadie. Está maravilloso el trabajo”.
Zuzana Erdösová
Como a esa altura ya tenía a su hija otros factores en los que quizás antes no había reparado como la inseguridad y la contaminación también hicieron su parte, aunque al irse sentía que se le desgarraba el corazón. Primero volvió ella a Chequia y seis meses después su pareja. Y aunque se siente muy feliz de haberlo hecho, dice que México sigue siendo un país que adora y en el que aún conserva amistades y hasta familia.
Música para nuestros oídos
Zuzana vivió en México, principalmente en Toluca, donde traducía sus propios libros y otras obras en inglés, español y checo. Para ella, la traducción es un arte basado en analogías y representa la esencia de la comunicación. Más que un trabajo, la ve como un estilo de vida que incluso aplica a la composición de letras. Junto a su pareja, Luis Virrueta, creó el ensamble checo-mexicano Lasun, con el que adaptan canciones checas con sazón latinoamericana, pero también tienen, por ejemplo, una versión de La llorona en cinco idiomas: checo, náhuatl, español, mazahua, tzotzil. Por último, nos permitimos compartir con ustedes, queridos oyentes, la sincera opinión de Zuzana sobre Radio Praga Internacional.
“Es magnífico. Se lo recomiendo tanto a mis alumnos porque ahorita también doy clases, entonces se lo recomiendo tanto, se me hace padrísimo. Y obviamente todas las notas que traen, que están... Que como que permiten acercar el periodismo checo a quien vive aquí, que es hispanohablante, se me hace una labor tan importante. Y tan bien hecha. O sea, siempre cuando alguien se siente aquí perdido, le digo, ve a Radio Praga Internacional y lee en tu idioma lo que pasa aquí en este país al que inmigraste. O sea, ¿quién hace eso en otras partes? Nadie. Está maravilloso el trabajo. Así que cuando te comunicaste conmigo dije quiero ser parte de eso”.









