Tres científicos ibéricos en Praga del siglo XX

Según testimonios de sus contemporáneos, el escritor, historiador y diplomático español, Salvador de Madariaga, nunca reveló cuántas veces había visitado Praga. Sin embargo, la capital de la entonces Checoslovaquia la conocía muy bien, desde sus monumentos, hoteles y restoranes, hasta las casas editoriales que publicaron algunas de sus obras, por ejemplo, el estudio sociológico y sicológico "Ingleses, franceses y españoles". Su versión checa fue editada en 1931.

Salvador de Madariaga etabló en Praga contactos estrechos con el segundo presidente checoslovaco, Edvard Benes, al que conocía desde los años veinte, cuando solían encontrarse en Ginebra, por entonces sede la Sociedad de Naciones. En aquel entonces, Edvard Benes desempeñaba el cargo de canciller checoslovaco. Como diplomático, Madariaga compartía con Benes sus esfuerzos por la seguridad y la unidad europeas.

Al estallar en España la guerra civil, Salvador de Madariaga se encontró en una encrucijada muy difícil. Políticamente era partidario del liberalismo del siglo XIX, la democracia y la república, lo que implicaba su postura antifranquista. Pero como era un observador objetivo, pronto se dio cuenta de que la sovietización de la Segunda República de España no podía representar un futuro aceptable para su patria. Por ello buscó refugio en el extranjero.

Desde 1938, Salvador de Madariaga ejerció de director de la Escuela de Verano de Relaciones Internacionales, situada en el hermoso malecón Wilson, de Ginebra. Allí encabezaba un seminario dedicado a los más candentes problemas de la política internacional.

Uno de los temas discutidos en el seminario de Ginebra era también la cuestión de las relaciones checoslovaco-alemanas. Madariaga creía en la Sociedad de Naciones y trató de imponer, en vano, la idea de la seguridad colectiva.

El iberoamericanista checo, Josef Posenský, describe en sus memorias el caso de un checo que criticó en el seminario la decadencia de la Sociedad de Naciones, así como la política exterior de Edvard Benes, y que el profesor Madariaga invitó al crítico a una cena común al otro lado del lago de Ginebra.

El restorán estaba decorado con caricaturas de distintos políticos europeos de su época. Salvador de Madariaga tomó asiento bajo la caricatura de Benes e inició un seminario privado sobre el talento diplomático y la verosímil importancia histórica del presidente checoslovaco.

Al abandonar Suiza, Salvador de Madariaga se exilió en Inglaterra, donde empezó a impartir clases de literatura española en la Universidad Oxford. A España regresó tan sólo en los años setenta, pero falleció en la ciudad suiza de Locarno.

Las épocas de Renacimiento e Ilustración y sus diferentes reflejos en España y Bohemia trajeron a Praga al catedrático de la Complutense de Madrid, José Antonio Maravall. El profesor Maravall era un destacado experto en la historia del pensamiento político de España, que se enorgullecía de su origen catalán.

También este científico español actuaba en universidades extranjeras de Europa y EE.UU. Tras sobrevivir con dificultades la complicada época de la Guerra Civil de España, en 1944 comenzó a editar sus excelentes estudios sobre el siglo XVII. Debido a sus intereses por el renacimiento, el barroco y la ilustración, desde finales de los 50 el profesor Maravall solía visitar Praga para familiarizarse con el legado cultural del antiguo Reino de Bohemia.

Se enamoró de Praga y de su Galería Nacional. En las salas de esta famosa pinacoteca checa descubrió a la Madona de Roudnice, retablo gótico con la más rubia madona checa. Al mismo tiempo, conocía de memoria la descripción del famoso romántico francés, René Chateaubriand, del camino que solía seguir desde la Ciudad Pequeña de Praga hasta el Castillo capitalino, aunque la abrupta calle que lleva el nombre del poeta checo del siglo XIX, Jan Neruda, seguro que no le resultaba demasiado cómoda a su corazón enfermo.

José Antonio Maravall abrigó el gran proyecto de elaborar un estudio comparativo de las relaciones checo-españolas en los siglos XVI y XVII. Pero tras editar en 1983 los monumentales Estudios de Historia del Pensamiento Español, falleció, y con él también el proyecto mencionado.

El tercero de la pléyade de célebres científicos ibéricos que unieron una parte de su vida con la capital checa, fue el profesor de matemática náutica en la Universisad portuguesa de Coimbra, Don Luis de Albuquerque. Se trata de una historia muy curiosa.

En los años ochenta del siglo pasado, los trabajadores del Centro de Estudios Ibero-Americanos, de la Universidad Carolina de Praga, descubrieron eun una biblioteca privada de esta capital fragmentos de muchos manuscritos relacionados con los viajes de los navegantes españoles y portugueses a Sudamérica, Africa y Asia entre los años 1494 y 1517.

Despertó su ateción el manuscrito con mapas titulado "Libro General sobre la Navegación alrededor de todo el Mundo con la Descripción de Puertos más importantes". El volumen contenía casi veinte mapas de mares y océanos, y más de cien planos de distintos puertos. El texto estaba escrito en español y portugués. El análisis grafológico confirmó que el conjunto de manuscritos databa de los años 1580 y 1640.

Cuando publicó en su anuario un informe sobre el descubrimiento, el Centro de Estudios Ibero-Americanos recibió en 1984 la primera carta del profesor Luis de Albuquerque, en la que explicaba que había llegado a la conclusión de que se trataba de un atlas único en su género. Finalmente, el Duque de Albuquerque realizó una serie de visitas a Praga para confirmar la datación de sus colegas checos en los años 1630 y 1632.

Según el testimonio del profesor Polisenský, Don Luis descendía de la familia de conquistadores que había dado nombre a muchas ciudades americanas, pero durante sus innumerables estancias en Praga se comportó como una persona muy modesta. Aprovechando su prestigio científico, el profesor Albuquerque se esforzaba por editar ese documento único en Portugal.

Pero el profesor Albuquerque falleció en 1990 y las deliberaciones sobre la edición portuguesa se prolongaban, hasta que el valioso documento praguense fue prestado a una exposición en Alemania. Tras su devolución a la biblioteca, el manuscrito desapareció, y nadie conoce ahora su destino. El generoso sabio lusitano falleció a tiempo para no enterarse de este desenlace fatal.

Autor: Vít Urban
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