Sara Zozaya hipnotiza a Chequia con sus canciones de cuna para adultos
La primera gira de la artista vasca en Chequia parece marcada por una serie de guiños que dialogan en voz baja con attä, su flamante disco: una sutil carta al padre convertida en música hipnótica que encontró en Praga un escenario tan acorde como inesperado.
En gira internacional, la artista vasca Sara Zozaya llegó por primera vez a Chequia, donde este jueves se presenta en Brno. Ayer, sin embargo, debutó en Praga nada menos que en el emblemático Palác Akropolis, una sala del barrio de Žižkov cuyo nombre dialoga, a modo de guiño, con parte del imaginario de attä, el flamante EP que viene a presentar.
“Al llegar, vimos el edificio y fue como ya un impacto totalmente. Igual nos falta conocer más el contexto, más a fondo. pero sí que se siente y se nota que es un lugar donde hay mucha historia y donde ha habido mucha vida. Y se nota en los edificios mismos: estamos alucinadas de ver como cada puerta, cada color de pared, o sea, todo, ¿no? Es como el barrio este mismo donde estamos”.
En las alturas
En el concierto que brindó este miércoles en el tradicional barrio de Žižkov, tocó junto a la artista visual Itziar Garaluce, responsable de trabajar las imágenes de los videoclips a partir de una serie de diapositivas de la última y muy simbólica expedición que el padre de Sara realizó en 1992, nada menos que en el Himalaya. Itziar cuenta que ese objeto casi en extinción que son las diapositivas le ofrecía texturas, brillos y una blancura propia de esas alturas que no resultaba nada fácil traducir al ámbito digital.
“Se buscó hacer más un juego de stop motion a través de esas formas y texturas, como una animación. Y todo eso, pues, intentando seguir a la música, por supuesto. Lo que intenté fue transmitir lo que transmite la música en imagen. Y además, pues eso, con el archivo este que ya hablaba por sí solo”.
Carta (musical) al padre
A veces se dan esos pequeños milagros de la sintonía: el debut en Chequia de un álbum tan etéreo como conceptual —que, entre otras cosas, remite a la cordillera más elevada del planeta— no podía encontrar un escenario más adecuado que el de Akropolis; ni esa suerte de carta musical al padre, una ciudad tan inherentemente kafkiana como Praga.
“Llega un momento donde los roles entre padres e hijos cambian un poco, se voltean. Y creo que estoy transitando ese momento”.
“Llega un momento donde los roles de padres-hijos cambian un poco, se voltean. Y... creo que estoy transitando ese momento. Entonces, preguntas cada vez más, quieres entender mejor las personas que han estado ahí contigo tantos años pero que nunca se han mostrado ellas, sino que siempre era como desde la función de padre, en este caso. Entonces, te das cuenta de que, de pronto, estás donde estaba mi padre cuando hizo su última expedición a la montaña, que era su pasión, que es como para mí la música. Hizo esa expedición al Himalaya y después nos tuvo y nos crió. Y dejó la montaña. Claro, las edades son parecidas y... bueno, más que las edades, el momento: la música puede ser una montaña para mí y qué significa estar en esta escalada. ¿Tiene sentido o no tiene sentido? Para mi madre no tenía ningún sentido porque se podía morir, pero para mi padre ese era el sentido de su vida”.
Plegaria para un niño dormido
Como quizás lo indica, de algún modo, la curiosa asociación entre “de su vida” y “de subida”, muchas de las composiciones de Sara Zozaya hacen pensar en una mezcla muy auténtica y, a la vez, bien equilibrada entre emoción, minimalismo y propuesta onírica.
“Para mí fue muy curioso ver cómo un niño se dormía durante uno de mis conciertos”.
“Creo que está bien observar lo que ocurre, quizás, con la música, con los conciertos, aún cuando se me hace difícil verlo desde dentro. Pero sí, fue para mí muy curioso ver cómo un niño se durmió durante uno de mis conciertos, y eso me dio una pista de que quizás la palabra ‘onírico’ sí puede tener una gran importancia en lo que estoy haciendo ahora”.
Tanto le impresionó aquella escena que Sara aún recuerda con nitidez el momento en que los padres tomaron al niño en brazos, mientras ella intuía en ese pequeño gesto una pista de que iba por buen camino. Al fin y al cabo, su propósito es abrir, a través de la música, una vía hacia un mundo que permita a los oyentes desprenderse por un instante de su propio cuerpo, o cambiar de piel, tal como le ocurrió a ella misma al componer estas canciones.
“Más ha sido encontrarme con que hay sonidos que estaban funcionando en canciones de discos anteriores y que, dentro de la canción como tal, tenían un lugar que, bueno, bien, pero que si los ponía en el centro, y le quitaba todo lo demás, eso podía generar una nueva canción o, digamos, pasaje sonoro, que era mucho mucho más increíble. O sea, como cambiar de posición cosas que ya quizás estaban ahí, ¿eh? Pero como modificarlo y eso ha sido una manera quizás de crear este directo, porque utilizo, el que viene no ve canciones y ya, sino que ve el deconstruir de todo mi camino anterior, y dentro de eso, introduzco estas nuevas canciones”.
Un disparo de nieve
En relación con esto, ya desde la múltiple y sugerente innovación de su título, Sara parece cifrar en su último disco, attä, una mezcla interesante de técnica e intuición.
“El corazón del EP es elurra (“la nieve” en euskera), es una canción que empecé en 2020. Imagínate, los años y el trabajo: ha pasado por no solo diferentes ideas sino tambien por diferentes manos, por contextos totalmente diferentes, por rupturas, ha pasado por todo y ha llegado al día de hoy, pero como con un bagaje increíble. En cambio, el primer tema, que es Ilu, no es que sea un fallo, pero sí una cosa espontánea: estábamos tocando con Ke Lepo, que es el productor con el que he trabajado, y cada uno con un teclado, sin mirarnos, pero tocando a la vez y con el rec, acabamos de tocar, no sé ni lo que hicimos, le dimos al stop, y dijimos: ‘aquí hay algo’. Y, claro, estaba el primer tema, pero estaba sin claqueta, sin ritmo, sin nada. Entonces, grabar las voces, por ejemplo, fue complicado porque había sido una toma del momento que ni sabíamos lo que estábamos haciendo”.
Canciones oníricas
El orden, el saber, la espontaneidad y hasta el desastre, asegura Sara, conviven sin fricciones en su música, especialmente en esta serie de conciertos que contaron también con la colaboración del Instituto Cervantes de Praga. Y desde la euforia de su gran insomnio creativo, reconoce que, desde hace un tiempo, viene escuchando a muchos artistas que exploran lo que ella considera, quizá, un nuevo subgénero musical: las canciones oníricas.
“Podría mencionar a Julianna Barwick, Ethel Cain y luego también artistas que mezclan este mundo onírico con cosas más actuales, porque también es algo que me llama la atención. Y a veces me pasa cuando me gusta un tema, estar en bucle con esa canción días y días y días, hasta que dices: ‘qué estoy buscando aquí, ¿no?’ Pero creo que eso también dice mucho de tu momento o de lo que necesitas. O sea, la escucha de la música también te muestra mucho del momento en el que estás buscando algo que quizás no tienes. Entonces, ¿dónde acudes? Es interesante eso”.
Anidada en esa música hipnótica que escucha, deconstruye, compone y reorganiza, Sara agrega que, aunque es consciente de que en un año, quizás, podría llegar a encantarle, hoy se siente en las antípodas del country. Mientras ese género parece anclarse en la tierra, el ritmo y lo narrativo, su música apunta a la atmósfera, la suspensión y aquello que, más que decirse, se insinúa.
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