“A veces es más difícil volver a casa que mudarse al país que tanto te atrae”
Nacida en Pilsen y española por elección, Klára Matějovská quedó hechizada por Barcelona a los 18 años, durante un viaje de estudios impulsado por su inolvidable profesora de español. Desde entonces regresó tantas veces a la ciudad de Gaudí que, casi sin darse cuenta, terminó instalándose allí durante dos años intensos y luminosos. Entre playas, libros, cafeterías poéticas y muchos descubrimientos, también tuvo que enfrentarse a desafíos muy reales: la odisea de encontrar piso y hasta un inesperado episodio con okupas. Aun así, asegura que nada fue tan difícil como el día en que tuvo que volver a Chequia.
Aunque hoy ya existe un instituto bilingüe en Pilsen, cuando Klára entró en contacto con el español todavía no había ninguna opción de ese tipo. Por eso, tuvo que conformarse con estudiar el idioma como segunda lengua extranjera. No obstante, contó con la enorme fortuna de encontrarse con una profesora que no solo le despertó el interés por la lengua, sino que terminó inspirándole la carrera que eligió y, sobre todo, una vida en español.
“Recuerdo que tenía 14 años y podía elegir entre francés, alemán y español, como segunda lengua después de inglés. A esa edad vivía en Pilsen con mi familia y no sabía casi nada de las lenguas ni tampoco de las diferencias entre países como Francia o España. Sabía que no quería estudiar alemán porque era más común, quizás por eso. Pues elegí español y tuve mucha suerte porque la profesora que tuvimos en la secundaria era joven, era como casi nuestra amiga. Tenía, no sé, 28 años después de sus estudios, ella estudió lo que yo luego estudié: Filología hispánica. Ella lo estudió en Olomouc y yo, luego, en Brno. Pues, ella me inspiró mucho”.
La Sagrada familia, un antes y un después
“Me impresionó tanto La Sagrada Familia porque no es sólo una iglesia, ahí Antoni Gaudí expresó todo lo que pensaba sobre la arquitectura”.
A Alena, esa profesora a la que recuerda con tanto cariño, la tuvo nada menos que seis años y, además de introducirla en el mundo de la lengua española, también fue para ella un verdadero puente hacia todo lo que representa la cultura española durante esas clases siempre divertidas y distintas. Y como si eso fuera poco, aquella profesora fue además la principal responsable de un hecho que cambiaría para siempre la vida de Klára, que en ese momento tenía ya 18 años: un viaje de estudios a una ciudad de la que quedó tan, pero tan prendada que, en algún punto, aquel viaje aún no terminó.
“Recuerdo el momento cuando vi La Sagrada Familia por primera vez. Y creo que no soy la única quien recuerda ese momento porque es algo muy impresionante. De eso hace ya unos veinte años y me impresionó porque no es sólo una iglesia, no es sólo un edificio, es algo más. De verdad, ahí Antoni Gaudí ahí expresó todas esas cosas que él pensaba sobre la arquitectura”.
Luego, en la universidad, Klára empezó a sumergirse en otras profundidades del idioma español que incluían, por ejemplo, distintas asignaturas como la etimología de las palabras. Y en medio de esa inmersión descubrió que otra gran influencia para ella había sido también una mujer muy especial, a la que conoce de toda la vida.
“Leía mucho porque me gusta leer, mi madre trabajaba en una biblioteca, pues eso es también influencia de mi madre porque siempre me gustó leer libros. Y luego decidí hacer un Erasmus en Zaragoza: fui con una amiga que lo sigue siendo hasta hoy y eso fue un gran paso para mí, un gran cambio en cómo hablar español porque éramos ahí dos checas con otros amigos de otros países y el español era la lengua que hablábamos”.
Detenerse para tomar impulso
Al regresar de esa estadía se produjo en la vida de Klára el único parate en su relación con el español: como ya estaba conforme con el nivel que había alcanzado, decidió explorar otros ámbitos y empezó a estudiar marketing y management como una segunda carrera que también le encanta y de la que también se recibió. Luego empezó a trabajar en una agencia de publicidad y recuerda, horrorizada, que tras cinco años sin casi practicar español, en 2015 se fue a Mallorca de vacaciones y, si bien entendía todo, se dio cuenta de que ya no hablaba de un modo tan natural y hasta le daba un poco de miedo expresarse. Así fue que, en 2016, volvió a estudiar español con tanto entusiasmo que, unos años después, Klára pasó de estudiarlo a enseñarlo: primero en una escuela primaria y ahora en un hogar para mayores de entre sesenta y setenta años, un trabajo que disfruta mucho.
“Empezamos desde el principio. Y eso es interesante porque les pregunté cuál era su motivación porque entiendo que alguien, a los catorce años como me había sucedido a mí, decida en 2026 aprender una segunda o tercera lengua extranjera, pero esa gente con una edad similar a la de mis padres, me interesaba saber por qué lo hacían. Y eso me emociona porque dos de mis estudiantes tienen un yerno o una nuera de España o de México y quieren aprender la lengua por ellos o porque sus nietos son bilingües y quieren hablar con ellos en español. Y otros, por ejemplo, solo viajan a España y quieren hablar no solo inglés, sino también español”.
Klára, Madrid, Barcelona
Si bien Klára está fascinada con Barcelona, reconoce que parte de ese mérito le corresponde, paradójicamente, a la ciudad de Madrid. En agosto de 2022 se mudó a la capital española para trabajar unos meses en una empresa checa que buscaba expandirse. Recuerda que, como una especie de superstición, mantuvo la mudanza en secreto hasta último momento. Cuando ese trabajo terminó, aprovechó la oportunidad para trasladarse a Barcelona, donde comenzó a trabajar también en la expansión de otra plataforma checa para creadores de contenido. Allí vivió dos años, cumpliendo así un deseo siempre latente del que, sin embargo, ella misma no era tan consciente.
“No vivía pensando en mudarme a España, pero toda mi familia y todos mis amigos te van a decir que sí, claro, que siempre había querido mudarme a Barcelona. Además no dicen España, sino Barcelona porque tras redescubrir que me encantaba España y el español en ese 2015, empecé a viajar más. Y tengo unos amigos que ya vivían ahí, pues cuando me mudé a Barcelona ya tenía mi pequeño grupito de amigos checos que me ayudaron mucho”.
Encuentro cercano con okupas
Además de mucha felicidad, también hubo al principio algunas dificultades que tuvo que ir superando con esa invalorable ayuda de sus amigos y conocidos.
“Existen organizaciones que son como mafias y buscan pisos vacíos y dan tips para entrar a esos pisos, es decir, compras el dato para ser un okupa”.
“Ese era mi primer trabajo: buscar piso porque tenía una lista de ya no recuerdo cuántos pisos porque primero hay que escribir a la agencia, luego vas a ver el piso y eso no significa nada: tienes que tener preparados todos los papeles, tienes que ser el primero en enviarlos, tienes que contarles todo sobre ti y recuerdo que tanto mis amigos como mis excompañeros de la empresa de Madrid, que también son de Barcelona, escribieron cartas de recomendación a la agencia inmobiliaria para que yo ganara el piso. No es que solo necesitas el dinero y trabajo para poder alquilarlo, de verdad ellos escribieron cartas a la agencia para decir que me conocían porque, fuera de eso, yo no tenía ninguna historia en Barcelona”.
Gracias a todas esas cartas de recomendación consiguió alquilar su primer piso en La Barceloneta, barrio al que describe como un mundo dentro de Barcelona. Allí estuvo instalada un año, en un piso muy pequeño pero con dos terrazas en el que tendría un contacto bastante cercano con el tan temido ámbito de los okupas.
“Hay mucha inmigración en Barceloneta y se sabe que hay pisos okupas. Yo lo sabía y, además, mis amigas ya habían tenido una experiencia con ellos, pues si les pasa a tus amigos, lo tienes en mente y sabes que un día te puede pasar a ti. Pues sí, seis meses después alguien entró en nuestro edificio, cambiaron la cerradura y, al día siguiente, nos encontramos con los vecinos en la escalera y ellos me dijeron: ‘Klára, ya lo sabes, ¿no?’. Y yo respondí: ‘¿Qué pasó ahora?’. Porque en ese edificio tuvimos muchos problemas, incluso, por ejemplo, con el agua”.
A pesar de llevarse ese día un buen susto, no pasó de ser una anécdota que, sin embargo, tuvo consecuencias muy concretas en su estadía en Barcelona.
“Sí, tuve suerte porque ellos fueron a otro piso del edificio que estaba vacío y así es la cosa: existen organizaciones que son como mafias y buscan pisos vacíos y dan tips para entrar a esos pisos, es decir, compras el dato para ser un okupa, pagas y alguien te ayuda a entrar a un piso vacío porque luego, si todo sale bien, vives dos o tres años en ese piso sin pagar porque así funcionan las leyes en España. Pero por suerte eso se solucionó ese mismo día porque los vecinos llamaron al dueño del piso que llegó con la policía, entraron en el piso y no había nadie. Pues, otra vez cambiaron la cerradura y así se solucionó, pero eso significó para mí mudarme de ese edificio y de Barceloneta”.
Sin amor, no
De allí se fue a El Poblenou, otro barrio cerca del mar que le gusta mucho porque está lleno de cafeterías y tiendas muy bonitas. Klára asegura que es uno de los sitios de la ciudad donde mejor resulta la convivencia entre locales y extranjeros. De hecho, en ese preciso lugar y en ese mismo momento, descubrió Klára el que hoy considera su lugar favorito en el mundo, que no es una iglesia ni ninguna de las construcciones de Gaudí.
“Es una cafetería… porque me encanta el café y mis padres tuvieron una cafetería, así que soy fan del café y siempre pasamos tiempo con mis amigos en distintas cafeterías, algo también cultural en España, esa es una diferencia interesante: aquí en Chequia la gente queda mucho en el piso, les dices a tus amigos que pueden quedar en tu casa, los invitas, pero eso no pasa mucho en España… lo hacíamos con mis amigas también, pero yo iba no sé cuántas veces por semana a unacafetería con mis amigos o sola porque también me gusta ir a leer un libro, y por eso quería mudarme a El Poblenou, porque se sabe que es un barrio con muchas cafeterías y con esa cultura porque yo diría que en España la cultura del café tiene bastante poder, pues encontré una cafetería muy chiquita y la dueña es una mujer griega que ya tiene dos cafeterías en El Poblenou, y sí, esa cafetería tiene algo, pues yo no sé, iba cada semana a esa cafetería. Y lo interesante es que cuando terminó mi trabajo para esa plataforma checa y estaba buscando otro trabajo, luego decidí a volverme a República Checa, pero en ese período de unos meses terminé trabajando en esa misma cafetería”.
Revela Klára que lo que más le gustaba de ese lugar era su nombre ya que, además de ser muy poético, condensa a la perfección todo lo que significa para ella Barcelona.
“En esa cafetería que se llama ‘Sin amor, no’ teníamos muy buen café y también por eso lo elegí, aunque en verdad no estaba buscando trabajo en una cafetería, yo solo un día le pregunté a la dueña si no estaba buscando a alguien para cubrir unas horas por semana porque tenía tiempo, hacía algunas cosas de marketing pero tenía tiempo y no quería estar en casa todo el día, entonces le pregunté y creo que el universo funciona así porque ella me dijo: ‘¿sabes qué, Klára? Estaba pensando que, a partir de septiembre, necesitamos a alguien’".
Ya instalada de nuevo en Chequia, donde, haciendo honor a sus orígenes, comenzó a trabajar para la famosísima marca Pilsner Urquell, Klára reconoce que la adaptación le está costando tanto o incluso más que a cualquier española que se muda a la República Checa.
“Para mí fue más difícil volverme de España que mudarme a España y no lo sabía: cuando el año pasado decidí volverme de España ni me imaginaba que pudiera ser difícil, pero me sigue costando incluso hoy: me parece que no existe el sol en República Checa, sé que le cuesta a mucha gente, pero el primer invierno al volverme de España me ha matado, no sé si tengo algunas raíces familiares en el sur, pero creo que te puedes sentir más identificado con otra cultura distinta a la que naces. No sé si es la influencia de mi profesora o que los últimos diez años viajé mucho a España y luego viví ahí, pero creo que esa personalidad yo la tenía ya antes de mudarme a Barcelona, como que eso no me cambió tanto; me influyó, sí, pero, por alguna razón, a veces es más difícil volverse a casa que mudarse al país que tanto te atrae”.















