Un hombre todoterreno: el checo que pasó de vivir en la calle a brillar como ‘marido a domicilio’ para la comunidad latina
A pesar de haber sufrido golpes realmente duros, Jiří Körber logró sobreponerse a todo sin rencores, aprendiendo a perdonar y siempre concentrado en fortalecerse. Hoy encuentra sentido a su vida brindando reparaciones domésticas y asesoría a los latinos de Praga, esa comunidad a la que considera su familia sin lazos de sangre.
Aunque está orgulloso de hablar español y le encanta el idioma, a diferencia de muchos otros checos, el aprendizaje de Jiří Körber no fue para nada sencillo ni mucho menos placentero. En el año 2010, venía de pelearse con su novia, estaba viviendo en la calle y, sin saber nada del idioma, decidió probar suerte en España donde, al llegar, le robaron el dinero y todos los documentos. Y, como si todo eso fuera poco, lo esperaba aún una tremenda noticia más a manera de bienvenida.
“Y se me ocurre llamar a la embajada y ellos me hacen una propuesta: si mi padre les confirma por escrito que me va a ir a recoger al aeropuerto aquí de Praga, ellos me pagan el viaje y me dan un documento para poder viajar. Yo acepto y, aunque hacía unos dos años que no hablaba con él, pensé que no le costaba nada y lo estuve llamando una semana entera, mientras andaba en la calle y vivía en un bosque lleno de garrapatas a base de naranjas… desde ese momento no pude comer más naranjas ni tampoco olerlas. Y, mientras tanto, seguía llamando sin suerte a mi padre y decía: ‘joder, ¿cómo puede estar tan ocupado un anciano? Si debería estar en casa’. Y luego me escribió la exnovia de mi hermano diciendo que mi padre se suicidó, mi hermano lo había encontrado ahí, estaba ahí”.
En la luna de Valencia
En ese momento él se encontraba en la hermosa ciudad de Valencia, pero enterarse de esa noticia fue tan duro que sintió que el tiempo se había detenido por completo.
“Me bloquée y me quedé congelado… Y lo que yo pensaba que eran minutos en realidad habían sido días. Yo estaba dentro de una casa abandonada llena de ratas y de yonkis, mirando la pared con la mente totalmente bloqueada y, de repente, veo a un grupo de personas que no conocía en lo más mínimo, me estaban agarrando y yo pensaba que era un sueño, pero me metieron en una furgoneta. Y yo decía: ‘¿qué pasa aquí?’. Era gente de Centro Reto”.
Handle me with care
Jiří define a esa asociación como una secta cristiana con miles de seguidores y varios centros en distintos países del mundo, incluso en África. Según él mismo cuenta, como habían recibido información de que llevaba una semana encerrado y sin comer, lo fueron a buscar para trasladarlo a un sitio de ellos en Valladolid.
“Ese centro se llama La Fábrica, imagínate: un parking lleno de coches rotos, un bazar o museo de coches y unos talleres, y me meten ahí. Y me preguntan: ¿eres fuerte? Y yo con mi ego idiota digo: ‘sí, soy fuerte’. ‘Entonces, ¡al desmontaje!’. Directamente a un taller. Y tú debes quitar lo máximo posible para vender. Ahí te despiertas a las seis, rezas, limpias, rezas, comes, limpias, trabajas, rezas. Así, todo el día. Yo estuve ahí un mes y luego me fui. Ellos te dejan ir voluntariamente, pero yo no tenía documentación, ni sabía dónde estaba porque no me dejaban mirar ni un mapa… no podías llamar, no podías escribir, nada… Ahí tienen sus reglas y el primer año estás totalmente aislado de todo el mundo, hasta de tu familia. Ahí viven familias, van matrimonios que tienen hijos, pero viven separados porque hay centros para mujeres y para hombres y se ven unas dos o tres veces al año. Es una mafia, de verdad, porque ellos buscan a la gente que está rota”.
Considera Jiří que, tal como le sucedió a él, suelen buscar a personas en situación de calle o recién salidas de la cárcel ya que no consiguen adaptarse al sistema.
“Yo tenía mis problemas. Imagínate que esa gente me decía: ‘es bueno que tu padre esté muerto porque eso significa que ahora está con Jesús’. Y yo: ‘¿qué dices, joder?’”
Lo que no te mata te hace más fuerte
Nacido en el pueblo de Ostrožská Nová Ves, en la región de Zlín, dice Jiří que, desde muy chico, tuvo que aprender a hacerse fuerte y eso lo ayudó a superar las experiencias tan traumáticas de su pasado. Y si bien al regresar a Chequia pasó algunos años más viviendo en la calle, hubo un momento crucial y, a la vez, muy espontáneo que sucedió cuando se prometió a sí mismo que, si algún día lograba encontrar la luz al final del túnel, lucharía por cumplir todos sus sueños.
“Soy de un pueblo y ahí, desde que eres pequeño, debes trabajar duro, debes ser fuerte, y para mí era normal hacer tonterías, jugar en el bosque, pegarme con todo el mundo, ir a pescar. Luego me fui a la ciudad porque cuando era niño me mudaba mucho porque mis padres se separaban, se arreglaban y volvían a separarse… mi familia es muy rara”.
Con lo de “rara” se refiere también a que sus abuelos peleaban tanto con sus hijos, es decir, con los padres de Jiří, que tomaron la decisión de dejar de verlo. Sin embargo, él asegura que no les guarda rencor y aprendió a perdonarlos. De alguna forma esa actitud le permite concentrarse en lo esencial: empezar a cumplir con aquella promesa que se había hecho, algo que efectivamente logró llevar a cabo al decidirse a competir profesionalmente en pulseadas. Y la verdad es que mal no le fue: hasta el momento lleva ganadas cinco medallas de plata.
“Soy uno de los mejores en Chequia en mi categoría de peso, que es entre 70 y 85 kilos, aunque me gusta participar en muchas categorías, y también puedo bajar o subir diez kilos con cierta velocidad. Cada día estoy haciendo ejercicio y entrenando y tengo en mi casa todo para eso; además, cada día ando 20 kilómetros”.
En las alturas
En Praga, Jiří lleva viviendo unos veinte años algo interrumpidos, muchos de los cuales los pasó en la calle, en modo supervivencia, recurriendo a los espacios más empáticos de la ciudad. Explica que, en ese contexto, uno de los aspectos más complicados es el tremendo círculo vicioso que implica no poder darse una ducha y, por lo tanto, espantar a la gente y, por ende, empezar a aislarse. Agradece, sin embargo, que, en esa época, podía acudir a la Biblioteca Central de Praga, ya que ahí, además de leer y estar tranquilo, podía usar internet y, por lo tanto, postular para un trabajo.
“Bueno, me la pasaba en muchos lugares: en tranvías y en varios sitios aquí en el centro, pero yo era un vagabundo diferente: yo sabía que no quería estar ahí mucho tiempo y este año voy a cumplir 11 años sin beber alcohol, y si estás en la calle pero no tomas alcohol es mucho más fácil salir de ahí. Yo tenía un plan: no quería ir a un hostel o algo así, no quería meter dinero en eso. Voy a coger un saco de dormir, una hamaca y ahí donde están esos grandes letreros publicitarios jamás te puedes imaginar que va a dormir una persona, a cinco o siete metros de altura. Ahí yo me sentía seguro porque nadie me podía robar ni nada y, como soy muy ágil y entreno cada día, para mí no significaba nada subir hasta ahí”.
Concretamente, asegura que pasó muchas noches durmiendo en un altísimo letrero publicitario en plena zona de Florenc, muy cerca de la estación de buses. Y asegura que, aunque a mucha gente pueda parecerle una locura, fue una de las mejores decisiones que tomó ya que, insiste, cuando una persona está en situación de calle, casi nunca resulta conveniente pagar un alojamiento.
“Sí, porque gastas ese dinero mientras vives con mucha gente que te puede robar. Siempre debes tener cuidado: yo siempre tenía un lugar donde guardaba los documentos que más necesitaba para no perderlos. Y cada día pagaba 80 coronas para guardar mochilas y todo eso en la estación de tren: 80 coronas por 24 horas. Yo sabía que necesitaba 80 coronas cada día para para guardar y 50 coronas para una ducha. Y otras 120 coronas para lavadora y secadora. Ahí tenés internet gratis también”.
Marido sin esposa
Otro factor clave en la recuperación de Jiří fue un emprendimiento que él mismo promociona entre todos los latinos y españoles con los que se va cruzando: sus servicios como marido a domicilio, más conocido como manitas o arreglatodo.
Mis clientes son solamente latinos y españoles. Y ellos siempre me dicen, cuando me conocen por primera vez: ‘tu eres el primero que sabes español y tienes confianza en mí’.
“Esto es para mí como un hobby porque yo tengo mi trabajo principal: soy obrero y, desde los 15 años, estoy trabajando en distintas obras aquí en Praga: llevo unos veinte años construyendo edificios grandes como Westfield Chodov y proyectos como Port 7 en Holešovice, que he hecho con mi equipo. Hago montajes en alturas, soy soldador, tengo muchas profesiones y, entonces, sé hablar español, vivo en Praga, en la capital y aquí hay una concentración de españoles entre muchos otros extranjeros y sé trabajar con las manos y tengo cabeza, ¿no?”
Todos los caminos, en definitiva, lo fueron llevando a esa ocupación secundaria que, de algún modo, condensa muchos de sus talentos, incluido el de llevarse muy bien con el público de habla hispana.
“Mis clientes son solamente latinos y españoles. Y ellos siempre me dicen, cuando me conocen por primera vez: ‘tu eres el primero que sabes español y tienes confianza en mí’. Porque no es solo que voy a su casa, arreglo un grifo y listo; ellos me preguntan muchas cosas, por ejemplo, cómo conseguir todo lo que necesitan aquí en Chequia porque, quizás, en su primer mes o en su primer año, no tienen muchos contactos”.
De todos modos, cuenta que, entre sus clientes, hay algunos que llevan viviendo ya un buen tiempo y, aunque él hace realmente de todo, no deja de tener claros sus límites.
“No trabajo con gas, para eso tengo otros compañeros que tienen certificado y todo porque son cosas peligrosas. Tampoco hago trabajos grandes de electricidad, pero sí cosas como cambiar la bombilla o montar una lámpara, eso sí puedo hacerlo… pero para otras cosas hay que tener papeles y seguro. También ayudo un poco a la gente con las leyes de aquí, por ejemplo, si alguien compra una casa y encuentra en ella fallos y no sabe cómo reclamar. Yo los puedo ayudar porque conozco a especialistas idóneos, y es mucha pasta la que puedo hacerle ahorrar a esa gente”.
En cuanto al llamativo y quizás marketinero nombre de ‘marido a domicilio’, reconoce Jiří que también le trajo algunos inconvenientes.
“Bueno, hay mucha gente que hace chistes sobre mí, pero a mí me da igual porque si no entienden qué quiero decir con eso, ¡a tomar por culo! Que se vayan, me da igual, no se me va la vida en eso. La gente que quiere conocerme y luego ve mi trabajo, me termina llamando siempre. Y no me llaman solo para el trabajo, me llaman también para que vaya a mirar fútbol con ellos o jugar al fútbol, o cenar. Es así, quizás, porque tengo un carisma que llama la atención y yo no puedo callar: me da igual qué tontería vaya a decir”.
¡Mamita!
Revela Jiří que quien le transmitió esa gran destreza manual fue su madre, que hoy tiene 60 años y, según él mismo cuenta, es tan hábil que acaba de hacerse toda la cocina de la casa sola. Al mismo tiempo, revela que su madre le recuerda un poco a las mujeres latinas casadas con checos porque, en su opinión, siempre son ellas las que mandan en la casa por su carácter y por el hecho de ser grandes guerreras. Y, en un terreno un poco más íntimo, se anima incluso a contar que, en algunos casos, percibió ciertos celos por parte de los maridos de sus clientas, sobre todo el de una de ellas que, apenas lo vio pasar por la puerta, empezó a tantearle los bíceps del brazo.
“Lo que me pasó con esa mujer que era mi clienta es que yo no sabía que su marido era checo. Entonces, él salió del dormitorio y yo lo saludé, me presenté y le pregunté si sabía español; y la que me respondió fue ella misma diciendo: ‘tú habla tranquilo en español que él no entiende nada’. Ahí me di cuenta de que entre ellos hablaban en inglés”.
En una relación con hablantes hispanos
Más allá de ese episodio de alto voltaje, a él le encanta trabajar con latinos y latinas. No solo porque siempre recibe de ellos solo excelentes comentarios y respuestas, sino también porque suelen ser muy alegres, simpáticos y abiertos, aun cuando reconoce que, como checo, no dejan de impactarlo el contacto físico y los gestos efusivos.
“Yo no estoy acostumbrado, hombre, ni siquiera estaba acostumbrado a que mis padres me abrazaran porque, desde niño, yo tomaba distancia de todo el mundo porque la gente es hija de puta. Yo eso lo conozco desde niño y mi madre siempre me decía: ‘no confíes en nadie, ni en mí’. Eso siempre me decía mi madre, imagínate”.
“De pronto viene una señora y me dice: ‘desde este momento eres mi nieto’. Joder, me estaban saliendo las lágrimas porque eso no me lo había dicho ni mi propia abuela”.
Lo interesante es que, más allá de esa diferencia cultural, se siente con latinos y españoles como en casa. O, mejor dicho, mucho mejor que en casa.
“Bueno, yo conocí a esa gente y he aceptado vuestra hospitalidad, imagínate que yo llegué a Andalucía y, ya el segundo día, me estaban invitando al cumpleaños de un chaval de dos años: había cincuenta personas en esa familia, yo nunca había visto una familia así de grande, nunca, solo en televisión. La verdad es que estaba flipando y, entonces, viene una abuela y me dice: ‘desde este momento eres mi nieto’. Joder, me estaban saliendo las lágrimas porque eso no me lo había dicho ni mi propia abuela y, en ese momento, sí me lo decía esa señora que ni siquiera me conocía y, desde entonces hasta ahora, sigo hablando con esa familia”.








