Max Dančo, el checo de 25 años que conoce la música latinoamericana mejor que muchos hispanos
Aun cuando en Chequia casi no circula, el joven Max Dančo se ha dedicado a rastrear la música latinoamericana como un arqueólogo digital: YouTube, IA y un algoritmo que fue moldeando a fuerza de búsquedas, casualidades y paciencia. Hoy conoce compositores, discos y estilos que van de Facundo Cabral a Osvaldo Rodríguez, nombres que muchos jóvenes latinoamericanos ya ni registran. Y entre sus influencias aparece una sorpresa deliciosa: su devoción por la comedia argentina Esperando la carroza, un clásico para llorar de risa que terminó de sellar su vínculo con la región.
Aunque la música lo impulsó a ir más allá de las fronteras, Max Dančo llegó a ella gracias a una tradición bien checa: la de los llamados campamentos de agua, que se centran en distintas actividades realizadas en el río Moldava y duran unas dos semanas. Sin embargo, asegura que le costaba mucho integrarse: no le resultaba cómodo levantarse tan temprano para meterse enseguida en las aguas heladas del río y, en definitiva, no le sentaban tan bien esas actividades tan típicas de los scouts.
“Creo que fui unas cuatro veces, o sea cuatro años seguidos. Y tenía catorce años cuando compré mi primera guitarra, la misma que tengo hasta hoy. La compré porque lo único que realmente me salía bien en esos campamentos era cantar frente al fuego: no tenía fuerza física, era flaco, pero el agua me gustaba. Y ahí descubrí las canciones ‘trampské’ (de fogón), y eso fue lo que me unió al grupo y, al mismo tiempo, lo que me llevó a la música”.
Gracias a Bob Dylan
"Lo único que realmente me salía bien en los campamentos era cantar frente al fuego".
A los campamentos nunca más volvió, pero sí a esas canciones que siguió tocando solo en su casa. Y hasta el día de hoy agradece esa oportunidad en un principio difícil e incómoda porque eso le permitió acceder a canciones que, de otro modo, nunca habría aprendido. En la actualidad, Max es el cantante de la banda de rock Já a spol y, aunque el grupo fue tomando también otras vertientes, uno de sus máximos referentes es Bob Dylan.
“Él fue el que me llevó a todo esto. Gracias a Bob Dylan aprendí inglés porque empecé a interesarme en sus canciones que son tan lindas: escuchaba su voz, su manera de cantar y en una época logré imitarlo muy bien. Ahora ya no lo hago tanto, y una vez que logré pronunciar en inglés como él, me empezó a interesar también el significado de lo que decía. Entonces quise saber de qué trataban esas canciones realmente y descubrí lo fantásticas que eran. Eso me hechizó, y creo que fue el impulso principal”.
Hijos de tigre
Otra referencia muy especial, aunque ya del ámbito checo, es la famosa banda Laura a její tygři, que tomó su nombre de la novela corta El tigre de Tracy de William Saroyan. El líder de esa agrupación, Karel Šucha, es el padre de Adam Šucha, el guitarrista de la banda de Max y, por supuesto, ya tocaron varias veces juntos.
“Sí, sí, ya les hicimos de teloneros varias veces, y la verdad es que Karel apoyó mucho la banda de su hijo Adam. Lo interesante es que cuando presentamos nuestro álbum, que en realidad es un cassette, en el Teatro de Vršovice, vino mi papá que es el ilustrador del álbum, pero además él había ilustrado hacía años la edición checa de El tigre de Tracy. Y como en la presentación tocaron también Laura a její tygři así se conocieron nuestros padres. Y cuando nos enteramos de eso dijimos: entonces tenemos que llevarnos bien, esto va a funcionar”.
De aquí y de allá
Por último, y quizás mucho más sorprendente, otra de las grandes referencias de este joven músico es la canción latinoamericana, un género por el que siente muchísima atracción a pesar de estar muy poco difundido en su país.
“Creo que siempre percibí la música latinoamericana como un gran tema, algo inabarcable. Pero en nuestro país, quien siempre presentaba la música latinoamericana era Waldemar Matuška. Y la canción que yo siempre tocaba con muchísimo gusto, y que me salía bien, era Los ruiseñores de Madrid. Es muy fuerte, muy sonora, y queda muy bien en los fogones y en todos lados. A todos les gustaba. Siempre me gustó tocarla, y a mí también me gustaba escucharla”.
A pesar del título con que ese tema se hizo conocido en plena época de la Cortina de Hierro, cuando los derechos de autor eran un asunto sin ninguna importancia, Max está en lo cierto: la melodía nació, en efecto, en Venezuela en el año 1954 como “Los garceros” y la compuso el arpista Juan Vicente Torrealba. Luego pasó por Francia, donde, a mediados de los años sesenta, Hugues Aufray la adaptó como Le Rossignol Anglais y, por último, el texto checo Slavíci z Madridu (Los ruiseñores de Madrid) fue escrito por Ivo Fischer para Waldemar Matuška en 1968. En todo caso, es probable que de tanto buscar e interesarse, hoy Max conozca más artistas de esa región que la mayoría de los jóvenes latinoamericanos, como demuestra por ejemplo su interés en José Larralde o en el cantante brasilero Jorge Ben Jor y, en especial, su disco A Tábua de Esmeralda.
“En aquel momento, lo percibía todo como una sola cosa, no lograba distinguir bien el español y el portugués. Así que esa fue una de las primeras cosas que escuché de Latinoamérica y llegué a eso, otra vez, a través de los años sesenta. Y luego después descubrí al primero que me fascinó de verdad: Jorge Cafrune. De él lo primero que escuché y que realmente me atrapó fue No soy de aquí, ni soy de allá. Me la recomendó YouTube y vi una foto de él amarillenta, con su sombrero, y me encantó. Eso fue lo primero que escuché, y me gustó muchísimo. Más tarde me enteré de que, en realidad, Facundo Cabral había escrito esa canción, pero Jorge Cafrune tiene una voz preciosa y es muy varonil, parece muy fuerte, resistente. Y además aparece en algunas películas, a las que no sé cómo acceder, pero vi algunos fragmentos y me encantaron. Después de eso empecé a escuchar un poco más en serio a algunos chilenos como Violeta Parra, Víctor Jara, Inti-Illimani, que me gustan mucho”.
Las canciones abiertas de América Latina
Como no todo es armonía en la vida, algo interesante que sucedió es que, a medida que Max fue profundizando en las letras de esas canciones que incluso tradujo al checo, se dio cuenta de que eran fuertemente comunistas. Eso lo colocó en una disyuntiva: no quería modificar las letras ni cambiarles el sentido, pero tampoco le nacía cantarlas por lo que el comunismo significó en su familia y en su país. Por supuesto, una primera conclusión que sacó Max de todo eso es que se trata de dos vertientes de comunismo muy distintas, pero más allá de esa distinción asegura que mucho más que la política le interesan los temas humanos. Y, a propósito de chilenos, otro que le llamó poderosamente la atención fue el trovador chileno Osvaldo Rodríguez que vivió entre 1976 y 1978 en Praga y hasta obtuvo un doctorado en la Universidad Carolina.
“Lo descubrí cuando leí sobre él en Wikipedia porque me atrapó tanto que quise saber más, y me di cuenta de que no estaba en la cima de la fama allá. Y entonces me empezó a interesar su vida. Y de repente no podía creer lo que leía: que había volado a Praga y que aquí estudió. Y yo pensé: ¿cómo es posible? ¿Hay alguna nota de alguien? ¿Alguien lo conoció? ¿Alguien habló con él? ¿Había aquí grupos de folk que pudieran interesarle? ¿O a los que él les pudiera interesar? Porque aquí no es conocido. Nada. Nada. No sé si alguien de los que menciono es conocido aquí. Sé que Inti‑Illimani se hizo famoso en Italia, claro, porque vivieron allí y actuaron allí. Y Lucio Dalla reaccionó a ellos, el cantautor. Esa conexión la descubrí hace poco y me parece fascinante”.
"Me parece que es más fácil encontrar almas afines cuando tu lengua materna la hablan millones de personas, aún con diferencias”.
Además del propio Matuška, dice Max que el cantante checo que más tiene en común con esos artistas es Karel Kryl mientras que Zuzana Navarová no solo estudió música española y brasileña, sino que también armó todo un álbum bajo la influencia de la música cubana. Max afirma que le interesa mucho cómo los distintos países de América Latina tienen su propia identidad, pero al mismo tiempo pertenecen también a una especie de gran identidad colectiva. Y, en ese sentido, volviendo a una figura tan fuerte como la de Facundo Cabral, dice Max que él ve con bastante admiración cómo en el ámbito latinoamericano todos esos ídolos de la canción son muy reconocidos y amados por su público, incluso más allá de las fronteras de su país.
“Me da la impresión de que la gente los quiere mucho y se ocupa de ellos con mucho cariño: veo que hay un gran amor en los países hispanohablantes. Quizá sea porque hay tanta gente que habla ese idioma, que las personas siempre se terminan encontrando; mientras que los que hablamos checo u otras pequeñas lenguas de Europa somos muy pocos, no tenemos tanto poder de difusión ni tanta repercusión. Tal vez sea un complejo checo, pero me hace sentir cierta envidia: me parece que es más fácil encontrar almas afines cuando tu lengua materna la hablan millones de personas, aún con diferencias”.
Armando el algoritmo
En ese sentido, no concuerda mucho Max con la decisión que toman varios grupos checos de lanzar discos y canciones en inglés. No porque esté mal en sí, sino porque siente que no siempre reflexionan ni miden las consecuencias de esas decisiones. Él también compone y tiene siete canciones terminadas que ha presentado en distintos festivales, anuque no forman parte del repertorio de la banda porque, en su opinión, tienen otro estilo. De todas formas Já a spol. sí tiene en su repertorio un tema con letra suya y melodía de una canción gitana de Hungría.
Afirma Max que él encontró en la IA una buena forma de compensar la falta de información que hay en Chequia sobre la música latinoamericana y también cuenta que suele entrenar al algoritmo: cada tanto suele volver a ciertas canciones para “educar” al sistema y obtener buenas recomendaciones. Así fue encontrando y descubriendo a más artistas, aún cuando reconoce que lo suyo no es la tecnología, tal como comprobó al estudiar la carrera de creación cinematográfica y televisiva.
“Soy malo para estudiar y no se me daban las tecnologías. Y aquello era muy tecnológico: a mí me interesaba el guion, la dirección y la actuación. También la parte fotográfica, pero ahí tienes que aprender realmente cómo funciona la cámara y en esas cosas me sentía totalmente perdido. Me dio mucha alegría terminarla, de verdad. La hice tres veces. Recién a la tercera la terminé, y aun así me dieron el título como de mala gana. Incluso el profesor me dijo: ‘Por favor, no entres al mundo del cine. Te damos el aprobado, pero no te metas nunca en el mundo del cine’”.
Ciñendo voy tu cintura
Max le hizo caso a su profesor y hoy aprovecha buena parte del tiempo que tiene para entregarse a su verdadera pasión: la música.
“Toco siempre que quiero. Llevo la guitarra conmigo todo el tiempo y cuando me da ganas, toco incluso en la calle. Una vez pasé un momento precioso: llevaba la guitarra sin correa, apoyada en el antebrazo y me puse a tocar. Iba caminando así, como un loco, por Malá Strana. Cantando porque Praga es inspiradora: cuando ves esas casas antiguas, esos muros, y encima improvisas melodías… canto lo que quiero, con total libertad. Intento no molestar a nadie y no cantar demasiado fuerte, y dejo de hacerlo cuando hay mucha gente. Pero una vez pasó una señora con un perro y me dijo: ‘Eso… es algo que creaste tú, tú llegaste a eso. Haz lo que quieras y no le hagas caso a los demás.’ De verdad. Me elogió así. Fue hermoso, fue hermoso.”
De alguna forma ese amor a la guitarra refuerza también su pasión por la música en español.
“Pienso que la música latinoamericana es como el refugio y el hogar natural de la música hecha con guitarra. Siento que ahí siempre va a estar más en casa, desde ahí va a irradiar y a atrapar a quien escucha, juega un papel muy importante”.
Llorar de la risa
Mientras ultima los detalles del segundo disco de su banda que saldrá, al parecer, a fin de año, dice Max que a él no le interesa promocionar su música mediante becas, festivales o circuitos de visibilidad: apuesta por construir una comunidad propia, honesta y cercana, como imagina que ocurre, justamente, en Latinoamérica.
“La cuestión es si hablamos de música latinoamericana en general, o de países concretos. En ese sentido, en Argentina y en Chile, por ejemplo, encontré algo que me encantó y que se mezcla con elementos indígenas más antiguos: melodías de pueblos originarios a las que se les añade letras en español. En Argentina también descubrí a los gauchos de las Pampas, con todas sus particularidades, y también Buenos Aires y Montevideo, en Uruguay. Incluso vi una película argentina famosa hace un tiempo: una comedia de los años ochenta, muy conocida y muy graciosa que tiene a ese gran personaje que es mamá Cora, y me pareció super interesante”.
Asegura Max que, incluso sin haber entendido todos los chistes, le encantó la película y le resultó increíblemente graciosa a tal punto que en un momento se sorprendió a sí mismo llorando de la risa. Agrega que el caos de Esperando la carroza le recordó mucho el temperamento italiano y a una película checa llamada Una boda a lo grande (Svatba jako řemen), a la que también define como una comedia totalmente desquiciada. Tal vez parte de esa familiaridad radique también en el hecho de que la canción que se escucha a lo largo de ese clásico del cine argentino es, como no podía ser de otra forma, checa: Penas de amor (Škoda lásky) de Jaromír Vejvoda. Así que, a pesar de las supuestas distancias, está claro que entre Chequia y Latinoamérica todo queda en familia.








