Adiós a Dita Kraus: conversamos con Antonio Iturbe, autor de La bibliotecaria de Auschwitz
Dita Kraus, superviviente checa del Holocausto, falleció este mes a los 96 años. Su historia se hizo conocida gracias a que el español Antonio G. Iturbe se basó en su trágica experiencia para escribir la novela "La bibliotecaria de Auschwitz". Iturbe llegó a entablar una amistad con Kraus, que incluyó visitas memorables a Praga. El escritor conversó con RPI sobre la partida de una mujer que, asegura, nunca dejaba de sorprenderlo.
El 18 de este mes de octubre se conoció la noticia del fallecimiento de Dita Kraus a los 96 años. Se trataba de una de las últimas sobrevivientes del Holocasuto, cuya historia fue rescatada del olvido por el escritor español Antonio G. Iturbe. En la novela La bibliotecaria de Auschwitz –como sería conocida Kraus posteriormente–, cuenta la historia de la mujer cuando tenía solo 14 años y se encontraba recluida en el barracón 31 del Campo BIIb de Auschwitz-Birkenau, en donde tuvo la tarea de cuidar, en secreto y arriesgando su vida, una colección de ocho libros. La historia tuvo un gran éxito y cambió la vida tanto del escritor como de la mujer que inspiró a la heroína de la novela. Sobre la noticia de su fallecimiento, Iturbe nos cuenta que, a partir de algunos indicios de los últimos tiempos, pudo ver que, tal vez, su comunicación con Dita estaba próxima a interrumpirse, al menos en este plano.
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“Nosotros habíamos tenido una relación muy fluida durante muchos años. Cuando yo la conocí, ella todavía estaba a punto de cumplir 80 años. Durante más de 15 años tuvimos una relación muy fluida a través del correo electrónico, nos hemos visto en persona también, pero nos hemos escrito mucho y ella a veces podía tardar dos, tres, cuatro días, a veces cinco si se despistaba, pero siempre contestaba.
Cuando ya empezó a dejar de contestar mis correos electrónicos, me temí que ella estaba mal. Y ya su hijo pues me empezó a decir que estaba en una clínica cuidada. Ese silencio suyo fue como una especie de aviso de que había llegado a la última etapa de su vida”.
Un libro que lo cambió todo
El escritor cuenta que dio con ella casi por casualidad. En ese entonces, estaba interesado en adquirir un libro llamado The painted wall, de Ota Kraus, y, buscando en línea, encontró a una mujer que lo vendía. Se trataba de Dita Kraus, esposa del autor, y, además, protagonista real de una historia contada por Nili Keren en The Death Camp. Al ponerse en contacto con ella por correo electrónico, ambos se llevaron una gran sorpresa: él por descubrir la existencia de la sobreviviente, y ella, por el hecho de que alguien demostrara tanto interés en su historia.
“Y cuando yo le contesté le dije: ‘Me interesa muchísimo su historia’. Ella me contestó diciendo que no entendía por qué me interesaba su historia, porque ella era una persona muy corriente y no tenía nada especial que contar.
Dita era una persona muy humilde, extraordinariamente humilde y yo le dije: ‘A mí me parece interesante, importante que estuviera en relación con estos libros en ese barracón’. Y fue cuando empezamos nuestra relación a través del correo electrónico.
Pero ella –y esto lo cuenta en sus memorias también– era una persona, que había estado siempre como en un segundo plano, porque su marido era una persona con una proyección pública mayor. Ella lo quería muchísimo, pero sí que es cierto que su marido pues tenía esa proyección mayor, Ota Kraus, era un hombre que había publicado varios libros, era escritor y mientras que ella había quedado relegada a ser ‘Dita Kraus, la esposa de Ota Kraus’.
Ella siempre había estado en esa especie de segundo plano, y ya siendo una señora jubilada, yo llego y le empiezo a decir ‘esta historia a mí me interesa mucho’. Empezamos a hablar, yo creo que ella se va como como animando. Y, finalmente, años después decide escribir estas memorias, suyas –que yo tuve la fortuna de poder ir a Praga y estar con ella en la presentación– creo que ella un poco como que, bueno, recupera autoestima.
Porque aunque ella me regañó mucho cuando pudo leer la novela, porque dijo que el personaje en el que estaba basado su figura la hacía parecer una heroína y ella no era una heroína, ella ‘no había hecho nada especial’, siempre insistía mucho en eso, ella me decía, ‘a mí en el barracón, me dieron los libros para que los organizara y los repartiera, pero si me hubiera dado una escoba, yo habría barrido el barracón.
Yo solamente hice lo que me dijeron que hiciera, no hice nada especial, no hice nada que no hicieran otros’. Ella insistía muchísimo en eso. Ya digo, era una persona muy humilde. Pero yo creo que cuando salió la novela y le escribió gente, se dio cuenta de que realmente pues había tenido una vida extraordinaria. Y creo que se animó a escribir este libro y es una de las mayores satisfacciones que tengo. De que Dita se viniera un poco arriba y se diera valor. Porque era realmente una mujer de un valor extraordinario”.
Una visita a Praga inolvidable
La amistad que se generó entre ambos incluso se reflejó en una visita del escritor español a Praga, en la que Dita demostró ser una anfitriona ejemplar.
“Fue una experiencia fabulosa. Yo había estado en Praga años atrás de una forma muy fugaz y la verdad que caminar con Dita por Praga… Dita amaba Praga y conocía rincones estupendos donde sentarse, pequeños parques públicos con unos pocos bancos, con unos árboles. No te mostraba la Praga más conocida, aunque sí paseábamos por delante del reloj astronómico, el Puente de Carlos; pero también te mostraba un poco los rincones de de de Praga. Y la verdad es que era una delicia. Me mostró esa biblioteca tan singular que te asomas y parece que ves un infinito de libros. Fuimos a una iglesia a escuchar un concierto. A ella le encantaba la música, era muy aficionada a la música clásica.
Me llevó a ver la Sinagoga Pinkas. Fui varias veces a Praga con ella y ella siempre, aunque con el paso de los años, cada vez sus piernas respondían menos, siempre insistía en llevarme a lugares.
Además ella era una mujer muy económica. Cuando yo sugerí tomar un taxi para ir a Teresín, porque ella tenía que ir con una caja de libros de su marido, ella se escandalizó. ‘¿Cómo un taxi? ¡Son carísimos!’, me dijo. Ella tenía una idea muy económica de la vida, porque había pasado muchas dificultades y, aunque pudiera permitírselo, le parecía un despilfarro absurdo.
Así que íbamos a todos los sitios en transporte público y cuando yo le dije que me gustaría volver al cementerio judío antiguo de Praga, ella me dijo que la entrada era muy cara y que ella me iba a enseñar una forma de ver el cementerio gratuita y además sin nadie a nuestro alrededor.
Caminamos todo el perímetro de la valla del cementerio y por la calle de atrás hay un una ventana, donde hay una una reja, y te puedes asomar y ver el cementerio y estar todo el tiempo que quieras asomado viendo al cementerio desde desde el muro exterior a través a través de esa ventana. Pues Dita era así.
Le gustaba complacer. Sabía que a mí me interesaba mucho Kafka, entonces fuimos a ver las estatuas de Kafka.
Recuerdo una vez que me sorprendió mucho, que fuimos a dar un paseo y ella paró en una en una pequeña tienda de comestibles y compró unas zanahorias. Yo pensé que eran para ella, quizá para cuando tuviera un poco de hambre.
Y acabamos yendo al río y llegamos hasta la orilla. Y ahí descubrí que las zanahorias eran porque ella iba a darle de comer a las nutrias. Yo no sabía que a las nutrias les gustaban las zanahorias. Y entonces ella tenía las zanahorias preparadas para cuando aparecieran. Realmente, a mí Dita nunca dejaba de asombrarme”.
La salvación a veces es una broma
El humor, cuenta Iturbe, era uno de los recursos que la protegían de la oscuridad. ¿Hasta qué punto las bromas que hace la Dita de la ficción se parecían a las de la realidad?
“Bueno, hay una parte de ficción porque ella tenía 14 años; habían pasado más de setenta años y no podía recordar los diálogos con la precisión con la que se construye una novela: hay que reconstruir un poco la historia completa para que no quede algo deslavazado, ¿no?
Por lo tanto, el diálogo no sería exactamente así, pero sí traslada ese sentido del humor que, en un momento dado, tenía Dita: ella podía bromear con cualquier cosa. Me explicaba que, aunque parezca increíble, tenía 14 años cuando entró en el campo.
Había momentos, incluso en medio de todo el horror, en los que se reía con su amiga; hacían bromas, pensaban en futuros novios que iban a tener… no dejaban de ser adolescentes de 14 años, ¿no?
Y de alguna forma eso también la salvaba, porque si hubieran entrado en una dinámica completamente depresiva —en la que no levantas cabeza y te sientes abatido— al final realmente mueres: dejas de comer, dejas de hacer todo. Ella me decía que es absolutamente sorprendente lo que es la vida humana y, sobre todo, la capacidad que tienen los muy jóvenes para sobreponerse.
En la novela se explica otra situación que ella me contó: en el antiguo cementerio judío de Praga, con esas tumbas de piedra —un lugar de respeto, silencioso, sombrío, un lugar de la muerte— era, sin embargo, el único sitio donde los nazis permitían a los judíos andar un poco más libremente. Los niños lo utilizaban como lugar de juegos. Dita iba a jugar a las escondidas, a reírse como una niña, e incluso un compañero de clase le dio su primer beso inocente en la mejilla, sentados en una lápida. Eso parece chocante, ¿no? ¿Cómo se convierte un cementerio en un lugar de juegos y alegría? Los niños pueden con todo. Y ella, con 14 años, era capaz de tener diálogos completamente bromistas en el lugar más infernal del mundo”.
Entrar en confianza
Sin embargo, comenta Iturbe, la primera impresión que daba la mujer imponía cierto respeto, debido a sus fuertes convicciones y también, por supuesto, a la pesada historia que, a pesar de su resiliencia, cargaba en sus espaldas. Al entrar en confianza, sin embargo, relucía su faceta más luminosa.
“Pues, es verdad que Dita era una persona que al principio imponía un poco, porque parecía una persona muy seria, una superviviente del Holocausto, una persona que ha sufrido mucho. Claro, tú te acercabas a ella con el máximo respeto. Es verdad que llevaba más de un año intercambiándome correspondencia con ella, hablando a través del correo electrónico. Habíamos hablado alguna vez por teléfono, pero sí que a mí me imponía mucho, mucho respeto.
Y ella, es cierto que podía ser una persona muy seria cuando una cosa no le parecía bien o no le parecía adecuada, ella no conocía la palabra hipocresía, ella decía las cosas como pensaba que eran, y lo hacía de una forma muy directa y muy sincera. Pero, por otro lado, era una persona que sentía mucha curiosidad por los demás.
Le importaban los demás, le importaba lo que tú hacías. A mí, enseguida me empezaba a preguntar por mi familia, por mi trabajo, por mis cosas; era una persona que aparentaba ser muy seria y, en un momento dado, bueno, era una mujer que tenía un carácter. No la podías mover de sus convicciones morales, que eran muy estrictas.
Pero, a la vez, sí que era una persona muy humana, realmente era una persona que, cuando la conocías, era absolutamente encantadora y además tenía un increíble sentido del humor. Ella sonreía mucho cuando estabas en confianza con ella, a mí me mandaba incluso chistes por correo electrónico, muy inocentes y muy simpáticos. Pero sí, incluso mandaba esas pequeñas bromas.
Rápidamente superé esa especie de pequeño miedo escénico a conocer en persona que solo has tratado por correo electrónico y que es una persona que ha sufrido tanto, porque la verdad es que ella enseguida me acogió con una calidez extraordinaria”.
Con el fallecimiento de Dita, la obra de Iturbe, que ya tenía un valor indiscutible, se carga de un nuevo significado.
“Creo que la novela, ahora que ya Ditra no está, servirá también para que perdure el recuerdo de ese momento tan terrible y, a la vez, también con ese hilo de esperanza”.
El significado de las palabras con el paso del tiempo
Del mismo modo, el paso del tiempo y el giro de las circunstancias históricas, también hace que algunos pasajes de la novela se lean bajo una lente distinta. Ejemplo de ello es un fragmento en el que Fredy Hirsch, el líder judío que organiza la escuela clandestina dentro del bloque 31, piensa que los judíos “cuando todo esto acabe crearan un ejército y será el más duro entre los duros”. Esas palabras, leídas en el contexto de 2025, tienen un peso muy especial.
“Pues es evidente que sí, que tiene mucho que ver con lo que hemos visto que ha sucedido y está sucediendo en Gaza. Esa brutalidad del ejército israelí.
Yo escribí ese pasaje porque, leyendo algunas cosas de Hirsch, que me parece un personaje admirable, de una valentía increíble, de una enorme generosidad, sí que tenía esa tendencia, esa afición por esos grupos de escolta, esa especie de Boy Scouts, de uniformes, jerarquías, creía mucho en el sionismo y ya un poco estaba esa esa semilla de defenderse atacando. Hirsch no sobrevivió a Auschwitz y no sabemos cómo hubiera actuado en el futuro. Pero realmente produce una enorme tristeza lo que ha sucedido en Gaza. Y cómo el ejército de Israel ha reaccionado, con esa dureza al sentirse atacado. Ha desplegado una violencia realmente atroz. Es algo que los expertos analistas e historiadores tendrán que dilucidar. Porque ese gobierno de Netanyahu ha perdido la empatía con sus vecinos de Gaza, de esa forma tan tan brutal.
En cualquier caso, lo que sí puedo decir es que a Dita Netanyahu no le agradaba. Ella era muy feliz en Praga y, si no hubiera sido por su situación de salud, su idea era permanecer en Praga, que es donde realmente era feliz”.
Memoria, sí; odio, no
Teniendo en cuenta el contexto actual, la historia de Dita puede convertirse en un ejemplo de grandeza aún más valioso. A pesar de las penurias y de las inenarrables injusticias que tuvo que sufrir, logró abandonar el odio, una actitud que hoy, pareciera, está de moda.
“Ella me decía que ella no olvidaba, ella no podía olvidar todo lo sucedido, realmente fue una tragedia terrible, su padre murió en Auschwitz, su madre murió también en el campo Bergen-Belsen cuando los trasladaron. Murió su abuelo en Terezín. La verdad es que fue muy duro lo que vivió, pero una vez le pregunté: ‘Dita, tú después de todo lo que has vivido, de todas tus experiencias, a la gente joven ¿tú qué les dirías?’ Y ella me dijo: ‘Les diría a las jóvenes madres que enseñaran a sus hijos a no odiar’.
Y ella me decía que ella ya no odiaba, que ella no podía olvidar el sufrimiento, pero que ya no odiaba. Ella, durante bastantes años, me explicó que no podía viajar a Alemania, no se sentía capaz de viajar a Alemania. La invitaban reiteradamente de una forma muy respetuosa para que diera charlas, pero ella durante años se negó a volver a Alemania.
Hasta que, en cierto momento, ya siendo bastante mayor, decidió que sí, que tenía que ir a Alemania, porque su deber era explicar a las siguientes generaciones lo que había sucedido y ella, como superviviente, se sentía en la obligación moral de contar todo eso. Y después sí que viajó a Alemania más veces y bueno, incluso pusieron una placa con el nombre de su madre que había fallecido en Bergen-Belsen.
Con el paso de los años, nunca se supera obviamente algo así, pero fue acomodándolo un poco en su interior. Y aunque obviamente eso pesaba dentro de ella, ella me aseguraba que ya no tenía odio dentro de ella”.
Terminamos con un mensaje del escritor que, como tal, logró rescatar del olvido y poner en valor la vida de una mujer digna de mil relatos y homenajes, siendo la amistad, probablemente, el más valioso de todos.
“Pues decir que Dita era una persona muy única. Uno siente la tristeza de que ya no esté, alguien que tenía tantos valores y tan altísima dignidad, pero bueno, se fue sin sufrimiento y, de alguna manera, cumplió el ciclo de su vida y, esté donde esté, pues deseamos que esté en paz”.









