Tuzex: el curioso sueño consumista de la Checoslovaquia comunista
Con bonos casi inaccesibles para la gran mayoría, las tiendas Tuzex se convirtieron en un símbolo de deseo, desigualdad y fascinación por Occidente: un oasis capitalista en plena Checoslovaquia comunista. Ondřej Kinkor, empresario checo que pasó su infancia en México, explica por qué este extraño híbrido entre socialismo y consumo dejó una huella indeleble en la memoria del país.
Incluso en plena Checoslovaquia comunista existió una fiebre de consumo tan intensa como paradójica. Un deseo casi inaccesible que marcó a varias generaciones y tuvo un claro epicentro: las tiendas Tuzex. Más que comercios, fueron un fenómeno materialista y, a la vez, cultural que ofrecía un acceso excepcional a los tan ansiados productos occidentales. Así lo recuerda el empresario checo Ondřej Kinkor, quien recuerda que la economía socialista se regía por la planificación central: planes quinquenales que fijaban qué y cuánto producir sin atender a la oferta y la demanda. El resultado, en consecuencia, no sabía de términos medios: o excedentes o escasez.
“Y ese es el problema que dio origen a este negocio o a esta red de negocios que se llama Tuzex. Como la economía es cerrada, no hay cambio ni ingresos en moneda extranjera. O sea que una de las razones por las que ellos establecieron estos negocios, esta redes de negocios fue para agarrar divisas por parte de los extranjeros que viajaban a Checoslovaquia o de los residentes checoslovacos que trabajaban en el extranjero y a quienes les pagaban con moneda dura”.
Explica Ondřej que el gobierno comunista se quedaba con esas divisas porque necesitaba comprar todo aquello que no se producía a nivel local, como el gas y la gasolina. En todo caso, para los checoslovacos de aquel entonces, esos negocios representaban la oportunidad de conseguir nada menos que lo imposible.
“Bueno, al principio, solo había cosas importadas de Occidente, de la mejor calidad, luego también productos checoslovacos que se producían para el extranjero; o sea, que no podías comprar aquí. Porque, por ejemplo, había coches para el mercado local y luego coches que se exportaban porque tenían algunas cositas mejor, y por eso se ofrecían en el mercado occidental y los podías comprar en Tuzex, que fue establecido en 1957”.
Las siglas que dieron nombre a la cadena significan TUzemsko–Zahraniční EXport, es decir, “Exportación Nacional–Extranjera”, ya que el objetivo de esa compañía estatal de Checoslovaquia, tal como explica Ondřej, era manejar la importación de productos de Occidente, pero también la exportación de productos checoslovacos. De todas formas, Tuzex se volvió famoso, sobre todo, por las tiendas donde se vendían productos inaccesibles para la mayoría de la población y que solo podían comprarse con bonos especiales, no con coronas checoslovacas.
El boom checoslovaco
Y a pesar de que su origen es incluso previo a la década del sesenta, asegura Ondřej que el auge que hizo que se volvieran, paradójicamente, una marca registrada del comunismo, sucedió, en realidad, muchos años más tarde.
“El boom de estos negocios fue en los años 80, cuando un poco más gente de empezaba a poder viajar al extranjero y también trabajaban en el extranjero y podían conseguir estos bonos. Pero lo más peculiar de estos bonos es que, como eran escasos, provocaron un mercado gris o negro. Había gente que cambiaba bonos en la calle, lo cual era un negocio ilícito, pero ellos ganaban bastante porque había una tasa de cambio oficial de bonos y coronas checoslovacas, algo como cinco coronas checoeslovacas por un bono. Pero en la calle la relación era, por ejemplo, de 20 a 1. Es decir que el que vendía los bonos ganaba muchísimo dinero, pero aún así la gente deseaba comprarlos porque quería jeans o lo que fuera que no podían obtener aquí. O sea, había colas en los negocios y la gente quería comprar estos bonos porque normalmente no podía comprar bonos ni cambiar dinero en el banco con coronas checoslovacas”.
Es decir, todos aquellos que, por ese entonces, trabajaban en el extranjero recibían su dinero en el equivalente a la moneda checoslovaca o en bonos. Y aunque la venta callejera de esos cambistas del mercado negro, a los que se los conocía como “vexláci” era ilegal, Ondřej aclara que estaba bastante organizada. De hecho, entiende que el gobierno la toleraba porque no querían que desapareciera la rentabilidad de las tiendas Tuzex.
“Había diferentes tiendas especializadas. O sea, había tiendas con ropa, había tiendas de artículos domésticos, pero también había unos catálogos donde podías elegir lo que tú quisieras: coches, raquetas de tenis, lo que sea. Y ellos lo encargaban o pedían en el extranjero. Es que era una organización muy grande que negociaba con compañías, por ejemplo, alemanas. Era una compañía oficial”.
Un país de favores
Aunque Tuzex era exclusivo de Checoslovaquia, explica Ondřej que casi todos los países comunistas contaban con algo similar ya que el hecho de ofrecer, al menos, algo que elevara un tanto lo estándar de la sociedad, ayudaba a que muchos ciudadanos estuvieran un poco más tranquilos.
“No podías cambiar ese dinero oficial, pero este mercado gris funcionaba de tal forma que cada familia sabía cómo hacer para cambiarlo, solo que era bastante caro. O sea, no era para cualquiera. Pero, por ejemplo, algunos músicos o la gente muy famosa tenía quizás un Mercedes-Benz porque ganaba ganaba bastante dinero y podía cambiarlo y comprar ahí”.
Por su parte, aclara que un trabajador promedio solo podía comprar muy de vez en cuando en esas tiendas algunos productos como jeans, que en su momento despertaron una verdadera euforia. El cine checo tiene algunas películas como Bony a klid (Bonos y calma, 1987), que muestran escenas características del universo Tuzex, como las grandes filas de gente esperando para ingresar a las tiendas.
“Las colas frente a las tiendas y la escasez de productos... Es decir, sabías que tenías que conocer a alguien que trabajara en alguna tienda para conseguir lo que buscabas, eso era bastante normal. Y los que sabían moverse en ese sistema, llevaban una vida bastante buena, al menos en términos materiales ya que podían conseguir muchas cosas. Yo recuerdo que había, por ejemplo, una revista de dibujos animados que era imposible conseguir porque, como te decía, era un mercado centralizado y decían: ‘Ok, vamos a imprimir mil copias y eso es todo’. Pero si conocías a alguien en la tienda te la guardaba. A cambio de algo, claro. O sea, el mercado gris funcionaba también como un trueque: alguien te guardaba la revista, pero a cambio de algo que tú le podías conseguir a él. Lo pagabas, pero también le dabas algo, una recompensa”.
Es decir que, en algún punto, todo se volvía una cadena de favores.
“Exactamente, era un país de favores. Debías conocer a alguien en cualquier lugar para conseguir algo porque cuando la gente se enteraba de que llegaba alguna mercancía y esa mercancía era escasa y tú conocías a alguien en el negocio, esa persona te lo guardaba porque había cola y todos la querían”.
Un oasis en el desierto
Agrega Ondřej que los Tuzex no estaban solo en Praga, sino también en las ciudades más grandes y eran varios porque había tiendas especializadas, por ejemplo, en ropa, cigarros o comida. De hecho, el 14 de agosto de 1974 hubo un incendio en el Palacio de Ferias (Veletržní palác) de Praga, donde tenían su sede varias tiendas de la cadena, por lo que luego se levantaron otras tiendas en reemplazo en distintos puntos de la ciudad. Lo curioso es que Tuzex sobrevivió al propio sistema económico que lo hizo nacer, ya que, aunque muy venida a menos, siguió existiendo después de la Revolución de Terciopelo, más o menos hasta 1993, aunque ya casi no tenía razón de ser porque todo podía comprarse en las tiendas normales.
“Lo recuerdo como ayer: entré con mi abuela y me compró un huevito de chocolate Kinder. Nos emocionábamos por cosas así de simples; lo que era algo normal para cualquiera, aquí no”.
Ondřej Kinkor
No obstante, en su época, las tiendas de Tuzex eran algo así como un oasis en el desierto, una muestra del mundo que el país dejaba probar a cuentagotas. Como vivió buena parte de su infancia en México, explica Ondřej que solo estuvo una vez en una de esas tiendas, pero esa única vez se le quedó grabada para siempre porque ahí era posible conseguir, por ejemplo, todo lo que se vendía en Alemania, incluso coches.
“Sí, porque en esa tienda había muchísimas cosas que no estaban en las tiendas checoslovacas: entrabas y había de todo, una abundancia de cosas, marcas que ni conocías, y todo bien hecho, con colores y todo eso. O sea que sí, estuvo bien padre, lo recuerdo como ayer: entré con mi abuela y me compró un Kinder, el huevito de chocolate. Y es que eso pasaba aquí: la gente se emocionaba por cosas simples como un huevito de chocolate, lo que era algo normal para cualquiera, aquí no. Las latas de refresco se coleccionaban porque no había eso. Yo una vez recuerdo que le traje de México una lata de Coca-Cola a un amigo y estaba muy agradecido porque eran cosas diferentes, ¿no?”
El eterno retorno
En pleno centro de Praga funciona desde hace quince años Tuzeks, una tienda creada por las hermanas Lenka y Kateřina Kerelová que recupera, a su manera, el espíritu del antiguo Tuzex. Una de ellas incluso dedicó su tesis doctoral a estudiar aquellas tiendas.
Lo cierto es que eligieron el nombre “Tuzeks” —similar pero no idéntico, porque el original está registrado— para subrayar que no se trata de una mera réplica, aunque aseguran que muchos visitantes entran preguntando por jeans o radios como si fuera un Tuzex auténtico.
Su proyecto nació cuando empezaron a rescatar vidrio soplado checo que la gente desechaba sin advertir su valor. Hoy Tuzeks da nueva vida a objetos típicamente checos en un país donde la mayoría de las cristalerías han cerrado por los altos costos energéticos, y donde preservar estas piezas únicas se ha vuelto casi una carrera contra el tiempo.
“Son productos que se fabricaban aquí en su momento, tenemos objetos de los años treinta del siglo pasado hasta piezas contemporáneas. Las antiguas son checoslovacas; las nuevas ya son checas. Hay piezas, por ejemplo, realizadas por un artesano que trabaja con vidrio hoy en día, y también cosas fabricadas en los años treinta”.
Compras a distancia
Lo que une a ambos negocios son también artículos antiguos, como fotografías de cantantes y objetos vinculados a la antigua Tuzex, entre ellos tarros de cacao que incluso se vendían en sus tiendas originales. En el negocio exhiben también una copia amplificada de un antiguo bono para que las nuevas generaciones puedan entender un poco de qué se trataba y hasta catálogos donde es posible ver la diversidad de productos que ofrecía Tuzex: mermelada, puros, cigarrillos, toallas, electrodomésticos, salchichas, mollejas de ganso y de ave, casas prefabricadas, pianos, material de construcción, almohadas, jabón marca Fa, herramientas, motosierras, afeitadoras, cuchillas Gilette, aspiradoras, máquinas de escribir, bicicletas, lavadoras, acordeones, plumas estilográficas con punta de oro, cerveza, lentejas y hasta la revista alemana de moda Burda.
“Siempre quería algo y como no siempre me lo querían comprar, mi madre tenía que arrastrarme fuera del local para que no me obsesionara con chicles o cualquier otra cosa”.
Lenka Kerelová
“Y no se te permitía mirar lo que había dentro; tenías que comprarla y solo después podías verla en casa para saber si te servía, porque quizá no te gustaba nada, pero aun así tenías que comprarla sin poder mirarla antes. Y hacíamos cola todo el día, a veces 4 o 5 horas de espera, y luego una podía echar un vistazo así, desde un metro de distancia, a la portada, y decir si la quería o no, pero no se podía mirar dentro.”
Ellas aclaran también que muchos adultos veían esos negocios casi como un fraude porque, incluso consiguiendo divisas, el tipo de cambio para obtener los bonos de Tuzex eran muy desfavorables. Sin embargo, para estas hermanas que, en esa época eran niñas, los negocios de Tuzex fueron algo así como el cuento de hadas de su infancia.
“El punto es que Tuzex era para nosotros un símbolo de todas esas cosas interesantes que no conocíamos, cosas que no podíamos comprar, cosas inaccesibles del Oeste, que tenían ese aroma a ‘lo extranjero’, algo inusual. Por eso, son recuerdos de algo que era inalcanzable”.
Lo cierto es que aquel sueño de su infancia lo terminaron cumpliendo al abrir este nuevo Tuzeks que les habilita una especie de revancha simbólica.
“Claro, es que cuando íbamos allí yo era una niña y lo adoraba. Siempre quería algo y como no siempre me lo querían comprar, mi madre tenía que arrastrarme fuera del local para que no me obsesionara con chicles o cualquier otra cosa”.
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