Bertha Kinsky: la voz pacifista que fascinó a Alfred Nobel y hoy aspira al billete de 200 euros

Inspiración decisiva de los Premios Nobel y primera mujer en recibir el Nobel de la Paz, Bertha von Kinsky dejó una huella profunda en Europa y también en Praga, donde una placa en la Plaza de la Ciudad Vieja recuerda su lucha incansable contra la guerra. Más de un siglo después, su figura vuelve a emerger: el Banco Central Europeo la propone para el futuro billete de 200 euros, reivindicando a la mujer que transformó la conciencia de Alfred Nobel y dedicó su vida a combatir un mal que, lamentablemente, sigue acompañándonos.

Aunque el Banco Central Europeo aún no ha aprobado el diseño definitivo de la próxima serie de billetes de euros (una decisión prevista recién para finales de este año), entre las diez propuestas preseleccionadas una de las que más atención ha despertado es la del billete de 200 euros dedicado a Bertha von Suttner. La célebre pacifista nacida en Praga aparece como figura central en la propuesta correspondiente al tema “La cultura europea”, una de las dos temáticas finalistas que el BCE somete actualmente a consulta pública entre los ciudadanos del continente.

Foto: Banco Central Europeo

Y la elección resulta tan curiosa como lógica teniendo en cuenta que la figura de esta gran pacifista se ubica en una zona muy especial que oscila entre el reconocimiento unánime, sobre todo ante ciertos aniversarios o sucesos de impacto público, y el más absoluto desconocimiento por parte del público, a tal punto que no muchas personas saben que, en plena Ciudad Vieja de Praga, uno de los sitios más turísticos del mundo, hay una placa a la vista de todos que la recuerda y en la que, sin embargo, nadie parece reparar demasiado.

Bertha, la furtiva dinamita

Bertha von Suttner | Foto: Profimedia

Además de ser una de las personalidades más interesantes de la segunda mitad del siglo XIX, Bertha Kinsky es nada menos que la persona que inspiró los famosos premios Nobel. Y antes de explicar el motivo de semejante afirmación, vale la pena, por las dudas, insistir en algo ya bastante conocido: quienes se escandalizan (casi siempre con razón) de que el Nobel de la Paz lo hayan ganado sujetos o instituciones de dudosa contribución a la armonía del mundo, o que el de Literatura haya tenido omisiones casi imperdonables como la de Jorge Luis Borges, quizás no tienen en cuenta que el mismísimo Alfred Nobel fue el inventor de la dinamita (y Borges del término “la furtiva dinamita” para referirse con magnífica ironía a los premios). Con lo cual promover esos ambiciosos premios era para Alfred Nobel una forma de lavar sus culpas y, al mismo tiempo, un intento desesperado por captar la atención de… justamente de ella.

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Pero, entonces, ¿quién era exactamente Bertha Kinsky? Una gran luchadora por los derechos de las minorías y la igualdad de las mujeres que se opuso sistemáticamente al antisemitismo. También es crucial su participación activa en el origen de la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Como si eso fuera poco, a manera de reacción a la naturaleza militarista de su propia familia —su padre fue mariscal de campo y consejero militar del imperio austrohúngaro— la escritora nacida en Praga empieza a preocuparse desde muy temprano por las nefastas consecuencias de las guerras. Pasa una infancia muy solitaria y rodeada de libros y no tarda en mostrar capacidades intelectuales casi prodigiosas: aprende a hablar fluidamente inglés y francés, se destaca en el piano y muy pronto domina lecturas inusuales para su edad como Platón, Descartes y Kant.

Adiós a las armas

Bertha von Suttner en 1906 | Foto: Carl Pietzner,  Wikimedia Commons,  public domain

Hacia el final de su vida Bertha Kinsky dejó por escrito que aquella obsesión de su juventud por cultivarse no tenía sólo que ver con el amor al conocimiento sino también con la necesidad y el deseo de complementar su belleza física: además de su inteligencia y sus habilidades sociales, Kinsky era muy agraciada y tuvo que rechazar numerosas propuestas de matrimonio.

Cerca de sus cuarenta años Bertha empieza a escribir un libro en el que desarrolla todas sus potentes ideas antimilitaristas en forma de ficción. En un principio nadie quiso publicarlo porque no encajaba para nada con el espíritu de la época que, después de todo y en algún punto como siempre, consideraba la guerra como la vía más rápida de expansión y resolución de conflictos.

¡Abajo las armas! | Foto: editorial Catedra

Sin embargo, Kinsky sigue adelante. La novela se publica finalmente en 1889 con el rotundo título de ¡Abajo las armas! Aclamada en forma unánime, se traduce a doce idiomas en un breve lapso de tiempo y el propio Tolstói, otro escritor (dicho sea de paso) injustamente ignorado por la Academia Sueca, se convierte en uno de sus más fervientes defensores.

¡Abajo las armas! —disponible en español en una excelente edición de Cátedra a cargo de Olga García— constituye un gran documento histórico y funciona también como autobiografía, la autobiografía de una mujer vapuleada por la guerra que termina disuadiendo de una forma tan impactante como inesperada a sus más acérrimos defensores, entre quienes se encontraban los propios integrantes de su círculo más íntimo.

¡Abajo las armas!  (Die Waffen nieder!,  1889) | Foto: editorial Prosvěta

Aunque terminó casándose en secreto con un hombre al que conoció desde muy joven, Bertha Kinsky llamó la atención de personalidades muy destacadas como es el caso de otro gran referente de los checos: el escritor alemán de aventuras juveniles Karl May. Pero, por varios motivos, la relación que tuvo con el creador de los famosos premios fue tan extraña como trascendental.

Una rara historia de amor

A pesar de que solo se vieron con frecuencia dos semanas de 1876 durante las cuales ella se desempeñó como su secretaria privada en París, y de algunos fugaces encuentros en distintas ciudades europeas, Bertha Kinsky y Alfred Nobel mantuvieron una intensa relación epistolar. En 1876 sus destinos se cruzaron cuando ella leyó en un diario vienés el anuncio: “un señor de edad madura, muy rico y culto desea encontrar una mujer dispuesta a ser su secretaria y administrar su hogar”.

Alfred Nobel y Bertha Kinsky | Foto: Robert Mikoláš,  Český rozhlas

Luego de un promisorio intercambio de cartas, el enigmático químico sueco decidió contratar a Bertha Kinsky, quien había aplicado al trabajo, entre otras razones, por la gran ilusión que despertaba París, la famosa “capital del siglo XIX”. Durante las dos semanas que duró su vínculo laboral se dedicaron a compartir la pasión literaria que los unía. Y esos días fueron tan intensos que marcaron profundamente la vida de ambos. En efecto, dos décadas después de conocerse en persona, Bertha Kinsky condensaría sus impresiones sobre Alfred Nobel en uno de los mejores retratos escritos que existen sobre él: “Un pensador, un poeta, un hombre a la vez amable y resentido, triste y ocurrente, dado a magníficos vuelos mentales y maliciosas sospechas, apasionadamente enamorado de los horizontes más distantes de los pensamientos humanos y profundamente escéptico de la mezquindad de la locura humana, alguien que comprendía todo y no esperaba nada, eso pensé que era. Y veinte años no han hecho nada por borrar esa imagen”.

Alfred Nobel | Foto: public domain

Lo que parecía ser un inevitable encuentro amoroso tuvo un desenlace inesperado: cuando el grado de intimidad entre Nobel y Kinsky crecía sin prisa y sin pausa, el químico tuvo que realizar un viaje breve a Estocolmo. Como esos ínfimos detalles que determinan todo un destino, la estadía de Nobel en la capital sueca —del 9 al 30 de mayo de 1876— fue suficiente para que, a la distancia, Bertha Kinsky decidiera retomar su relación amorosa con Arthur von Suttner, con quien finalmente se casó el 12 de junio de ese mismo año en una pequeña parroquia en las afueras de Viena y sin el consentimiento de su familia.

Un despecho solidario

Y aunque ya nada sería como antes, la imposibilidad de su vínculo iba a rendir sus frutos. En todo caso, no quedan dudas de que la personalidad avasallante de Bertha Kinsky sedujo a un cosmopolita muy poco impresionable como Alfred Nobel quien, el 7 de enero de 1893, pocos meses después de uno de sus encuentros esporádicos y algo clandestinos en la ciudad de Zúrich, le envía a su ex secretaria, desde París, la siguiente carta.

Querida amiga:

Ojalá el nuevo año traiga prosperidad a usted y a la noble campaña que viene llevando con tanto poder contra la ignorancia y la ferocidad humanas. Me gustaría poner a disposición parte de mi fortuna para fundar un premio que se otorgue cada cinco años, o seis años y que, si en treinta años no logra cambiar el actual sistema, deberá caer infaliblemente en la barbarie. El premio será otorgado a aquel o aquella que sepa llevar a Europa hacia caminos que conduzcan a la pacificación general. No estoy hablando de desarme, lo cual sólo se podría conseguir dentro de mucho tiempo, tampoco estoy hablando de un arbitrio obligatorio entre naciones, aunque ese resultado debería conseguirse pronto para que todos los estados se vuelvan, de forma solidaria, en contra del primer agresor. Entonces las guerras pasarán a ser imposibles. Y como resultado se haría forzar aun al estado más beligerante a recurrir a un tribunal o incluso permanecer en paz. Si la Triple Alianza, en lugar de comprender sólo tres estados incorporara a otros países, la paz de los siglos quedaría asegurada.

Además de crear los premios como último recurso para seguir en contacto con esa mujer casada que lo había deslumbrado, Alfred Nobel deseaba que su confidente recibiera uno de los primeros Premios de la Paz. Y, tal como anuncia la placa en el centro de Praga, eso mismo sucedió en 1905, convirtiéndola así en la primera mujer en ganar esa distinción y la segunda en obtener un Nobel luego de que, en 1903, lo recibiera Marie Curie, otra de las candidatas a dar su rostro al nuevo billete de 100 euros.

Foto: Vincent Alban,  New York Times / Profimedia

Como la historia no escatima en ironías, Bertha Kinsky murió en Viena el 21 de junio de 1914, meses antes de que comenzara la guerra que ella misma había profetizado con suma preocupación, ese mal persistente del que seguimos sin librarnos, por más billetes nuevos que aparezcan.

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