El fin de Checoslovaquia: consecuencias de un divorcio sin ex

¿Separación, independencia o apenas una distancia? A más de treinta años del divorcio de terciopelo, dos jóvenes eslovacos radicados en Chequia analizan cómo las nuevas generaciones viven esta relación nacional, tan íntima como ambigua, que no encuentra muchos casos semejantes en el mundo.

“Chequia me sigue pareciendo como ese hermano mayor que está ahí y al que siempre puedes acudir cuando lo necesitas o cuando lo estás pasando mal.
Peter Ulcin

Aunque todavía hay personas en el mundo que creen que sigue existiendo un país llamado Checoslovaquia, ante un nuevo aniversario del Divorcio de Terciopelo cuesta encontrar un caso tan singular como el de checos y eslovacos. Tan excepcional es, que incluso persiste una vacilación léxica a la hora de nombrar aquel hecho histórico que sucedió hace ya 33 años: ¿separación?, ¿divorcio?, ¿independencia? o ¿una suerte de tiempo a solas para ver qué nos pasa y cómo nos sentimos? Lo cierto es que Chequia y Eslovaquia son dos países que no solo permanecen hermanados, sino que evocan, en cierto punto, la imagen de hermanos siameses que, aun separados, saben que algo esencial los seguirá uniendo por siempre. Para indagar cómo perciben las nuevas generaciones esta relación tan particular, convocamos a un joven psicólogo y a una estudiante de artes, aún más joven. Ambos son eslovacos y están ya instalados en Chequia: él vive aquí desde hace ocho años; ella, desde hace cuatro. Lo interesante es que, más allá de trayectorias en algún punto similares, Amália Kotradyová y Peter Ulcin aparecen también levemente cruzados en sus deseos y experiencias: mientras ella sueña con mudarse a un país más lejano, con una lengua radicalmente distinta, él ya atravesó una experiencia aún más extranjera antes de decidir instalarse en el país hermano.

Peter Ulcin,  un psicólogo eslovaco en Praga | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

“Decidí vivir en Chequia porque, después de unos diez años en el Reino Unido, quería mudarme a la Unión Europea y estaba considerando Chequia o volver a Eslovaquia. Una de las empresas con la que estaba en contacto, concretamente Škoda Auto, me dio la oportunidad de trabajar en Mladá Boleslav. Fueron bastante flexibles y rápidos, así que al final terminé en Chequia”.

Peter comenta que, al igual que él, existe una gran cantidad de eslovacos que siguen decidiendo mudarse a Chequia por trabajo o simplemente porque entienden que la vida aquí es mejor. En su caso personal, la experiencia de haber vivido también en otros países más lejanos le permite establecer más comparaciones.

“Chequia me sigue pareciendo como ese hermano mayor que está ahí y al que siempre puedes acudir cuando lo necesitas o cuando lo estás pasando mal. Pero como he vivido bastante tiempo en otros países —por ejemplo, en Polonia un año y medio o dos, y en el Reino Unido diez años—, también me siento como en casa en esos lugares. Aun así, la República Checa es un país con el que me siento muy cercano: está cerca de Eslovaquia, nos entendemos lingüísticamente, tenemos lazos familiares y, sí, la República Checa es básicamente el hermano mayor y nosotros los eslovacos somos un poco como el hermano menor y algo acomplejado”.

Por siempre hermanos

Por su parte, mientras preparaba el examen de bachillerato, Amália empezó a sentir ganas de independizarse y cambiar de aire. Y, aunque al principio había pensado en mudarse un poco más lejos, pronto empezó a ver con buenos ojos la posibilidad de vivir en Praga.

Amália Kotradyová,  una eslovaca que estudia y trabaja en Chequia hace cuatro años | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

“Sin duda sigue habiendo una cierta noción de hermandad entre nosotros, tanto desde el punto de vista histórico como cultural, porque nuestra historia está muy entrelazada a lo largo de los distintos períodos. Así que siempre hemos estado de algún modo cerca. Además, tenemos la ventaja de que las lenguas son parecidas: los eslovacos no tienen problema en entender a los checos, aunque los checos de las generaciones más jóvenes sí lo tienen, porque ya no están tan en contacto con el idioma. En el pasado se transmitían también películas o programas hablados en eslovaco desde Checoslovaquia, de modo que los checos estaban en contacto con esa lengua. Pero ahora ellos tienen más sus propias cosas y nosotros también las nuestras: doblajes, subtítulos, programas, televisión, cultura, aunque seguimos en contacto. Yo crecí con doblaje checo, y entre los eslovacos se suele decir que tenemos esas películas y dibujos animados grabados en checo en la memoria, y por eso para nosotros el checo es más sencillo”.

En ese sentido, Amália señala una pequeña asimetría: tras la separación, los checos prácticamente dejaron de tener contacto con el eslovaco en los medios masivos, mientras que los eslovacos siguieron vinculados al checo. Así, mientras los jóvenes checos perdieron ese vínculo con la lengua del país vecino, los eslovacos continúan sintiendo la presencia del checo en su vida cotidiana, algo que incluso puede representar una ventaja a la hora de emigrar a Chequia. Como explica Amália, para los eslovacos, Chequia sigue siendo la más íntima de las naciones extranjeras.

“Aunque para nosotros sigue siendo un país extranjero, otro Estado, de alguna manera lo sentimos cercano. Y creo que lo mismo ocurre con los checos en Eslovaquia: no lo perciben como un país tan ajeno, aunque lo sea”.

Praga y las oportunidades

Es precisamente en ese contexto que, según Amália, suele cobrar especial interés para los eslovacos una ciudad tan cosmopolita, pero a la vez muy cercana como Praga.

“Praga es, en general, un cruce cultural y comercial más grande, una encrucijada mayor tanto en lo económico como en lo artístico, así que aquí hay más gente extranjera y, en general, más posibilidades. Como la demanda es mayor, también la oferta de cosas lo es, y el ambiente resulta un poco más abierto; pienso que la escena alternativa tiene mejores condiciones aquí que las que tenemos actualmente en Eslovaquia. Por eso, como yo fui a una escuela de arte y estaba desarrollándome en el plano artístico y académico, sabía que Praga ofrecía sin duda más oportunidades para el ámbito creativo que las que tenía en Bratislava”.

Puente de Carlos en Praga | Foto: Barbora Navrátilová,  Radio Prague International

Actualmente, Amália cursa el cuarto año en la Escuela Superior de Artes Aplicadas (UMPRUM) y, en paralelo, estudia filosofía en la Facultad de Estudios Humanísticos de la Universidad Carolina. Aunque aclara que en Eslovaquia todavía hay muchas familias checas, sostiene que, por motivos económicos, políticos y de calidad de vida, hoy resulta mucho más atractivo para los eslovacos mudarse a Chequia que para los checos instalarse en Eslovaquia. No es casual: la comunidad eslovaca es la minoría extranjera más numerosa en territorio checo. Y ella misma confirma que no tuvo ninguna dificultad para encontrar trabajo.

“Yo trabajo principalmente en un hogar de ancianos, un proveedor de servicios sociales, y allí me desempeño como trabajadora social en distintas actividades de estimulación: paso tiempo con nuestros residentes, salgo con ellos, organizo programas, hacemos ejercicios cognitivos, concursos, jugamos algunos juegos; se trata sobre todo de la comunicación, de estar presente con ellos y compartir tiempo. Esa es mi ocupación principal en este momento. Y para mantener un cierto equilibrio social, para compensar un poco con gente más joven, aunque quiero mucho a mis clientes y tengo con ellos una relación muy buena e intensa, decidí probar la vida de las cafeterías de Praga. Antes trabajé mucho tiempo como camarera, y me empezó a faltar ese contacto con un público más amplio y contemporáneo, y por eso me pareció interesante la posibilidad de complementar mi trabajo con algunas horas de servicio en un bar de Praga”.

Amália Kotradyová | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

Por otro lado, Amália señala la paradoja que para ella implica vivir en esa gran burbuja que es la ciudad de Praga. Considera que, como ocurre en muchas capitales del mundo, los praguenses no gozan de demasiada simpatía entre los checos de otras regiones. Ella lo explica argumentando que las grandes ciudades suelen ser muy abiertas hacia el exterior, pero al mismo tiempo algo cerradas cuando se trata de la perspectiva federal del país. Añade que algo similar ocurre en Eslovaquia con Bratislava, donde ella misma trabajó durante un tiempo como modelo profesional, una actividad que dejó al mudarse a Praga y que hoy se ha convertido en un pasatiempo cada vez más esporádico.

“Porque es tremendamente tóxico lo que en realidad genera el trabajo de modelo en la sociedad. El propio sector es tóxico, aunque eso todavía se puede sobrellevar; pero para mí lo verdaderamente dañino es lo que provoca en las mujeres: ese tipo de belleza es tan extremadamente antinatural y, podría decirse, incluso perjudicial para la salud, creo que trae más sufrimiento que celebración de la feminidad o de la expresión personal. A mí me gusta la moda, pero me parece una pena que, en nombre de sus posibilidades expresivas, surja un negocio basado en el perfeccionismo del cuerpo, algo que resulta extremadamente tóxico, elitista y destructivo”.

El juego de las diferencias

En cuanto a las comparaciones entre las características de los ciudadanos de ambos países, Peter, con su mirada de psicólogo, es capaz de ir más allá de las apariencias y sostiene que entre checos y eslovacos existen muchas más diferencias de las que comúnmente se cree.

Peter Ulcin | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

“Cuanto más tiempo vivo en la República Checa y observo lo que ocurre en Eslovaquia, más percibo nuestras diferencias. Tenemos valores distintos y vamos en direcciones diferentes. Veo diferencias, por ejemplo, en la percepción de la situación en Ucrania y en la visión de Rusia. En Eslovaquia, Rusia sigue siendo para muchos un “libertador”, lo que también se refleja en la situación política. En Chequia, la percepción de Rusia se basa más en el hecho de que fueron ocupantes. También veo diferencias en cuestiones religiosas: en Eslovaquia hay muchas personas profundamente creyentes, mientras que en Chequia es al contrario. Los checos también disfrutan más de la vida, se reúnen, salen más. Otro rasgo es la apertura de los checos hacia otras nacionalidades. En Eslovaquia, el proceso de convertirse en migrante es muy difícil y mucha gente ve el país al que llegan solo como un lugar de tránsito”.

Con la salvedad de que generalizar nunca es del todo conveniente, Amália se anima a señalar también algunos contrastes y aclara que, al provenir de una familia católica, la religión tiene cierta influencia en su vida, incluso aunque ella misma no se considera una persona creyente.

Foto ilustrativa: René Volfík,  iROZHLAS.cz

“Me parece que los eslovacos tienen, en cierto sentido, un corazón más ardiente. Y con eso no quiero decir en absoluto que los checos sean fríos, sino que en algunos aspectos son un poco más reservados. Al mismo tiempo, me da la impresión de que los checos son más optimistas. Los eslovacos, en cambio, tenemos muy presente la cultura cristiana, que ha marcado bastante al país. El sufrimiento y la carga del dolor están muy presentes en nuestra cultura; a veces siento que nos gusta sufrir porque, en cierto modo, podemos trasladar la responsabilidad a alguien más. Los checos, por su parte, saben ser más orgullosos de su nación. Y los praguenses, en particular, suelen tener bastante claro de dónde vienen. Aunque, al final, también es como una especie de relato eso de ‘la nación checa’”.

De acuerdo a esto último, asegura Amália que, a veces, ella prefiere no pensar tanto las diferencias entre países sino más bien a nivel regional.

“Me pasa que cuando voy a otra ciudad checa y bajo del tren, siento que estoy más en Eslovaquia que en Praga. Es decir, no se trata simplemente de checos y eslovacos; creo que está bastante marcado también por lo regional. Y, en realidad, Moravia, por ejemplo, también tiene lo suyo, su propia característica, sobre todo en el temperamento de la gente”.

El dilema del idioma

Uno de los mitos que suelen circular sobre la convivencia entre personas de ambos países sostiene que, incluso después de vivir durante años en Chequia, los eslovacos continúan hablando su propio idioma sin adoptar plenamente el checo.

“Quizás las eslovacas conservan más su lengua que los eslovacos porque, según el cliché, son consideradas guapas y eso les permite mantener una posición relativamente atractiva en Chequia, pero es eso: solo un cliché”.
Amália Kotradyová

“No sé si es una verdad tan general, pero en mi caso personal puedo decir que vivo aquí desde 2017, es decir, desde hace ocho años, y sigo hablando eslovaco, al igual que mi pareja. Como ambos trabajamos en empresas internacionales también usamos a menudo el inglés. Conozco personas que llevan muchos años viviendo en Chequia y siguen hablando eslovaco porque el entorno lo entiende y lo acepta, pero también conozco gente que con el tiempo cambia al checo. Creo que lo hay que tener en cuenta es que en una ciudad como Praga esto es completamente normal. En ciudades más pequeñas es más complicado, sobre todo para la generación más joven, que no tuvo tanto contacto con el eslovaco como la generación mayor, que vivió la época de los medios de comunicación en común de Checoslovaquia. Es decir que los jóvenes checos, a menudo, no entienden el eslovaco”.

Amália admite que no tiene del todo claro el tema, ya que hasta ahora no ha tratado con muchos eslovacos establecidos en Praga. Aun así, aporta un punto de vista interesante.

Foto ilustrativa: Pixabay,  Pixabay License

“Yo escuché la teoría de que, en general, las eslovacas son más apreciadas que los hombres eslovacos aquí en Chequia porque, de manera estereotipada, se dice que las eslovacas son guapas. Es solo un cliché: que las eslovacas son bonitas. Y luego escuché otro estereotipo relacionado con esto, según el cual las eslovacas son mejor recibidas precisamente porque resultan atractivas. Pero insisto en que es un gran estereotipo, no es que yo lo afirme, es más bien algo que escuché. Por eso pienso que quizá las eslovacas conservan más su lengua que los eslovacos porque, de algún modo, ser eslovaca permite mantener una posición relativamente atractiva: justamente, por el hecho de que las eslovacas son consideradas guapas y bla, bla, bla. En cambio, los hombres quizá se adaptan un poco más para ocultar que vienen de otro lugar y poder integrarse”.

En su caso, Amália cuenta que todavía no domina el checo a la perfección y por eso sigue hablando eslovaco, aunque admite que lo hace con cierta incomodidad o incluso extrañeza. Al mismo tiempo, quizá en un intento de encontrar un punto intermedio, siente que en Praga se expresa de manera mucho más formal que antes y que a menudo mezcla algunas palabras checas en su discurso. Eso hace que, cuando presta especial atención a lo que dice, tenga la sensación de que está sonando fatal.

Sobre nosotros, sin nosotros

En cuanto a este nuevo aniversario del llamado divorcio de terciopelo, Amália comenta que hoy la opinión en Eslovaquia está bastante dividida: muchas personas apoyan aquella decisión, pero muchas otras no. En su caso, asegura que la fecha le evoca más un acontecimiento histórico que algo capaz de despertar una emoción personal o que involucre directamente al plano de su identidad.

“Lo tomo más como un recuerdo de lo que aprendimos en las clases de historia o de lo que me contaban mis padres. También me interesa saber lo que la gente opina: me interesa observar el entorno a nivel general, es decir, cómo reacciona la población: si están contentos o no de que nos hayamos separado. Porque, al fin y al cabo, yo no viví lo que fue Checoslovaquia, no lo experimenté. Hay distintas opiniones, y para mí se trata más de eso: de si la gente lo percibe como algo positivo o negativo. En ese sentido, veo esta fecha más bien como una oportunidad para observar posturas y actitudes”.

Respecto a esta fecha, la postura de Peter no deja lugar a dudas: afirma que el primero de enero es un día que asocia, naturalmente, con el Año Nuevo y no con la separación de ambos países. Para él, en todo caso, lo que sí se tiene muy en cuenta es el 28 de octubre, una fecha clave que recuerda la creación de Checoslovaquia. En otras palabras, asegura que jamás vio a alguien de su entorno detenerse a marcar el aniversario de la disolución de Checoslovaquia un primero de enero. En cuanto a las opiniones divididas a las que aludía Amália, Peter subraya un aspecto que suele pasarse por alto: la ausencia total de participación ciudadana en la decisión que condujo al llamado divorcio de terciopelo.

“Nadie preguntó a los ciudadanos sobre la separación; no hubo referéndum. La decisión la tomaron dos políticos. Aún así es cierto que parte de la población ve la independencia como algo correcto: tenemos nuestro propio espacio y podemos definir nuestra propia estrategia. Otros piensan que, si hubiéramos permanecido juntos como Checoslovaquia, hoy tendríamos más influencia y una voz más fuerte en Europa”.

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