“El hielo de la Antártida es un testigo que nos cuenta lo que pasó hace un millón de años”

Trabajo con láser-escáner (lidar) en Punta Hannah, Isla Livingston, Antártida, con colegas de la Universidad de Barcelona

El reconocido glaciólogo Francisco Navarro visitó Chequia para ofrecer una charla en la Universidad Masaryk de Brno y otra en el instituto bilingüe de Praga. En esta entrevista comparte sus vivencias y reflexiones sobre los glaciares y la Antártida: recuerda la sensación de inmensidad que lo sobrecogió al pisar por primera vez el continente blanco y explica por qué este territorio es, al mismo tiempo, la mayor reserva de agua dulce del planeta y un testigo silencioso de la historia climática de la Tierra.

Francisco Navarro con georradar en Svalbard  | Foto: GSNCI-UPM

Francisco Navarro, investigador español de referencia mundial, recorre las regiones más frías del planeta para comprender y explicar la situación crítica de los glaciares. De visita en Chequia, ofreció una conferencia en la Universidad Masaryk de Brno y más tarde una charla en el colegio de la sección bilingüe de Praga.

“A mí siempre me ha resultado un sitio muy agradable, de un estilo de vida muy centro-europeo. Lo que pasa es que el tema del turismo ya se está desmadrando porque la primera vez que vine fue en el año 1992 y desde luego el cambio ha sido radical. He estado bastantes veces, por lo menos cinco o seis veces por congresos o por alguna reunión internacional. Y claro, hay veces que se vuelve agobiante el tema, aunque depende también de la época del año en la que vengas”.

Francisco Navarro | Foto: Juan Pablo Bertazza,  Radio Prague International

Más allá del agobio del turismo, lo interesante de esta visita es que ambas actividades se complementaron muy bien. Navarro destacó la atención con que los estudiantes de la sección bilingüe siguieron sus relatos y descubrimientos, hasta sorprenderlo con la agudeza de algunas de sus preguntas.

Llega el helicópero a Savalbard | Foto: GSNCI-UPM

“Una chica, por ejemplo, se interesó cuando yo les enseñaba las condiciones de vida cuando hemos estado trabajando, por ejemplo, no solo en bases antárticas o árticas, sino acampados, a temperaturas de unos veinte grados bajo cero y en tiendas pequeñas individuales. Entonces una chica estaba preocupada y me preguntó qué pasa si estás ahí y tienes fiebre o lo que sea, y yo le dije que ahí no te queda más remedio que aguantarte porque, en ese caso particular, una experiencia concreta en una isla ártica en la que habíamos estado en un casquete de hielo, pues solamente estábamos cinco personas: tres noruegos, un ruso y yo, haciendo unas medidas, estuvimos ahí tres semanas, nos dejó un helicóptero, se marchó, y éramos las cinco únicas personas en una isla que era como cuatro veces la isla de Mallorca, una isla relativamente grande. Los únicos que estábamos allí, acampados, haciendo unas medidas y pues si ahí pasaba algo, teníamos teléfono vía satélite, podías pedir que te evacuaran, si es que las condiciones meteorológicas permiten que el helicóptero venga hasta allí, para lo cual puedes llegar a esperar tres días. O sea, que si ahí tienes fiebre o algo de ese tipo, te aguantas. Otra cosa sería que tuvieras ya una emergencia médica, por ejemplo por un accidente, ahí ya es distinto”.

Midiendo espesores de hielo glaciar con georradar desde helicóptero en Spitsbergen del Sur con colegas rusos y polacos | Foto: GSNCI-UPM

Agrega que cuando los expedicionarios están en una base, suelen contar con un médico cirujano que hasta puede llegar a operar, por ejemplo, de apendicitis. También hay que tener en cuenta que, antes de emprender semejante viaje, los científicos deben someterse a exigentes análisis médicos e incluso psicológicos.

“Y no solo test y estudios. Cuando yo pasé un año entero en la Antártida era el primer vuelo de apertura de la base, o sea, había otra gente ahí que había pasado el año, y nosotros llegábamos como  reemplazo. Es decir que, en nuestro vuelo, venían el psicólogo y el psiquiatra que les habían hecho los exámenes previos. Y entonces ellos llegaban y lo primero que hacían era también entrevistarles individualmente, hacerles una serie de test para ver cómo habían funcionado, qué habían evaluado ellos al principio y cómo había resultado. Y la pregunta típica en esas entrevistas indivuales era: ‘en tu opinión, ¿quién ha sido la personas más exitosa desde el punto de vista de las relaciones humanas y que se lo ha pasado mejor? ¿Y quién es el que peor?’. Y te iban haciendo muchas preguntas de esas. Yo me alegré mucho de saber, porque luego me lo dijeron, que yo había salido en la votación popular como el que mejor se lo había pasado, el que menos problemas había tenido”.

En el Glaciar Hurd,  sondeo de agua caliente a presión | Foto: GSNCI-UPM

De hecho, agrega Navarro que todos esos tests forman parte de un programa militar que se utiliza también con los astronautas.

Muchos más de lo que pensamos

Físico de formación, Francisco Navarro desarrolla su investigación en la base española de la Antártida, donde él y su equipo, desde hace 23 años, utilizan técnicas de radar para medir el espesor del hielo dentro de un programa de monitorización de unos 250 glaciares. Aclara, sin embargo, que se trata solo de una pequeña muestra, pues existen muchísimos más glaciares repartidos por el mundo, en su mayoría bastante pequeños si se los compara con los de la Antártida y Groenlandia.

Hielo | Foto: GSNCI-UPM

“Pues de esos hay un inventario de más de 270.000. Hay un montón de regiones de la Tierra que tienen una gran cantidad de hielo almacenado en forma de glaciares: en Alaska, en el Ártico canadiense, en Los Andes, Himalayas, Centro de Europa… Hay muchísimos, muchos más de lo que pensamos. Y cada uno tiene sus características especiales y el clima regional es distinto en cada zona, entonces no hay unos que sean especialmente relevantes. A veces, se presta más atención a aquellos que están desapareciendo más rápidamente. Por ejemplo, en Centroeuropa, en los Alpes, hay unos glaciares que han perdido prácticamente la mitad de su masa en solo 50 años. Y, entonces, son glaciares que se sabe que van a durar poco, y además están más cerca y es más fácil estudiarlos. Pero realmente todos ellos son importantes”.

177 veces Chequia

"La Antártida tiene 177 veces el tamaño de la República Checa, es una masa impresionante de hielo".
Francisco Navarro

Francisco Navarro pasó casi trece meses en el Polo Sur, en una época en la que la base aún no contaba con comunicaciones vía satélite. Durante aquella estancia, las únicas conexiones con el exterior eran por radio de alta frecuencia, muy vulnerable a las tormentas magnéticas, lo que podía dejarlos hasta cinco semanas sin noticias del mundo. En ese contexto, la única comunicación personal posible era un mensaje semanal de cincuenta palabras transmitido en código Morse, que debía administrar con cuidado, algo impensable hoy en tiempos de internet, teléfonos móviles e hiperconectividad.

Aunque no lleva un cómputo exacto, Navarro calcula que, además de aquel año completo, ha participado en unas nueve campañas en la Antártida de uno o dos meses, y en otras ocho en el Ártico. También ha trabajado en los Pirineos, pero su “oficina” más recurrente queda, sin dudas, en la Antártida, donde en total ha pasado ya alrededor de tres años.

Georradar en Antártida | Foto: GSNCI-UPM

“La primera vez que llegué a la Antártida fue en el año 1983 en el avión de un programa americano. Y, entonces, la primera vez que ves lo que es una masa de hielo antártico, aunque lo conoces y sabes que es una masa de hielo… es 177 veces el tamaño de la República Checa, es una masa impresionante, tiene entre 3 y 5 kilómetros de espesor de hielo, es una cosa tremenda. Pero llegar a lo que es la Antártida en un avión tipo Hércules, con un día que además estaba muy despejado y ver la gran masa de hielo en el frente que terminaba en el mar, pues dices: ‘y lo que estoy viendo en verdad es una parte ínfima de lo que es’. O sea, te imaginas ahí la cantidad de hielo que hay. Y es que, claro, sería un hielo que subiría unos 60 metros al nivel del mar si se fundiera todo el hielo de la Antártida, cosa que esperemos que no ocurra, y lleva ahí uno 30 millones de años, de hecho; ha sobrevivido a épocas interglaciales y demás”.

Agrega Navarro que lo que más cuesta transmitir y poner en palabras para aquellos que nunca visitaron el continente blanco es, precisamente, la sensación de sentirse totalmente perdido en medio de la inmensidad.

Cata de nieve en Antártida | Foto: GSNCI-UPM

“De joven estuve un año entero en la estación Amundsen–Scott en el Polo Sur, en medio de la meseta polar. Miras en cualquier dirección del horizonte y ves todo plano: no hay vida animal, no hay vida vegetal, no se ven montañas, no se ve nada. Es un horizonte blanco en todas las direcciones. Y entonces dices: ‘bueno, ¿quiénes son los que están más cerca de nosotros?’ Pues, a mil kilómetros estaba la base rusa Vostok, y en la otra dirección, a unos 1200 kilómetros había otras bases. Pero claro, te sientes en medio de la nada y, por debajo de mí, más de tres kilómetros de hielo”.

Claro que en esa curiosa y fascinante nada se encuentra nada menos que el 88% de hielo del planeta.

Glaciar Las Palmas,  georradar de 200 MHz | Foto: GSNCI-UPM

“Es una reserva de agua fresca natural. Y hay que distinguir lo que es el hielo de la Antártida, el hielo de los glaciares, el hielo continental que se ha formado por compactación de nieve. O sea, nieve que ha caído año tras año durante decenios, milenios, y se va compactando hasta que se convierte en hielo, solo por presión. Mientras que el hielo marino es el que se forma, por ejemplo, en el Océano Ártico: ese que desaparece y reaparece en verano y vuelve a reaparecer, y que se forma por congelación del agua de mar. Y ese es un hielo de dos o tres metros que, en gran parte, se funde en verano y luego se vuelve a crear en invierno. Mientras que el de la Antártida es un hielo que tiene a veces un millón de años. Hoy en día, por ejemplo, los sondeos más profundos que han encontrado hielo más antiguo determinaron que rondan el millón de años. O sea, tenemos información: a veces se cogen testigos de hielo, se hacen perforaciones, y precisamente esas burbujitas de aire que tiene dentro el hielo nos da información de cómo era la atmósfera primitiva, el contenido de gases, del efecto invernadero, del ozono y de lo que sea, hace un millón de años”.

Es decir que, además de ser un gran depósito de agua potable, la Antártida funciona también como un archivo histórico del planeta que nos permite acceder a distintas informaciones climáticas sobre épocas en la que no existía ningún tipo de medición.

Checos en la Antártida

Muy familiarizados con el universo antártico y protagonistas de frecuentes expediciones, recuerda Navarro que los checos disponen de la Base Johann Gregor Mendel, inaugurada en 2006 en la isla James Ross, frente a la península Antártica, esa prolongación del continente que conecta, de algún modo, con la Patagonia.

"República Checa se destaca en temas de biología polar".
Francisco Navarro

“Ahora he estado en la Universidad Masaryk de Brno y, de hecho, con dos de las personas con las que he estado allí tenemos un artículo conjunto de revista, o sea, que hemos hecho ya colaboraciones previas. No hemos trabajado en campo con ellos directamente, pero tengo otro colega mío de la Universidad de Barcelona que ha trabajado con ellos y hay un vínculo e hicimos cosas juntos. Además, he sido revisor de artículos, por ejemplo, del grupo del profesor Engel de la Universidad Carolina de Praga, uno de los pocos glaciólogos que hay en la República Checa. La gente de la Universidad Masaryk está estudiando más bien temas de permafrost, de suelo permanentemente helado; pero la República Checa se destaca más en temas de biología polar”.

El termómetro de los glaciares

Navarro explica que vivimos en una época interglacial, naturalmente cálida, en la que los glaciares tenderían a desaparecer incluso sin la presencia humana. Sin embargo, las emisiones de gases de efecto invernadero han acelerado esa pérdida, duplicando en apenas dos siglos los niveles de CO₂.

Midiendo la velocidad del hielo | Foto: GSNCI-UPM

En la Antártida, tras 25 años de saldo negativo de masa, las mayores precipitaciones de los últimos tres años permitieron cierta recuperación, recordando que un glaciar depende del equilibrio entre nieve acumulada y hielo derretido. Aun así, según las proyecciones más pesimistas, hacia finales de este siglo la Antártida podría convertirse en el principal motor del retroceso glaciar y del aumento del nivel del mar.

“Eso depende del escenario de emisiones de gases de efecto invernadero, depende de lo que hagamos. Es decir, si emitimos poco seguirán siendo los pequeños glaciares los mayores contribuyentes. Pero si emitimos mucho, la Antártida los triplicará. O sea, que hay predicciones de eso y están estimadas, pero claro, no se sabe cuál de ellas se cumplirá o se acercará más”.

En ese sentido, Navarro advierte que, aunque en muchas sociedades crece la conciencia sobre el problema, ese cambio no se refleja en el plano político, económico ni global: las emisiones están muy, pero muy lejos de reducirse.