La Praga de los 90: ¿cómo era viajar a la capital checa cuando recién se abría al mundo?
Tras la Revolución de Terciopelo, cuando Checoslovaquia apenas comenzaba a abrirse al turismo internacional, el periodista estadounidense Mark Baker se lanzó a escribir una de las primeras guías dedicadas al país. Sin muchos modelos a seguir, aquel proyecto pionero no solo ayudó a incluir a Praga en el mapa de los viajeros, sino que también refleja cómo ha cambiado la mirada sobre la ciudad en el mundo desde entonces hasta hoy.
El cambio político del 17 de noviembre de 1989 marcó un antes y un después en la realidad checa, transformando incluso la manera en que el país era percibido y visitado por el mundo. De eso da testimonio el periodista estadounidense Mark Baker, quien hace 35 años, junto a su entonces pareja inglesa, coescribió la que quizá fue la primera guía de Checoslovaquia publicada tras la Revolución de Terciopelo. En aquellos años, viajar a esta parte de Europa implicaba preparativos tan complejos que hoy resultan difíciles de imaginar.
“Nuestra intención era ayudar a los lectores a prepararse mentalmente porque, en ese entonces, esto no se parecía a Francia, ni a Italia, ni a España, ni a Alemania, sino a Europa del Este”.
Mark Baker
“Parte de nuestro trabajo al escribir esta guía era preparar a los lectores para lo que iban a encontrarse en Checoslovaquia. Había mucho entusiasmo por venir aquí después de 1989, pero la gente no se daba cuenta de cuál era la realidad en ese momento. Y la realidad era que muchas cosas que podrían interesar a los turistas estaban descuidadas: museos, iglesias, plazas... nada lucía bien, nada parecía listo para recibir visitantes. Todo daba la impresión de estar medio derrumbado. Así que decidimos darle un poco la vuelta a eso y mostrar el lado más positivo: mostrar un país que estaba en pleno proceso de redescubrimiento, que volvía a integrarse al mundo, disfrutar del hotel ruinoso porque tenía algo fascinante. De alguna manera, era toda una experiencia visitar un país así. Esa fue nuestra intención: ayudar a los lectores a mirar con otros ojos y también a prepararse mentalmente porque, en ese entonces, esto no se parecía a Francia, ni a Italia, ni a España, ni a Alemania, sino a Europa del Este”.
Una ciudad en reconstrucción
Agrega Mark que, en efecto, parte de la emoción de viajar a Praga era ser testigo, en cierto modo, de una absoluta reconstrucción. En los años ochenta, él trabajaba como periodista en Viena y a su por entonces novia, que ya tenía cierta experiencia en el tema, la editorial Fodor´s le propuso armar una guía de Checoslovaquia. Ella le pidió acompañarla en la aventura así que alquilaron un coche y recorrieron juntos el país durante cuatro semanas para investigar y escribir.
“En 1990, tanto el país como la ciudad estaban apenas comenzando a resurgir. Praga, claro, ya era una ciudad muy viva para los checos que vivían aquí: había restaurantes, había clubes. No quiero dar la impresión de que era una especie de zona muerta, porque claramente no lo era, pero no tenía ni de cerca la infraestructura necesaria para recibir a la enorme cantidad de gente que empezaría a llegar. Me refiero a restaurantes, hoteles, actividades para los visitantes. En ese sentido, la ciudad no estaba preparada y le llevó tiempo estarlo. De hecho, hubo una explosión de restaurantes entre 1991 y 1992. Los hoteles, en su mayoría, eran bastante básicos: había un par de buenos, sí, pero nada que realmente estuviera a la altura de lo que se necesitaba. Básicamente, se pasaron toda la década del noventa rehaciendo la infraestructura”.
Proyectos de pizza y café
De lo que no hay dudas es que, por ese entonces, en Praga no había ni de casualidad la gran cantidad de platos internacionales que pueden encontrarse hoy.
“Si hablas con checos de aquella época, de 1990, seguro te cuentan historias sobre la pizza, porque la pizza que comían era la que vendían en una ventanita al fondo de la Plaza de Wenceslao: te agregaban un poco de kétchup y la comías sobre una servilleta de papel, así nomás. Y, sinceramente, estaba buenísima, pero no era pizza en ningún sentido reconocible”.
Lo mismo sucedía con algunas infusiones, ya que la gente seguía tomando, por ejemplo, el llamado café turco (káva turecká) que no tiene nada que ver con la bebida de ese país, sino con el método de preparación, ya que se hacía vertiendo agua caliente sobre los posos de café en la taza, lo cual no requería cafetera ni utensilios especiales.
“No era la forma en que los visitantes esperaban que se sirviera el café en este país. Ellos querían pedir un café ‘normal’ y terminaban sacándose los posos de los dientes, porque eso era lo que tocaba en aquel entonces. Es curioso: la Revolución de Terciopelo se celebra también porque permitió que los checos y eslovacos pudieran viajar libremente por el mundo, lo cual fue fantástico. Pero lo que muchos no vieron al principio fue el otro lado de esa revolución: también abrió las fronteras para que viajeros de todo el mundo vinieran aquí. Al comienzo eso no se percibía del todo, pero a comienzos de los primeros años noventa se volvió algo evidente”.
“Antes, si ibas a Praga, al volver te preguntaban: ‘¿Cómo fue? ¿Qué viste?’ Ahora, cuando vuelves de esos lugares, te dicen: ‘Ah, yo estuve el año pasado’”.
Mark Baker
Agrega Mark que hoy en día, de acuerdo a las estadísticas, Praga recibe entre siete y diez millones de visitantes extranjeros cada año. En aquel entonces, en cambio, como mucho llegaban unas doscientas mil personas.
“Estamos hablando de un aumento de casi cuarenta veces: es una experiencia completamente distinta. Antes, si ibas a Praga, Budapest, Varsovia o Cracovia, volvías a casa y tus amigos te preguntaban: ‘¿Cómo fue? ¿Qué viste?’. Ahora, cuando vuelves de esos lugares, te dicen: ‘Ah, yo estuve el año pasado. ¿Fuiste al castillo? ¿Fuiste a la Plaza de la Ciudad Vieja? ¿No? Entonces no fuiste a Praga’. Se ha convertido en un destino mucho más común”.
El contacto entre turistas y locales
Cuando poco después de la Revolución de Terciopelo, Mark y su novia viajaron a Checoslovaquia no hablaban nada de checo, pero lograron comunicarse gracias al alemán, que ambos dominaban. En la actualidad, casi todos hablan en inglés, aunque él lamenta que muchos turistas no se esfuercen en aprender ni siquiera frases básicas como “Dobrý den” o “Díky”, algo que él siempre consideró una parte interesante del viaje. Por supuesto, entre todos esos cambios, también se modificó la forma en que los locales reciben e interactúan con los turistas extranjeros.
“En aquel entonces, había dos tipos de reacciones por parte de la gente local. Por un lado, una hospitalidad extrema: ‘Bienvenido al país, qué bueno que hayas venido, déjame mostrarte todo, probar esto, contarte aquello’. Había un gran deseo de compartir, de abrirse al mundo tras el fin del comunismo. Y del lado de los visitantes, también había muchas ganas de aprender. Era una combinación perfecta. Pero también había quienes, en Praga y en otras partes de Checoslovaquia, veían en el turismo una oportunidad para ganar algo de dinero. Por ejemplo, ir a la estación de tren y ofrecer al recién llegado una habitación en su casa por diez dólares, siempre existió ese componente comercial, y esas dos actitudes, la de compartir y la de capitalizar, convivían en tensión. A veces se complementaban, pero otras veces chocaban: por un lado, querer ofrecer una gran experiencia; por otro, querer sacar el máximo rédito posible. Hoy, en cambio, da la sensación de que mucha gente, especialmente en Praga, ya no tiene tanto interés en compartir su cultura. Están cansados de los visitantes”.
Una guía pionera
Recuerda Marek que, al año siguiente de que saliera, se publicó una reedición actualizada de esa guía Fodor’s. Y en los diez años posteriores, sacaron otras cuatro o cinco guías similares, lo cual puede dar un indicio de que al libro le fue bien a pesar de las dificultades que implicó redactarlo porque también hay que tener en cuenta que, en ese momento, no existía tanto material sobre Checoslovaquia.
“Hoy en día, la gente viene con un plan claro: va a Praga, luego a Kutná Hora, después a Český Krumlov, sigue a Karlovy Vary, Karlštejn… todos saben cuáles son los cuatro o cinco destinos clave, pero nosotros no teníamos eso y nos preguntábamos: “¿Qué querrá ver la gente?” Así que fuimos a lugares como Domažlice, Klatovy, Písek, Hradec Králové, muchos de los cuales nunca se volvieron populares entre los turistas. Hay muchísimos sitios en esa guía que hoy casi nadie visita. Y la verdad es que es una pena porque son lugares hermosos, pero si tuviera que elegir hoy los destinos para esa guía haría una selección muy distinta. Porque ahora sé dónde va realmente la gente”.
En todo caso, Mark agradece su buena intuición al incluir al menos Český Krumlov, una ciudad que, tal como él mismo aclara, los checos siempre supieron que era hermosa, aunque la gente de afuera casi no la conocía, a excepción de los austríacos que sabían de su existencia gracias a que la madre de Egon Schiele era de allí, y él hizo una serie de pinturas inspiradas en esa ciudad.
De la vieja escuela
Mark Baker se instaló en Praga en 1991, apenas unos meses después de publicar aquella primera guía. Más tarde regresó a Nueva York, aunque pronto volvió a la capital checa, en lo que él mismo describe como una típica historia de expatriado. Además de trabajar como periodista y editor de negocios en The Prague Post, se dio el gusto de abrir junto a un grupo de amigos la cafetería The Globe. Entre los cambios que más lo sorprenden de su ciudad adoptiva está la evolución del turismo: hoy, asegura, todo gira en torno a las experiencias, una tendencia a la que también debieron adaptarse las guías de viaje, como le ocurrió al redactar su más reciente guía de Praga y Chequia, aunque en este caso para Lonely Planet.
“La guía antiguo es mucho más densa. Está llena de historia: sobre iglesias, guerras, la Guerra de los Treinta Años, Jan Hus, y un montón de cosas más. Hoy en día, los lectores modernos ya no tienen paciencia para eso. Dicen cosas como: ‘Ya puedo escuchar la historia en un pódcast, ¿no?’ Lo que quieren saber es qué pueden hacer en ese lugar. Preguntan: ‘¿Dónde hay un buen bar?’, ¿Dónde hay un buen tour?, ¿Hay alguna clase de cocina?’, ¿Qué tipo de actividades puedo hacer?’, ese tipo de cosas. Así que el enfoque cambió mucho. Ahora las guías son más del estilo ‘Cosas que puedo hacer aquí’. En cambio, la guía antigua era casi como un libro de texto de historia checoslovaca vinculado a lugares específicos. Yo soy más de la vieja escuela: prefiero las guías antiguas, me gusta la información, el detalle, todo eso. Pero, claro, eso ya no se vende. La gente quiere cosas más ligeras, más rápidas”.
La marca Kafka
Otro tema que marca a las claras los cambios que se fueron dando desde comienzos de la década del noventa hasta hoy en Praga tiene que ver, por supuesto, con la enorme figura de Franz Kafka, que si bien durante los años del comunismo no estaba del todo prohibido, tampoco caía demasiado bien.
“Después de 1989, los checos empezaron a mirar a su alrededor y se preguntaban: ‘¿Qué tenemos que los extranjeros reconozcan? ¿Qué se puede poner en una camiseta o en una taza?’. Y dijeron: ‘¡Tenemos a Kafka! Es fantástico’. Así que Kafka se convirtió en una especie de símbolo de Praga de una manera bastante curiosa porque es extraño lo que pasó con Kafka después: su imagen y su vida, en cierta medida, fueron explotadas comercialmente, porque era una de las pocas cosas, además de la cerveza y algunos otros elementos, que los visitantes extranjeros reconocían de Praga. Era muy importante establecer ese vínculo con los visitantes. ¿Qué saben de nosotros? Kafka. Todo el mundo lo conoce, incluso si nunca lo ha leído”.
En su blog personal www.markbakerprague.com, Mark Baker dedica una serie detallada de entradas sobre aquella antigua guía de turismo que, además de contribuir a hacer de Chequia un destino más frecuente, acabó guiándolo a él mismo hacia su nuevo hogar.








