“Mucho más triste que el cierre de la última mina de carbón en Chequia es que aún no exista un nuevo comienzo”
La escritora checa Karin Lednická, autora de la exitosa trilogía La iglesia inclinada, reflexiona sobre el inminente cierre de la última mina de carbón del país y las huellas no solo económicas sino también sociales, emocionales, ambientales y profundamente humanas que deja un mundo que desaparece bajo tierra.
Como ocurre con las grandes canciones, Workingman’s Blues #2 de Bob Dylan parece hablar, sin nombrarlo, del histórico cierre de la última mina de carbón duro en Karviná, un acontecimiento que pondrá punto final su extracción en Chequia. Sin embargo, quien sí se ha referido a ese mundo de manera directa es Karin Lednická, escritora nacida y criada en la región, que deslumbró a los lectores con su trilogía La iglesia inclinada (Šikmý kostel), una reconstrucción minuciosa de la antigua ciudad de Karviná desde finales del siglo XIX hasta los años sesenta del siglo XX.
Un anuncio en medio de un largo proceso
En entrevista exclusiva con Radio Praga Internacional, Lednická recuerda que la cuenca de Ostrava‑Karviná lleva reduciendo su extracción de carbón desde los años noventa, en un proceso que ya supera las tres décadas y que se aceleró tras el cierre de las minas en la zona de Ostrava. Desde entonces, la actividad quedó concentrada en la ciudad de Karviná, donde aún opera el último yacimiento activo.
Aunque la explotación seguía siendo rentable, la política energética checa y los compromisos europeos llevaron al Estado a optar por un cierre gradual de todas las minas.
Sin embargo, señala Lednická, la crisis energética desencadenada por la guerra en Ucrania en 2022 generó una etapa de vacilaciones y dudas sobre si era prudente clausurar esos últimos pozos. A todo eso ella suma un factor clave: una mina no es una fábrica y no puede abrirse o cerrarse de un día para otro, sino que requiere complejos preparativos con un año o más de antelación.
“Así que es un proceso mucho más complejo de lo que supone el anuncio, pero en todo caso es cierto que, ahora, el 31 de enero, se extraerá el último vagón. Es algo simbólico, una celebración simbólica. Creo que los oyentes de los países hispanohablantes tienen un gran conocimiento de lo que significa este tipo de simbolismos, como eso de hacer algo por última vez. El símbolo de la finalización de la extracción en cada una de las minas es el llamado ‘ascenso del último vagón’ con carbón. De hecho, se escribe esa frase sobre el último vagón al que luego se lo coloca en algún espacio donde todos lo puedan ver con esa misma inscripción. Así que esto ocurrirá el próximo 31 de enero”.
El dinero no es todo
Lednická añade que, aunque la cifra actual es mínima si se la compara con los casi cien mil trabajadores que hubo en la región en su época de mayor auge, la empresa OKD (Ostravsko‑karvinské doly) sigue teniendo, en la actualidad, un número considerable de empleados.
“La gran mayoría ha trabajado en la mina toda su vida y su propia identidad está ligada a esa profesión, lo cual quizá sea un problema aún mayor que el dinero”.
Karin Lednická
“Hay 2.300 personas empleadas y, de ellas, 750 trabajadores dejarán la empresa el 31 de enero. Para estos empleados se han preparado los llamados pagos de indemnización. Es decir, compensaciones por la pérdida del puesto de trabajo que el Estado debe compensar porque fue el Estado quien decidió su despido. Y eso está escalonado según la duración de la relación laboral: las personas que trabajaron menos de un año recibirán el equivalente a cuatro salarios mensuales. Y quienes trabajaron más de 16 años recibirán once salarios mensuales. Esa es la gran mayoría, porque la mayoría de estas personas ha trabajado en la mina toda su vida. Incluso cuarenta años. Han pasado allí toda su vida productiva y su propia identidad está ligada a esa profesión, lo cual quizá sea un problema aún mayor que el dinero”.
Y es ahí donde, una vez más, la canción de Dylan vuelve a dar en el blanco: como señala uno de sus versos, “el dinero se está volviendo algo débil y superficial”. Lednická lo define como una “pérdida de sentido”, porque hay dimensiones de la vida que no pueden medirse ni resolverse con dinero. Es el caso de quienes dedicaron cuarenta años a sostener la política energética del mismo Estado que ahora decide prescindir de ellos. A esto se suma, explica la autora, la falta de argumentos claros, las idas y vueltas oficiales y un elemento que añade aún más dramatismo: desde Karviná se puede llegar caminando a Polonia, donde la política energética es completamente distinta y se sigue extrayendo carbón negro porque se lo considera una materia prima estratégica.
“Para los habitantes de Karviná —los karvinenses, o en general la gente de la región de Karviná— esto no es ninguna noticia nueva. Ellos saben que esto va a ocurrir, porque se lo vienen diciendo todo el tiempo. Y no ayuda mucho que todo haya estado cambiando constantemente: que sí, que no, que sí, que no… Esa incertidumbre es peor que si alguien hubiera dicho ‘el final será tal día’ y se hubiera mantenido firme, así uno puede prepararse. Pero fue así: primero se dijo que no, luego que en realidad sí, entonces empezaron a contratar gente, despidieron a muchos trabajadores, les pagaron indemnizaciones, y después volvió a cambiar y se decidió que se seguiría extrayendo, así que otra vez comenzaron a contratar. No tiene sentido, ¿no? Más aún cuando la gente sabe que Polonia decidió que el carbón coquizable —el carbón negro de mayor calidad— es una materia prima estratégica y que allí se seguirá extrayendo unos veinte años más. Y a nuestra gente nadie le explicó por qué. Solo les dijeron: ‘así será, y cierren el pico’”.
En medio de ese panorama desolador, lo que destaca Lednická es que la nueva dirección de OKD, que está en la empresa desde 2022, preparó al menos dos despedidas oficiales de la profesión: una en Stonava, donde precisamente se encuentra la última mina de carbón duro del país, hoy a punto de cerrar, y la otra será en Ostrava, donde habrá un desfile solemne y un oficio religioso por la labor de los mineros que el propio obispo celebrará en la catedral.
Aunque es consciente de que en estos casos nada es suficiente, Lednická rescata que se trata de un gesto hermoso y digno, que al menos intenta preservarles la autoestima a todas esas personas para que no sientan que trabajaron en vano durante cuarenta años.
La ciudad desaparecida
En términos colectivos, explica Lednická que el precio que toda esta región del país pagó por la extracción de carbón es gigantesco ya que desaparecieron ciudades enteras, mucha gente perdió su hogar, sus raíces y su identidad; y eso también, en su opinión, merece ser incluido en la cuenta.
“Karviná, la original, que desapareció de la faz de la tierra, era una ciudad de veinte mil habitantes hermosa y elegante. Y, como consecuencia de la decisión del gobierno comunista que asumió en 1949, fue sacrificada a la extracción de carbón. Eso significa que no quedó absolutamente nada y, entonces, surgió un poco más allá la ciudad que hoy es la nueva Karviná, de la que ahora estamos hablando. Y que, por supuesto, también carga con las consecuencias de todo este proceso que duró muchas décadas. Es lo que hoy llamamos migración económica masiva, algo que, por ejemplo, incrementó mucho la tasa de desempleo. Se trata de personas que, tras el fin del comunismo, quedaron fuera del mercado laboral: durante décadas habían trabajado porque era obligatorio y, cuando esa obligación desapareció y la minería empezó a cerrarse, muchos no lograron adaptarse a las nuevas condiciones. Con el tiempo, varios pasaron a vivir de subsidios y ese modo de vida se transmitió a sus hijos y nietos. En este grupo, además, los hijos suelen nacer muy temprano; ese es un problema enorme que viene del pasado y, por ahora, no veo señales de que alguien quiera resolverlo. Hay otras consecuencias que realmente se arrastran durante décadas, como es el caso de la destrucción del entorno. La buena noticia es que la naturaleza sabe arreglárselas cuando el ser humano deja de intervenir. La capacidad de regeneración natural es fascinante, y la región de Karviná es prácticamente un laboratorio que muestra hasta qué punto la naturaleza puede recuperarse muy rápido, es una maravilla”.
Los mineros y la Dama de Hierro
Aunque lo que ocurre en esta región checa fronteriza con Polonia tiene sus particularidades, no puede desligarse del contexto global de la minería, que, tal como recuerda Lednická, empezó a resentirse ya con las crisis del carbón y del petróleo en la década de 1970.
A comienzos de los años ochenta, la primera ministra Margaret Thatcher impulsó el cierre de numerosas minas en el Reino Unido, al considerar a los mineros un obstáculo, sin siquiera entablar un diálogo con ellos. A ese impacto económico se sumó un problema adicional de enorme gravedad: para muchos trabajadores, la vivienda estaba íntimamente ligada a su oficio, ya que residían en casas mineras, lo que convirtió el cierre de los pozos en una doble amenaza.
“El gobierno de Margaret Thatcher decidió vender todas esas casas, pero no a las comunidades locales ni a los municipios, sino a intermediarios que, inmediatamente, impusieron alquileres disparatados. Así que se produjo un efecto doble: perdieron el trabajo y, además, se les encareció el alquiler. Y el mercado no resolvió nada. Así que surgió una crisis enorme. En todas partes aparecieron los mismos problemas que surgen siempre que alguien se sienta a una mesa, no sabe absolutamente nada del tema, pero toma decisiones porque, claro, ‘él entiende’, ¿no? Al fin y al cabo es el primer ministro, ¿quién más debería entender? Este tipo de razonamiento me saca de quicio. En Polonia es distinto: allí también hubo cierres, tampoco se manejó de manera especialmente sensible a nivel social, pero la situación fue otra. Porque si recordamos lo que ocurrió a finales de los ochenta, el efecto dominó de la caída del comunismo en los antiguos satélites soviéticos, hay que tener en cuenta una cosa: en Polonia el proceso lo iniciaron los sindicatos, es decir que los mineros formaban parte del proceso. No fue un desastre como aquí, donde todo este proceso fue iniciado y dirigido por los intelectuales de Praga”.
Lednická señala que esa brecha abismal terminó marcando, en buena medida, la dramática situación que atraviesa hoy la minería. En el extremo opuesto, contrapone el caso de Alemania, que considera un ejemplo de cómo gestionar el final de la actividad: en la cuenca del Ruhr, especialmente en Essen, el gigantesco complejo minero de Zollverein fue transformado en un exitoso centro cultural y de servicios. Esa reconversión, añade, permitió amortiguar la pérdida de empleos industriales, algo que en Karviná llegó a plantearse alguna vez, pero que nunca pasó del plano de las intenciones.
Tristeza não tem fim
Aunque todo tenga sus matices y complejidades, no deja de ser triste, en definitiva, que algo que duró unos doscientos años termine tan mal.
“Que nadie haya presentado una visión sensata de qué va a pasar después del 31 de enero es lo más aterrador”.
Karin Lednická
“Exacto. Y debería haber un comienzo. Lo que para mí es mucho, muchísimo más triste es el hecho de que ese nuevo comienzo todavía no exista. Esa falta de rumbo me aterra, que en todos esos 35 años, durante los cuales se sabía perfectamente hacia dónde iba todo, hasta este 31 de enero de 2026 que ya está por llegar nadie haya presentado una visión sensata de qué va a pasar después es lo más aterrador”.
Lednická añade que quienes insisten en dejar atrás “esa etapa vergonzosa” de la minería porque “todo ha cambiado” y “es hora de mirar hacia otro rumbo” se equivocan: no es posible saber hacia dónde ir si no se conoce el punto de partida, y pretender construir el futuro negando el pasado solo conduce al vacío. Precisamente para combatir ese olvido escribió La iglesia inclinada, cuya traducción al español espera con entusiasmo, convencida de que el público hispanohablante conectará con esas historias y con esos valores tan personales y, al mismo tiempo, universales: padres que solo desean un futuro mejor para sus hijos y madres que hacen lo imposible por verlos salir adelante. Además, confiesa que le gustaría profundizar en el español para ampliar los conocimientos básicos que ya tiene del idioma antes de emprender su primer viaje a Sudamérica.
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“Lo tengo en los planes y como soy una persona sistemática decidí que voy a empezar en Costa Rica para luego ir bajando hasta la Patagonia, y de hecho voy a tener que ponerme un poco al día con el español para poder ir más allá de las ciudades grandes, en las que uno se puede comunicar en inglés, la lingua franca”.
Por otra parte, confiesa que le gustaría dominar mejor el español porque, cuando viaja, lo que más disfruta es poder conversar con la gente. Recuerda incluso que, en una cueva de Omán, logró entenderse sin mayores dificultades con sus interlocutores, aunque admite que habría aprendido mucho más de ellos si hubiera sabido árabe.









