“La ejecución de Milada Horáková fue nuestra salvación”
Blanka Čílová tiene 97 años. Su primer contacto con la resistencia lo tuvo de pequeña en casa, cuando sus padres ocultaban de los nazis a partisanos rusos. Cuando los comunistas tomaron el poder, se involucró en actividades contra el régimen, advirtiendo de sus peligros, luchando por los derechos de presos políticos, a menudo torturados como su marido, y recolectando documentos para que todos sus esfuerzos y sacrificios –así como la historia checa del siglo XX– no cayeran en el olvido. Y continúa haciéndolo incasable.
Blanka Čílová vive en Nová Paka, un pueblo en Bohemia Oriental. El 27 de septiembre cumplió 97 años y la fecha conlleva un significado simbólico al ser el día cuando Milada Horáková, política y feminista, asesinada por los comunistas, fue arrestada en 1949. Horáková, en más de un sentido, influyó en la vida de Blanka Čílová, quien contó su historia a Radio Praga Nacional.
Primero contra los nazis
Blanka Čílová, que también llevó los apellidos Mrázková y Šolcová a lo largo de su vida, vive en una casa que podría servir de museo. Además de las fotografías expuestas que decoran las paredes y los estantes, múltiples casilleros y cajoneras guardan cajas y carpetas con documentos que narran la historia de más de los últimos cincuenta años. Y Blanka Čílová lo recuerda todo, incluida la participación de sus padres en la resistencia antinazi.
“Lo recuerdo todo muy bien, era una adolescente en lo que entonces era el Protectorado de Bohemia y Moravia. Sabía muy bien que algo estaba pasando. Mis padres no dudaron en ocultar a partisanos cuando los transportes de la muerte empezaron a pasar por la región y ellos huían y necesitaban un sitio donde esconderse. Nosotros teníamos a siete en el sótano, entre ellos cuatro rusos, un alemán y un belga”.
En ese entonces, el fin de le guerra era algo de lo que ya se hablaba, algo que se acercaba. Pero no todo fue de color rosa en los años bélicos. La madre de Blanka Čílová, Vlasta Mrázková, arriesgaba su vida acompañando a los partisanos al médico durante la noche, bajo la declarada ley marcial, y les llevaba comida a sus escondites.
También el novio de la joven Blanka, Zdeněk Šolc, y sus amigos habían decidido unirse a la lucha.
“En 1943 inicié mis primeras clases de baile y allí conocí a un chico que me fue fiel hasta su muerte. Lamentablemente, murió muy joven. Empezó a contarme que solía ir a Kumburk (ruinas de un castillo gótico cerca de Nová Paka) donde se reunía un grupo de partisanos del general Alex (nombre en clave del general František Slunečka), liderado por uno de los guerrilleros rusos, Babayán, que logró escapar de la pena de muerte y se escondía allí. Tenían refugios subterráneos y se unieron a la lucha”.
Además de Zdeněk Šolc, formaba parte del grupo también su amigo Vratislav Číla, quien se convirtió en uno de los personajes más notables de la resistencia anticomunista en Nová Paka. Y también su padre, Otakar Číla quien había luchado en la Primera Guerra Mundial y, tras ser capturado en 1915, se unió a las legiones checoslovacas.
Según cuenta Blanka Čílová, la situación en Checoslovaquia se volvía más y más turbulenta a finales de 1944 y principios de 1945 y todo empezaba a hervir en el país. La gente recibía dinero de los nazis por delatar a sus vecinos, y su padre, Jan Mráz, dueño de un taller mecánico y predicador laico, se escapó por los pelos de la Gestapo.
“En las familias de los miembros de la resistencia la situación ya era muy tensa y mi padre fue acusado de esconder a partisanos en el ático. Teníamos una tía en Hořice (ciudad a 23 km de Nová Paka) que trabajaba como telefonista y que por la noche vino en bicicleta a avisar a mi padre de que la Gestapo vendría a por él por la mañana. Así que mi padre fue a esconderse a casa de unos amigos. Pero entonces sucedió algo inesperado: mataron a uno de los miembros de las SS, por lo que no pudo entregar la orden de arresto al que tenía que entregársela, y mi padre regresó al cabo de tres días. No vinieron a buscarlo. Fue una suerte, algo del destino. Son casualidades así que nos ayudaron mucho”.
Embarazo, boda y cárcel
Podría parecer que, entre el final de la guerra y el golpe comunista de 1948, Blanka Čílová disfrutaría de un periodo más tranquilo. Pero la vida tenía otros planes para ella, para empezar, un matrimonio que tampoco estuvo libre de obstáculos.
“En 1946 me casé. Mi marido era de familia adinerada, yo no lo era tanto, y su madrastra quería que tuviera una novia rica. Pero yo era una niña tonta y no sabía cosas. Mi mamá nunca me las contó, ni siquiera a los dieciocho, las cosas que hoy se explican a niñas de trece años. Y él me dijo, no te preocupes, yo lo arreglo todo. Y lo arregló de manera que tuvimos que casarnos. Pero fue hermoso”.
Blanka Čílová y Zdeněk Šolc se casaron en julio y en septiembre del mismo año nació su hija Blanka, “Blanička”.
La idílica vida familiar comenzó a verse ensombrecida por la amenaza creciente de los comunistas, que se abrían camino al poder. Según cuenta Blanka Čílová, era algo de lo que eran conscientes años antes del “febrero victorioso”, gracias a las conferencias de Milada Horáková.
“Milada Horáková sabía cómo hablar con la gente. Era trabajadora social primero y política después. Ella de verdad trabajaba para las mujeres. Sabía cautivar a jóvenes, mayores, pobres, ricos… Para ella no había diferencias. Era maravillosa”.
“La primera vez que acudí a una conferencia suya fue en 1946, cuando ya era diputada, en la Casa Municipal de Praga. Y después fui también a Mánes, en el Palacio de Žofín, donde daba charlas. Milada Horáková sabía cómo hablar con la gente común y corriente. Era trabajadora social primero y política después. Ella de verdad trabajaba para las mujeres. En aquel entonces, las mujeres todavía no contaban con la igualdad de derechos que hoy ya todos tienen. Sabía cautivar a jóvenes, mayores, pobres, ricos… Para ella no había diferencias. Era maravillosa”.
Blanka Čílová relata que Horáková, junto, por ejemplo, con el ministro Prokop Drtina, advertían que los comunistas, a menudo encarcelados bajo el Protectorado, reclutaban a seguidores en las cárceles y salían ya preparados para lo que estaba por suceder.
“Mi padre, los padres de Zdeněk, Vratislav, sus padres, todos eran del Partido Nacional Social Checo, y al principio seguíamos ganando, pero al año siguiente, los comunistas se llevaron el 68% de los votos en Nová Paka. Así de fuerte era el movimiento en la región. Y fue porque aquí la pobreza era más marcada que en las ciudades. Yo era todavía demasiado joven y lo que sabía de política lo sabía por escuchar hablar a mis padres o amigos, pero no le hacía mucho caso. Estaba enamoradísima, me interesaba mi vida, no la vida política. Pero Milada Horáková sabía convencer a la gente del peligro que suponía el fanatismo y populismo violento. Y fue precisamente eso lo que ganó en las elecciones. Le prometieron a la gente lo posible y lo imposible. Y no lo cumplieron”.
Manos a la obra
Conscientes del peligro que se les avecinaba, Blanka, su esposo y sus familias y amigos se pusieron manos a la obra. Ya en 1947, el taller mecánico de Zdeněk Šolc se convirtió en un punto de encuentro para discutir sobre la situación política en el país. Gracias a su educación, en una escuela de negocios, Blanka sabía escribir bien a máquina, así que ayudaba a copiar y multiplicar los materiales que llegaban de Praga. Y, cuando todavía era legal, antes del golpe, repartía folletos anticomunistas por Nová Paka.
“Yo tenía a Blanička entonces y pues caminaba con el cochecito y tenía un saco en la parte de atrás que tenía un doble fondo. Si alguien metiera la mano, no encontraría nada. Había que llegar al otro fondo, más abajo, y allí escondía los folletos”.
Según cuenta, tenía un recorrido que hacía regularmente de unos diez kilómetros en total. Y había dos personas más, Zdeněk Šourek y František Malý, que ayudaban para cubrir toda la ciudad y sus alrededores. Malý, según recuerda, terminó condenado a 18 años de cárcel.
También Blanka Čílová, tras unos inicios sin mayores dificultades, empezó a darse cuenta del creciente peligro. Los vecinos le advertían sobre calles o casas a evitar, ya que más y más personas entraban al Partido Comunista y delatar era una obligación del partido.
Entretanto, las cosas se ponían en marcha en el taller de su esposo. Zdeněk Šolc intentaba proteger a su familia de lo que pasaba en el garaje. Blanka se ocupaba del hogar, de Blanička, y ahora también de su hijo, Josef, que nació en 1948.
“La gran ventaja fue que el taller se encontraba en la parte trasera del patio y no se veían luces desde la calle. Y yo les preguntaba: ‘Oigan, chicos, ¿no tienen sed o algo?’ Y no me dejaban ni que les llevara té. No querían que me involucrara, por si venían y nos interrogaban. Al principio eran seis, después doce. Tenían un transmisor-receptor bajo el banco de trabajo”.
“Milada Horáková fue nuestra salvación”
El aparato servía para transmitir a Alemania lo que estaba pasando en Checoslovaquia. Su primer esposo, junto con Vratislav Číla y su padre Otakar, se había unido al grupo de resistencia de Nová Paka. No obstante, pronto fueron descubiertos y detenidos.
Blanka Čílová tenía 21 años y según describió para la ONG Paměť národa (Memoria de la nación), una plataforma que reúne testimonios del siglo XX, hombres con abrigos de cuero irrumpieron en su hogar a las dos de la mañana. Su esposo estaba de viaje de negocios y doce miembros de la Seguridad del Estado se quedaron vigilando la casa. Čílová afirma que despertaron y asustaron a sus hijos y los trataron como nadie lo había hecho antes. A la mañana siguiente, se llevaron a Zdeněk Šolc a Nová Paka. Ni siquiera los dejaron que se despidieran.
Y de ahí todo fue de mal a peor. E iría fatal de no ser por Milada Horáková, cuenta Blanka Čílová.
“Arrestaron a 72 personas en toda la región de Hradec Králové. Fue un proceso enorme. A los nuestros los detuvieron el 26 de agosto. El 27 de septiembre, el día de mi cumpleaños, detuvieron a Milada en Praga. Y eso fue lo que los salvó. Porque en el grupo de Zdeněk había seis o siete condenas de muerte. Pero la repercusión que tuvo la decisión de Gottwald y del Gobierno comunista, mi segundo esposo, Vratislav, no recibió la pena de muerte que le iba a tocar, sino 22 años de cárcel. Milada Horáková fue ejecutada el 27 de junio (de 1950) y nuestro proceso tuvo lugar entre el 3 y el 8 de julio. Duró cinco días, por la cantidad de personas involucradas. Y el Tribunal Supremo no impuso ninguna pena de muerte. Nuestra Milada nos salvó y le seguimos siendo fieles”.
"Me enviaron su camisa ensangrentada con tres dientes en el bolsillo"
La joven Blanka se quedó sola con dos hijos pequeños. Entre el arresto de Zdeněk Šolc y el juicio pasaron nueve meses durante los cuales no pudieron hablar. Viajaba regularmente a Hradec Králové para informarse sobre él porque no les decían nada. Y, por si no fuera suficiente, intentaban provocarla.
“Unos días antes de Navidad, encontré metida en el periódico Rudé Právo, que dejaban en las escaleras de la casa, su camisa ensangrentada con tres dientes en el bolsillo. Me asusté muchísimo. Querían ver qué es lo que iba a hacer. Obviamente, lo que hice fue ir a Hradec Králové para ver cómo estaba”.
“Vi a mi esposo como un minuto. Lo abracé, era un esqueleto entre mis brazos. Su aspecto no era humano, fue terrible”.
Además de no poder hablar, Blanka Čílová afirma que solo lo vio dos veces en ese periodo, y solo gracias a la valentía de otras personas. Cuenta que una noche, los agentes de la Seguridad del Estado tuvieron un accidente y trajeron a Zdeněk Šolc a un taller para que les ayudara con el motor, ya que especialista.
“El jefe del taller, el señor Dolanský, llamó al taller de mi padre porque se conocían. Y le dijo que, si venía, que podría ver a Zdeněk. Esa fue la primera vez que lo vi. No pude hacer o decir nada, ni guiñar el ojo. Pretendía ser una oficial realizando un control, llevaba una de esas carteras que usaban los funcionarios. El señor Dolanský se arriesgó mucho. Vi a mi esposo como un minuto. Luego lo abracé, tenía un esqueleto entre los brazos. Su aspecto no era humano, fue terrible”.
También la segunda vez que lo vio parece una historia de cine.
“No le quedaba ni una sola uña en los pies. Se las arrancaron todas. Y los dientes”.
“Cuando se estropeó uno de los acumuladores de la prisión, el director llamó a mi padre. Y mi papá le dijo que le daba uno gratis si venía a buscarlo. Y el guardia de la prisión, Jaroslav Nožička, vino a recogerlo y me trajo a Zdeněk en el maletero. Nos vimos, nos abrazamos, cargamos el motor y se fueron otra vez. En 1968, lo visitamos Zdeněk y yo para agradecerle y le dimos una cesta con comida y se puso a llorar”.
Tras ser condenado a 16 años de cárcel, Zdeněk Šolc fue internado en la prisión de Valdice, donde acababan los presos políticos. Con la ayuda de un guardia de apellido Beránek, Blanka lograba enviarle comida de contrabando. Hasta que los oficiales descubrieron que Beránek ayudaba a los presos y ya no lo volvieron a ver, según recuerda Blanka Čílová.
De Valdice, Šolc y Číla fueron trasladados a Jáchymov, donde los presos políticos hacían trabajos forzados en las minas de uranio. Allí, su esposa lo visitó dos o tres veces, según contó a Paměť národa (Memoria de la Nación). Una vez incluso llevó a Blanička, pero la experiencia resultó demasiado traumática para la pequeña y ya no quiso regresar.
“Nos lo quitaron todo”
Entretanto, Blanka y sus dos hijos intentaban sobrevivir. Como esposa de un preso político condenado por alta traición, sus posibilidades de empleo eran muy limitadas. Se encontraba en una situación difícil, pero, gracias a su increíble tenacidad y los buenos consejos de su madre logró salir adelante, a pesar de los obstáculos.
“Lo peor fue que nos lo quitaron todo. Me dejaron unos cuantas monedas en el armario y bloquearon todo, todo el dinero, así que no teníamos de qué vivir. Y tenía que esperar hasta el 13 de septiembre, la fecha de la sentencia, para poder empezar a trabajar. Porque de su condena dependía el trabajo que me pudieran asignar. Nos tenían en castas. Finalmente me puse a trabajar como reparadora de cajas de madera. Y hay que decir que trabajaba bien, duro. Yo era muy trabajadora, como mi madre. Ella me enseñó todo. Me decía: ‘A lo mejor no serás solo oficinista, es posible que te toque trabajar con las manos. Tienes que ser hábil, y, recuerda, trabaja siempre honestamente. No te pagarán por ello, pero harás un trabajo de calidad”.
Blanka se quedó toda su vida en la compañía, una pequeña empresa familiar que, por suerte, no buscaba problemas, así que se convirtió en un lugar seguro para ella. Gracias a su dedicación al trabajo y su elocuencia, con el tiempo ascendió al puesto de compradora, lo que le garantizó una mejor pensión cuando dejó la empresa tras 37 años.
Zdeněk Šolc fue puesto en libertad tras una amnistía el 13 de mayo de 1953. La cárcel afectó gravemente su salud física y mental. Y su regreso a casa no fue fácil.
“No le quedaba ni una sola uña en los pies. Se las arrancaron todas. Y los dientes, bueno… Nunca se bañó frente a los niños porque su espalda estaba destrozada por los latigazos. Cuando se lo llevaron, pesaba 86 kilos. Volvió con 43, hecho una ruina. Y, además, era otra persona a la que tenía que alimentar de mi sueldo, porque a mis padres también se lo quitaron todo. Los pusieron en la lista negra por tener a un yerno en la cárcel. Pero todos me ayudaban como podían. Mucha gente me ayudó, mucha”.
Blanka Čílová se levantaba a las cuatro de la mañana, se dirigía a la granja de una de las familias que la apoyaba, donde ordeñaba a su vaca y se podía llevar leche y huevos para sus hijos cada día. Y a las seis iba al trabajo. Ante la pregunta de cómo lo aguantó todo, se encoge de hombros.
“No lo sé. Estaba flaca como un palo. Hoy también me sorprende. Me extraña que haya logrado sobrevivir algunas de las cosas que me pasaron. Porque fue mucho, cuando los niños empezaron a crecer y todo eso. Fue muy duro”.
Indemnizar a los presos: un esfuerzo de toda la vida
Con la Primavera de Praga, un momento de esperanza de que el país estaba por tomar una nueva dirección, más libre y democrática, Blanka y su esposo Zdeněk fundaron en 1968 en Nová Paka una filial del K231, el club de antiguos presos políticos, establecido por primera vez en Praga ese mismo año. La abreviatura de la organización deriva de la ley del mismo número en base a la cual era condenados en Checoslovaquia los presos políticos, los culpables de supuesta traición y alta traición, según explica Blanka Čílová.
“Había gente a la que metieron cuatro horas en cal viva y se habían quedado prácticamente sin piernas, nunca volvieron a caminar”.
Cuenta que era ella la que manejaba y rellenaba las inscripciones para cada preso, entrevistándolos y completando la documentación necesaria.
“Porque le confiscaron todo a todos. Nosotros tocamos fondo. De acuerdo con la duración de la pena se calculaba la indemnización que debían recibir, primero por el daño personal, después de salud. Porque había gente que habían metido cuatro horas en cal viva ardiente y se habían quedado prácticamente sin piernas, nunca volvieron a caminar. Fue muy cruel. Muchos volvieron mutilados”.
Blanka juntaba los documentos en casa y los transportaba en secreto a Praga, donde los entregaba a la archivera del Archivo Nacional, Alena Šimánková, sin saber si la estaban siguiendo o no.
Tras la invasión de Checoslovaquia por el Pacto de Varsovia en agosto en 1968, el club fue prohíbo por ser un “centro de actividades contrarrevolucionarias” y disuelto por las autoridades estatales. Y Blanka, su esposo y todos los que estaban involucrados, decidieron enterrar las pruebas que tenían. Según cuenta, la gran suerte es que uno de los vecinos, Václav Pavlovec, les fabricó un cofre de estaño que sellaron perfectamente y enterraron. Así que, a diferencia de otros casos cuando los documentos no pudieron recuperarse más tarde por haberse podrido bajo tierra, en Nová Paka quedaron intactos.
Para Blanka Čílová fue un momento que recuerda vívidamente.
“Tenía 80 años, mi esposo había muerto. Llegaron dos chicos de aquí, los hermanos Honza y Jirka Materna. Y me dijeron: ‘Blanka, tenemos algo para ti, abre una botella’. Y trajeron este tesoro mío, todos los documentos que redacté, todos los expedientes. Incluso vino la televisión al desentierro, se produjo todo un revuelo en la calle. Así que todo se conservó y los documentos ya están archivados. A mí me quedan unos pocos y planeo dárselos a las familias de los antiguos presos”.
Recolectar sus testimonios se convirtió en una misión de Blanka Čílová, una pasión, según cuenta. Y esta vocación por escribir, documentar, era un rasgo hereditario en su familia.
“A mí nunca me interesó mucho la costura o el ganchillo, aunque bueno, sí tenía que hacerlo por los hijos, claro. Yo era una escritora, como mi padre. Él era teólogo, aunque no había terminado los estudios, por cuestiones de dinero y también porque su casa se quemó antes de que volviera del servicio militar. Regresó pobre, con lo poco que se había llevado. Así que ejercía de predicador laico y escribía mucho, contribuía al periódico. Por su culpa, a mí se me ocurrían cosas así. A día de hoy me gusta escribir”.
La euforia del 89
Zdeněk Šolc, debilitado por los años que pasó en la cárcel, murió en 1969 tras una larga enfermedad. Los años setenta supusieron un nuevo capítulo para Blanka, quien se ocupaba de sus hijos, de sus nietos y también de la familia Číla. Otakar Číla, entonces ya muy enfermo, le pidió que se casara con su hijo Vratislav. El deseo del pintor y antiguo legionario le resultó difícil de cumplir al principio, ya que con “Vráťa” habían sido amigos desde los catorce años. No obstante, Vratislav Číla, quien también pasó diez años en la cárcel entre 1950 y 1960, fue persistente, según contó Blanka a Paměť národa con una sonrisa, y terminaron casándose. En señal de rebeldía contrajeron matrimonio el 21 de agosto de 1977, en el aniversario de la ocupación soviética.
“La gente que antes nos evitaba en la calle, ahora nos saludaba, era una señal que anticipaba que se iba a recuperar la libertad”.
“Nos casamos el 21, pero en el certificado de matrimonio pusieron el 20 y el oficiante no lo firmó, solo mi amiga, Věra Grofová, quien estaba de secretaria en el registro civil”.
Blanca se mudó a la casa de los Číla, su hogar hasta el día de hoy. Desde allí seguían la evolución política del país, con la creciente esperanza de que el régimen comunista se acercaba a su fin. Cuenta que se sentía una relajación ya desde 1986. La gente que antes los evitaba en la calle, ahora los saludaba, una de las primeras señales de que estaban por recuperar la libertad.
Y cuando llegó, en 1989, fue un momento eufórico.
“Lo vivimos todo muy intensamente, no vivíamos para nada más. Vráťa pasó toda la semana en Praga. Se llevó el dinero que teníamos para reparar el techo, porque tenía goteras, todo lo que habíamos ahorrado, y se lo repartió a los estudiantes, a todos. Regresó con una bandera checoslovaca y el chófer del autobús casi no lo deja subir. Todavía no se había anunciado nada oficialmente. Yo ya me había puesto a escribir y él me traía materiales de Praga. Estábamos fundando una nueva organización, ya no el K231, sino la Confederación de Presos Políticos de Checoslovaquia”.
Blanka y Vratislav Číla se encargaron de liderar la filial regional, Vratislav siendo su presidente y Blanka la secretaria. Cuando su esposo murió en 2001, ejerció ella de presidenta hasta 2018 cuando cumplió 90 años. Su trabajo fue celebrado con tres eventos públicos, con un sinnúmero de amigos, con flores que llenaron las escaleras y las habitaciones de su casa.
“Ese año, cuando cumplí 90, fue el año más bonito para mí. Una satisfacción por todo lo que había hecho, todo el trabajo. Y cuántos amigos había hecho. Fue maravilloso, a mí me gusta vivir”.
La nación no ha aprendido la lección
En una de las muchas entrevistas que Blanka Čílová dio en su vida, contó que hacía esquí de fondo hasta los 80 años, cuando su familia decidió “confiscarle” los esquís, dejándole solo los bastones, que a veces usa para caminar.
Con su inconfundible vitalidad, es imposible no preguntarle cómo llega uno a los 97 años capaz de subir y bajar escaleras o podar el jardín. Hasta hace poco, daba conferencias, contando su vida y también la historia de Milada Horáková. Y sigue suministrando documentos valiosos a organizaciones como Paměť národa que ayudan a completar el panorama de la historia checoslovaca del siglo XX. Pero Blanka Čílová dice que es algo imposible de trasmitir.
“Me dicen: ‘Nos gustaría saber el secreto de tu longevidad’. Yo digo que no es algo que se aprende de otros, tiene que venir desde adentro. Yo hago ejercicio todos los días. Por la mañana, aquí en la cama. Me levanto a las cinco y media, me ducho con agua fría. En invierno hasta la cintura, desde mayo todo el cuerpo. Y luego, sobre todo, sigo recibiendo llamadas. Me avisan: ‘Llegamos mañana, si nos puede sacar información sobre tal y tal preso’. O que necesitan saber algo sobre Hana Truncová, una periodista del norte de Bohemia. Lo tengo todo documentado, se lo entrego, firman que lo toman prestado y después lo devuelven. Yo vivo de esto, es periodismo, algo para no volverte loca. Algo que te engancha. Y cuando te engancha, te da igual si se te quema la carne en la cocina”.
“Tras las elecciones estuve una semana acostada, pensando en todas las vidas que se perdieron en los 40 años difíciles que vivimos, pensando en si valió la pena”.
Cada año, cientos de personas vienen a visitarla por su cumpleaños, amigos, familiares de antiguos presos, incluso del extranjero. Blanka Čílová afirma tener una lista de las 661 personas que la visitaron con motivo de su 90 cumpleaños. Este año fueron casi 300.
Le encanta recibir visitas, cocinar para ellas, celebrar la vida. Pero también le preocupa el futuro. En su opinión, la nación no ha aprendido del nacismo y el comunismo, de todo lo que tuvo que superar.
“Yo creo que la democracia es como una puerta a la libertad. Y para llegar a la puerta hace falta pasar por algún tipo de sufrimiento. Así llegamos a ella nosotros. El problema es que, lamentablemente, la gente piensa más en las cosas materiales que en la cultura o el patriotismo. En las elecciones vi claramente que por unas 500 coronas que les suben la pensión, venderían su nación. Creo que la nación no aprendió la lección. Sí, hay mucha gente buena, leal, fuerte. Pero muchos se están muriendo. Y las generaciones que vinieron después de la nuestra lo llevan dentro cada vez menos. Basta con que se enfrenten a un problema familiar o de salud y la perspectiva política pasa a un segundo plano. Lo que me molesta es que la gente se vende, que no se mantiene firme. Creí que no iba a sobrevivir las elecciones. Sí las sobreviví. Estuve aquí, una semana, acostada, pensando en todas las vidas que se perdieron en los 40 años difíciles que vivimos. Pensando en si valió la pena, visto que la gente no entiende a donde hemos llegado. Es un gran dolor que siento”.









