Fallece Zuzana Marešová, la última “niña de Winton” en la República Checa
Zuzana Marešová, nacida Spitzerová, última de los 669 niños salvados por Nicholas Winton que vivía en Chequia, murió a los 94 años tras una vida marcada por el exilio, la guerra, el comunismo y el redescubrimiento tardío de su propio rescate.
Este fin de semana se conoció la noticia del fallecimiento, a sus 94 años, de Zuzana Marešová, una “niña de Winton”, conocida así por haber sido parte del grupo de los 669 menores, en su mayoría judíos, que partieron de Praga hacia Londres en 1939 gracias a la iniciativa del corredor de bolsa y humanitario británico Nicholas Winton. Marešová era la última superviviente de este colectivo que residía en la República Checa. La noticia fue difundida por la organización Paměť národa (Memoria de la Nación), una información que fue replicada por diversos medios de comunicación locales.
En un reportaje brindado a la Televisión Checa realizado por el periodista Pavel Navrátil hace algunos años, Marešová relató que sus recuerdos sobre la época de su traslado a Inglaterra son algo vagos, porque era muy pequeña, pero algunos de ellos la marcaron para siempre.
En efecto, ella tenía solo siete años cuando se sentó en un vagón en la estación central de Praga en julio de 1939. En el andén vio a su madre llorar sin comprender por qué. Décadas después, evocó uno de sus pocos recuerdos nítidos del inicio de la ocupación nazi.
“Yo era demasiado pequeña para eso. Había terminado el primer curso, aunque aún lo estaba completando antes de irnos, y no tengo recuerdos del entorno. Lo único que recuerdo en relación con la guerra fue el 15 de marzo del 38, cuando estaba en la avenida Národní, en una escuela provisional de madera. Hoy se llama Vinohradská. Estábamos allí con mi madre y vimos cómo llegaban los alemanes en sidecares y en camiones. Lo recuerdo como si fuera hoy, porque mi mamá hablaba alemán y decía algo así como: ‘Menos mal que papá no está viendo esto’”.
Su padre, Maxmilián Spitzer, judío checoslovaco, viajó a Inglaterra en la primavera de 1939 para abrir una sucursal de su empresa. Gracias a la red organizada por Winton, sus tres hijas lograron salir del país. La madre se reunió con la familia más tarde. Antes de la guerra, los Spitzer llevaban una vida acomodada, según describió la propia Marešová.
“Vivíamos muy bien. Mi padre ganaba muy bien y teníamos realmente todo lo que el corazón pudiera desear. Las tres niñas ya teníamos nuestro ajuar preparado desde pequeñas, como se hacía entonces. Era, desde la perspectiva de hoy, una vida realmente muy bonita”.
Sin embargo, en Inglaterra pasó casi tres años con una familia de acogida en Cornualles, donde su estilo de vida cambió radicalmente. El traslado y la separación dejaron lagunas en su memoria.
“Hasta el día de hoy no sé cómo se inició ese proceso y es un misterio para mí. Solo recuerdo que de repente ya no estaba en el tren, que me desperté en algún sótano, y luego el recuerdo vuelve a cambiar y de pronto estaba otra vez en el tren”.
Pero las dificultades no se terminaron una vez completado el traslado. A pesar de encontrarse a salvo en un nuevo país, la adaptación a su nueva rutina no fue sencilla. Aunque no le faltó nada en el plano material, el vínculo afectivo con su familia de acogida resultó más complejo.
“Bueno, allí estuve muy bien en el aspecto material, pero eran… siempre digo esto con pena… pero eran un poco hoscos. Aunque hoy, con el tiempo, me doy cuenta de que para ellos también yo misma era algo completamente extraño, tan solo una niña ajena”.
Uno de los episodios que mejor ilustran esa distancia ocurrió durante una noche de tormenta.
“Recuerdo la primera escena que me marcó en ese plano. Yo aún no sabía nada de inglés. Había una tormenta terrible. Vivíamos en una casa separada para los niños, conectada con la casa principal. Me desperté por la tormenta y tenía miedo. La casa estaba vacía, los niños no estaban, así que recorrí el pasillo buscándolos y los encontré con los padres en el dormitorio. Como aún no podía expresarme en inglés, agité los brazos y dije cualquier cosa, apenas farfullé algunos sonidos. La señora se levantó, me tomó de la mano y me llevó de vuelta a la casa de los niños, y allí me quedé. Es solo un momento de tantos que representa cómo me trataban”.
Además de la carencia de afecto, su condición de refugiada tampoco era sencilla. La situación legal de los emigrados checoslovacos enfrentaba varios obstáculos durante los primeros años de guerra. Esta situación afectó en gran medida a Marešová y sus hermanas.
“Fue muy complicado, porque en esa época existía una ley según la cual los inmigrantes no podían ejercer su profesión normalmente y no eran reconocidos como refugiados. Solo después de un año, cuando los gobiernos llegaron a un acuerdo, obtuvieron el estatus de refugiados y pudieron trabajar y tener su propio apartamento. Mientras tanto, todas las niñas estábamos en distintos lugares. La mayor en un internado; la del medio primero en una familia y luego también en un internado; y yo estaba con esa familia. Solo nos reuníamos por las tardes”.
Además, su llegada a Inglaterra coincidió con los bombardeos más duros sobre Londres.
“Fue mi mala suerte haber llegado a Londres en la época de los bombardeos más intensos. Creo que fue durante las vacaciones, cuando yo estaba allí. No estoy segura, quizá en el 41, durante el Blitz. No lo recuerdo exactamente, pero fue terrible”.
Al final de la guerra, la familia regresó a Checoslovaquia, salvo la hija mayor. Marešová recordó el momento en que comprendió que el conflicto había terminado. Sin embargo, la buena noticia se encontraba rodeada de una densa oscuridad.
“Sé que papá siempre contaba con regresar a casa. Recuerdo el final de la guerra; yo estaba en un internado checoslovaco que había sido establecido allí por el gobierno en el exilio. Recuerdo que escuchábamos la radio y oíamos las llamadas de auxilio desde Chequia. Entonces comprendí que la guerra había terminado. Y luego… en mi cabeza volvió la oscuridad. Son recuerdos en los que diría que la naturaleza es bondadosa con nosotros y borra los más feos”.
Tras el golpe comunista de 1948, la familia consideró emigrar de nuevo, ya que las autoridades del régimen no veían con buenos ojos a la familia. El acoso fue tal que, en los años cincuenta, su padre tuvo que pasar un año en prisión. La propia Marešová también fue interrogada en repetidas ocasiones por la policía secreta, a pesar de haber sido solo una niña cuando ocurrió su traslado.
“Fui interrogada con bastante frecuencia por la StB y mi padre fue encarcelado por traición, porque, digamos, abrió la boca en el momento equivocado. Las palabras que le costaron esa pena estaban relacionadas con la cuestión de Israel, nada más”.
A pesar de la notoriedad actual de su historia y la de tantos otros niños salvados por el humanitario británico, durante décadas, Marešová no supo que formaba parte de los llamados “niños de Winton”. Recién descubrió esta impactante información en 1990, en un acto diplomático, y de forma totalmente inesperada.
“En ese entonces, fui invitada a la embajada danesa. Su esposa era danesa. Yo no sabía por qué iba allí. De repente se me acercaron periodistas preguntándome por mi historia. Yo no entendía nada. Luego vino una antigua compañera mía de Inglaterra y me dijo: ‘Te voy a presentar a alguien’. Me llevó a un rincón, a un sofá, y allí estaba sentado un señor de cabello gris y mejillas rosadas. Me dijo: ‘Este es Nicholas Winton, el hombre que te salvó’. Fue como si alguien me hubiera golpeado la cabeza con una roca. A partir de ese día empecé a enterarme de cómo había sido realmente todo”.
A partir de entonces, Marešová se dedicó a visitar escuelas y asociaciones para contar su experiencia. También fue una de las impulsoras del memorial que se encuentra en la estación principal de Praga, que recuerda a los padres que enviaron a sus hijos hacia un destino incierto. La historia de Zuzana Marešová resume el destino de una generación marcada por el exilio, la guerra y la represión comunista. Con su muerte se cierra en Chequia el capítulo vivo de los niños salvados por Nicholas Winton, cuya labor, desconocida durante décadas, cambió para siempre la vidas de cientos de personas.
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